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domingo, 10 de noviembre de 2013

Rafael Ielpi reeditó su primer libro de poemas luego de casi 50 años

Graciana Petrone

Dice el autor: “Que nuestro vicio absoluto sea ese: la despiadada lucha sin tregua”.




Volver al primer amor y a la escritura inicial fueron algunos de los motivos que llevaron a Rafael Ielpi a reeditar su poemario “El vicio absoluto”, que vio la luz en 1966 con el sello Biblioteca Popular Constancio C. Vigil. Hoy, la obra está nuevamente en las librerías de Rosario, aunque con un plus: fue presentada en el marco del Festival Internacional de Poesía, realizado a fines de septiembre en la ciudad, ocasión en la que también el autor recibió un homenaje por parte de sus colegas y seguidores. “Fue una especie de gran conmoción interna, un derechazo adicional que me pegaron”, dirá después el narrador, historiador y poeta, que además se confiesa “renuente a las efusiones líricas y afectuosas”.

— ¿Los escritores tienden a olvidar su primer libro en vez de rescatarlo?
— Hay ejemplos históricos de escritores que denostan su primer libro o descreen de su primer libro. No es mi caso, no es que digo que no lo hubiera vuelto a escribir sino que, con el paso del tiempo yo pensé que era muy primerizo y quizás no tuve noción real si tenía valor o no ese corpus poético que yo había publicado. Además, incluía algunos poemas que hice cuando tenía 19 años.

— ¿Qué cambios tuvo su poesía a partir de ese primer libro?
— Me fui olvidando un poco de ese primer libro y mi poesía fue derivando hacia otra cosa, mucho más narrativa. Algunos dicen que era más interesante aquella poesía más contenida y sintética de mi primer libro (risas), después me dediqué a una poesía más pro prosística, como lo que alguna vez hizo Saer. En esa búsqueda me olvidé de mi primer libro. Ahora, verlo reeditado, incluso por impulso de mucha gente que me dijo que valía la pena hacerlo, para mí fue una especie de gran conmoción interna porque yo hacía muchos años que no escribía poesía y en el último año volví a escribir y me di cuenta entonces que ese primer libro tuvo gran valor para mí.

— ¿Qué opina acerca de lo que se habla hoy acerca de que El vicio absoluto sentó de alguna manera las bases de la poesía actual en la ciudad?
— La reedición y un homenaje, coincidentemente con el festival de poesía es otro derechazo adicional que me pegaron. Soy muy renuente a las efusiones líricas y afectuosas también (risas), pero me pareció muy importante. Eso de que hay una generación posterior que se ve reflejada o antecedida en ese libro es también muy importante. Los voy a nombrar porque son poetas que yo quiero y valoro como Eduardo Danna, Hugo Diz, Jorge Isaías, Jorge Ibañez, Oscar Piccione, que son contemporáneos e incluso un poco más jóvenes tal vez.

— ¿Con qué debe contar una buena poesía?
— Siempre peleé porque la poesía no dejara de lado cierto lado coloquial, aunque no es el caso de El vicio absoluto que es un tanto más ceñido, pero yo después tendí a una poesía más conectada con la realidad. A mí la pura fracción no me gusta. La poesía metafísica la admiro en Rilke pero no para practicarla. Creo que estos tiempos exigen una mirada distinta sobre lo que pasa en el mundo ya dentro de uno mismo también. Después de la reedición del libro he intentado volver a sentarme a escribir y a reflexionar sobre lo que es el fenómeno poético, que es algo muy complejo. La narrativa me deslumbra mucho pero la poesía me produce un estado diferente. Me parece como que exige mucha más complicidad. Hay gente que es inmune a la poesía, no tiene costumbre de leerla, no le gusta y por ahí sí lee cuentos o novelas.

— O como dice Jorge Isaías: “Los libros de poesías no se venden porque los libreros no los ofrecen”…
— Puede ser, o no los recomiendan y hay poetas que son muy recomendables para ciertas edades. Yo no denosto a Neruda por ejemplo, creo que para un adolescente es necesario y le toca cierta fibra por una cuestión cronológica. Mario Benedetti también, y hablo de los jóvenes porque es el sector más desvalido de la lectura, posiblemente no lean una novela de 300 páginas y entonces comenzar con estos poetas es una aproximación a la lectura. Por eso son tan importantes los cuentos porque la gente los lee más que a una novela.      

— ¿Se puede hablar de una poesía de Rosario?
— Rosario ha sido una ciudad de muchas generaciones de poetas, más que de narradores. No quiero ser peyorativo con nadie pero no hay grandes narradores, están Jorge Riestra, Angélica Gorosdicher, Ada Donato, Gloria Lenardón o Alberto Lagunas y creo que ahí hay que parar de contar. Pero sí hay muchos poetas. Siempre nos reímos con otros escritores amigos cuando intentan rotular a la poesía de Rosario como si fuera un movimiento, cuando en realidad es muy diverso todo. No es como la poesía del noroeste que escribían más o menos similar como Dávalos o Castilla, acá somos muy distintos todos. Lo que sí hay es una gran corriente de generadores de poesía y muy jóvenes e incluso hay una nueva forma de lectura poética. Lo he visto en el festival, muchos hacen perfomances cuando leen y creo que es una nueva manera de expresar la poesía.

— ¿Por qué El vicio absoluto?
— Uno de los versos del libro dice: “Que nuestro vicio absoluto sea ese: la despiadada lucha sin tregua”. Me pareció acorde, me gustó y así lo titulé.

Tapa de El vicio absoluto
Biografía
Rafael Negro Ielpi (1939) nació en Esquel, provincia de Chubut. Vive en Rosario desde los 10 años. Fue traductor de poetas brasileños como Vinicius de Moraes, Manuel Bandeiras y Carlos Drummond de Andrade. Dirigió junto a Aldo oliva y romero Medina la revista “El arremangado brazo”. Otros de sus poemarios fueron “para bailar esta ranchera”, El vals de Hermelinda”, “Viajeros desterrados” y “Días de visitas”. De gran trayectoria periodística y artística, el escritor es reconocido por sus trabajos de investigación sobre la historia de Rosario. Desde 2003 dirige el Centro Cultural Fontanarrosa.  “El vicio absoluto” es su primer libro de poemas.       

lunes, 4 de noviembre de 2013

“Nosotros los Qom, llevamos siempre el monte en el alma"

Rolando Edgar Sánchez se dedica a difundir las lenguas originarias entre sus pares del barrio Los Pumitas de zona norte. Llegó a Rosario hace tres años y todos los días realiza su tarea de divulgación puerta a puerta.

Graciana Petrone


El poeta Vilo - Foto Leo Vicenti


En la puerta de un bar, a menos de una cuadra de la Facultad de Medicina, entre el ruido de las bocinas de los autos y el ir y venir de estudiantes con carpetas bajo el brazo, Rolando Edgar Sánchez espera a El Ciudadano. Casi nadie lo conoce por su nombre, todos le dicen Vilo. Tiene 23 años, es más bien bajo, de pelo negro y espeso y con la piel morocha y agrietada. Una incipiente barba le dibuja una marca en el mentón, lleva puesto un pantalón de jeans gastado, zapatillas Nike blancas y una camisa indígena roja. Con su voz suave y sin palabras de más cuenta sobre su trabajo de divulgación de la cultura Qom en el barrio Toba Los Pumitas, de Empalme Graneros.

Vilo es un poeta de los montes. Hace tres años llegó de El Colchón, Chaco. Desde entonces se dedica a difundir las lenguas originarias entre sus pares del barrio en el que también vive. Aprendió el castellano cuando dejó su provincia y sin embargo lo habla casi a la perfección. Justamente, lo primero que cuenta es que por no saber comunicarse se llevó los primeros desencantos. “Se dice qué fue pero no quién”, avisa, para luego explicar que a los pocos meses de vivir en Rosario unos realizadores audiovisuales fueron al asentamiento de la zona noroeste para filmar un documental sobre la comunidad. “Pero hicieron algo que no se tiene que hacer, me usaron mis escritos y los tomaron como propios, los firmaron como suyos”, sostiene, con la mirada fija en algún punto, muy serio y sin encontrar la palabra adecuada para lo que sencillamente se trata de un plagio.

El trabajo de divulgación que Vilo lleva a adelante es cuerpo a cuerpo. Todos los días el poeta camina el lugar y trata de mantener vivas las tradiciones Qom, sobre todo entre los más pequeños. “A veces organizamos clases especiales en la escuela y otras voy golpeando las puertas casa por casa”, dice. Está convencido de que el ritmo de vida de la ciudad puede terminar ganándole a las propias raíces y entonces repite que “hay que hacer lo posible para que eso no pase”. En la mesa del bar, el escritor habla sobre sus experiencias con los chicos y se asombra de la rapidez que tienen para comprender y asimilar conceptos: “Yo les digo, les explico, que por más que vivan en la ciudad la tradición de nuestros ancestros está siempre adentro de cada uno”.

El Principito
El joven empezó a escribir cuando tenía ocho años. Recuerda que una tarde su padre le dio un papel y un lápiz y cuando volvió a la casa le preguntó qué era lo que había hecho. “Yo le dije que nada porque no sabía ni leer ni escribir, entonces me mostró la hoja en blanco y me enseñó que aunque estuviera vacía en realidad estaba llena, porque las hojas son como las personas y nosotros, los Qom, llevamos el monte en el alma. Me quiso decir que esa hoja estaba llena del monte, que tenía nuestras historias”, explica. Cuando aprendió, lo primero que hizo fue contar sobre un anciano de su comunidad que vivía en el cerro chaqueño, lo tituló “La tristeza del cigarrillo para Aníbal”. Durante la entrevista recitaría algunos de sus versos: “Se pasó la vida anhelando que pasara algo maravilloso / y lo único maravilloso que pasó fue la vida”.

Vilo solamente hizo la primaria, en El Colchón, pero dice que le gustaría terminar el secundario, entrar a la universidad y recibirse de la carrera de Comunicación Social. Hace unos meses grabó la voz en off de un cortometraje hablado en lengua Qom y subtitulado en español que fue auspiciado por la Secretaría de Cultura de la Nación. Lleva varios CD consigo. “Justo hoy a la tarde estuvimos en una escuela del centro y pasamos la película. Es sobre un cazador llamado Gerónimo que no tiene para comer y por eso va al monte a cazar animales para su familia pero aprende que al monte hay que respetarlo, porque el monte somos cada uno de nosotros”.

El joven también participó hace unos años, junto a grupos aborígenes de Formosa, Santa Fe y Chaco, en la traducción de “El principito” a las lenguas originarias pero el gobierno de Francia, país de nacimiento de Saint Exupèry, el autor de la emblemática obra, no admitió al Qom como idioma. “Fue algo importante, cada comunidad hacía un capítulo mientras íbamos recorriendo las provincias”, se lamenta, y repite que va a tratar de que vuelvan a hacerlo, “pero esta vez con más fuerza que antes”.

Vilo explica que su trabajo como divulgador no es remunerado, que lo hace simplemente porque que quiere y siente que su deber es mantener intactas las costumbres y el idioma de su comunidad.

Nota publicada en el diario El Ciudadano 

Shopping y Colección de arena: Eficaces escrituras femeninas

Marta Ortiz y Gloria Lenardón, dos autoras de avezada trayectoria, acaban de publicar un libro de cuentos y una novela, respectivamente, donde sobresale el arraigo con el pasado, en los relatos, y una anécdota mínima en el texto de largo aliento.

Graciana Petrone
 
Lenardón y Ortíz - Foto Leonardo Galetto

La serie Narrativas Contemporáneas, de la Editorial Fundación Ross, acaba de publicar Colección de arena –compuesto por una serie de cuentos–, de Marta Ortiz, y Shopping, una novela de Gloria Lenardón. En concordancia con la avezada trayectoria de las autoras, las obras ofrecen relatos de cierta impecabilidad, en los que puede leerse la palabra precisa en cada una de sus páginas. Coherentes con el espíritu del proyecto, los ejemplares se distinguen por su elegancia y el cuidado estético de sus portadas, cuyo diseño e imágenes pertenecen a Cecilia Lenardón.

Encuentros, sentimientos inequívocos, personajes por momentos complejos y un exhaustivo trabajo en la descripción de los ambientes, el vestuario o la coyuntura (aunque también aparece lo aleatorio) son sólo algunos de los elementos con los que Ortiz construye los 23 relatos que forman el libro. “Es una característica mía. No puedo evaluarlo dentro de mi mismo trabajo, pero remitiéndome a lo que muchos me han dicho sobre eso, creo que es parte de mi mirada”, asegura la autora, quien además es una experimentada coordinadora de talleres de narrativa. “Por otro lado –agrega– nunca doy por terminado un cuento hasta que no me satisface a mí, lo que nunca ocurre con la primera versión: hay que retrabajarlo y pulirlo porque muchas veces no están claras las ideas y eso se va develando en la escritura”.

Así, el detalle más ínfimo se convierte en una pieza fundamental a partir de la cual la autora da vida a una narración con fuerte contenido político como es el caso de “Zapatos de fiesta”. En este relato, la protagonista abre un abanico de recuerdos de su época de estudiante universitaria, y escribe: “Mirabas para otro lado, vos y otros miraban más allá de la línea de fuego a pesar de los chicotazos que ennegrecían el ambiente y las corridas también, había que llevar zapatos cómodos, no las botas de caña alta cuando ibas a la facultad (…)”.

En “Lunares de sol sobre el verde del césped del parque”, en cambio, crea un personaje que guarda un secreto atroz y casi como una interpelación al lector apunta en un diario íntimo lo que no se anima a confesar: “Alguien me habló de una cronista guatemalteca, lleva un registro minucioso de esa napas inclasificables que en los libros se llama estupro y en la vida real violación (…)”. En todos los relatos de Colección de arena el arraigo en el pasado, la mujer frente al mundo o los recuerdos de la infancia destrozados por el paso del tiempo son una constante. En cada texto Ortiz hace que se desteja una madeja de frágiles y delgados hilos que se estiran y acomodan a medida que las páginas avanzan.


Shopping
En Shopping, Lenardón realiza un trabajo narrativo en el que se destacan dos aspectos esenciales. El primero es que la novela transcurre en un único momento: cuando la protagonista asiste a la inauguración de un centro comercial a bordo de un viejo Renault 12. El segundo, es el impecable manejo de la palabra con el que produce imágenes en continuo movimiento y situaciones casi agobiantes, llenas de adrenalina, propias de los efectos del consumismo.

Y pese al terreno peligroso por el que puede caminar una trama sin detonantes y basada en lo anecdótico, la escritora mantiene en vilo al lector con maestría. No da tregua. “Me ocupo de la historia en sí, de cómo quiero contarla –explica–, de las dificultades con que me topo; con esta novela quería una anécdota mínima, una voz que fuera y viniera, un poco aquí y un poco allá, y un espacio muy grande donde hubiera amontonamiento, acumulación. Y también mucha distracción”.

El personaje de Shopping es una mujer cuyo único interés aparente es ingresar al complejo y a la que deslumbran el colorido de las vidrieras acondicionadas especialmente para la ocasión, el amontonamiento de gente, los adornos o los fuegos artificiales, mientras cuenta todo lo que ve: “Hay estrellas que revientan en puntos azules que de golpe son rojos, o de un blanco fosforescente”. De a ratos recuerda a su gata Lola, el balcón de su departamento y algunos instantes fugaces de su vida pero de inmediato vuelve a sumergirse en el escenario convulsionado del centro comercial.

Así, la historia de Lenardón transcurre entre una multitud de gente y marquesinas incandescentes, música y cientos de ofertas de productos de los más disparatados por los que la gente se agolpa a empujones para comprar antes de que se acaben. “Cuando quiero escribir una novela – dice la autora–, siempre tengo la sensación de estar metiéndome en un embrollo del que me va a costar salir, y aún más resolver. Con esa sombra encima lo primero que trato de evitar es lo solemne”. Esa parece ser la razón por la que eligió un shopping como escenario. “Porque me aportaba ideas que me divertían, pero hay que ver qué queda cuando se pasa la narración, y cuán dispuesto está un lector a ceder su seriedad”, apuntó.

Ejemplares de colección
La colección Narrativas Contemporáneas, de Editorial Fundación Ross, está dirigida por Lenardón y Ortiz. Debutó con las antologías Mi madre sobre todo y El río en 14 cuentos, a los que le siguieron seis libros más entre los que se encuentran La prueba viviente, de Patricia Suárez; Tirabuzón, de Angélica Gorodischer, y Santos y desacrosantos, de Enrique M. Butti. Las ediciones se distinguen por su cuidado estético y un particular diseño exterior en el que la fotógrafa Cecilia Lenardón crea imágenes que ocupan tapa y contratapa. “Como si se pudiera ingresar al interior del libro por ambos lados”, apuntó Ortiz. La serie, según explican las editoras, busca rescatar “la oferta del había una vez, la diversidad de escrituras, las ideas que se agregan y sus pretensiones, el fenómeno de lo que va y viene, su registro en el idioma. La trasgresión de lo cotidiano: un libro para hoy y otro para mañana”.

Nota publicada en diario El Ciudadano 

lunes, 16 de septiembre de 2013

José Pablo Feimann y Horacio González: Debates, medios y erotismo

Por Graciana Petrone
José Pablo Feimann y Horacio Goznález
Antes de presentar en Rosario su libro Historia y pasión. La voluntad de pensarlo todo en el marco de la Feria Rosario Libro y Lectura que se llevó a cabo entre el 9 y el 18 de agosto en el Espacio Cultural Universitario, José Pablo Feimann yHoracio González hicieron algunas apreciaciones sobre las conversaciones que sostuvieron en la Biblioteca Nacional y que luego, organizadas por el periodista Héctor Pavón, se convirtieron en un texto singular donde estos escritores repasan vida y obra en tiempos de convulsión que fueron casi todos los de este país. La charla tuvo lugar en el bar El Cairo, donde Feinmann acaparó sin remedio la atención de los que estaban sentados en las mesas y también de quienes caminaban por calle Santa Fe y se encontraron de golpe con su imagen detrás de la ventana. Hubo quien le pidió sacarse una, dos y hasta tres fotos con él, lo que al mediático filósofo lo puso un tanto incómodo. Luego dirá que esa reacción de la gente es producto de la televisión. En cambio, González mantuvo el mismo perfil bajo con el que habitualmente se muestra en público, pese a que desde hace nueve años es director de la Biblioteca Nacional, el lugar por donde pasaron las grandes definiciones culturales de la Historia Argentina. Distendidos, hablaron del libro que los traía a Rosario pero también de erotismo, cine, política y del devenir de las formas de comunicación en la actualidad.

—¿Cómo surge este libro?
—(JPF) La idea fue de los dos y surgió por una charla que tuvimos en canal 7 a la que titularon “Debate”, para venderla mejor. Porque hoy en día si algo no es debate, discusión o asesinato no vende, aunque todavía no llegamos al último (risas). Salió muy cálido ese programa, claro, es que hace 40 años que nos conocemos. Después de eso Ignacio Iraola y Paula Pérez Alonso, de editorial Planeta, decidieron hacer un libro pero basado en conversaciones. Para eso contrataron a Héctor Pavón, un periodista excelente de Clarín y nos juntamos algo así como 22 horas, algunas veces en mi casa y otras en la Biblioteca Nacional.

—¿Se sintieron intimidados por la presencia del periodista?
—(HG) No, por el contrario, porque ya sea que fuera una presencia más plena o fuera una presencia como lo fue, más sutil, de las dos formas a mí no me hubiera incomodado para nada. Es un libro extraño que sólo se puede hacer teniendo un compromiso previo común, una historia con cercanías y lejanías y un afecto que permanece a lo largo del tiempo, tal como uno cree que son los afectos: entre la melancolía y cierta resistencia a las formas torpes de la modernidad y al mismo tiempo aceptando que el mundo tiene un espacio de calidez en la amistad que creo que permitió hacer el libro. Al principio pensamos en escribir un libro llamado La condición humana y creo que era como una locura (risas).

—(JPF) Serían 20 tomos…

—(HG) A mí no me disgustaría retomar, aunque sea como utopía, eso de “La condición humana”. Hay grandes libros recordables, de grandes autores, con ese título. Si se me perdona esa petulancia a mí me gustaría usar ese título para otro libro.

—Y a usted Feinman, ¿le gustaría haber agregado o cambiado algo?
—(JPF) Otra cosa que se me ocurre es incluir a alguien, no a cualquier persona, a alguien que yo admiro mucho pero que sin duda ahora discutiríamos y que sería Eduardo Grüner. Sería lindo hacerlo con él porque es un tipo realmente muy formado que ha escrito al menos dos libros: El fin de las pequeñas historias y La oscuridad y la razón, este último, sobre la revolución de Haití que es un librazo. Aunque últimamente Eduardo cambió algunas ideas, yo no estoy de acuerdo con el lugar en el que está, pero no con él en sí. Digamos, si él tuviera esas ideas solo sería mejor pero bueno, decidió tenerlas en un encuadramiento político.

—¿Quedaron conformes con la edición?           
—(HG) Un libro de este tipo supone distintos problemas y uno de ellos es, justamente, la desgrabación, que implica, además, tener que tomar una decisión sobre ella. En este caso, el periodista hizo muy pequeñas y oportunas intervenciones en la edición. Eventualmente, una desgrabación literal hubiera incluido los deshechos de la conversación que, si bien pueden ser interesantes, harían infernal la lectura de un libro. La tarea de extirpar ciertos detritos que tiene una conversación en un estado físico brutal es una tarea muy interesante y eso creo que lo hizo Pavón de una manera muy delicada. Cualquier tipo de redacción exige una catarsis, una depuración de la pasión interna de una conversación y el trabajo del periodista me gustó mucho porque está muy poco intervenido.

—Feinmann, en el libro cuenta que empezó a escribir novelas pornográficas siendo un adolescente…
—(JPF) Hacia fines de los 50 yo tenía alrededor de 13 años y entonces venía el cine europeo pero prohibido para menores de 18. Allí podía aparecer alguna mujer desnuda pero en el norteamericano no, porque todavía estaba muy vigente el Código Hays. Marilyn (Monroe) no se desnudaba en ninguna película y tampoco lo hacían ninguna de las actrices que a mí me gustaban. El material erótico era muy pobre y así creé mi propio universo erótico. Yo siempre hago un chiste y es que nosotros nos masturbábamos con la foto de Gabriela Mistral (risas). Playboy no llegaba ¡Qué país de mierda que no llegaba Playboy! Esas revistas entraron acá por primera vez con Cámpora y ese fue uno de los grandes logros de Cámpora. Entró también Último tango en París, era la democracia. También veía mucho film noir, aunque no sabía que estaba viendo film noir. Los western me gustaban mucho y tenía algunos actores favoritos. Llevaba un álbum de cine y a cada película que veía le pegaba el aviso que había salido en el diario y la comentaba. Yo era el crítico de cine. Además, le ponía pesas. Cinco kilos era lo máximo, dibujaba las pesitas y también las escenas de la película, porque había estudiado dibujo.

—Respecto de los medios de comunicación, en su tesis sobre el sujeto comunicacional dice que el consumidor de información construye su realidad en función de lo que le muestran… 
—(JPF) La escribí hace varios años y ahora la voy a publicar en un libro. Siempre va a haber tantas verdades e interpretaciones como medios hayan llegado. Por ejemplo, sobre la tragedia en Rosario, más de un medio le va a echar la culpa al sujeto político que quiera denigrar.

—¿Hay miras de que cambie esa cultura del consumo de la violencia y la agresión?
—(JPF) Va en aumento. Creo que va a ser muy difícil cambiar al periodismo. En España pusieron una foto de Chávez muerto antes de que muriera y me recordó a esa frase de Nietzsche que a algunos les disgusta tanto: “No hay hechos, hay interpretaciones”. Está bien, pero para que haya interpretaciones tiene que haber hechos, no una noticia sin ninguna facticidad que es la mentira total, como el caso de la foto de Chávez que ni siquiera es una interpretación del hecho sino una interpretación sin hecho, algo demencial, un periodismo cegado claramente por el odio. En Página 12, por ejemplo, hay críticas pero no hay odio ni agravios, pero un diario como La Nación, que saca un artículo que compara a este gobierno con 1933 cuando asume Hitler, eso es un insulto.

—(HG) Los medios tienen una elevada capacidad de supresión y eso está producido, en parte, por una tecnología sofisticada, una forma de montaje y edición que es un lugar misterioso en donde se combinan los hechos pero aparece un elemento que ya no son los hechos tal cual como sucedieron. La pérdida de la noción del hecho sucedido es compleja porque evidentemente las interpretaciones hacen a todos los hechos diferentes, pero al perder la civilización la noción de los hechos sucedidos se pierde la idea de objetividad, que también es compleja, y al perderse eso las estructuras de comunicación mundial están obligadas a actuar en función de esa supresión de los hechos y se convierten en el gobierno mundial de la subjetividad.

—Usted González ha dicho en alguna oportunidad que los medios de comunicación siempre jugaron un papel fundamental en la construcción de la identidad colectiva, pero dadas las condiciones actuales eso es complejo…
—(HG) Los grandes medios escritos actuales tienen su correlato con internet, la televisión o la telefonía y suponen algo que aún no vemos con claridad, un tipo de conciencia colectiva que se está construyendo y hay un rasgo antiintelectual muy evidente. La idea del entretenimiento, además, ya no es una idea vinculada a lo lúdico sino a lo siniestro. La pérdida de las lenguas nacionales vulneradas por las estructuras tecnológicas llegará tal vez a formas de vigilancia, de manipulación del consumo que detecte al consumidor con un simple clic en la computadora, lo que es pavoroso. Pero es posible llegar a no ser el consumidor de una mercancía sino la mercancía que algún otro consume. Y a esa estructura, no sé cómo llamarla… ¿Vos, José, cómo la llamaste?

—(JPF) Big Brother panóptico.

Nota publicada en el diario El Ciudadano.

La revolución de las hermanas Cosettini

Para transmitir a los nuevos educadores la conocida “experiencia Cossettini” desde 1988 funciona en la ciudad un archivo pedagógico que lleva los nombres de Olga y Leticia. Allí estuvieron esta semana 12 docentes que llegaron de Buenos Aires.

Por Graciana Petrone

Encuentro docente en Irice-Conicet Rosario


Romper con las formas convencionales de enseñanza para abrir paso a un proyecto basado en la solidaridad es sólo una de las bases sobre la que Olga y Leticia Cossettini desarrollaron su trabajo como educadoras desde 1914 a 1950, primero en Rafaela y después en Rosario. Las hermanas fueron precursoras en entender a los niños como protagonistas dentro del ámbito escolar y no como simples receptores de contenidos curriculares. Hoy, a casi un siglo de que iniciaran su prolífica tarea educativa, las dos mujeres son símbolo indiscutido de lucha e innovación, pero también de sensibilidad, dedicación y de vocación aplicada a la enseñanza.

Con el objetivo de transmitir a los nuevos formadores lo que se conoce como la “experiencia Cossettini” funciona desde 1988 en la ciudad un archivo pedagógico que lleva su nombre y que depende del Irice-Conicet, el Instituto Rosario de Investigación en Ciencias de la Educación que depende de la agencia científico-tecnológica a nivel nacional. La institución organiza periódicamente diversas actividades y justamente, con motivo del Día del Maestro, recibió a una delegación de 12 docentes de la escuela Proyecto Sur, de Buenos Aires, para analizar las prácticas que implementaron Leticia y Olga en la primera mitad del siglo pasado. “Es importante mantener un sentido de identidad sobre lo que hicieron las hermanas en la ciudad y en la provincia en materia de pedagogías renovadoras que fueron semillero de maestros”, explicó Javiera Díaz, directora del archivo.

Otro de los proyectos que impulsa el archivo es el de la “Valija pedagógica”, que surgió en 2009 tras la necesidad de difundir su obra, pero a la vez preservar los documentos y libros originales de Olga y Leticia Cossettini. Según explicó Díaz, el equipaje no sólo recorre el país sino que además “viaja a escuelas e institutos de profesorado de la ciudad, priorizando las instituciones públicas de formación”. La iniciativa se gestó en 2005 luego de que un especialista en conservación de papel de Buenos Aires evaluara y tratara la valiosa documentación y bibliografía que hoy forma parte del registro local.

No obstante la importancia de que los docentes sepan acerca de la “experiencia Cosettini”, Díaz consideró que “cuesta un poco que los profesorados adhieran de manera más intensiva a la iniciativa”.
“Aunque se pueda pensar que los formadores de formadores tendrían que tener la valija casi permanentemente, eso no ocurre como uno supondría que tiene que ocurrir”, lamentó.  Pero a la par se entusiasmó: “Recibimos muchos pedidos de Salta, Buenos Aires y de algunas localidades del sur del país”, destacó, y además marcó que en lo que va del año la respuesta por parte de los maestros se ha incrementado.

La “experiencia Cossettini”
Olga Cosettini

Esa suerte de revolución educadora que llevaron adelante las hermanas no tuvo el alcance en el tiempo necesario para transmitirse de generación en generación. Los tiempos políticos de la Argentina de entonces eran convulsionados y sobre todo hostiles hacia cualquier mujer que esbozara un impulso de cambio. Por eso fue que Leticia abandonó la docencia para dedicarse a la alfabetización de adultos en zonas rurales. En cambio, Olga fue directora del establecimiento educativo Nº 69 Gabriel Carrasco, de Alberdi, donde desarrolló su proyecto “Escuela Serena” durante 15 años, hasta que arbitrariamente fue cesanteada durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón.

Antes de ser removida de su cargo y de la docencia las iniciativas renovadoras de Olga sufrieron permanentes boicots por parte de las autoridades ministeriales del momento. “Ella consideraba que lo que el niño aprendía en la escuela no debía servirle para la escuela sino para la vida”, explicó Díaz. Así es que la emblemática maestra creó un programa de misiones culturales infantiles que, sin saberlo, serían la piedra basal de lo que hoy se conoce como las ferias escolares en las que los alumnos muestran, comparten y complementan los conocimientos adquiridos. “Había mesas con microscopios en la calle y la gente se acercaba, mientras que los alumnos le contaban lo que sabían acerca de alguna enfermedad. Allí surge también esa idea de solidaridad y de pensar el ámbito educativo desde un lugar más amplio”, recordó la investigadora.

Natalia Saladino, una de las maestras porteñas que visitaron el Irice-Conicet, destacó la importancia de conocer más acerca de la “experiencia Cossettini” para poder aplicar en el aula esas vivencias. “En la escuela te enfrentás con distintas realidades pero en lo fundamental es adecuarse a esa realidad para brindar lo mejor desde nuestro rol y así encontrar la manera de adecuarnos al espacio y al grupo de personas que convivimos”, sostuvo.

Otra consideración similar hizo Mabel Puente, educadora de Buenos Aires que además pertenece a la Red Cossettini, organismo que trabaja a nivel nacional e internacional para difundir el legado pedagógico y espiritual de las hermanas. “Uno cuando elige esta profesión tiene que conocer los encuadres de los lugares en los que trabaja. Si bien la currícula es el denominador más fuerte que nos regula a todos, también hay que buscar la forma que tiene que ver con esa parte de la población con la que se trabaja y con el propio estilo. Eso es el oficio docente”, finalizó.

Nota publicada en diario El Ciudadano

martes, 13 de agosto de 2013

Tragedia en Rosario: El bulevar de los sueños rotos (*)

Bomberos trabajan en la zona del desastre

Graciana Petrone
Angustia, silencio y desolación es lo que se vive y percibe en las inmediaciones del edificio que explotó y que dejó muertes y personas desaparecidas bajo los escombros. A metros de ahí, la acera central del bulevar Oroño ya no muestra su escenario frecuente de estudiantes que van o vienen a clases o adolescentes despreocupados que andan en rollers. El paseo de Oroño no es el mismo desde la fatídica mañana del martes 6 de agosto, donde ahora no cesa el ir y venir de cientos de bomberos voluntarios y zapadores, rescatistas, médicos, paramédicos, gendarmes y policías especializados que hacen un trabajo cuerpo a cuerpo revolviendo entre los escombros en busca de sobrevivientes. Y a eso se agrega contingentes de ex combatientes de Malvinas y otros voluntarios.

La realidad es por momentos tan desgarradora que conmueve hasta a los hombres más avezados en tareas de salvataje. En sus momentos de descanso, algunos rescatistas esperan afuera de la zona del desastre la señal de los que están a cargo para ingresar nuevamente a levantar escombros en busca de vida. Y, salvo aquellos que conforman los equipos de elite en materia de salvataje a nivel nacional y que intervinieron en los siniestros más recordados de las últimas décadas, en varios de los que trabajan en la zona de Oroño y Salta hay una frase que se repite: “Nunca vivimos algo así”.

Ariel Pérez tiene 30 años y es uno de los integrantes del equipo de paramédicos voluntarios que trabaja en el lugar desde las primeras horas de ocurrida la explosión. Atiende a El Ciudadano en Salta y Oroño y la charla, aunque es breve, no deja de ser intensa. En realidad, en lo único que piensa es en volver a entrar a la zona del desastre para seguir sacando escombros. “Somos paramédicos, y todos los que estudiamos para eso deberíamos estar acá todo el tiempo”, dice. Aunque él mismo no puede hacerlo porque su trabajo de administrativo en un centro de salud de Villa Gobernador Gálvez demanda que cumpla un horario de al menos tres horas diarias “porque no hay personal en el dispensario que tome los turnos”, aclara.
Si bien a medida que pasan los días las expectativas de encontrar gente con vida en el derrumbe se vuelve más incierta, Ariel no baja los brazos, tiene fe. Casi todos los que están ahí la tienen. “Nos enteramos por los medios de la situación y empezamos a comunicarnos con los distintos paramédicos: egresados, estudiantes y ex alumnos de la carrera y nos pusimos a disposición de las autoridades para ayudar en las tareas de búsqueda y rescate”, cuenta con naturalidad.

Los paramédicos autoconvocados (y todos los que participan en las acciones de salvataje y remoción de escombros) trabajan casi sin descanso y responden a los requerimientos de la brigada de Bomberos de Búsqueda y Rescate. “Es muy fuerte lo que se vive ahí adentro”, dice, con la mirada clavada en las vallas que separan el lugar de la tragedia de las cámaras de televisión. También dice que es una situación de estrés muy grande la que pasan los familiares de las personas desaparecidas, quienes  hacen vigilia las 24 horas a la espera de noticias, y es por eso que tratan de darles contención.

Entre los momentos más fuertes que Ariel recuerda haber pasado dentro de la zona del desastre está cuando le tocó atender a heridos en estado crítico. “También me movilizó mucho ver el trabajo codo a codo de otros compañeros que nunca viste en tu vida y saber que es todo por una misma causa”, dice antes de terminar la charla. Después desaparece tras el vallado, con su traje naranja, y vuelve al lugar del siniestro, a vivir en carne propia lo que durante los dos últimos años de la carrera de paramédico lo conoció a través de una suerte de simulacro de accidentes con víctimas múltiples.

(*) Nota publicada en diario El Ciudadano 

“La prueba viviente” de Patricia Suárez (*)

"En la escritura hay que hurgar en la piedra para sacar arte de ella", dijo la autora rosarina, quien presentará en La Feria del Libro una novela en la que navega la delgada línea que separa la comedia del drama y sobre la que da detalles junto a sus "singulares" métodos de escritura.

Foto Patricia Suárez, de blog Eterna cadencia


Graciana Petrone
La desventura confina a Mendo, el protagonista de La prueba viviente (Editorial Fundación Ross), la nueva novela de Patricia Suárez, a una vida de desaires y abandono. Cuando era niño, en un accidente de tren, perdió a sus padres y además debieron amputarle los dedos de los pies. Con la resignación propia de lo que no tiene remedio, cuando fue un adolescente el muchacho buscó refugio en sus propios pensamientos. Lejos de abrirle nuevos horizontes, sus fabulaciones lo enredaron en una cadena de sucesos disparatados e imprevistos a los que la multipremiada autora rosarina convierte, con su humor característico, en escenas que caminan por la delgada línea que separa la comedia del drama.

Vehemente y prolífica como pocas, con sus 43 años Suárez tiene más de 30 libros publicados de poesía, narrativa, ensayo y teatro. Es buscada por editoriales internacionales y fue galardonada con importantes premios. Aunque su producción incesante hace que los lectores puedan imaginarla con una estructura metódica de trabajo, la escritora asegura que “no siempre el orden, la inspiración y la sensibilidad van de la mano”, a lo que se le suma su rol de madre las 24 horas, lo que no es poco.
Poco antes de la presentación de esta nueva novela en la Feria del Libro Rosario 2013, Suárez dio detalles de su factura y de su particular universo creativo.

—¿Cómo armaste este personaje tan oscuro que es Mendo y a partir de él una historia tan dinámica como es La prueba viviente?
—Hubo dos cosas que tenía en mente desde hacía mucho tiempo y se confabularon para crearlo. Una, cuando yo era chica, tenía una vecina unos cinco años mayor, cuyos padres habían muerto en un accidente de tren. A ella la criaron los abuelos, que tenían una despensa. En el accidente la chica había perdido los dedos de los pies e iba a la pileta del club con skippers de plástico. (ya nadie debe saber qué eran las skippers). La otra idea que me daba vueltas es la de alguien que se vuelve loco al cumplir 20 años: es una edad muy frágil.

—Es una novela de humor, aunque un humor bastante especial…
—Y sí. En medio de cosas horribles, hay humor. Es la vida, ¿no?

—¿Ese dinamismo y los cambios constantes de escena de este libro tienen que ver con tu historia como dramaturga?
—Ay, no!!!. Nada que ver. En realidad, es como Jekill & Hyde. Para narrar tengo que olvidarme del teatro y viceversa: dos zonas que no se tocan. Pero el dinamismo creo que está basado en mi propio aburrimiento. Cuando me aburro de lo que está pasando, necesito cambiar de escena…

—¿Qué género preferís?
—Me cuesta elegir un género. Hoy día me siento cómoda en el cuento y el teatro. La novela es costosa, exigente de tu energía y concentración, necesitás dedicarte a ella lo más a pleno posible y es difícil de conciliar con mis trabajos. Yo vivo de escribir en medios gráficos, manuales de texto o por encargo, y siempre tengo algo que escribir además de la novela magna. El teatro me gusta porque es social y uno puede equivocarse, podés cometer errores. Entonces viene el director y te dice: “Hay una incongruencia dramática en la acción” y revisás y corregís. En ese sentido, la escritura dramática tiene menos presión, estás más acompañado. Y escribir cuentos hoy por hoy, que nadie quiere editarlos, es una delicatessen.

—Tu primer libro lo publicaste siendo muy joven y hoy llevás un promedio de un libro y medio por año a partir de ese primero, ¿cómo es un día de tu vida?
—Empecé a publicar a los 27. Mis días son un caos y así y todo trato de leer un libro, una obra, o lo que sea por día. Leo de todo, antropología, literatura, psicología, historia, recetas de cocina, libros para chicos, poesía. Tengo una nena de 10 años que está a cargo mío todos los días de la semana y cero ayuda doméstica, con lo cual a veces me siento como Alicia, que siempre llega tarde o se está yendo apresurada. Debería ser ordenada con la escritura, ¡y con la plata!, pero no me sale. Igual, el orden y la inspiración, la sensibilidad, no van de la mano. Así y todo, me levanto cada día lo más temprano posible, me tomo tres cafés y me siento frente a la compu. Tengo muchos proyectos abiertos de trabajo, así que trato de engancharme con alguno. Abro el documento, escribo el primer párrafo y… si fluye, sigo escribiendo. Si no fluye, me limito a mirar las actualizaciones de Facebook, las noticias de Yahoo, leo, hago la comida, voy a la lavandería, salgo a correr al Parque Lezama… Después apenas si tengo tiempo por la tarde para trabajar y a la noche estoy rendida de cansancio: no puedo juntar dos ideas.

—¿Cómo convive el trabajo de madre con el de escritora y en una ciudad como Buenos Aires?
—El año pasado viví unos meses en la ciudad de Santa Fe y cuando volví de allá a Buenos Aires –a mi barrio de San Telmo, donde vivo desde que salí de Rosario– podía escribir al atardecer. A un año de haber vuelto de Santa Fe, ya no puedo. Buenos Aires es muy agotadora, muy estresante: llegás rendido a la noche. Sin embargo, hay otros días en que me siento a la mañana frente a la compu y el texto fluye y es maravilloso, epifánico. Entonces no me despego de la computadora. Alimento a mi abnegada hija con sopas instantáneas de tres minutos u omelettes de queso (nuestros clásicos), no voy al gimnasio, no hago nada de la casa, suspendo los compromisos que tenía para ese día y sigo escribiendo. Cuando la intensidad, la inspiración, o la Musa se te presenta, no se puede desaprovecharla: hay escasas posibilidades de que un texto surgido en esas condiciones no sea un buen texto. Es como si fueras a un set de filmación en Hollywood como periodista, donde filma Jude Law, de quien siempre estuviste enamorada en secreto y él te ve y te susurra: “Siempre quise conocer una mujer como vos”. ¿Y qué hacés, le contestás “qué lindo, qué amable, pero justo tengo que llevar a la nena a la escuela que hoy entregan el boletín”?
 
—¿En qué estás trabajando actualmente?
—Terminé hace muy poquito una obra sobre mis abuelos maternos; se llama Marcela. Ahora me voy a pasar como dos meses en silencio, hasta que se me ocurra algo muy bueno. Quisiera hacer una obra inspirada en el cuadro La mujer barbuda, de José de Ribera, que era un español del siglo XVII que vivía en Nápoles. Investigué muchísimo sobre el tema, pero no me parece que sea el momento aún de lanzarme a escribirla. Aunque no sé, debería comenzar a borronear a ver si encuentro algo. Esto es un poco como la escultura: en la escritura hay que hurgar en la piedra, para sacar arte de ella.

Géneros, obras, premios
Narradora, poeta y dramaturga, Patricia Suárez imparte clases de escritura creativa a niños y adultos y colabora en distintos diarios y revistas culturales de Argentina y Uruguay. Entre algunas de las novelas y cuentos que escribió se encuentran Perdida en el momento (2003), Un fragmento de la vida de Irene S. (2004), Álbum de polaroids (2008), La cosa más amarga (2011) (novelas) y Esta no es mi noche (cuentos, 2005). Publicó también, entre otras, las obras de teatro Las polacas (2003), Trilogía Peronista (2005), La Germania (2006), y Herr Klement; los libros de poesía Fluido Manchester y Late. Al mismo tiempo es autora de libros de cuentos infantiles como Historia de Pollito Belleza (2010) y El cochero rata. Entre una nutrida serie de distinciones recibió el Premio Fondo Nacional de las Artes; el Premio Instituto Nacional de Teatro; el Premio Secretaría de Cultura de la Nación (2001), y el Premio Clarín de Novela (2003).

(*) Nota publicada en diario El Ciudadano

lunes, 27 de mayo de 2013

Walter Operto: memorias de un cronista

“No siento eso de periodista independiente. Sé que los hay, pero yo no”, reconoce y se define Walter Operto. El comunicador reveló cómo lo mataron a Ernesto Guevara.

Graciana Petrone
Operto, director teatral y periodista- Foto Ignacio Pettunci


No hay mejor arma para construir, resistir o rebelarse que la memoria y, de algún modo, es también la tinta con que se escribe la historia. “Es que la memoria mía es larga como mi vida”, dice Walter Operto. Y no es para menos, porque a ese hombre delgado, de 77 años, tez blanca, gestos amables y un hablar pausado y seguro, le sobran experiencias como artista, militante político y periodista. En 1967, mientras trabajaba en la revista Así, en Buenos Aires, hizo una investigación que reveló que el Che Guevara no cayó en combate sino que lo asesinaron; entrevistó a José Ignacio Rucci horas antes de que lo mataran y hasta formó parte de un grupo de guionistas independientes junto a intelectuales como Rodolfo Walsh, Jaime Kogan y Alberto Adellach.
Desde hace siete años dirige el Centro Cultural La Nave y es en ese lugar, que funciona en el subsuelo de la Asociación Bancaria, en San Lorenzo y Corrientes, en el que pasa la mayor parte de las tardes y las noches coordinando ensayos y castings, o preparando las puestas en escenas de obras teatrales. Hoy también evoca ese pasado intenso que está más cerca de la construcción y reconstrucción de la historia misma del país que de lo anecdótico, porque para Walter, que trabajó como reportero y cronista desde 1954, en esa profesión no hay medias tintas. “No siento eso de un periodista independiente. Sé que los hay pero yo no lo fui y mi generación participó siempre, de una manera u otra”, dice, y se pregunta: “¿Cómo podés ser un periodista independiente en un país en llamas, en un país por construir, en un país en donde hay estados revolucionarios y donde hay injusticias?”.
En 1955, la Revolución Libertadora lo encontró en la redacción de los diarios Democracia y Rosario, dos publicaciones que respondían al gobierno de Juan Domingo Perón, aunque “con el peronismo proscripto teníamos mucho trabajo porque nos ocupábamos, entre otras cosas, de las luchas de los obreros azucareros en Tucumán”. También cuenta que le tocó cubrir, desde sus comienzos, la aparición de lo que algunos llamaron “los curitas rebeldes”, un fenómeno que revolucionó la lectura de los Evangelios y que cuestionaba, entre otras cosas, la estructura vertical de la Iglesia Católica o la distribución de la riqueza. Ese grupo fue el que después se conoció como los sacerdotes del Tercer Mundo.
El Che y el factor azar
Si bien le sobran los motivos para hacerlo, Walter nunca alardea de sus experiencias en el periodismo pero cuando se le pregunta por la investigación de la muerte del Che  intenta no dejar afuera del relato ningún detalle. “Ocurrió hace muchos años, tengo que hacer memoria…”, dice mientras sonríe, y después de unos segundos explica que a finales de la década del 60 trabajaba como redactor en la revista Así y en Crónica junto a colegas como Joaquín Gianuzzi (también conocido como “el poeta  nacional”) y Juan José Sebrelli. Algunos de los colaboradores eran Abelardo Ramos o Alberto Jauretche. “Toda una militancia periodística de izquierda nacional en la búsqueda de la síntesis para construir”, evoca.
En octubre de 1967, entre los rumores que decían que el Che estaba desparecido, preso en Cuba o que había muerto en el Congo, llegó un cable a la redacción de la revista con la información de que había caído durante una batalla en la Quebrada del Yuro, en Bolivia y cuenta: “Eso es lo que me mandaron a cubrir, viajamos con el fotógrafo Hugo Lazaridis en un avión Cesna que tenía Crónica y en Valle Grande, la ciudad en la que bajaron el cuerpo del Che al día siguiente de su captura, yo inicio una serie de investigaciones”.
Operto expone esos detalles con tranquilidad, como si reviviera con cada palabra los entretelones de una experiencia única, por la que cualquier periodista quisiera pasar. Después explica que el cuerpo del revolucionario fue exhibido durante seis horas en el hospital Señor de Malta y ahí el coronel Selnich, del ejército boliviano, le dice que el Che había muerto por las heridas recibidas en combate luego de caminar unos diez kilómetros, herido. Sin embargo, cuando el cronista le pide entrevistar a los soldados que pelearon contra la guerrilla, para corroborar los hechos, el militar le dice que eso no va a ser posible “porque no están en Valle Grande”.
“Cuando hablo con uno de los médicos que había hecho la autopsia del cadáver del Che me describe que el cuerpo tenía siete disparos: en piernas, en el hombro izquierdo y en los brazos, pero que ninguno era mortal. Sí me dijo que tenía uno de muerte a la altura de la tetilla izquierda y entonces le pregunto si en esas condiciones podría haber caminado diez kilómetros y me dice que de ninguna manera, que ese tiro le provocó la muerte instantánea”, explica. En ese contexto es que juega un papel fundamental el factor azar y hace que Operto se encuentre, sin buscarlo, a los soldados en el hospital de Valle Grande, cuya presencia le había sido negada por el coronel.
“Así fue que recogimos cinco o seis testimonios de los soldaditos que decían que el Che había sido fusilado al día siguiente y no en combate, lo que contradecía a la información oficial que el gobierno boliviano todavía sostenía acerca de que había muerto por las heridas recibidas en la lucha el día anterior”, recuerda, y también cuenta que a esa entrevista se le sumó el camarógrafo Chousiño, que trabajaba como corresponsal en Buenos Aires de la cadena norteamericana Columbia Broadcasting System (CBS), quien registró las imágenes. Sin embargo, durante los dos días siguientes el gobierno de Bolivia sostuvo su versión y acusó a Operto y al fotógrafo de la revista Así de ser “periodistas pagos por la guerrilla”, y evoca: “Cuando llegamos a Buenos Aires escribí la nota con todo ese material, fue una primicia mundial. Después se difundieron las secuencias por la CBS en Nueva York en la que yo aparecía preguntándole a los soldaditos, y eso derrumbó la versión oficial boliviana, la que también era sostenida por Estados Unidos en aquel momento”.
Dos años después de aquella investigación sobre el Che formó parte de un grupo de dramaturgos que se reunían en el teatro Payró, en Buenos Aires, y que estaba coordinado por Jaime Kogan. Cuenta que el director lo convocó a él, a Rodolfo Walsh, Alberto Adellach y a Ricardo Monti “para construir un repertorio de teatro político, para que fuera una herramienta de reflexión y debate en aquel momento”, y aclara que los encuentros no continuaron porque una bomba puesta por la Triple A voló la emblemática sala. De esas reuniones salió su primera obra: “Ceremonia al pie del obelisco”.
Para Operto, la dramaturgia está muy cercana a las prácticas de las estructuras periodísticas. “Yo descubrí que podía hacer teatro trabajando como periodista porque el periodismo es eso: contar historias”, asegura. También, un tanto melancólico, dice que hubo episodios en su vida que tal vez no fueron tan fuertes como el del “Che” pero que lo marcaron como profesional y como hombre. Algunos son el último reportaje que le hizo al sindicalista Rucci, la muerte del sacerdote Carlos Mujica, de quien además era muy amigo y muchas otras notas que “dan vueltas en su cabeza” pero que giran sobre lo mismo: ayudar a reflexionar a que los grupos  sociales retrasados encuentren un espacio para expresarse. “No sé si fue una decisión política, creo que fue una decisión de vida. –dice con una sonrisa– También colaboré con organizaciones armadas… en fin, creo que en vez de una nota tendríamos que escribir un libro”.
Nota publicada en diario El Ciudadano
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lunes, 1 de abril de 2013

Noemí Escandell: el arte de crear universos con luz y vida propia

Por Graciana Petrone.- Con la muestra “Antología”, la obra de la emblemática creadora podrá verse durante abril en el Museo Castagnino.
Noemí Escandell 2013- Foto, Sofía korol







Las obras de Noemí Escandell son pequeños universos que tienen luz y vida propia. Mimí (como le gusta que la llamen) fue coautora de “Tucumán Arde”, la emblemática producción de vanguardia que funcionó como foco de resistencia cultural a la dictadura de Onganía, en 1968. “Antes de eso hice Estructuras primarias –cuenta– guardé esas piezas en la casa de un colega pero en 1977 la patota de Feced me la hizo mierda”. Felizmente, algo de esas “Estructuras primarias” logró salvarse de la destrucción completa y forma parte de la muestra “Antológica” que, con curaduría de Roberto Echen, podrá verse hasta fines de abril en el primer piso del Museo Cas-tagnino, de avenida Pellegrini y bulevar Oroño.

Desde hace más de 50 años Mimí trabaja  para modificar, interpelar y transformar la realidad con cada una de sus esculturas, intervenciones y pinturas. Es una de las artistas plásticas más importantes del país y a diferencia de otros de sus colegas que emigraron a Buenos Aires o a Europa, ella eligió quedarse en la ciudad. Fue docente de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Rosario desde 1964 hasta 2007 pero no descansa y actualmente sigue dando clases en el atelier de su casa de barrio Pichincha.

“Mimí pertenece a la historia del arte de Rosario y a la historia del arte argentino y, por otro lado, está aquí y ahora con una obra que sigue man-teniendo la vigencia de lo contemporáneo”, dice el cu-rador. Así, una puerta que lleva al “paraíso perdido”; una historia clínica real de un enfermo de HIV; un hombre y un pez que reflejan numerosas imágenes adentro de una pecera, intervenciones fotográficas y una imponente estructura vertical rellena con pelotas de fútbol son algunas de las piezas que integran una muestra que rescata sólo una parte de su extensa producción.

Caminos con historia
El recorrido de “Antológica” empieza con la ficha clínica de un enfermo de HIV, fechada a finales de la década del ’80 y que se exhibe por partes enmarcadas y colocadas una al lado de otra sobre la pared. Esa es la forma con que la ar-tista retrata una “tragedia” y habla, según explica, sobre la “cultura del hombre, de todo lo que el hombre hace en el dominio de la naturaleza y de cómo descubre que lo único que no puede dominar es su propia muerte”.

El paciente al que hace alu-sión Escandell no superó la enfermedad y es por eso que la obra siguiente se llama “Puerta al paraíso perdido”, casi como una continuidad de la anterior pero que busca, posiblemente, la salida hacia un mundo mejor.

Estas creaciones pertenecen a “Currículum vitae de los hombres y mujeres de la multitud”, una serie de trabajos que realizó durante los años 90, inspirado en las nuevas problemáticas sociales que surgían en vísperas del siglo XXI y el HIV era uno de los principales flagelos.

Cada una de las producciones de Escandell está perfectamente enmarcada dentro de un contexto social, histórico y político determinado: la realidad no le es ajena como tampoco lo son sus obras a la realidad. “El material con el que se construye su obra es la vivencia cotidiana, el aquí y ahora, más allá de si es óleo, bronce o madera. Esa cosa que tiene que ver con los medios de comunicación, con la información y con lo que ella experimenta en su propio tiempo”, asegura  Echen.

En el primer piso del museo también se exhibe “Desaparecido”, una de las obras que tal vez mayor impacto social tuvo. Se trata de la intervención de una fotografía de “La Piedad”, de Miguel Ángel Buonarotti, a la que le borró la cara a Jesús y le puso un pañuelo blanco a la Virgen. Así, nuevamente el compro-miso con el entorno envuelve el arte de Escandell. Pero la lista sigue: entre 1977 y 1986 pintó un carro tirado por un caballo. “Este trabajo me llevó diez años de discusión”, asegura. Pero en realidad fue creado en un contexto en que las medidas económicas implementadas a partir del Golpe de Estado del 76 obliga-ron a los trabajadores rurales a emigrar a la ciudad junto a sus principales símbolos de pertenencia como son, justamente, el caballo y el carro.
Invitación - Foto obra "Desaparecido"
Coherente con su militancia del arte Mimí no expuso du-rante la última dictadura y volvió a hacerlo después de 1983. Sus obras también se exhibieron en Estados Unidos, Suecia y Brasil. Además, participó de las bienales y encuentros más importantes del mundo. Hasta fines de abril en el Museo Castagnino pueden verse también algunas de sus creaciones más recientes, hechas en enero de este año. Todas son sorprendentes pero cuando se le pregunta qué período de su producción le gusta más afirma que es “el de ahora, sin dudarlo. Porque estoy madura. Porque sé lo que sé. Porque también sé lo que no sé”.

(*) Nota publicada en el diario El Ciudadano de Rosario - Lunes 1º de abril de 2013.

sábado, 16 de febrero de 2013

Rubén Gauna y sus aventuras en cómic sobre la Comunidad de los Osos (*)

Por Graciana Petrone

El dibujante, Rubén Gauna

Desde chico Rubén Gauna tuvo el don de dibujar. Aunque su intención era ilustrar cuentos infantiles, su profesión tomó otros rumbos y hoy es uno de los pocos en el país que se dedican a hacer comics gays para adultos sobre la “Comunidad de los Osos”. Con un talento innato, asegura que lo que aprendió en cuanto a tecnicismos del oficio fue en el colegio secundario donde tal vez muchas de sus horas pasaron mientras hacía bosquejos de superhéroes, dragones o personajes similares a los de Mafalda, de la que es fanático.

Le hubiese gustado estudiar Bellas Artes o Diseño pero “no se pudo dar” y pese al éxito que tuvieron los dos volúmenes de su tira “Horror, desperté con un cazador”, en la que cuenta la relación de pareja entre dos hombres desde lo cotidiano, todavía  mantiene el trabajo de administrativo en una empresa.

Sus primeros pasos en las ilustraciones gays surgió “casi por accidente” cuando hace unos diez años dejó carpetas con bosquejos y dibujos “en todas las editoriales de Buenos Aires” con la intención de participar en cuentos infantiles, pero el artista no tuvo respuestas. “Me agarró una especie de depresión. Paralelamente estaban apareciendo las redes sociales y me di cuenta que podía contactarme con gente de otros países, lo que una década atrás era imposible”, dice. A partir de ahí fue que sus pasos en el oficio tomaron caminos impensados.

A través de un sitio en internet se contactó con músicos del underground y así fue que conoció a Juan Pablo Malvasio, cantante y productor, entre otros, del disco “Folk Electrochongo”. El músico “regalaba” sus canciones en la web a quienes se lo pedían. “Me gustó lo que escuché y le dije que lo que yo hacía daba para promocionar la tapa de algunos de sus simples y le di un dibujo, de la misma manera que él me había regalado sus temas”, cuenta. Gauna también le diseñó los stikers para promocionar sus recitales pero la historia no terminó ahí, porque además, empezó a ilustrar las portadas de álbumes de otros artistas.
 
El mundo de los osos
Las historietas de Gauna giran sobre los “osos gay”, temática que tuvo sus primeras apariciones en el mercado editorial japonés durante los ’90. Casi una década después, el artista se contactó a través de Yahoo con dibujantes de otros lugares del mundo con quienes compartía los mismos intereses y creó los primeros pasajes de “Horror, desperté con un cazador”, lo que sería una historieta que contaría en poco tiempo con dos ediciones impresas del formato de la célebre “Mafalda”, de Quino.

La comunidad de los Osos es un término que se usa para distinguir a una suerte de “subcultura” dentro del mundo gay formada por hombres robustos, con bello facial y corporal tupido, tales son los casos de los personajes ilustrados por Gauna.

Muchas de las historias que escucha a diario o los momentos que vive junto a un grupo de amigos son los motivadores de sus tiras. Algunos pasajes “tienen influencias de películas de Almodóvar, novelas mexicanas o superhéroes”. El título de las dos ediciones de sus libros - “Horror, desperté con un cazador” -, fue una frase que le dijo su pareja una mañana al despertarse. “A partir de ahí la usé para contar qué era la comunidad de los osos y relaté la misma historia desde el punto de vista de los distintos protagonistas”, asegura.

Más tarde, subió a la web algunos episodios de la tira y causaron furor en la red, tanto que se multiplicaron rápidamente los “Me gusta”, como también  los comentarios con los que sus seguidores pedían que continuara la trama. Las redes sociales jugaron un papel fundamental para este artista que confiesa que le gustaría poder vivir de sus dibujos, ya que a través de Facebook se contactó con Casa Brutus y así la empresa le encargó diseños de postales de temática gay para Navidad y el Día del Amigo.

Anatomía del peluche,primer episodio

El 14 de febrero, en coincidencia con el Día de San Valentín, Rubén Gauna subió a la web el primer capítulo de la nueva tira Anatomía del peluche, que cuenta la historia de un “oso”  que se acaba de separar de su pareja y cree que debe empezar una dieta para adelgazar para cambiar su imagen y así mejorar su vida afectiva. El episodio estará disponible en el perfil de Facebook/ Anatomía del peluche.  Además, eldibujante ya trabaja en otras dos tiras: 2 BRoke Bears, que ya empezó y tiene traducción al italiano en un blog de comics LGTB del país europeo y La liga osuna, que empezará en abril.  

Ruben Gauna en la presentación de Horror, desperté con un cazazdor
Historias con eje en la discriminación

A Rubén Gauna nunca se le había pasado por la cabeza crear tiras gay para chicos. Pero un malentendido volvió a cambiar los planes del dibujante porteño cuando hace un tiempo fue entrevistado por una periodista quien subió a un blog una nota titulada con una supuesta cita del artista en la que sostenía: “Quiero dibujar historietas gay para niños”. 

Los comentarios agresivos y homofóbicos comenzaron a proliferarse a raíz de ese artículo y Gauna explicó a El Ciudadano que lo que él había dicho, en realidad, era que siempre quiso hacer “historietas infantiles”, pero fuera de la temática homosexual. Debido a la reacción de la gente en la web sintió que era necesario hacer algo desde su lugar de trabajo y aseguró: “Ahora sí quiero hacer historietas gay para chicos”.

Es cierto que el género del cómic es un buen recurso para llegar a los lectores más jóvenes, sobre todo adolescentes y niños, pero todavía el artista no tiene nada definido en cuanto a historietas sino que se encuentra en pleno proceso de producción de las ilustraciones de un libro de cuentos juveniles hecho por un grupo de escritores cordobeses.

“La temática es la discriminación sexual y es por eso que estoy dibujando uno de los relatos que trata sobre un chico que es gay, que usa un uniforme de cuero y cuando los compañeros se enteran de su condición sexual lo echan del grupo”, explicó.  En tanto, en abril empezará a crear una historieta de superhéroes, pero ya para formato de revista y en colores, la que estará dirigida al público adulto.
 

(*) nota publicada en el diario El Ciudadano de Rosario el 14 de febrero de 2013.


    

lunes, 11 de febrero de 2013

Jorge Riestra: la memoria de un escritor de ciudad

“Algunos dirán que el café es mi segundo hogar…”, sostiene el autor de “Salón de billares” y “El taco de ébano

Por Graciana Petrone (nota pulicada en el dairio El Ciudadano)

Foto: Juan José "Tatín" García

Jorge Riestra lleva algo más de siete décadas en el oficio de escritor desde el día en que con 14 años y seguramente también con pantalones cortos le puso fecha a su primer relato. “Desde entonces he visto al país, he visto mundo…”, dice. Pero, sobre todo, ese “hombre de ojos húmedos”, como lo describió Adrián Abonizio en uno de sus cuentos, es autor de libros emblemáticos que forman parte del imaginario popular como lo son “Salón de billares” y “El taco de ébano”, dos obras referenciales escritas entre 1955 y 1961 que hablan sobre un mundo casi extinto, porque uno de los pocos “cafés” que sigue en pie es el de Sarmiento y Mendoza, lugar al que el notable autor, sin perder su costumbre nocturna, visita dos y tres veces por semana.

Se considera un hombre de ciudad porque desde ella puede ver el país y desde ahí también el mundo. Vuelve de los viajes sin ideas para sus libros porque “las historias surgen de la ciudad”. En su lugar de trabajo hay un escritorio; una máquina de escribir (Riestra no usa el procesador de texto de la computadora); libros (muchos libros); fotos (muchas fotos) y una ventana que mira al cielo. También hay silencio.

La mayoría de los lectores lo asocian con la noche y los billares y es esa una realidad que no puede eludir, aunque también es una apreciación un tanto injusta. Su primer libro, “El Espantapájaros”, apareció en 1950. Dos años antes un grupo selecto de intelectuales que se reunió en la casa de don Hilarión Hernández Larguía realizó una lectura colectiva de la obra y todos coincidieron acerca de sus condiciones. También es autor de “La ciudad de la Torre Eiffell”; “Principio y fin”; “A vuelo de pájaro” y “El Opus”, entre otros. En 1992 los memorables relatos que integran “El taco de ébano” fueron encontrados por un editor en las estanterías de una librería de viejo en La Coruña y se publicaron en España. Todos sus títulos tuvieron tiradas de miles de ejemplares.

Está convencido de que el oficio que eligió es hermoso, aún “con su carga de angustia, la que provoca el hacer y el no hacer” y hay una coherencia incorruptible entre lo que dice y esas “cuestiones de coyuntura que impulsan al cambio y que son pocas en la vida”. Es abogado pero guardó el título en un cajón para crear “Salón de billares”. Ejerció durante muchos años la docencia en la ciudad, pero por escribir rechazó una beca de la Universidad de Houston con la que tal vez hubiera dado el salto a Harvard. “Supeditaba todo a la tarea, hasta tenía miedo de casarme y tener hijos”, confiesa. También formó parte de los últimos años de la Biblioteca Vigil: “No me interesaba el dinero, quería integrar un proyecto con bases democráticas en un país que siempre estaba al borde del totalitarismo”.

De café en café
La trama de “Salón de billares” transcurre en el café “Nuevo Sol”, reducto que existió realmente y que se llamó “Los 20 billares”, también conocido como “Olimpia”. En su época de mayor esplendor funcionó en Rioja entre San Martín y Maipú. Más tarde, en 1977, se mudó a Maipú y Santa Fe hasta que cerró definitivamente en 2002 vaciado por el neoliberalismo menemista al igual que los bancos, la salas de cine y el impulso de la participación política juvenil.

Hoy, donde funcionó el Olimpia, abre sus puertas casi con irreverencia la sucursal de una bombonería. Las góndolas ocupan el espacio que antes llenaban  las mesas de casín y la iluminación estridente y matinal del local reemplazó al humo del cigarrillo que formaba nubes blancas y espesas debajo de las lámparas. “Algunos dirán que el café es mi segundo hogar…”, dice, y asegura que el sitio es generador de una “especial camaradería entre hombres” y justamente en Salón de billares es donde se describe esa esencia. También en el libro Riestra muestra con fidelidad esos personajes nocturnos, silenciosos, taciturnos o tangueros que lo frecuentaban, donde no existían las conversaciones sobre la familia o de la mujer como mujer o la política, “porque la política es separadora

“Está todo tan bien que si querés te podés ir a Alaska”

Por Graciana Petrone (nota publicada en el diario El Ciudadano de Rosario)



Santiago Uranga vive en el corazón de la selva chaqueña. Alquila un campo de 40 hectáreas donde pasa la mayor parte del tiempo plantando algarrobos negros. Tiene 38 años y un estilo parecido al Bahiano, aunque después de dejar Los Pericos y perder el pelo. Antes de eso viajó por todo el mundo –o casi todo, porque el único continente que le falta conocer es África– y en Asia alcanzó a subir más de seis mil metros al Monte Everest: “Un poco más arriba de donde llegó el chabón ese rubio, el de la televisión”, dice riéndose, en referencia a Facundo Arana. En Costa Rica se ganó la vida sacándoles fotos a los surfistas y cuando cruzó el Caribe colombiano, en la frontera con Ecuador, conoció a tres hombres que le dijeron que eran de las Farc, las temidas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. “No sé si me mintieron, pero lo que sé es que los tipos estaban afilados…”, le dice a El Ciudadano mientras se apronta para su próxima aventura: viajar en un Fiat 600 hasta Alaska. La travesía, en rigor, ya comenzó: ayer a las 9, Uranga y su amigo Juan Manuel Rizzatti se despidieron de Rosario en el Monumento a la Bandera, se subieron al fitito y se fueron a la ruta.

Cuando le preguntan en qué ciudad nació pareciera que lo tiene que pensar. Pasan unos segundos y contesta: “Buenos Aires”. También estuvo un tiempo en Rosario, de donde dice que se llevó la pasión por Central y seguro plantó una bandera del Canalla junto a los algarrobos. Pero la historia no termina en el corazón del Chaco. Hace algo más de un año que compró un fitito modelo 64 y lo hizo restaurar como si fuera un cuadro de Tintoretto. Lo que en realidad quería Santiago era irse con el auto a Uruguay, pero entró en dudas sobre si tenía los papeles en regla. Llamó al comisario del pueblo rural donde vive y le pidió que se lo averigüe: “Está todo tan bien que si querés te podés ir a Alaska…”.

Se lo tomó al pie de la letra. Así empezó a planificar otro viaje, pero esta vez de 22 mil kilómetros y arriba de un Fiat que el año que viene cumplirá cinco décadas. Aunque asegura que entendió perfectamente que lo que le dijo el policía fue en sentido figurado, la idea le hizo ruido en la cabeza y contactó a Juan Manuel, un venadense de 23 años al que conoció en la selva chaqueña y con el que se hicieron muy amigos. “Che, ¿te querés venir conmigo a Alaska en el Fiat?”, le preguntó. Del otro lado, no sólo tomaron en serio. Es más, su amigo le contestó que le había alegrado el día.

El viaje a Uruguay lo hizo de todos modos y no para probar si el fitito aguantaba, sino para “tocarle la puerta de la casa” al presidente de la empresa Fiat en Argentina. La idea era conseguir apoyo para la travesía hasta Alaska, aunque no con dinero en efectivo: lo que le pidió fue asistencia mecánica en los países de Latinoamérica donde el gigante automotriz cuente con talleres oficiales. Pero el CEO no le dijo que no. En realidad todavía están en tratativas y Santiago se tiene fe: si para la multinacional sería un gasto insignificante y los dos aventureros pasearían al espónsor a lo largo de todo el continente.

Semillas de las buenas
Santiago es un amante de la naturaleza, sobre todo de las plantas. Es esa, además, una de las razones por las que eligió vivir en medio de la selva chaqueña. Cuenta que con Juan Manuel tienen pensado plantar semillas de arcilla en cada ciudad y pueblo por el que pasen. Cuando habla de árboles su mundo toma otra dimensión. Explica como un experto las bondades de la siembra y destaca que el árbol leguminoso toma mayor cantidad de nitrógeno del aire, lo que favorece el crecimiento del pasto y de esa manera se pueden alimentar más animales.

Desde su mirada itinerante también descifra lo que para la mayoría pasa inadvertido nada más que por ser cotidiano: “Acá en Rosario, sobre la costanera –no sé quién fue el intendente que lo hizo– pusieron muchos lapachos y jacarandás. Por los años que tienen hoy debe haber sido (Miguel) Lifschitz. Nadie se da cuenta porque son árboles chicos todavía pero cuando crezcan, la zona de los Silos Davis en septiembre va a estar toda teñida de rosa y entre octubre y noviembre  también va a tener los violetas del jacarandá. Va a ser un estallido de colores”, se entusiasma.

Dice que la ruta hasta Alaska la terminarán en un año aunque lo cierto es que ni él mismo lo sabe. “Los viajes son para conocer lugares –asegura– pero sobre todo conocer gente y hacer amigos como me pasó cuando crucé de Tailandia a Laos en un barquito: ahí conocí a un grupo de guerrilleros con los que terminé tomando cerveza hasta las cuatro de la mañana”, cuenta.

Con Juan Manuel tienen pensado llevar un equipaje más que liviano: dos guitarras, una armónica, una cámara de fotos profesional y un equipo térmico con el que pueden sumergirse en aguas heladas para capturar imágenes desde adentro del mar. Por supuesto, no va a faltar el bolso con semillas de árboles de todo tipo.

Todo está calculado, hasta cómo se van a ganar la vida: será sacando fotos a los surfistas en la zona de Centroamérica y tocando la guitarra. “En realidad –confiesa Santiago– el que sabe tocar la guitarra es Juan Manuel, yo lo voy a acompañar”. Pero está convencido de que después de un año seguro que algo va a aprender a tocar y no sería extraño que, por lo aventurero y audaz, vuelva de Alaska convertido en todo un Jimi Hendrix.