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martes, 15 de julio de 2014

Pentecotalismo carcelario: el Cristo que vive tras las rejas

El fenómeno evangelizador en los penales de la Argentina y Latinoamérica ha sido y es objeto de estudio por parte de académicos y organizaciones estatales.
Foto Luz Nuñez Soto

Graciana Petrone
Eduardo Rivello, referente de la Iglesia Evangélica de Funes Cristo Vive, entró por primera vez al penal de Coronda en 1986 para acompañar a los familiares de un recién detenido, quienes se acercaron para pedirle ayuda debido a la angustia que les provocaba la situación. Lo que nunca imaginó el líder religioso es que ese día sería el puntapié que daría inicio a una verdadera revolución social y espiritual intramuros que se conocería más tarde, en las cárceles de Argentina y otros países latinoamericanos, como el “pentecostalismo carcelario” que se basa, más allá de la prédica de la Biblia, en la no violencia entre los internos.
Hoy, el pastor asegura que desde 2001 el índice de muertes por enfrentamientos entre internos en el penal santafesino disminuyó en un 95 por ciento. Además, tienen presencia en al menos cinco seccionales de la ciudad, en Coronda, y también cuentan con más de un 85 por ciento de fieles sobre los 456 detenidos de la Alcaldía Mayor de Rosario, hecho que se define como otro de los logros de la Iglesia Evangélica.
El fenómeno pentecostal dentro de comisarías y penales logró lo que el Estado, a través del Servicio Penitenciario, no logró: la pacificación, el acatamiento de nuevas reglas de convivencia, el desarme de los reclusos y hasta el cumplimiento de horarios de cierre de los pabellones. Y hay más: algunas de las normas que deben respetar los internos para permanecer en los pabellones evangelistas son no drogarse o evitar mirar programas de televisión con los que puedan excitarse sexualmente.
Pero esa puja de poder sobre la conducta de los presos lleva a un análisis más complejo que la mera discusión de que si el Estado es ineficaz a la hora de mantener la buena convivencia dentro de las cárceles y, de hecho, el tema demandó arduos estudios académicos en los últimos quince años. Según explica el reconocido sociólogo Daniel Míguez: “El Estado opera sus mediaciones a través de agentes pero, por la estructura histórica de los penales mismos, los agentes penitenciarios regulan la vida en la cárcel en función de de sus intereses que no necesariamente trabajan en la pacificación, sino solamente para controlar, lo que en algunos casos va en dirección opuesta a la pacificación”.
Lo cierto es que los resultados del trabajo de los evangelizadores son funcionales al Servicio Penitenciario que a lo largo de la historia no ha podido encontrar la forma de cumplir con el mandato constitucional de ser lugares de reinserción social. “Hay una actitud que es la de mirar a las cárceles como un depósito de personas y no como un espacio de recuperación, lo que quedó muy lejos de las políticas públicas”, dice Diego Giuliano, actual concejal rosarino y ex delegado del Ministro de Gobierno, Justicia y Culto de la Provincia de Santa Fe en la zona sur, en ejercicio durante el período 2001 – 2003. Justamente, durante ese lapso fue que los evangelistas pasaron a tener una presencia formal en Coronda cuando el entonces titular de la cartera de Seguridad, Carlos Carranza, les concedió el pabellón Nº 8 a “Los Hermanitos”, a los que después se sumaron tres más.
En el mismo sentido Míguez analiza los resultados de pacificación entre internos que lograron los predicadores y considera que desde el Estado no han tenido y no tiene un saber específico para lograr que los penales cumplan con su trabajo de rehabilitación. Además, para el académico, los pentecostales operan de alguna manera “con la experiencia que acumularon fuera de las cárceles, lo que les dio un saber de cómo pueden rehabilitarse estas personas que están en situaciones desventajosas. Ellos (por los evangelizadores) lo aplican en muchos contextos pero es algo que no lo puede hacer cualquiera”.
Durante y después
A finales de los 80, cuando Rivello cruzó por primera vez las puertas del penal de Coronda, había 1600 presos cuando la capacidad del lugar es aproximadamente para la mitad de esa cifra. El pastor recuerda que empezó a ir una vez a la semana y consiguió que Asuntos Penitenciarios le diera un espacio para predicar la Biblia los sábados a la mañana. Así hizo durante un año y medio y asegura: “Se produjeron conversiones muy significativas, lo que llamó la atención a los directivos. En 2002 nos hicimos cargo del pabellón Nº 8 y nos fuimos creciendo y extendiendo”.
Con casi tres décadas de trabajo en Coronda, Rivello trabaja en la formación de líderes internos y dice que desde la Iglesia llevan adelante una de las tareas más difíciles que es la del seguimiento cuando los reclusos salen del penal. Uno de los logros que el pastor refiere con más orgullo es el caso de Daniel, un ex convicto que estuvo más de 20 años preso y hoy, ya en libertad, es su colaborador incondicional (ver aparte).
El equipo de voluntarios que coordina el líder religioso está formado por unas setenta personas que prácticamente visitan las cárceles todos los días. “Todos los viajes que hacemos sale todo de nuestro bolsillo, no tenemos apoyo del Estado ni de la Iglesia. Cada visitador lo hace con su dinero: viajes, material de estudio, biblias, ropa, artículos de higiene, pintura”, dice Rivello. Además, resalta que en algunas comisarías pusieron cerámicos y termotanques con el fin de mejorarles a los presos la calidad de vida. Lo mismo pasa en los pabellones evangélicos en Coronda, donde hay inodoros y otras comodidades que en los demás espacios del penal no hay.
“Hoy, cuando entra un interno nuevo en el penal la dirección nos llama para que los recibamos y evaluemos cuál es el lugar mas conveniente para evitar conflictos”, explica Rivello, aunque este supuesto poder que tienen los pastores evangélicos sobre el funcionamiento intramuros ha sido siempre tema de controversias.
Desde la dirección del Servicio Penitenciario aseguran que es el Estado el que pone las reglas dentro de las cárceles pero el discurso planteado desde las altas esferas del área, durante la última década es concluyente y similar: que el pentecotalismo carcelario no se debe analizar estrictamente dentro de los penales sino que es necesario abordarlo en el contexto histórico y social, “ya que de igual forma que está presente en las unidades, se ha expandido en toda la sociedad”.
Los discursos oficiales también coinciden en que los niveles de pacificación y convivencia en los pabellones evangelistas son muy buenos y reconocen que los internos que responden a ese culto no ocasionan peleas ni lesionados. No obstante, es preciso desmitificar al recluso como un ser que se cierra y rechaza la ayuda, por el contrario, según explica el antropólogo Alejandro Frigerio, el preso es una persona altamente receptiva de las propuestas externas “ya que le ofrecen una dimensión diferente de la realidad”. Quizá resida allí la línea más sensible en el abordaje de estas situaciones y que el pentecotalismo carcelario, a diferencia del Estado, ha sabido aprovechar.
Testimonio de Daniel, ex convicto y líder espiritual de Los Hermanitos
“Yo estuve 21 años presos en Coronda. Era adicto, había perdido a mi familia. Tenía cadena perpetua por diversos robos calificados y enfrentamientos armados con la policía. Tenía una pésima conducta adentro del penal. En el ’94 caí en el calabozo de castigo porque los guardias me secuestraron un sello de médico con el que fraguaba recetas para que los demás presos compraran pastillas para drogarse.
En el calabozo me di cuenta que había perdido todo, además de mi esposa y mis cinco hijos, la poca libertad que me quedaba para moverme dentro del penal. Sólo y alejado de todo pensé en cómo esos locos evangelistas cantaban y se reían y yo, que fumaba marihuana todo el día, no me podía reír. Entonces le pedí a Dios y le dije: ‘¡Si pudiste cambiar a estos locos, cambiáme a mí!’. Y fue rotundo porque al otro día no me dieron más ganas de drogarme ni de fumar. Me involucré con lo que hacía el pastor Eduardo Rivello y me cambió la vida.
En los demás, mi conversión hizo un efecto en cadena porque vieron mi cambio de actitud, los presos y hasta los mismos guardias no lo podían creer y empecé a hacer lo que no había hecho nunca: a estudiar, a orar. Así fuimos creciendo y cada vez se iba sumando más gente, la mentalidad cambió ahí adentro tanto que de 1998 al 2001 tuvimos solamente cuatro motines, lo que antes era cosa de todos los días. Antes un preso no podía hablar con un empleado del Servicio Penitenciario por temor a represalias pero entendimos que como máximos pecadores que éramos teníamos que ganarnos el respeto de los empleados.
Al lado del pastor Rivello fui como el líder del primer pabellón que nos dieron, el Nº 8, en donde en un principio hubo 94 internos. De afuera nos observaban y veían que podíamos convivir sin enfrentamientos. Después, yo mismo propuse que hiciéramos reuniones los sábados a la noche y nos juntábamos un grupo de diez o doce a cenar, nos preparábamos nosotros mismos la comida y era para que tuviéramos diálogo.
A los guardias les llamaba mucho la atención todo eso, y también que los jueves yo los hacía estudiar y así íbamos rescatando a los hombres de la peor conducta en el penal. Otra de las cosas que logramos es que se respetara el horario de cierre a la noche y a las 22.45 tenía que estar todo cerrado. Eso fue importante porque les demostramos a las autoridades que acatábamos las órdenes y eso hizo que nos dieran otro pabellón con 200 personas. Era el pabellón número seis, que como había sido destruido en el motín de 2005, lo tuvieron que hacer nuevo.
La madre de mis hijos me dejó en 1994, salí en marzo del año pasado después de estar 21 años preso en Coronda y me casé el 14 de febrero de este año con Marta Alicia, a quien conocí en una Iglesia. Desde que salí trabajo en la construcción y visito el penal para asistir a los presos. Todo esto me dignifica, es una oportunidad que me dio Dios y la aprovecho al máximo. Estoy disfrutando la vida. Quiero decir que todo aquel que se propone algo lo puede lograr. No es verdad que la sociedad nos margina, quizás puede ser alguna parte de la sociedad pero todo depende de uno y de la fe que uno tenga".
Nota publicada en Revista 30 Días

viernes, 11 de julio de 2014

Marcelo Scalona y su libro Mapa, en donde todo se vuelve poesía

El escritor rosarino Marcelo Scalona acaba de publicar "Mapa", un libro de poemas donde recorre su tiempo de niñez a través de versos que conforman pequeñas historias que muestran al desnudo a aquel pibe que fue por las calles del barrio Tablada.


Marcelo Scalona - Foto: Ignacio Pettunci

Graciana Petrone
Ese viaje de ida que se emprende en la niñez, presentado como una de hoja de ruta marcada por instantes imborrables, es lo que resume Marcelo Scalona en su poemario Mapa (Alción Editora). Así, con versos que conforman pequeñas historias, el escritor muestra al desnudo a aquel pibe cuyo corazón sigue arraigado en las calles de barrio Tablada, en los afectos familiares y en todo lo que tiene que ver, de algún modo, con la experiencia vital.
En Mapa tampoco faltan los amores alguna vez correspondidos y por eso el poeta apunta: “Fantasmales/fugaces/son las presencias queridas. /Siempre se vuelve a estar solo/y con el corazón estrujado”.
Pero Scalona ensaya y analiza lo cotidiano y es entonces cuando todo se vuelve poema, hasta el breve paso de un jugador de fútbol santafesino por un mundial, lo que representa el sueño de un país que sufre los avatares de un futuro incierto y parece conformarse con poco; por eso escribe: “Y Garcé se subió al sueño/ pero no era la copa,/le dieron un jeep Ika/ y un free pass a todas las reservas/humanas de Nairobi que tiene/en su escudo los colores de Colón”.
“En Mapa se condensa, modestamente, un poco la cifra de lo que yo pienso de la literatura, de la forma, del sentido; me enorgullece esto de que para mí sea un poco como mi bitácora. Si alguien quiere saber lo que yo leo y escribo, creo que está todo acá”, asegura el escritor.
Las páginas de su primer libro, El camino del otoño, serán llevadas al cine en breve. Con su segunda novela, El Portador, el autor participó en España del Festival Barcelona Negra. Sin embargo, Scalona mantiene intacta la esencia y simpleza de aquel muchacho que creció en Tablada. Actualmente es uno de los máximos referentes en la coordinación de talleres de narrativa en la ciudad, labor en la que combina sus saberes con la generosidad necesaria para abrirles nuevos caminos a sus alumnos.
—A la hora de publicar tus libros, ¿te perturba tu lugar de formador de escritores?—No me perturba para nada. Con el tiempo el taller justamente me ha dado mucha fortaleza, sobre todo por la consolidación de la gente que viene, y entonces decís: “Pucha, algo sabré”. Y realmente, el hecho de que hayan salido de mi taller algo más de 20 escritores que se han consolidado en la ciudad, lo que me da es una fuerza enorme. Yo empecé con esto hace 14 años con otras tres personas, igual que como publiqué por primera vez. “Como a todos los pobres –diría mi vieja– todo nos cuesta tanto…”. Uno nunca perteneció a ningún grupito favorecido en ningún lado. ¿Viste que algunos publican porque son amigos de, o porque es la novia de o la hija de Fulano? Bueno, a mí me pasó todo lo contrario. Por eso, en un punto, me siento orgulloso de haber podido crear un lugar propio como es el taller.
—¿No recibiste ningún apoyo cuando empezaste a escribir?

—Quien me dio una mano muy grande en su momento fue Angélica Gorodischer, escritora muy reconocida e importante. Ella me alentó muchísimo para publicar mi primera novela El camino del otoño, le hizo el prólogo y escribió una hermosísima carta de recomendación para que se publicara. Lo mismo me pasó con Alberto Díaz, director de Editorial Planeta, con quien tengo hasta el día de hoy una relación muy estrecha. Y después… ¡los lectores!, porque cuando un montón de gente lee un libro tuyo, queda emocionada y te lo dice, no finge. Eso no tiene precio.
—¿Los poemas de “Mapa” corresponden a un período determinado de tu producción literaria?

—Yo creo en la permanente reescritura de los textos, por eso los primeros borradores de los poemas de Mapa tienen muchos años y los terminé de escribir, como siempre, a la hora de mandarlos a la imprenta. Me ha dicho una cosa hermosa Tomás Boasso, que es un pibe que entiende mucho de poesía, y digo pibe porque es eso, un pibito al lado de uno. Él dijo espontáneamente el día que presentamos el libro en La Vigil, que sentía que todo lo que yo había escrito en mi vida de algún modo fue para llegar a escribir este libro. Yo siento que hay una gran síntesis. Bueno, después de seis libros, además, uno siente que tiene ese poder de síntesis.
—¿Cada poema de “Mapa” es como una pequeña historia?

—En muchos casos hay poemas que son microensayos o aguafuertes. Lo que los poetas puros tienen que entender, y no lo dice Scalona a esto, es que de Baudelaire a Nicanor Parra también hay poemas narrativos. Entiendo que ellos son muy celosos con la metáfora o con el símbolo y está claro que no soy un poeta simbolista.
—¿Sos un poeta más cerca de lo coloquial que aborda temas cotidianos?—Recibí un piropo hermoso de Ricardo Forster, a quien le gustó mucho el poema “El sueño de Garcé”. Me escribió para decirme que le parecía una muy buena editorial sobre la anomalía kirchnerista. Es un poema del mundial de 2010, todavía vivía Néstor (Kirchner) y muestra que un poema puede tener también un ensayo y no hablar solamente de cosas inmateriales. Me refiero a esa disputa entre Neruda y Parra en la que uno se mete modestamente.
—¿Te referís al poema críptico y a aquel otro, de alguna manera de lectura más accesible?

—El poema de la metáfora y del símbolo contra el poema de lo cotidiano, el poema hablado. Por otro lado, a esta altura hablar de géneros puros es una discusión totalmente anacrónica. Como dice Roland Barthes, el texto te causa placer o no te causa placer, te conmueve, te inquieta, te asusta. Es ése el placer del texto. De todos modos, sabemos que no es inocente la discusión porque el propio Barthes también dice que detrás de los que defienden esa lengua del canon y de la sintaxis hay una cosa fascista.
—El barrio Tablada está presente en muchos de tus poemas, aunque ya no vivís ahí…

—Tablada es mi ámbito. Nunca me fui, como dice Troilo. El barrio tiene, además, esa pureza, ese olor, siguen estando los mismos vecinos, siguen estando los mismos espacios y uno ahí es alguien y todas esas cosas que sabemos. Todos los domingos voy a comprar el diario a Alem y Ayolas, ahí tienen el diario El País, para todos los giles que se creen que Tablada queda lejos y está a sólo 30 cuadras del monumento. La patria de uno es el barrio.
—También en “Mapa” están tus viejos y de nuevo el barrio…

—Mis viejos vivieron toda la vida ahí. Para que tengas una idea, en una misma manzana vivían los siete hermanos de mi mamá y en esa misma manzana todavía viven mi tío, mis cuatro primos, mi hermano, mi hijo y mis ex suegros. La plaza sigue siendo nuestra plaza. Y está La Vigil. Para uno, Tablada es como un patio y las calles del barrio son para mi viejo como “Las Magdalenas” de Proust.
—Si tuvieras que elegir un poema de “Mapa”, ¿cuál sería?

—Sería justamente el que se llama “Mapa”, por eso también lo elegí como nombre del libro. En definitiva, lo que sigo haciendo cuando escribo es repetir ese viaje con los viejos a Mar del Plata y pasar por el lugar donde fusilaron a Dorrego, cerca de Mercedes, por ejemplo, o evocar esas conversaciones con mi viejo que me quedaron grabadas. Hasta el día de hoy, cada vez que paso por ahí, sigo mirando ese lugar.
—Después de tantos años, ¿los talleres son como indivisibles de tu vida? 

—Te soy sincero, hace dos años estuve tentado de suspenderlos, al menos por un año. Pero la verdad, no puedo. Uno tiene un lazo muy profundo ahí y seguramente después me pasaría que estaría perdido y extrañaría. He llegado a tener cinco grupos y este año logré reducirlos a dos.
—¿Qué solés decirles a quienes se inician en la escritura?

—Hay algo que les repito a los chicos del taller y es que, como para todo en la vida, hay que tener mucha convicción, esa cosa artltiana de la prepotencia de trabajo, de tener mucha confianza en lo que uno hace y de no abandonar nunca. Eso también lo sabemos como canallas (risas). Puede haber muchas dificultades pero nunca hay que abandonar, nunca hay que correrse del lugar. También les digo que se van a encontrar con la máquina de desalentar que les va a tratar de convencer que escribir es un acto promiscuo. Por eso les digo que no se dejen robar el deseo y la ilusión pero que hay que laburar muchísimo porque es un oficio muy duro y los reconocimientos suelen llegar más tarde. No es fácil. En ese sentido yo siempre tuve la confianza de que iba a poder hacer un oficio de la literatura más allá de la fama o el prestigio que, muchas veces, pueden ser dudosos o aleatorios. 

Nota publicada en el diario El Ciudadano 

lunes, 7 de julio de 2014

Roque Narvaja camina las calles como un rosarino más

El cantante trabaja como piloto e instructor de vuelo en el Aeropuerto Islas Malvinas. El líder de La Joven Guardia es aviador y vive en Fisherton desde hace seis años.


Roque Narvaja- Foto: Ignacio Petuncci

Graciana Petrone
Cuando Roque Narvaja camina las calles del centro de la ciudad hay quienes lo reconocen, lo paran y piden sacarse una foto con él. Pero para otros, el ex el líder de La Joven Guardia, banda que causó furor en los 60 con hits como El extraño de pelo largo o La reina de la canción, pasa desapercibido, como si fuera un rosarino más. De hecho, algo de eso hay porque desde hace seis años vive en Fisherton y trabaja como piloto comercial e instructor de vuelo en la escuela Flyng Time, en el Aeropuerto Internacional Islas Malvinas.
“Es muy sencillo. Yo estoy acostumbrado a irme siempre. Aníbal Troilo decía que estaba siempre volviendo. Bueno, yo siempre me estoy yendo”, ironiza el cantante sobre su elección de radicarse en la ciudad. Aunque después confiesa que detrás de eso hay una historia de amor que empezó cuando conoció a una fan rosarina que actualmente es su esposa.
Para lograr que explique cómo es que vino a parar a la ciudad, y a pilotear aviones, el cantante asegura que tiene que empezar por el principio. Así, cuenta que nació en el seno de una familia tradicional de Córdoba y que cuando tenía un año y por razones políticas, su papá tuvo que mudarse a Buenos Aires.
Con apenas 16 años Narvaja empezó su carrera como músico. En la década del 60 las canciones de La Joven Guardia sonaban en todos los boliches y radios del país, pero en medio de sus éxitos un autoexilio lo confinó a vivir en España por dos décadas. “Yo había empezado a militar en la Juventud Trabajadora Peronista, aunque mi participación fue muy escueta y muy humilde”, dice.
Motivado por su compromiso político, en 1972 el compositor cambió el tenor de sus canciones y compuso temas más contestatarios y en abril del 76, durante la grabación de Amén, un disco que nunca llegó a editarse, el cantante fue prohibido. Roque recuerda que fue un teniente coronel, por entonces a cargo del Comité Federal de Radiodifusión (Comfer), quien lo invitó “gentilmente” a dejar el país. “No conforme con eso, también fue al sello EMI y les recordó que yo estaba prohibido. A los quince días me pude tomar un avión, salí por Ezeiza directamente”, evoca.
Roque asegura que en España le tocó vivir momentos muy duros en lo afectivo y económico hasta que grabó el tema Santa Lucía. “¿Suerte? ¿Destino? No sé”, se pregunta. “Los españoles no tenían rock y ellos veían en mí eso.  Así fue que grabé el disco más vendido de mi vida sin saberlo, que fue Un amante de cartón. Fue en 1980, el mismo día que mataron a John Lennon”.
A mediados de los 90 Narvaja volvió, hizo un curso de piloto de vuelo en Junín mientras seguía con sus recitales. Hace poco más de diez años vino a Rosario a tocar en el teatro Broadway y se enamoró de una fan que le mostró  una gran cantidad de fotos en las que estaban juntos. Y así siguen hasta ahora.
Nota Publicada en el diario El Ciudadano 

martes, 10 de junio de 2014

Los cuerpos y las sombras, nueva novela de Eduardo Sguiglia

Literatura y violencias antiguas y actuales. Dos asesinos a sueldo y un jefe de cártel de drogas, veteranos de Malvinas y policías mediocres son parte de la escena en la que dos militantes del ERP revisan su pasado revolucionario en un relato de enorme tensión difícil de abandonar. 

 Por Graciana Petrone

Como si no alcanzaran en una sola historia –para generar suspenso y acción extrema– dos asesinos a sueldo y un jefe de un cártel de drogas mexicano herido por una amante que huyó robándole más que el corazón, en Los cuerpos y las sombras (Editorial Edhasa), del rosarino Eduardo Sguiglia, aparecen también un ex veterano de la Guerra de Malvinas, unos policías mediocres y dos militantes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) que se encuentran después de 30 años y que son el eslabón principal de una cadena de persecuciones, violencia y muerte.

En 17 capítulos cortos el autor entrega una novela de aventuras en la que no faltan los personajes, sucesos y elementos característicos del género como el misterio, los cambios constantes de escenarios y también la heroína y el hombre que por amor siente que debe protegerla del peligro. Audaz, el autor hace que la historia transcurra en Texas, Distrito Federal de México y Buenos Aires hasta terminar en una casa de campo en las afueras de Rosario.

Pero además, sus protagonistas viajan a un pasado que será determinante de lo que les  ocurra en el presente: los años de militancia en la Argentina durante la última dictadura y el posterior exilio, el África y hasta la Guerra del Golfo Pérsico. Así, con especial hincapié en la descripción de los lugares, los personajes y las circunstancias, Sguiglia muestra cada fragmento de la novela como si fuera el pasaje de un guión cinematográfico y logra que la tensión en el lector no ceda sino hasta la última página.

La “Operación Gaviota”
La historia comienza con el reencuentro de Miguel y Ernesto, después de más de tres décadas de no verse, en la casa de campo de Miguel, en una localidad poco poblada del sur santafesino. Ambos fueron miembros del ERP, organización armada que llevó adelante lo que se conoció como “La Operación Gaviota”, fallido intento que buscó asesinar al ex comandante Jorge Rafael Videla a fines de 1976, a casi un año de que el militar asumiera como presidente del país.

Sin embargo, por un error en la sincronización de los explosivos el ERP no logró su objetivo, que era hacer estallar en el Aeroparque Jorge Newbery al avión que había abordado Videla junto a otros integrantes de la Junta militar. En la noche del reencuentro, los dos hombres evocan sus días de militancia, el peligro vivido y su exilio pero también hay reproches, en especial por parte de Ernesto, quien no le perdona a Miguel que haya abandonado la organización.

Un sentimiento de culpa se mezcla con un dejo de nostalgia y los ex militantes discuten sobre cómo hubiera cambiado el destino del país si la “Operación Gaviota” hubiera funcionado mientras uno de ellos dice: “¿La vida de cuántos compañeros presos o desaparecidos hubiera costado la de Videla? ¿De veinte? ¿De cien? ¿Doscientos? ¿Y la de Martínez de Hoz, Harguindeguy y del resto de los hijos de puta que viajaban en aquel momento en el avión? Aun así, ¿hubiese valido la pena? ¿Hubiera sido otra la Argentina? ¿Se hubiese desplomado la dictadura?”.

De narcos y mercenarios
El dueño de casa evita al principio contarle a Ernesto la verdad sobre la vida que llevó luego de  abandonar el ERP, aunque lo hace después de varias botellas de vino. Así, le confiesa que viajó a Angola, que estuvo involucrado en el mercado negro de diamantes en el África y, gracias a quedarse con algunas piedras preciosas, se fue a México en donde conoció a Andrea, su mujer. Al mismo tiempo que los ex militantes comparten un asado en la finca, dos mercenarios buscan por las rutas santafesinas a la esposa de Miguel.

Los asesinos a sueldo fueron contratados en Texas por un poderoso narcotraficante que fue amante de Andrea y que no le perdona su abandono y, mucho menos, que le haya robado miles de dólares.
Del mismo modo que el ERP no pudo impedir la continuación de la última dictadura en la Argentina, poco podrá hacer Miguel para evitar el desenlace fatal en su presente. “Los cuerpos y las sombras –señala la contratapa del libro– es el cruce de dos mundos: pistoleros que matan sin mirar a quién y viejos guerrilleros que siguen presos de las paradojas de la historia, y que no alcanzan a descubrir si fue un alivio o una fatalidad que aquel atentado fracasara”.

Como libros de viaje
Eduardo Sguiglia nació en Rosario, en 1952. Es economista y escritor. Durante la última dictadura militar en el país estuvo exiliado en México. En 1983 fue el primer embajador argentino en El Congo y al regresar a la Argentina trabajó como docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA). En la función pública ocupó los cargos de presidente del Ente Regulador de los Aeropuertos y de la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia, como también se desempeñó como subsecretario de política latinoamericana.

Las experiencias en México y en el Tercer Mundo le sirvieron a Sguiglia como base para escribir muchas de sus novelas. Tal es así que en Ojos negros (Editorial Edhasa), una de sus anteriores novelas, el rosarino muestra una historia que, al igual que Los cuerpos y las sombras, transcurre en Buenos Aires, África y México, como también roza el drama, la aventura y la acción. Incluso, su protagonista se llama Miguel, aunque en este caso se trata de un cuarentón desempleado que tras la crisis de 2001 en Argentina siente que su vida ha perdido el rumbo y en ese contexto recibe una propuesta para un trabajo poco convencional en el África. Una vez en tierras de Angola y el Congo –los países donde transcurre la mayor parte de las escenas– nuevos personajes lo acercarán al despiadado mundo del poder y las piedras: asesinos a sueldo, mineros explotados por grupos insurgentes, empresarios inescrupulosos y hasta extranjeros solitarios que transportan diamantes en sus intestinos para luego venderlos en el mercado negro a cifras exorbitantes.

Sguiglia publicó, entre otros libros, No te fíes de mí si el corazón te falla y Un puñado de gloria. Fordlandia (1997), una de sus primeras novelas de ficción, cuenta acerca de un proyecto de autoabastecimiento de madera de alcornoque que llevó adelante el empresario estadounidense Henry Ford, cansado de pagar el caucho en el mercado a mucho más de su valor. Actualmente, el libro es utilizado como material de estudio en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA

Nota publicada en el diario El Ciudadano.

Rafael Bielsa: “Me hubiera gustado ser sólo un gran escritor”

Tucho. La operación México, o lo irrevocable de la pasión, reconstruye los últimos años de la vida del militante de Montoneros Edgar Tulio Valenzuela, secuestrado en 1978 en Mar del Plata   
Rafael Bielsa - Foto Ignacio Petuncci
Por Graciana Petrone

Pasión, vehemencia y una prosa sesgada por la poesía es lo que refleja Rafael Bielsa en Tucho. La operación México, o lo irrevocable de la pasión (Editorial Edhasa). Se trata de una novela que cuenta la historia de Edgar Tulio “Tucho” Valenzuela, integrante de Montoneros secuestrado en 1978 en Mar del Plata junto a su esposa María Raquel Negro quien entonces estaba embarazada de mellizos. A diferencia de su mujer, el militante fue liberado y luego viajó a México en donde denunció el plan del Ejército que buscaba ultimar a los conductores de la guerrilla. Sin embargo, ese mismo año y tras ser sometido a un “Juicio revolucionario” por Mario Firmenich y Roberto Perdía  –cabecillas de Montoneros–, fue encontrado culpable de traición. Valenzuela no soportó el peso de ser condenado por sus compañeros de lucha y se suicidó pocos meses de después.

Para reconstruir los últimos años de la vida de Tucho el autor se embarcó en una investigación que no sólo lo llevó a viajar por distintos lugares del país, sino que además lo obligó a revivir momentos oscuros del pasado reciente. Así, reconstruyó parte de su propia historia ya que él mismo fue partícipe activo del cambio que se vislumbraba en los albores de los convulsionados ’70.
       
Bielsa es conocido por su trabajo como político y abogado, pero también es poeta, autor de ensayos y de novelas. Sobre  esa condición dice que no hay mejor modo de no hacer nada muy bien que hacer demasiadas cosas más o menos, y confiesa: “Tal vez, en la edad de bronce, cuando un Homero (o varios Homeros, como quiere Borges) escribieron la Odisea, los héroes podían perfectamente ser malos y los poetas vivir de sus versos, me hubiera gustado ser sólo un gran escritor”.

—Tucho tiene una historia interesante y muy fuerte, ¿cómo fue la génesis de este libro?
—No sé si tan interesante, seguramente muy personal. Fui parte de distintas secuelas de los juicios de lesa humanidad, en particular el denominado “Pascual Guerrieri” o “La Quinta de Funes”. Durante casi treinta años creí que yo había estado desaparecido y sido torturado en dicho sitio, pero a la hora de los reconocimientos oculares resultó ser que la Quinta no tenía sótano y yo había estado encadenado en uno, de manera tal que algo no cuadraba. De un modo siniestro fueron apareciendo como espejos enfrentados diferentes lugares de suplicio clandestino, hasta el denominado “La Calamita”, que fue mi destino. Merced a las declaraciones de un agente civil de inteligencia apodado “Tucu” Constanzo se conocieron muchos detalles de aquel universo concentracionario, entre ellos sobre Tucho y su compañera María. Una amiga de entonces me dijo que escribiera esa historia. Le hice caso.

—¿Cuánto tiempo le llevó escribirlo?
—El proceso de escritura duró más de cuatro años, durante los cuales viajé a la mayoría de los lugares de aquel Vía Crucis, consulté infinidad de documentos, hablé con personas que nunca habían hablado antes, y a ello hay que añadirle un año de trabajo con mi editor, Fernando Fagnani. En un comienzo la novela tenia casi tres veces el tamaño con el que terminó.

—¿Cuál es el límite entre la ficción y la realidad de esta novela?
—Es literatura, y la ficción y la realidad todo el tiempo danzan, como figuras espectrales bajo una lluvia esmaltada que a veces las amalgama con alguna armonía. Si hablamos de géneros literarios, yo la incluiría dentro de lo que se llama “novela verídica”, o “novela no ficticia”, o “ficción real”. Dentro de la tradición de “A sangre fría” de Capote o de “La canción del verdugo” de Norman Mailer. Pero, naturalmente, las reflexiones ideológicas, éticas y políticas de Tucho y María, los diálogos entre Tucho y su entregador, los olores de Río, los dolores del Distrito Federal y el color del mar de La Habana no figuran en ningún expediente de la justicia federal. En cuanto a los límites, la literatura debe ser siempre estar atentos al dolor y a la belleza, a los que sufren y al modo cómo transforman esos materiales en un mensaje para la condición humana, de modo tal que cada lector sabrá dónde querrá ponerlos.

—Debido a su militancia en los convulsionados ’70, ¿durante la escritura de Tucho afloraron aquellos momentos oscuros?
—Alguna vez leí que cuando le preguntaron a Flaubert (Gustave) quién era Madame Bovary, contestó: “¡Madame Bovary soy yo!”. Ciertamente, no es necesario vivirlo para contarlo, pero en este caso cuento cosas que también viví. La gran diferencia, según mi modo de pensar, reside en la dimensión de lo que Tucho hizo con lo que le tocó vivir. Me parece que la historia está llena de breves momentos, y lo que los sujetos políticos hacen con esos instantes la determina. Con dos o tres años menos, un desaparecido podría haberse dedicado al deporte de riesgo, a los viajes exóticos o a la caridad. Los individuos no son mucho más que las circunstancias en las que son sorprendidos por éstas. Esto vale en términos generales. Luego, está la pasión, la voluntad, el empeño, y entonces aparecen María y Tucho. Y tantos otros compañeros, la gran mayoría de los cuales no está entre nosotros. Después están los elementos técnicos de la literatura: la escena del secuestro, con diversos planos, un espectador ajeno, el vértigo, da la sensación de participación al lector, pero son trucos.

—Tucho muestra una prosa sesgada por la poesía, ¿siente que influye su condición de poeta a la hora de escribir narrativas?
—Mucha cuenta no me doy acerca de cómo es el pespunte. Me intereso por la claridad expresiva, por hacer decir a las palabras tanto como son capaces, por hacer una cama intacta para que sobre ella caigan las cosas atroces. Trato de escribir textos que me gustaría leer si no los hubiese escrito yo. Sin dudas, una larga cantidad de años escribiendo poesía y publicando libros del género influyen. Pero me parece que hay que tener el cuidado, la precaución, cuando se escribe novela, de no buscar el verso del poema. Hay poesía en frases muy simples y muy literarias a un tiempo. Imagináte a un médico de guerra diciendo: “Mis heridos se curan mejor cuando se los mira…”,  ¿entendés?

Nota Publicada en la Revista 30 Días



Vignoli: “Quiero tocar el cuerpo del lector”

Poeta, narradora, crítica y ensayista, la rosarina Beatriz Vignoli pone en funcionamiento en su último libro de poemas una poderosa maquinaria de palabras que conmueven y sacuden al lector, en un tono que ella define como histriónico y teatral.
Beatriz Vognoli - Foto: Marcelo Masuelli



Graciana Petrone
Los poemas de Lo gris en el canto de las hojas (Baltasara Editora), de Beatriz Vignoli, son una suerte de construcción y reconstrucción de instantes sublimes o etéreos, de personas que de alguna manera dejaron marcas y también de luchas colectivas. Así, “Albada”, “Refinería” y “Jironada” –cada una de las secciones del libro–, abordan contenidos tan diversos como el mundo, a los que la autora convierte en versos casi mágicos.
En “Albada”, Vignoli reúne poemas de amor. En la segunda parte, muestra un mundo más particular con la claridad suficiente para permitir las apropiaciones por parte del lector. Finalmente, “Jironada” es un tejido de palabras que suceden con la cadencia de un llanto cuando dice: “Pensaste que tus colores te salvarían. / Pegabas los pedacitos del desastre. / Confiabas en tu caja de colores”.
En su afán también por humanizar lo inanimado la avezada poeta, narradora, crítica y ensayista pone en funcionamiento una poderosa maquinaria de palabras que conmueven y sacuden al lector. El resultado: un cimbronazo seco, similar a un espasmo, a una advertencia o acaso sea una inusitada forma de contar la importancia que, para los argentinos, cobraron los objetos (en desuso o en valor) tras la crisis de 2001.
—¿Cómo aborda usted la poesía?
—Para mí la poesía siempre está relacionada con la experiencia vital. Cuando digo experiencia no me refiero a que el poema narre una anécdota o un hecho biográfico de mi propia vida. La anécdota, si la hay, puede provenir de los medios, de una noticia o una crónica de vidas ajenas, siempre hay experiencia en un sentido amplio. Por ejemplo, en la resonancia afectiva de encontrarme con esas historias o asumir el sentido político que puedan tener. También es importante para mí el trabajo con el lenguaje, trabajar la materia sonora del lenguaje tanto desde el punto de vista del ritmo o los sonidos de cada letra y de cada palabra.
—¿La poesía es un género que facilita más que otros la apropiación por parte del lector?
—Busco expresar, sobre todo en poesía, en un lenguaje que tenga…no puedo decir universalidad porque es algo bien argentino, pero no se me ocurre otra palabra. Trato de que el texto que termina siendo un poema tenga sentido para cualquier lector que mínimamente comparta el mismo universo de referencia. En este libro hay un poema largo que se llama “Telegrama”, está dividido en varias partes. Presento una reescritura muy tardía de una serie de poemas cuyo detonante fue la crisis del diario El Ciudadano, allá lejos, hace unos años atrás, y una parte del poema hace referencia explícita a esa situación. Quise darle otra amplitud y contar la historia de cualquier persona que pierde su trabajo. Hasta se podría ampliar y llevar a alguien que pierde algo, como el I Ching; el poema para mí tiene algo de profético, el lector le pone el sentido, se apropia, dice “Esto es para mí”. Por eso, digo universalidad como una singularidad.
—La sección “Refinería” tiene que ver con el barrio de Rosario pero también con el tema del trabajo…
—La segunda parte se llama así porque en esa sección hay un poema que se llama justamente “Refinería” y me pareció una buena idea, agrupar, alrededor de ese poema, los que tuvieran que ver con el mundo del trabajo y también con algo del pasado de mi familia, con algunos mitos familiares. “El ingeniero” está dedicado a mi padre y a mi editora, que también es ingeniera. “El ingeniero” es uno de los poemas más alegres. “Termotanque” también tiene que ver con el pasado familiar, siguió el mismo proceso de “Telegrama”, es una especie de remake. Son fragmentos que tienen que ver con los objetos y con lo que significa afectivamente para alguien tener ciertos objetos. Lo había empezado a escribir por la época de la crisis, 2002-2003. Produje mucho en esa época.
—¿En “Albada” aborda cuestiones más personales?
—Albada es un género musical de la región de Aragón que se usa para convocar a los labradores. Los poemas de “Albada” los escribí en una época que tenía problemas para dormir, me despertaba siempre a las cinco de la mañana y el tema de las horas era una cuestión que me parecía interesante para trabajar. Para mí fue cubrir esa franja de tiempo en que no dormía, cubrir el amanecer. Yo vivo en frente de una plaza y salir y esperar el amanecer era maravilloso, venían los rayos desde el este sin obstáculos. En esta sección están, además, los poemas más líricos, los más dramáticos pero en el sentido del drama teatral. Son poemas para decir en un escenario.
—Y “Jironadas”, como el nombre indica, ¿es una especie de miscelánea?  
—Hay un poema que se llama “Jironada de mar” que tiene que ver también con la tapa del libro. Es un collage de Adolfo Nigro, quien había hecho un collage, especialmente para mí, con colores que él dice que relaciona conmigo. Cuando hace collages Adolfo Nigro procede como un surrealista muy genuino. Es como una inspiración que le sobreviene y junta todo. Son como poemas que forma con estas tiras de papel y Hugo Padeletti fue quien llamó Jironadas a esta serie de obras de Adolfo Nigro. La primera de estas obras la hizo en Estados Unidos, cuando le llegaba el correo basura con propagandas y eran unos papeles muy buenos. Es algo muy bello, parece como las hojas del tabaco cuando las ponen a secar.
—¿Cómo le afectó la crisis de 2001?
—Sufrí más o menos lo que sufrió todo el mundo, que es decir bastante. En ese momento buscaba cómo podía aprovechar eso para la poesía y encontré el tema de los objetos porque me permitió relacionarlo con proyectos modernos de la poesía latinoamericana, como las Odas elementales de Neruda. En esa época yo tenía una idea muy programática de la poesía, me impresionaba esa cuestión de las ferias americanas, la gente que se desprendía de sus cosas. Porque fue un momento de mucha miseria y se me ocurría que con esos restos caídos de las vidas humanas se podía generar algo. Sobre todo, por el valor que cobraban cada una de esas cosas de las que la gente se desprendía.
—Su poesía está en continuo cambio, como adaptándose a los nuevos contextos sociales, políticos y económicos…
—Hay una especie de compromiso entre la lírica y el objetivismo que se fue dando solo. Yo había asumido las prohibiciones objetivistas que eran prohibiciones casi como la ley de Moisés. El primer mandamiento dice “No usarás la primera persona del singular” (risas) y el segundo mandamiento es “No hablaré de mí”. Ya en 1999 estaba asfixiada por esos condicionamientos. Escribí un solo libro bajo esas normas y sentí que un segundo no iba a poder hacer, entonces por suerte me pude distanciar un poco.
—Pero sobrevivió a esas etapas, sin duda…
—El otro mandamiento de  la sobriedad objetivista era no usar adjetivos calificativos. Es más, ni colores podías usar en algún momento. El desafío era romper con esos mandatos y no quedar fuera del campo de la poesía. Una especie de trabajo interno para desarrollar un lenguaje propio, entonces, cada paso que yo daba en dirección a ese lenguaje propio me alejaba de ese rigor dogmático-estético. En Soliloquio utilicé algunas estrategias pero después no. Dije: “Esta es mi poesía”.
—¿El peso que tiene la palabra de Beatriz Vignoli como crítica literaria la perturba o limita a la hora de escribir?
—Para nada, porque nunca me paré en ese lugar. Qué soy yo para los otros para mí es un enigma. No sé por qué pero no lo asumo subjetivamente a ese lugar. Sospecho que puedo serlo para los demás, pero si me lo dicen no lo creo o no lo termino de creer. No me siento representada por esa función, no sé qué tipo de repercusión tienen las notas que escribo. Mi sujeción es estar como afuera, al margen, siempre empezando, siempre yéndome. A lo mejor eso responde a tu primera pregunta, puede ser una secuela de la crisis, a lo mejor algo de mí se quedó ahí.
—¿Cómo es su relación con la literatura y qué busca con cada poema?
—La relación que yo tengo con la literatura, que no es lo mismo que la escritura, es muy parecida a lo que en esta época se considera la relación ideal en dos personas, eso de ir fluyendo. No parece porque en el poema hay un despliegue como de gritar. Yo quiero tocar el cuerpo del lector. Ahí tenés un título (risas). Es eso lo que busco con un poema, como las canciones de Nirvana y en la voz de Kurt Corbain cuando dice: “Te juro que no tengo un revólver”. Es una voz que está tratando de desintegrar al que lo escucha. Quiero escribir así,  quiero que suene así, como la voz de Kurt Corbain. Es tan histriónico y a la vez tan teatral.
—¿A qué poetas lee?
—La poesía tiene que pasar la prueba de la relectura. Un contemporáneo que no dejo de releer es Leandro Llull. En este momento, para mí es el mejor poeta vivo de Rosario, tiene una poesía completamente universal y atemporal. Produce el impacto de un clásico instantáneo que tiene el efecto de que lo volvés a leer y no se gasta, sobre todo en su segundo libro Horas menores que, para mí, es en donde toma esa consistencia. Leí mucha poesía siendo adolescente y a muchos poemas los sé de memoria, los tengo en la cabeza. A veces los evoco, como a los Poemas del gran río, de Felipe Aldana o algunos de Beatriz Vallejos, Hugo Padeletti o Edgar Bayley cuando dice: ‘Una jarra de vidrio verde es todo lo que tengo/ pero la conozco bien”.
Nota publicada en el diario El Ciudadano

martes, 8 de abril de 2014

Malevos que ya no son


Graciana Petrone


Cuando paso por la puerta de lo que alguna vez fue el Olimpia siento que una mano me aprieta la garganta. Trato de evitarlo pero a veces doblo por Maipú sin darme cuenta y me sorprenden los pizarrones verdes colgados en la puerta que dicen: “Café La Virginia x 200, a 14.90”. Pero una mañana sentí un impulso que me hizo perder el miedo, y entré. Cualquiera que me conozca un poco seguro habría pensado que estaba por comprar un puñado de pasas de uva con chocolate, porque donde funcionó Los 20 billares (o el Olimpia) hoy abre sus puertas cruel e irreverente la sucursal de una bombonería y cuando entré caminé por primera vez por el mismo suelo en el que anduviste y repetía en silencio eso que escribí en el invierno del ‘89: “Si pudiera besar tus pies/o al menos el hueco que dejan tus pasos”.
Qué ironía. Hace más de veinte años, cuando te veía pasar, se me venían a la mente los vesos de Alejandra (Pizarnik): “Es tan lejos pedir/tan cerca saber que no hay”. En cambio, esa mañana en la bombonería supe que mis viejos poemas fueron premonitorios porque caminé sobre tus mismos pasos, entre las góndolas que no hacían más que ocupar el espacio de las mesas en las que vos jugabas y en las que yo te veía jugar, de lejos, desde la vereda de enfrente como quien no quiere levantar el avispero porque ese no era un lugar para mujeres, no señor, de ninguna manera. La entrada nos estaba prohibida.

Y me acordé del humo del cigarrillo formando en la penumbra nubes blancas abajo de las lámparas. Porque las únicas luces que se encendían eran las de las mesas y cuando las partidas de casín no se abrían las luces tampoco se prendían y el lugar parecía todavía más lúgubre y sombrío. Aunque vos lo iluminabas, tenías un aura especial, siempre la tuviste.

Fueron cerrando los billares y quedaron unos pocos. En el de san Martín y Montevideo todavía se juntan algunos de los muchachos. Pilo, el Muñeco y Castillo se fueron. A Beroiz lo mandaron a matar por una interna, como en los ’60. Al Polaco lo balearon en la puerta de su casa y aunque no estuviste para verlo, murió como un guapo. También se fue el flaco Rifel. Me acuerdo que un verano antes de que vos te fueras trajo a Orlando Paiva a bailar al club de mi barrio. Hacía calor, en un momento de la noche la pista se llenó de parejas cuando sonó Mala junta y entonces te busqué pensando que podías estar entre la gente. Pero volví a casa, una vez más, sin poder encontrarte. Al invierno siguiente lo crucé al flaco una tarde en el bar del Centre Catalá, loco por el tango como era sacó su compatudara portátil y me hizo escuchar una versión de Marión, sólo instrumental e interpretada por una orquesta francesa (que por supuesto no me acuerdo cuál era).

Yo supe esa mañana, antes de entrar en la bombonería, que los recuerdos se aparecerían sin preguntar y fue entonces que con desfachatez las estanterías, llenas de dulces baratos, me obligaron a resucitar toda clase de fantasmas: los muchachos, las noches de casín, tus pasos, Alejandra, mis viejos versos y Marion sonando en la laptop del Flaco. 

Cerca de la puerta, los gritos y bocinazos de un taxista que se quedó a medio camino y el  viento helado y seco de agosto me sacudieron como una bofetada.
Respiré hondo y después de sacudir los pies en una alfombra que nunca exisitó juré no volver a entrar nunca más y me fui por Maipú, para Córdoba, cantando bajito esa vieja canción de Luis Rubinstein: “Quiero que sepas, corazón, que jamás te olvidé”. Graciana - Rosario - Junio de 2011.
En memoria "del Hugo".

Tcherkaski. Escribir sin perder el origen

El poeta, periodista y autor de canciones, José Tcherkaski presentó en Rosario su último libro. Con particular sentido del humor habló sobre la génesis de este texto y rememoró los tiempos como letrista de los temas de Piero.

El periodista y escritor se anima a la poesía

Graciana Petrone

José Tcherkaski, poeta, periodista y autor de muchas de las canciones más emblemáticas de la música popular argentina de los años 70 presentó en Rosario su libro La palabra ínfima. Coherente con su título, se trata de una serie de poemas y relatos breves en donde las frases no sobran; por el contrario, con versos escuetos y cuidados pone de relieve todo aquello que se manifiesta inasible.

Así, el tacto aparece cuando dice: “Salvaje el dolor / penetra el cuerpo”. También los sonidos toman una consistencia inusitada mientras describe: “El viento suena / con el virtuosismo de un blues”. La palabra ínfima es, además, el nombre de la primera parte del libro. En la segunda, a la que tituló “El alma en llamas”, el autor aborda en unos pocos poemas el vacío y el dolor que dejó la última dictadura militar y asegura: “Ya nada será igual”. El último segmento es “Brevedades” y está constituido por pequeños relatos en los que no faltan los amigos, los bares de Buenos Aires, la noche o la música. En diálogo con El ciudadano, Tcherkaski, quien es un avezado cronista, habló sobre la génesis de la obra publicada.

Con su particular sentido del humor también rememoró algunas anécdotas de los tiempos en que compartió las giras artísticas con Piero, quien hizo famosas sus canciones.

—¿Por qué el título La palabra ínfima?
—Es un libro que me llevó muchos años de elaboración y corrección pero tiene una historia muy interesante relacionada con mi hija Sol. Ella es una nena de discapacidad absoluta, que no habla y no hace nada, sólo mira. Una tarde estaba conmigo en mi lugar de laburo y me di cuenta que ella no necesitaba de ninguna palabra ni de ningún gesto para hacerse entender. Ahí entendí que la palabra era absolutamente secundaria, fue como un mundo inesperado. A partir de eso es que empecé a abreviar el contenido del libro y por eso se llama La palabra ínfima.

—Muchos escritores padecen la corrección de sus propios escritos, ¿cómo fue ese proceso?
—No sufro. Yo soy consciente de lo que sirve y de lo que no sirve, lo que no quiere decir que tenga razón, sólo hablo de mis gustos. No padezco tampoco escribiendo, puedo escribir sobre una cosa muy sufrida pero creo que hay una relación muy esquizofrénica entre mis escritos y yo.  No soy Kafka, lejos estoy de compararme con su talento; me refiero a que él era un tipo que sufría o se revolcaba por el piso. A mi material lo leo, releo, lo elaboro y no tengo piedad frente al texto. No siento que estoy destruyendo nada sino cuidando la idea que tengo en la cabeza.

—¿Se siente más cómodo con la poesía o con la crónica?
—Soy muy cuidadoso y muy obsesivo. Es mi primer libro de  poemas y no creo que haya otro. Hay un comentario de Roberto Juarroz, que cito en una de las páginas, y cuento que él me dijo: “No se preocupe si no pasa nada más”. Y el tipo tiene razón. No me siento más liviano ni más complicado escribiendo versos o crónicas. Tengo una relación muy marcada entre lo que escribo y lo que soy, no pierdo mi origen.

—¿Cómo recuerda los años de auge de sus canciones?
—Fue una buena experiencia. Se pudo crear un espacio interesante dentro de la música popular. Yo hice tres, cuatro, cinco o seis canciones, eso no importa, lo que creo es que valen la pena y que marcaron una época y también a las generaciones de las décadas del 60 y 70. Ahí aparecen Miguel Cantilo, después Charly y León Gieco que son una camada de compañeros de ruta. Después cada uno tomó su camino, lo que es lógico.

—¿A qué cree que se debió el éxito que tuvieron las letras suyas que interpretaba Piero?
—Habría que ver un poco algo que antes me preocupaba pero ahora más que antes, se trata de analizar sobre qué tradición trabajamos en nuestra propuesta de música popular. Creo que acá hay una zona turbia cuando el tango se interrumpe por la caída de Perón en 1955, donde había una poética  fundamental. Había una gran poesía, todavía subestimada, como la de Cátulo Castillo u Homero Manzi y muchos más, que se frenó y derivó en lo que hacíamos nosotros.

—¿De joven escuchaba tango?
—Yo vengo de una casa en la que la radio era un elemento fundamental, la radio fue mi escuela y lo digo con mucho orgullo, pero aún así, creo que nosotros no teníamos mucha información sobre el tango. En los 70, cuando estaban Charly García, León Gieco o Víctor Heredia y muchos más, creo que había cierta confusión entre el folclore y lo ciudadano. Esa confusión fue la que produjo la retórica o la poética de las canciones. Hay muchos libros hechos en donde se dice que nosotros cambiamos la música pero en realidad no cambiamos nada. Sí es cierto que hubo canciones que fueron apropiadas por la gente y están instaladas en el inconsciente colectivo.

—¿Cuándo empieza la relación Piero-Tcherkaski?
—Allá por finales de los 60. Éramos amigos y nos juntábamos en La Perla, un bar del barrio del Once, en Buenos Aires. No teníamos un mango, después empezamos a ganar algo de dinero, aunque no demasiado. Cada uno sabrá cuál es su cuenta pero yo en lo personal no tengo un mango. Había una cosa muy sana de fluir y no pensar tanto en lo comercial, era distinto. Piero fue una figura muy popular en toda América, incluso en Italia, pero éramos tipos comunes a los que no nos mareaba nada. Sandro también era igual. Muchas veces cuando Piero entraba después de él decía: “Bueno, se fue Sandro y entra Roberto”. Esa separación creo que la fui asumiendo y por eso esa distancia entre lo que hago y lo que soy. Algunos podrán decir que tengo un pensamiento muy sofisticado pero creo que es al revés, me gustan las cosas simples.

—¿Cómo compusieron el inolvidable tema “Mi viejo”?
—Con Piero lo hicimos cuando yo tenía 25 años, ahora tengo 70, aunque en realidad lo escribí cuando era adolescente y se llamaba “A mi padre”. “Mi viejo” tomó partes de eso y Piero siempre tuvo una confusión y es que decía que era sobre su papá y en realidad es sobre el mío. Parece una discusión de niños pero es la verdad. Lo que nunca me imaginé es que iba a ser una canción tan totémica con la repercusión que tuvo y tiene. Mi madre, que no creía mucho en los dones que yo tenía, un mediodía me dijo: “Nene, andá a la comisaría y decí la verdad porque con esto vas a ir preso”. Pensaba que había cameleado que la había escrito yo y ella, queriendo cuidar mi libertad, me aconsejó que fuera a la Policía.

Entre medios y canciones
José Tcherkasky es escritor y periodista. Trabajó, entre otros medios, en el diario La Opinión, Clarín, El Tiempo Universal, Editorial Cambio16 (España y Colombia) y Editorial Rizzolli (Italia y Argentina) y fue secretario de redacción de la revista Siete Días. Entrevistó a todo tipo de personalidades del arte y la cultura universal, entre ellos a Peter Brook, Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Lucas Demare, Mario Vargas Llosa, Federico Fellini y Juan L. Ortiz, entre otros varios grandes nombres. Es autor, además, del exitoso tema “Mi Viejo” y otras canciones como “Pedro de nadie” o “Juan Boliche”, que el cantante Piero hizo famosas por todo Latinoamérica y Europa. También dictó una serie de cursos en el Centro Cultural Rojas, en Buenos Aires; fue productor discográfico y autor de casi una veintena de libros entre biografías, ensayos y crónicas. La palabra ínfima es su primer libro de poemas.

Nota publicada en el diario El Ciudadano

Rubén Pron, al rescate de historias personales

"Crónicas contra el olvido es el título de la trilogía que reúne, hasta ahora, dos libros en el que el periodista Rubén Chacho Pron pone de manifiesto las historias de tres militantes desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar.


El periodista Rubén Pron durante la presentación de los libros en El Trébol

Graciana Petrone

Crónicas contra el olvido” es el título de la trilogía que reúne, hasta ahora, dos libros en los que el periodista Rubén Chacho Pron rescata la historia de tres militantes desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar en la Argentina. Carlitos y Mary, publicado en 2013, y Alicia, que vio la luz en marzo de este año, representan una valioso aporte para la construcción del pasado reciente en el país y, en especial, para la comunidad de El Trébol, ya que allí vivieron las víctimas hasta que emigraron a otras ciudades del país para realizar sus estudios universitarios, al igual que el autor de estos relatos.

A través de documentos, cartas, fotos, citas bibliográficas y también testimonios de familiares y amigos el autor indaga en la vida de Carlos Alberto Bosso, María Isabel Salinas y Alicia Raquel Burdisso. Así, traza un recorrido que empieza prácticamente desde su infancia para llegar a cuándo, dónde y cómo fue que decidieron ser parte activa del cambio que se vislumbraba en el país en los convulsionados ’70.

Las tres personas desparecidas militaban en distintas corrientes partidarias. Pron  asegura que si bien compartía algunos ideales no tenían una actividad política en común, aunque sí mantuvo con ellos una relación fluida cuando fundó en El Trébol el periódico Semana Gráfica, ya que Carlos y Alicia fueron colaboradores.

“Era una publicación de carácter más bien contestatario —recuerda— y la mayoría de los redactores eran jóvenes de la localidad. A Alicia la traté solamente seis veces, desde mediados de 1969 hasta fines de ese año cuando se fue a estudiar a Tucumán. Después, nunca más la vi”.

Carlos y Mary

Carlos tenía un futuro prometedor. Según apunta el periodista en su libro, “era reflexivo”, una de las tantas razones que lo convirtieron en un ser muy querido dentro de la comunidad trebolense. Apenas terminó el secundario viajó a la capital provincial e ingresó a la Universidad Nacional del Litoral para estudiar Ingeniería química. Allí también conocería a María Isabel Salinas quien sería su esposa y la madre de Mariana, la única hija de ambos.

Pero el joven no pudo recibirse. Mientras militaba en Montoneros y le faltaba sólo una materia para terminar la carrera, debió dejar la ciudad de Santa Fe, perseguido por la Triple A. Se radicó junto a su esposa en Rosario donde vivieron un tiempo en la clandestinidad hasta que el 17 de septiembre de 1977 el matrimonio fue secuestrado y con ellos también la beba. “Los cuerpos de Carlos y Mary fueron encontrados en un predio militar de Laguna Paiva, que además fue el primer predio de enterramiento clandestino que se encontró en Argentina”, señala el periodista.

Tal vez porque todos sabían de la existencia de Mariana, o como indica Pron en su trabajo, que posiblemente los detenidos hayan negociado la restitución con sus captores, es que la niña le fue entregada un domingo a su familia paterna. Hoy tiene 36 años y es a quien el autor le dedicó el libro que cuenta la historia de sus padres, vilmente ultimados por el terrorismo de Estado.     

Quién sabe Alicia, este país

Alicia Raquel Burdisso nació en El Trébol. Los testimonios recogidos por el periodista apuntan que desde chica tuvo un perfil bajo y que mostraba más interés en la lectura que los demás chicos de su edad. Cuando terminó el secundario eligió la ciudad de San Miguel de Tucumán para estudiar periodismo, aunque después se cambió a la carrera de Letras. Allí comenzó una militancia social primero y posteriormente ingresó al Partido Comunista.

“Llegó a niveles impensados dentro de la estructura orgánica para una mujer tan joven. Con 25 años fue presidenta de Unión de Mujeres de la Argentina, fue además secretaria de prensa del comité provincial de Tucumán del Partido Comunista y también tenía  militancia gremial en ATE (Asociación de Trabajadores del Estado)”, dice el autor.

Tras un detalle minucioso que reconstruye los momentos de la vida de Alicia en El Trébol, y también en la provincia norteña, Pron relata que una mañana gris de otoño de 1977 la joven “fue levantada por los policías de civil del Servicio de Informaciones Confidenciales (SIC), un organismo paralelo al Departamento de Inteligencia de la Policía de Tucumán mediante el cual las autoridades militares de las dictaduras ejecutaban las detenciones clandestinas de las personas que pasaban a ser desaparecidas”.
Los títulos de la colección de Crónicas contra el olvido constituyen un valioso material que aporta elementos desconocidos sobre los militantes. “Siento que no presenté libros sino a tres personas”, dice el autor, para concluir: “Yo tenía con Carlos y Alicia el compromiso personal de rescatar sus historias”.  

Tercer título contra el olvido

Rubén Chacho Pron trabaja actualmente en la reconstrucción de la vida de Luis Alberto Tealdi, militante desaparecido, ligado a El Trébol, que llegó a la localidad santafesina cuando era adolescente, en la década del ’30.

El periodista señala que Luis tuvo una presencia relevante en distintas actividades gremiales: fue fundador del Sindicato de los Lácteos en los años 40 y después trabajó como administrativo en el hospital local cuando pasa a manos de la provincia luego de que es intervenida la Sociedad de Beneficencia, que había creado el centro de salud.

Otros aspectos de la vida del militante referidos por Pron, es que se fue de El Trébol en 1959 con rumbo a Mendoza. “Alí puso un negocio aunque no le fue demasiado bien y es por eso que decidió radicarse en Campana, provincia de Buenos Aires, donde un cuñado le consiguió trabajo en una fábrica siderúrgica”, dice.

Al igual que Carlos, Mary y Alicia, Luis fue secuestrado en 1977, aunque su historia se diferencia la de los jóvenes ya que al momento de su desaparición tenía cerca de 50 años. La vida de Luis Alberto Tealdi será el tercer título de la colección Crónicas contra el olvido, que el periodista tiene previsto presentar en El trébol el próximo 24 de marzo, en el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia.

Nota publicada en el diario El Ciudadano