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jueves, 24 de junio de 2010

Rodolfo Fogwill: “No se podía hacer nada que no tuviera que ver con la guerra (…)”


Graciana Petrone para http://www.elfisgondigital.com/fsgnw/arte/nota.vsp?nid=57523

“No se podía hacer nada que no tuviera que ver con la guerra, explotaba el calefón de una vecina y te cagabas de miedo porque pensabas que la guerra estaba en Buenos Aires”, dijo Rodolfo Fogwill durante la presentación en Rosario de la séptima edición de la novela “Los Pichiciegos” (Editorial Sudamericana). El encuentro se realizó en los altos de la librería Homo Sapiens, ante un numeroso público, donde el periodista Osvaldo Aguirre coordinó “una entrevista abierta con el escritor”. Allí, no sólo habló sobre la reedición de su libro sino también del proceso de recopilación de Cuentos completos, del laureado relato Muchacha punk y de las múltiples voces de sus personajes.

Si bien es cierto que luego de la derrota argentina ante Gran Bretaña en Malvinas (1982) el gobierno dictatorial en turno impulsó un profundo proceso de olvido para tapar lo sucedido, también lo es que con igual vehemencia promovió el nacionalismo y un único discurso patriótico y comunicacional se instaló en el país durante los dos meses y medios que duró el conflicto. Sin dudas que, para el escritor, la obsesión y atención de los argentinos por la guerra fue uno de los disparadores fundamentales con los que construyó Los Pichiciegos, una ficción que cuenta, a la manera del polémico Fogwill, la historia de los “pichis”, jóvenes soldados que en las islas no tenían más futuro que el sólo instinto por sobrevivir en el presente.

El libro presentado en Rosario es la última reedición, lo que demuestra que a casi tres décadas de su primera aparición (Ediciones De la Flor, 1983) ni Fogwill ni su novela bélica agotan el interés de los lectores. Aguirre inició la charla abierta con el escritor cuando contó que en los últimos años se realizaron varias recopilaciones de textos del autor que estaban dispersos en distintas publicaciones. “La mayoría escritos a principios de la década del 80 –explicó- y en el medio de estas reediciones se produzco el hallazgo de libros que estaban perdidos o escondidos entre borradores”.

O:A:-Estas recopilaciones significa toda una serie de pronunciamiento y de lecturas de vos mismo, ¿cómo fue el proceso de reedición de tu obra?
-Un editor y poeta rosarino que tiene una librería en Buenos Aires (Editorial Mansalva) y edita muchos libros de poesía joven (perdiendo mucha plata) y cosas buenísima, me torturaba pidiéndome libros. Yo escribo muy poquito y lo que termino de hacer no me satisface. Pero hay dos o tres libros míos que andan por ahí, uno se llama Nuestro modo de vida y otro Unión para Aquino, que los había entregado en 1981 a Sudamericana. En aquella época hice 100 copias, fotocopiadas. Yo trabajaba en el grupo Softman y no había Internet para perder tiempo en el laburo, así que cuando llegaron las máquinas Seros, perdía tiempo afanándole fotocopias a la familia Macri.
Un mecanógrafo amigo que yo tenía las encarpetaba en forma prolija y yo se las daba a mis amigos. Pensé que algunos de esos libros tenían que estar y efectivamente, hurgando, consiguió que un editor de Sudamericana, a quien yo le había dado una copia, me la diera. Le metí mano, corregí muchas cosas y barbaridades que había puesto en esa época. Ahí arrancó la epidemia y los editores españoles comenzaron a pedirme libros y yo les respondía que no podía publicar un libro peor todavía que del que escribí hasta ahora. Le puse precio a los títulos agotados y algunos editores pudieron pagar lo que yo pienso que valen afuera: Un caso humano de supervivencia…

O:A:-Ese libro al que te referís está ordenado por bloques pero no está ordenado cronológicamente…
-No son temáticos los cuentos. En “Cuentos completos” se empiezan a invertir los temas, si hay mucho sexo en uno, se lo saco al siguiente. Si arranco en primera persona, el siguiente lo empiezo en primera. Si algunos son sobre temas muy actuales y cotidianos, trato de meter algunos más culturales. Creo que para ese sistema de 21 cuentos, en el índice, logré que tengan un ritmo perfecto y no es poco. Los invito a que lean los cuentos completos de Cortázar o los de Nabokov o los de Faulkner que salieron en la misma colección y producen una sensación de repetición, ‘de ya lo ví o qué parecido’. O con Onetti, pasa que es como aburrido leer la misma voz durante una hora y cuarto, que es lo que se tarda en leer tres cuentos o cuatro.

UN CAMBIO DE VOZ Y TAMBIÉN DE SEXO
Traté de cambiar la voz. Yo había empezado con la primera edición de unos cuentos que salieron publicados como quince veces: Muchacha pank, que no se llamaba así sino Mis muertos punk. Era un libro que salió tal cual había sido publicado en un concurso. Cuando lo mandé al concurso traté de darle un ritmo y allí hay un cuento famoso, sobre la historia de una nena que se crió en al revolución de mayo y llega a vivir hasta 1960 y que en el camino de su vida se vuelve varón. El cuento siguiente a ese empieza con una frase que dice: ‘primera decepción del lector, en este relato soy varón’. Jugaba así. Como tenia otro relato bisexual, porque el narrador era un varón pero que en ningún momento demostraba que era un varón salvo en la firma del autor, en la última página aparece que es una mujer. Así jugué con los tres en otras ediciones. Es el hecho de darle un ritmo a un libro de cuentos, que puede ser una cosa aburrida.

O:A:-¿Cómo aparecen las voces de los personajes?, ¿cómo se van dando?
-No son las voces de los personajes, es la voz interior del personaje en las que me convierto yo para escribir. Elvio Gandolfo dice eso en el prólogo de “Cuentos completos: “No es un buen libro de Fogwill, es un libro de siete autores distintos que llevan en común la marca Fogwill”. La marca Fogwill en cuentos y a veces en poesía, es la marca de un arte muy conocido por la humanidad, por todas las culturas. Es el arte que aquí practicó Nini Marshal, que se basa en mimetizarse completamente con un personaje y hacerlo vivir verbalmente.
¿Quién vio acá un programa de Niní Marshall? Tenía un montón de personajes, la niña Jovita, doña Josefa, Catita y sabía hablar y contaba cosas. Evidentemente el cerebro humano no puede procesar decisiones de conjugación, adjetivación, puntuación o énfasis. Todo eso que entra en un discurso oral no se puede procesar en el tiempo de la conciencia, o al menos en el tiempo que corre más o menos la conciencia de nuestros relojes (que es el tiempo que escribe nuestra mano en la máquina de escribir, en todo caso). Y nuestra mano no puede procesarlo en ese tiempo y para seguir el hilo de la voz tiene que hacerlo en un tiempo mucho más rápido. Nosotros no tenemos esa facultad pero si la tiene esa parte nuestra que se pone en movimiento en un estado de trance, locura, histeria… “¿Cómo hiciste para levantarte esa mina? ¡Yo qué se, me tiré, me jugué!”. Si el tipo se hubiera planteado: “Me arreglo la corbata, me cierro la bragueta, me saco la baba, me saco el chicle me lo meto en bolsillo…”. Si el tipo hace todo ese programa la mina se fue con otro. Esto lo viví en otro orden de la vida, en una carrera deportiva...

O:A:-La época en que escribiste la novela es en el ’82, durante el Proceso, ¿cómo apareció Los pichiciegos?
-Todo el mundo estaba en el tema de la guerra, peor que en el mundial. No se podía hacer nada que no tuviera que ver con la guerra. Explotaba el calefón de una vecina y te cagabas de miedo porque te pensabas que la guerra estaba en Buenos Aires.
La novela tiene un proyecto de construcción, además de las voces. Un plan de trabajo de querer desarrollar cosas…En realidad no sabía qué quería desarrollar. Inventé un agujero, una pichiciega, que es como una gatusera (inventada por los uruguayos) para armar pequeños campamentos bajo tierra muy parecidos al pichi. Tenía que darle sentido, mostrar algo de acción bélica. (Tomo aliento, tomo algo que me de gana de escribir y sigo adelante…).

O:A:-Pero siempre dijiste que la novela no es sobre la guerra…
-No es sobre la guerra. Si fuera sobre la guerra hubiera consultado manuales, hubiera buscado o me hubiera ido a Inglaterra a pedir información a los servicios secretos…

viernes, 11 de junio de 2010

Estuve, de Miguel Sedoff, es el primer tomo de la colección "Ciudad y orilla"

Graciana Petrone,
para Señales http://www.lacapital.com.ar/ed_senales/2010/6/edicion_84/contenidos/noticia_5100.html

"Después de un fracaso —escribió Fiódor Dostoievski— los planes mejor elaborados parecen absurdos". Todo indica entonces que el dolor aparecerá luego de cualquier intento que resulte frustrado o cuando la falta de lucidez necesaria para resolver a tiempo los embates del destino obligue a tomar decisiones equívocas. Una mirada aguda sobre la complejidad de lo cotidiano, expuesta con absoluta madurez discursiva, es la Miguel Sedoff pone en su libro de cuentos Estuve. En él, los finales abruptos o violentos, propios de un relato fantástico, no son necesarios para conmocionar al lector: el suspenso inusitado de sus historias, tan reales como crueles, hace que la ambigüedad de las relaciones humanas supere con creces cualquier ficción mágica.
Sedoff también destroza el mito de que sólo las novelas policíacas provocan esa necesidad imperiosa de dar vuelta la página para descubrir quién es el asesino, o la perplejidad absoluta de los finales de ciertos relatos maravillosos. Estuve cuenta historias de gente común que no por cotidianas o domésticas dejan de tener ribetes complejos y atrapantes.

Con la distancia narrativa necesaria como mérito y recurso, cuenta sin juzgar la realidad tal cual es y no la que se desea. Realiza un análisis minucioso de los personajes, se sumerge en el hilo conductor de sus pensamientos y brinda en forma pormenorizada los conflictos internos, lo que mantiene al lector inmerso dentro de sus mentes y elucubraciones. "Las historias perfectas —dice el autor— no existen". En lo cotidiano, entonces, ocurren los sucesos más dolorosos y los enemigos, que adoptan la forma de un compañero silencioso, suelen ser los propios desaciertos.

Todos sus personajes tienen un eje en común que es el vacío, a veces forzado por abandonos o pérdidas irreparables y otras, por elección. Pero ante el estoicismo necesario para afrontar esas situaciones el slogan "el show debe continuar" no será fácil de aplicar para muchos de sus protagonistas.

Tal es el caso del último relato en el que Jorge, durante un verano fatal, pierde a su esposa e hijos en un accidente automovilístico. Tampoco para la vida de Betty, en el cuento "Post-it", cuando luego de relegar su vida por años para dedicarse a su familia, bordea los límites de la locura ante las repetidas infidelidades de su marido.

Estuve cuenta, entre otras cosas, los entretelones de separaciones conyugales dolorosas provocadas por el hastío de lo cotidiano, la desesperación o el maltrato. Retrata la posición en el mundo de un hombre que padece obesidad, abordada desde sus pensamientos más íntimos. También las decisiones erradas de sus protagonistas ante situaciones adversas que muchas veces devienen en el absurdo, como en el relato "Aguas abiertas", en el que Rubén, tras romper con su novia, no elige mejor recurso que la autodestrucción para recuperarla.

La fidelidad de los relatos de Estuve es tan contundente que si el autor utilizara un mismo personaje para todos sus cuentos nada cambiaría en absoluto. Casi como un deja vu, deja esa extraña sensación de familiaridad sobre un hecho, un lugar, un recuerdo, un intento frustrado tan tangible que ocurrió, o le puede suceder a una persona cualquiera en el momento menos pensado de su vida.

viernes, 4 de junio de 2010

Como si fuera una carta

Si supieras cómo cambió la noche. Las calles son un desierto. A veces salgo alguna madrugada, como hace veinte años, pero nada se parece a entonces y no hay cosa que me perturbe más que hundirme en el pasado.
En el Olimpia abrieron una sucursal de la Royal, ¿podés creer? Perdimos la provincia, nos fuimos a la B y encima tengo poco laburo. A veces pienso que tienen un láser infrarrojo que lee el ¡Viva Perón, carajo! que llevo tatuado en la frente (debe ser eso, digo, porque está escrito con tinta invisible).
Cada tanto me dan ganas de contarte, ¿sabés? Ganas de que estés acá, leyendo esos poemas que me escribías o regalándome Garufa, escrito en un pedazo de papel con tu vieja Olivetti.
Pensar que la última vez que te vi, hace unos años, yo pasaba en un taxi, vos ibas caminando por calle Mendoza, para Buenos Aires. Aunque con menos pelo, tenías el mismo paso compadrón de siempre.  No sé por qué carajo no le dije al tachero: ¡Pare acá! Después leí tu nombre, en el diario, seguido de un q.e.p.d.
La puta madre, cómo te extraño.


Graciana
Rosario, junio de 2007