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miércoles, 22 de enero de 2020

Murga Esa te la Debo: de lo digital a la realidad, las coplas de La Macrix Argentina

La murga Esa te la Debo se formó a partir de correos de dos amigos para sacarse la bronca. Las canciones se volvieron virales y generaron un público que pedía una presentación: así llegaron al tablado

Por Graciana Petrone


Esa te la Debo, la murga de la resistencia, la que combate con música, poesía, sarcasmo y lagrimón. La que primero se subió a un escenario virtual y fue furor; la que después, y a pedido de una larga lista de seguidores en todas las redes sociales, apareció sobre tablas y la rompió. Porque sus voces no saben de odio sino de esperanza y justicia.

Como suele pasar en los proyectos colectivos, los integrantes, todos de Buenos Aires y un uruguayo, no quieren hablar desde la individualidad. Por eso, uno de ellos cuenta a El Ciudadano que “alguien” escribe las letras, “otros” le ponen música y después se juntan a ensayar, graban y la canción ya deja de ser de ellos. Se replica por Youtube, Facebook, Whatsapp, Instagram o Twitter como una enredadera que trepa una enorme pared, más rápido que la luz. Y quema con esos versos de los más combativos que llegan, en la era de internet, a través de los medios no convencionales.



Sobrevivir al cambio
“Esa te la debo, no estoy en el tema”, fue la respuesta del presidente Mauricio Macri a un periodista cuando, en 2016, le preguntó sobre la muerte de Yolanda, una auxiliar docente de 60 años que trabajaba en la escuela Nº 506 de Mar del Plata y sufrió una descompensación fatal cuando fue al cajero automático y se encontró que solamente tenía 40 pesos depositados. Le habían descontado 6 mil pesos de su sueldo por las medidas de protesta que llevó adelante el Sindicato de Obreros y Empleados de Minoridad y Educación (Soeme) durante el mes anterior.

Desde el gremio denunciaron penalmente después del episodio a la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, por presunto delito de homicidio culposo. Pero la causa no prosperó, aunque sí prosperó la remodelación de la casa de una de las caras bonitas más representativas de Cambiemos, que hizo arreglos por casi 670 mil pesos.

“En rigor, se trató de una clara represalia por el histórico plan de lucha en reclamo de un mínimo salarial de 10 mil pesos para los auxiliares, y el no cierre de las paritarias”, remarcaron desde el Sindicato luego de presentar la denuncia contra la gobernadora bonaerense.



Canto, llanto, poesía y reclamo
Fiel a los orígenes del género, Esa te la Debo sabe interpretar las demandas de los que sufren. Construye sus canciones de los relatos de la calle, de lo que le pasa a la gente, de los que no llegan a fin de mes, del malestar que en muchos provocan algunas decisiones de pocos, o las mismas respuestas presidenciales. Hasta dedicó un tema a Santiago Maldonado, a su búsqueda, al dolor de su familia y de todos los que salían a marchar para reclamar por su desaparición.

La murga se formó en mayo de 2016. Un amigo le propuso a otro que escribiera una canción. “Habíamos compartido anteriormente un proyecto de murga y él me veía que escribía en Facebook para sacarme la bronca aunque sea un poco de todo lo que pasaba. Pasaron un par de semanas, le mandé la canción en una maqueta, le gustó y me dijo que íbamos a grabarla en un estudio en un par de semanas. Pero no había muchas más expectativas que esa, la de poder subirla a Youtube y viralizarla”, cuenta uno de los integrantes.



El “gorilón” que explotó
“No pasó una semana de ese primer tema al que llamamos Canción del Gorilón, que explotó y ahí mismo le pusimos el nombre a la murga, que surgió de esa famosa frase de nuestro gran estadista. Un poco de una manera tragicómica le pusimos ese nombre y a partir de ahí empezamos a grabar casi todas las semanas o cada quince días, de temas de la coyuntura política de esos momentos”, agrega.

Esa te la Debo tiene 30 temas compuestos. El primer año no tocaban en vivo: es que, justamente, el formato era pensado para los canales de Youtube o Facebook: “Después lo que pasó es que tuvimos una base de gente tan grande que nos pedía que saliéramos a tocar en vivo y en 2017 creamos un plantel un poco más estable y empezamos a hacerlo”.


La austeridad del vestuario
La fuerza de las letras contrasta con el vestuario de Esa te la Debo que se aleja de la colorida escena murguera. “Cuando empezamos a tocar no teníamos traje, nos compramos overoles de pintor, descartables, nos pintábamos un poco la cara y así era como uno podía. Todo 2017 estuvimos metiendo y sacando canciones nuevas. Otro tema que explotó fue Nuestra querida oligarquía, tuvo una repercusión muy grande”, describe.

En 2018, ya que contaban con una buena cantidad de temas y miles de seguidores, montaron un espectáculo con maquillaje, gorros, vestuarios y todo lo que pudieron sumar. “También metimos la batería, dos guitarras y un bajo”.

“El proyecto para 2019 era agrandar el espiral, nos movíamos en Capital Federal y provincia de Buenos Aires, alrededor de 50 kilómetros, que lo podíamos hacer en auto con los recursos que estaban a nuestro alcance, pero la gente nos pedía que saliéramos, que tocáramos en escenarios del interior. Fuimos a Chacabuco, a 200 kilómetros en provincia de Buenos Aires, Concordia y Concepción del Uruguay, Entre Ríos”. El tercer lugar que visitaron fuera de Buenos Aires fue Rosario.

La murga está en constante crecimiento. Ahora, en un proceso nuevo. El año pasado los trajes que usaban eran al estilo de “La Macrix Argentina”, en referencia a la película de culto de la ciencia ficción en la que todo era una realidad virtual, y el gobierno mismo: “Como el país de la posverdad, en donde se puede decir cualquier cosa y todo funciona de esa manera”, explican.



Sus integrantes
Luis Bertorelli, Lucas Russo, Guillermo Sierra, Leonardo Nachman, Ruben Aciar, Agustin Goldschmidt, Facundo Bazan, Hernan Granovsky, Alejandro Gomez Calcerrada


Nota publicada en diario El Ciudadano

Los obreros de la tierra: poesía contra el arrebato del trabajo, el pan y la semilla

Desde un entorno social y político adverso y devastador como fueron los últimos cuatro años en Argentina, en “Los obreros de la tierra”, Luciano Trangoni desarma los objetos, los sentimientos y partes del pensamiento y del cuerpo para reconstituirlos de tanto avasallamiento

Por Graciana Petrone

Foto: Franco Trovato Fuoco
“Cada vez sonrío menos / pero no te pongas triste / que esto no es nada / es la rapsodia de un peregrino / que amasa la harina de la envidia mutua (…)”, escribe Luciano Trangoni en Los obreros de la tierra (Baltasara Editora 2019).

Se trata del tercer libro de poemas publicado por el rosarino que asegura escribir desde el conflicto, desde el dolor y, en este caso, con “una mirada mística de los problemas sociales”.
Los obreros de la tierra surge en medio de un entorno social y político que no es ajeno al autor; por el contrario, comprometido con la palabra, Trangoni desarma los objetos, los sentimientos y cada parte del pensamiento y del cuerpo que siente que fueron avasallados de alguna manera durante los últimos cuatro años en el país. “Pareció que nos quisieron arrebatar lo más esencial, lo más simple: el trabajo, el pan y la semilla en cuanto al símbolo del origen de algo”, dice en diálogo con El Ciudadano.



Una mirada mística

—¿Cómo fue el proceso de escritura de Los obreros de la tierra?
—Siempre trato de hacer una obra conceptual desde el inicio hasta el final. Que tenga una línea, una estructura, una columna vertebral de sentido. No es un conjunto de poemas que se fueron acumulando sino que tienen un sentido. En la construcción de este libro tuve una mirada mística de los problemas sociales. Creo que ahí junté todo lo que me estaba pasando.

—¿Sentís que pudiste plasmar una problemática política y social desde la poética en sí y no ser tan explícito como en libros anteriores?
—Me pasó con un libro anterior a éste que es La conspiración de los neuróticos, que nunca pudo ser publicado. De hecho, Beatriz Vignoli hizo el prólogo y me dijo que le había gustado mucho. Ese libro hace eje en la desaparición y muerte de Santiago Maldonado. Si bien he ido compartiendo algunas cosas por las redes sociales, fue un libro que rebotó por todos lados. Creo que fue demasiado explícito.



Escribir desde el conflicto

—¿Creés que provocó algún tipo de resistencia?
—La resistencia misma que dejaron estos últimos cuatro años. Hay amigos y conocidos a los que les gustó mucho ese trabajo pero desde la parte editorial no sé si estaban interesados en publicar algo de esas características. Quizás hoy, mirando hacia atrás, La conspiración de los neuróticos tiene otro sentido. Los obreros de la tierra vino después.

—¿Qué tiempo te llevó escribir este nuevo libro?
—Un año es el tiempo que me lleva hacer un libro. Ya tengo otro más. 2019 fue un año tremendo en lo personal, en lo colectivo y en lo social y yo escribo desde el conflicto, desde la tristeza o el sufrimiento, no puedo escribir sentado en una playa tomando sol, mi poesía no nace ahí. Como el año que pasó fue tan fuerte, el arte y la poesía me permitieron sobrellevar todo eso.



La semilla como origen

—Hay elementos que se van repitiendo a lo largo del libro: pan, trabajo, semilla, padre
—Son cosas que están en el contexto de lo más elemental. De algún modo es lo que estamos reclamando y necesitando hoy, que es lo básico, el pan, la semilla y el trabajo. Creo que todo tiene que ver con que nos están queriendo hacer olvidar de lo esencial, de lo más primitivo. No tenemos ni eso. En estos últimos años pareció que nos quisieron arrebatar lo más simple: la semilla en cuanto al símbolo del origen de algo.

—Sos docente. ¿Cómo ves el contacto de los chicos con la poesía?
—Trabajo en educación primaria, en el Hogar Escuela de Granadero Baigorria, que es el único que hay en la provincia con esas características. En relación a la lectura de los chicos, en el caso del lugar en donde trabajo, si no leen en la escuela no lo hacen fuera de ese ámbito. Trabajo mucho con la literatura en general y a los chicos les representa un universo completamente diferente a la realidad que viven.



Incómodo y doloroso

—¿Qué diferencias ves entre “Los obreros de la tierra” y “El sanatorio de los hechiceros imaginarios”, publicado en 2016?
—Básicamente, el cambio es la idea general en el espacio que yo me imagino a la hora de componer ese trabajo. El sanatorio de los hechiceros imaginarios son tres libros en uno y ahí ya hay una diferencia enorme. El que le da título a la obra, que tiene un aura de encierro, está escrito como si fuera la mirada de un paciente en un lugar demencial. No me preguntés por qué pero se fue armando desde esa idea. El último de esos tres libros se llama Máscaras y me doy cuenta, después de ver la obra terminada, que aborda la hipocresía, la falsedad y las apariencias que, muchas veces, en un estado de supervivencia en medio de la mediocridad, me hacen mucho ruido.

—¿En Los obreros de la tierra lograste una poesía más universal?
—Puede ser. Este libro me gustó mucho, y también lo que me fue pasando al hacerlo. La experiencia de la escritura, por lo menos para mí, en el fondo la encuentro placentera, aunque el acto de escribir en sí, desde el lugar que lo hago, muchas veces es bastante incómodo y hasta doloroso. Cuando el trabajo está terminado lo veo de otra manera y me genera placer. Todo eso que ocurrió en algún momento, y que alguien lo pueda leer, me parece que está muy bueno.



Poner el cuerpo

—En este libro hurgás sin miedo en el dolor. ¿Cómo fue ese proceso?
—Antes me preguntaste en qué se diferenciaba este trabajo de los anteriores y creo que se trata de que aquí pude escarbar más. Quizás al principio uno se anima menos a hurgar dentro de sí mismo pero a medida que pasa el tiempo se va haciendo esa profundización interna, se llega más a donde se quiere llegar.

—¿Tu poesía después de terminada atraviesa un camino de reescritura?
—Sí. Escribo pero después lo vuelvo a trabajar. A veces siento que escribí una genialidad y cuando vuelvo a leer lo que escribí, descarto la mayoría de las cosas. Le dedico tiempo. Cuando me pongo a escribir, ese día no hago otra cosa, no salgo de mi casa, me siento y me quedo inmerso en lo que estoy haciendo. Siento que me entrego a eso y me cuesta mucho porque es poner el cuerpo en cada cosa que escribo.



El delirio de Cortázar

—¿Cuáles fueron las lecturas que te influenciaron como escritor?
—Recuerdo así como un enamoramiento con Julio Cortázar. Más allá de que obviamente había leído otras cosas, pero cuando me encontré con Cortázar deliré. Leí todo. Al empezar a escribir me di cuenta de que estaba lleno de tips de Cortázar. Cuesta mucho despegarse de las lecturas. A lo mejor hasta ahora no lo logré. En poesía César Vallejo y también Charles Bukowski, sobre el que siento que su poesía es muy atrevida, que rompe de alguna manera con la “grandiosa” de Borges, por ejemplo. Eso también me abrió a otras lecturas y al poder verlas desde otro lugar. Roberto Bolaño, no sé si es mala palabra o no, pero su poesía me gusta mucho. Me acuerdo de haber leído 2266, esa novela que me pareció inmensa. Cuando terminé de leerla no hice más narrativa y me dije: “Después de esto no puedo escribir más una novela”



Biografía
Luciano Trangoni nació en Rosario (1974). Es docente y escritor. Publicó las novelas Los zapatos de los muertos (2006) y Acá no hay dónde (2009); el libros de cuentos 17 pesos y monedas (2010) y los poemarios La confusión de las lenguas (2012); El sanatorio de los hechiceros imaginarios (2016). Publicó en distintas revistas y diarios locales y nacionales y participó en jornadas académicas, talleres y ciclos de lectura. En 2012 recibió el premio poesía Hugo Mandón, organizado por la Sociedad Argentina De Escritores (Sade). En 2018 ganó el primer premio en el concurso “Homenaje a Fabricio Simeoni” y una mención especial en el certamen nacional de Poesía “Adolfo Bioy Casares”.

Nota publicada en diario El Ciudadano 

“Mi aparente fragilidad”, un libro sobre el discurso político de Cristina Fernández de Kirchner

Para la autora Irene Lis Gindin, comunicadora social egresada de la UNR e investigadora del Conicet, uno de los cambios de rumbo que tomó su estudio fue el hecho significativo de “cómo comenzaron a proliferar trabajos no académicos que hablaban del discurso de Cristina con una liviandad enorme"


Por Graciana Petrone

Foto: Franco Trovato Fuoco

En Mi aparente fragilidad (Editorial Prometeo-2019), Irene Lis Gindin plasmó su trabajo doctoral basado en los discursos oficiales de la ex presidenta Cristina Fernández durante su primer mandato. Se trata de la primera obra en el país de este tenor, subvencionada por el Conicet y hecha en la Facultad de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Rosario y, de algún modo, establece un valioso precedente para estudiantes, docentes, investigadores y para lectores en general.

Allá por 2011, Gindin partió del interrogante de cómo entender, desde el análisis discursivo, “la emergencia de una identidad política”.

Para la autora, nacida en Pergamino, comunicadora social egresada de la UNR e investigadora del Conicet, uno de los cambios de rumbo que tomó su estudio fue el hecho significativo de “cómo comenzaron a proliferar trabajos no académicos que hablaban del discurso de Cristina, con una liviandad enorme”.

“Un poco eso me hizo pensar de qué modo podía contribuir yo, desde el lugar en que estaba, gozando una beca para un trabajo de investigación, para hacer un aporte a lo que estaba siendo completamente desprestigiado al decirse cualquier cosa sobre el objeto”, contó a El Ciudadano en una entrevista.

—En este contexto en que CFK se postula a la vicepresidencia y publica su propio libro. ¿Piensa que puede despertar en los lectores más interés por “Mi aparente fragilidad”?

—Fue como un aditivo, por mera coincidencia. De hecho, hasta la propia presentación de mi libro sucedió un día después de la presentación de “Sinceramente” en Rosario. Ojalá lo hubiésemos planeado (se ríe).

—¿Por qué dice en el libro que CFK construyó su discurso en base a irreconciliables distancias con los otros?

—Hay una característica fundante del discurso político en sí, que es la construcción de otro, un adversario o un enemigo discursivo. Eso aparece en cualquier tipo de discurso, como ocurre con el macrismo y la construcción de la “pesada herencia”. Una construcción del enemigo que permite afirmar la identidad propia.

—El mismo Juan Domingo Perón decía que si no había enemigo había que inventarlo…

—Claro. Es que si no soy como ellos, es porque soy de alguna manera, entonces eso genera una comunidad de pertenencia y de sentido y, en definitiva, la representación. En el caso particular del discurso de Cristina aparece una polémica expresa y manifiesta con lo que yo denomino en el libro “discursos neoliberales”: el campo, la dictadura militar, el menemismo y los grandes medios de comunicación. Los discursos neoliberales conforman un objeto discursivo muy pero muy amplio y que es un poco lo que le da riqueza. No hay forma de negociar. Está en un marco ideológico contrario al propio. Eso es lo que hace de la polémica un aspecto constitutivo del discurso de Cristina: esa diferencia con el otro que no se puede negociar.

—Fernández se posiciona con una fortaleza frente al aparato opositor en general, ¿esa postura molesta a los hombres y también a las mujeres?

—Es difícil de responder, no puedo hacer una apreciación sobre eso. Sí sucedió, y sucede aún, de un mensaje que se intenta dar sobre que Cristina siempre está siendo manejada por otro. Eso forma parte de un discurso completamente misógino respecto de una posición de poder de una mujer. El apelativo “Yegua”, el haber instalado el operativo del “doble comando”, esto de que Cristina sólo instrumentaba decisiones que venían de Néstor o el concepto de “pareja presidencial”… Todo eso es interesante para pensar prácticas en relación a discursos misóginos. Después, por sujeto personal, por decirlo de algún modo, me parece que sigue haciendo ruido que una mujer tenga una situación de poder tan grande, que despierte tanto amor, así como también odio. Eso es llamativo como fenómeno político, de género. Puede ser analizado desde varias aristas.

—¿Cómo fue mutando el discurso de Cristina?

—Yo analicé el de la primera presidencia. Identifico dentro de ese período dos grandes variaciones. Son estrategias discursivas, claro está. Ahí están muy identificadas ciertas imágenes, una es el modo en que la presidenta de la Nación se construye a sí misma en su discurso. Es decir, yo me puedo construir como una mujer, fuerte, humilde o dependiente de mi marido. Las dos imágenes que reconozco en su discurso son lo que denomino del “orden de lo magistral”, que toma fuerza a partir de la crisis con el campo y se funda una relación jerárquica y asimétrica con los otros. Algo así como “Yo, que sé, les enseño a ustedes algo que ustedes no saben”. Eso es algo que molestaba mucho porque sentían que ella los retaba.

—¿Y la segunda variación que mencionaba?

—Hay una segunda imagen que es lo que denomino el ethos íntimo, y es lo que está más vinculado a la exposición de ciertos aspectos vinculados a la vida personal, a sus hijos, al dolor de la pérdida y que transita en un péndulo constante entre la fragilidad y la fuerza. Y esa fragilidad-fuerza en realidad es lo que define es la diferencia entre lo público y lo privado. Es decir, hay algo del orden de lo privado que vendría a ser el dolor por la muerte de su esposo y algo que es del orden de lo público que es la fortaleza que se retroalimenta con los otros. Esos jóvenes en los que ellas misma dice: “Cuando los veo a ustedes lo veo a él”, y que, de algún modo, retroalimenta el lazo afectivo con Cristina. Esa aparente fragilidad que en definitiva la utiliza como un capital para seguir gobernando.

—¿Cómo vive este momento? Es autora de un libro con contenido sin precedentes editoriales…

—Feliz. No sólo porque la editorial lo publicó de manera totalmente gratuita, sino también por aquello de que los investigadores estudiamos en ámbitos solitarios y hay como un ghetto académico tan fuerte y nuestras investigaciones muchas veces quedan circunscriptas en círculos pequeños. Poder hacer un aporte y que el libro circule, llevarlo a la facultad, ponerlo en la biblioteca, que me hagan una entrevista, que pueda ser usado ya sea por estudiantes o militantes políticos, me pone muy contenta. En términos políticos: poner sobre la escena algo que a mí me costó tanto trabajo hacer.

Nota publicada en diario El Ciudadano

martes, 21 de enero de 2020

Marta Ortiz: “El poema recupera imágenes, sonidos, sesgos y colores”

“Fuera de foco” es el tercer poemario de la premiada escritora rosarina Marta Ortiz. El libro abre el telón de un escenario de ausencias, de un eterno volver al lugar de lo perdido para así poder comprenderlo

Por Graciana Petrone

Foto: Franco Trovato Fuoco
“Pero no se puede lavar el mundo / pasarlo en limpio / ponerlo en claro”, escribe Marta Ortiz en uno de los poemas que integran su flamante libro Fuera de foco (Alción Editora 2019). Páginas que abren el telón de un escenario lleno de ausencias, de un eterno volver al lugar de la pérdida para así poder comprenderla. “Esas ausencias –dice–, que van modificando el mapa como si se fueran cayendo pueblos o ciudades y entonces, el tejido de relaciones también cambia”.

Premiada y publicada por sellos extranjeros, nacionales y locales, Ortiz muestra en este su tercer poemario, “un estado que se propone aletargado, el mundo suspendido,  la incomprensión ante la pérdida que se manifiesta como oquedad, vacío y silencio”

 

Temática y despojo, las diferencias


—“Fuera de foco” es tu tercer libro de poemas. ¿Qué diferencias sentís con aquel primero publicado en 2009?  

—Las diferencias están en la temática y en el despojo. Cada vez, creo, los poemas van siendo más despojados. Diario de la plaza y otros desvíos, el primer libro, tenía que ver con ese mundo verde que es la plaza. Hace muchos años que vivo frente a la Plaza de las Madres 25 de Mayo y todo ese universo prácticamente entra en mi casa: los colores del otoño, los del verano, incluso los grises del invierno y las Madres del dolor que giran todos los jueves. En el segundo libro el eje pasó a la casa de la infancia, la que ya no habito, que ya no es parte de la familia y que no puedo verla siquiera en la imaginación. Un poema justamente que habla como si penetrara en ella una noche y la viera de una manera muy onírica y hasta surrealista, dio origen a Casa de viento y tiene mucho que ver con escenas de infancia, pequeñas recuperaciones de lo que fue, de lo que es parte de la memoria que trae lo que puede, quiere y selecciona.

—¿Por qué “Fuera de foco”?

—Sentirse fuera de foco es sentir que la vida tiene bordes difusos, un fuera de lugar en todos los espacios que antes eran claros y enfocados. Un estado que se propone aletargado, el mundo suspendido,  incomprensión ante la pérdida que se manifiesta como oquedad, vacío, silencio. Como pieza dispersa de un puzle, el poema recupera pequeños sesgos, imágenes, sonidos, olores. La única posible reconstrucción. Las diversas ausencias van modificando el mapa como si se fueran cayendo pueblos o ciudades y entonces, el tejido de relaciones también cambia. Un poco eso es lo que refleja este libro.

 

Recuperar las pérdidas


—¿El poeta teme hablar del amor o del dolor sin caer en lo estereotipado o en lugares comunes?

—Yo misma cuando leo detecto enseguida el lugar común y creo que pierde mucho el valor y la calidad. A veces es necesario, pero depende de muchas cosas. Naturalmente lo aparto y trato de mirar el poema desde afuera como si no fuera mío, con esa mirada crítica que suelo aplicarle a toda mi escritura. Si bien mis poemas son de alguna manera autorreferenciales porque hablan de cosas que me han sucedido, también están mediatizados porque la memoria no trae exactamente las cosas como son. Las cosas que afloran son como un mapa y entonces voy juntando pedacitos como en un rompecabezas. Esa es la ilación, justamente, que no se trata de enhebrar cronológicamente algo sino de entender esas cosas que sucedieron y que sean coherentes dentro del conjunto para poder entender lo que se hace difícil de entender. En el caso de Fuera de foco, son las pérdidas. No sólo las de un ser querido sino de objetos que se pierden pero que quedan flotando y el poema sea, de algún modo, el medio para recuperar ese objeto perdido.

 

Construir todo de nuevo

 
—¿Se puede cerrar ciclos o hacer duelos a través de la escritura?

—Creo que sí, aunque nada se olvide ni se termine del todo. Fuera de foco no intenta ser un duelo sino la comprensión de algo ocurrido. Y como la escritura es una vía de conocimiento, es de pronto una iluminación, algo que a uno lo persigue, que trata de entender y entonces uno lo escribe para entenderlo mejor. Quizás, dentro de ese proceso de escritura, lo va comprendiendo más.

—Siempre decís que tanto la poesía como la narrativa es un proceso de reescritura permanente. ¿Cuánto tiempo llevó este libro?

—Me pasa, como creo que también les ocurre a otros poetas y escritores, que no escribo sobre un tema sino que los temas me buscan a mí. En un momento dado los reúno para publicar un libro pero no los pienso en términos de tiempo ni de tema. Como los que forman Fuera de foco sí tenían que ver mucho unos con otros, me dio la posibilidad de armar una serie. En este libro, y por eso el título, la realidad después de la pérdida había cambiado tanto que sentí que la vida no me cerraba por ningún lado y que había que construir todo de nuevo.

 

Línea de ocupaciones y escrituras
Marta Ortiz nació y vive en Rosario. Es profesora y licenciada en Letras de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Participó en Congresos, encuentros de escritores y ciclos de lectura en los géneros de poesía y cuento. Formó parte de numerosas antologías y ciclos de lectura. Desde hace 17 años coordina el taller de escritura Ópera Prima y también espacios de lectura. El vuelo de la noche (Editorial Universidad de Puerto Rico 2006) obtuvo el primer premio de cuento Bienal Internacional de Literatura 2000. Publicó también el libro de cuentos Colección de arena y los poemarios Diario de la plaza y otros desvíos y Casa de viento. Colabora en diversas revistas culturales nacionales y extranjeras.

Nota publicada en diario El Ciudadano


Cuando pintar es una tarea de constante evolución y crecimiento

Un artista en vías de desarrollo, así decidió llamar a su primera muestra de cuadros y bocetos el artista plástico Rubén Farías. Según contó a El Ciudadano, se trata, justamente, de una experiencia de trabajo en constante evolución y crecimiento. La exhibición cuenta con curaduría de Alicia Galeano

Por Graciana Petrone

PH: Hernán Rades Fotografía

“Un artista en vías de desarrollo”, así decidió llamar a su primera muestra de cuadros y bocetos el artista plástico Rubén Farías. Según contó a El Ciudadano, se trata, justamente, de una experiencia de trabajo en constante evolución y crecimiento.

La exhibición cuenta con curaduría de Alicia Galeano y será este viernes 12 de abril a las 19 en La Casa de La Memoria, de Santiago 2815.

—¿Cómo surge la idea de pintar una serie de escritores entre los que están Poe, García Márquez, Kafka…?

—Bueno, tiene que ver con gran parte de mi vida porque la lectura y la escritura son una parte importante de mi vida. Soy librero, vivo de eso y en un sentido plasmar las imágenes de escritores que admiro y me atraen mucho era como trasladar a esas imágenes un sentimiento que llevo desde los cinco años que empecé a leer.

—¿De cuántas obras está compuesta la muestra?

—Según la curadora (Alicia Galeano) el número de piezas varía. Me dijo: ’Dejá de pintar, por favor’. Hay seis pinturas de escritores, también dos o tres trabajos de una serie que se llama ‘Cosas que no hago hace mucho’. Y después, si se quiere, es una especie de retrospectiva. Yo empecé a estudiar y a trabajar con la curadora hace cuatro años y la idea es mostrar el desarrollo o la evolución en un proceso. Por eso el nombre de la muestra.

—¿Cuándo empezaste a pintar?

—Pinté esporádicamente en distintos momentos de mi vida pero desde que empecé a trabajar con esta profe, los bocetos y pinturas que exhibo ahora son de hace cuatro años a esta parte y abarcan el proceso de aprendizaje que no termina nunca, por suerte, y es un desarrollo hacia el objetivo de la pintura. Empecé haciendo cosas planas con respecto a los colores y ahora hay matices. Los colores me habitan desde otro lugar.

—¿A qué te referís con que ‘los colores te habitan desde otro lugar’?

—Me saco las pinturas de las tripas. Lo que quiero decir con eso es que ahora puedo plasmar lo que siento y antes no. Antes era una sucesión de manchas, tal vez, y desde ese lugar no podía extraer una figura. Ahora, si bien hay bocetos y un proceso en la creación que me permite expresar más concretamente lo que quiero pintar, pinto lo que siento.

—Hablás de bocetos, técnicas, crecimiento y en vías de desarrollo constante, ¿cómo es este proceso desde lo artístico?

—Precisamente eso, desarrollo y crecimiento. Cuando empecé a trabajar con esta santa mujer (por la profesora y curadora de la muestra) me decía ‘mirá, te conviene bocetar, practicar, no ir directamente a meter la pintura’. En aquel tiempo lo hacía en lo que es fibrofácil. Incluso hay cosas que están pintadas sobre durlock que encontraba en la calle y Alicia me dijo que era como muy perenne el material (risas) y ahí me sugirió que yo trabaje con un criterio. Así que empecé a hacer bocetos. El dibujo tiene otra cosa que me permite verlo en blanco y negro y proyectarlo en mi cabeza. Por lo general hago uno, lo laburo mucho y después sí, en una noche lo llevo a la tela.

—Después de este proceso, ¿qué tipo de evolución o de nuevas técnicas ponés en práctica ahora?

—Ahora estoy pintando con acrílico sobre lienzo y desarrollo un proceso que es muy lindo para mí. Yo hago el soporte, compro el cuadrado, le pego la tela, lo blanqueo y después lo trabajo con la pintura.

—Es tu primera muestra individual, algo así como largar a un hijo solo a la vida, ¿cómo te estás sintiendo en este momento?

—Participé en dos muestras colectivas muy ricas y muy variadas que se hacían en la peatonal, “Artistas a cielo abierto”, algo super reinvindicable. Pero ahora sí, hago esto que es algo así como soltar las criaturas al primer día del jardín. No sabés lo que va a pasar pero a la vez creo que es el momento, al menos siento la necesidad de hacerlo. Seleccioné unos 24 laburos sobre 60 y es como bueno, decir: ‘Acá están mis cosas, mírenlas, díganme qué les parece’.

—¿Cualquiera puede dibujar o pintar?

—Cualquiera puede hacer cualquier manifestación artística. Ahora, creo que tenés que tener una capacidad. Por darte un ejemplo, yo soy pésimo músico, no tengo la menor idea de cómo se toca ningún instrumento y creo que cualquiera podría tocar la guitarra, aunque no cualquiera podría ser Keith Richards.

Nota publicada en diario El Ciudadano

Fenómeno Ovni: las historias de otros mundos que necesitan ser contadas

El cineasta porteño Alan Stivelman habla de su documental “Testigo de otro mundo”, trabajo que registra la regresión de Juan Óscar Pérez, un gaucho de origen guaraní que asegura que vio un ovni y dos extraterrestres cuando tenía 12 años

Por Graciana Petrone

Cuando cursaba el secundario, Alan Stivelman quería ser ingeniero en sistemas. Ya casi estaba decidido hasta que un profesor de literatura con quien hablaba de libros y películas le preguntó si había visto algo de Alejandro Jodorowsky. Alan fue hasta un video club del barrio porteño de Belgrano y alquiló El Topo. Confiesa que vio varias veces el film pero seguía sin entender nada. “Fue una orgía surrealista de símbolos e imágenes. Me fascinó”, contó el joven director de cine de 33 años a El Ciudadano.

Después estudió actuación y en paralelo hizo la carrera de cine. En 2013, con algún sesgo similar a la ruta de aquel personaje de negro del western de Jodorowsky, Stivelman emprendió su propio viaje a Los Andes y dirigió su primera película, Humano, en la que un muchacho busca la iluminación para descifrar el origen del hombre.
En Rosario, después de la presentación de su película Humano, el antropólogo Diego Viegas se acercó a entrevistar a Stivelman y allí comenzó otro viaje que terminaría, en 2018, con la puesta en pantalla grande del documental Testigo de otro mundo, un trabajo que registra la regresión de Juan Óscar Pérez, un gaucho de origen guaraní que asegura que vio un ovni y dos extraterrestres cuando tenía 12 años y que se aisló de la sociedad al nos sentirse comprendido hasta que después de muchos años pudo contar lo que, según él afirma, ocurrió. De hecho, fue atendido, escuchado y analizado por un equipo de psicólogos y psiquiatras que lo ayudaron a convivir con su realidad.

Stivelman dirigió y escribió el guión de la película Testigo de otro mundo con ayuda del astrofísico Jacques Vallée y el equipo que coordina el psiquiatra rosarino Néstor Berlanada.

La historia de Juan Óscar Pérez y el documental sobre su vida fue noticia en los diarios El País y El Mundo de España que le dedicaron más de una página. Pero lejos estuvieron los medios tradicionales argentinos en interesarse, excepto aquellos canales de información estrictamente abocados a los fenómenos extraterrestres y la Ufología.

Actualmente, la distribuidora estadounidense The Orchard Movies está a cargo de la difusión digital del material. Y el documental está disponible en Amazon Prime.

—¿Hay antecedentes en el cine nacional de este tipo de abordaje como lo hace “Testigo de otro mundo”?
—Me tengo que basar un poco en lo que me han dicho cinéfilos e investigadores. En realidad hay decenas de documentales sobre el fenómeno ovni pero puedo afirmar que es la primera vez que se retrata ese fenómeno desde la óptica humana, haciendo hincapié en el testigo y no tanto en el hecho en sí.

—¿Cómo surge la idea del documental?
—Fue toda una cadena de eventos que si los tuviera que describir no me saldrían. En 2012 empiezo a escribir una historia de ficción sobre una pareja de treintañeros donde ella había sido abducida y estaba embarazada de seres de otro plano; era una historia muy rara. En ese momento estaba aplicando una técnica que se llama escritura automática, que es cuando uno deja aflorar el inconsciente sin ponerle barreras. En ese contexto salió esta historia extraterrestre, algo que a mí me parecía muy lejano y no me interesaba. Y el fenómeno ovni, menos. Siempre me interesó la búsqueda del origen del ser humano y las civilizaciones antiguas en América que siempre fueron foco de mi investigación.



—¿Cómo pasaste de ese desinterés por el fenómeno ovni a dirigir una película sobre el tema?
—Cuando estaba usando la técnica de escritura automática me compré un libro del psiquiatra norteamericano John Mack, un profesional muy reconocido que pasó del escepticismo a tratar personas que habían sufrido casos de abducción similares al de Juan Óscar Pérez en cuanto a la carga emocional. Después doy con Los Extraños, un libro del psiquiatra rosarino Néstor Berlanda y Juan Acevedo que compré en una librería antigua. Me atrapó por completo, pero después de unas páginas lo abandoné porque eran muy densas las historias: encuentros sexuales, violaciones, fetos, y pensé que no era para mí. Pasó un año, viajé a Rosario para la presentación de Humano, agarré un libro de mi biblioteca para que me acompañe en el viaje y no sé por qué fue Los Extraños. Al final de la presentación se me acercó un hombre que me dijo que era antropólogo y que quería entrevistarme. También me dijo que era parte de la Fundación Mesa Verde, recordé haber escuchado ese nombre en algún lado y entonces saqué el libro Los Extraños de la mochila y Berlanda era quien presidía la fundación. El hombre era Diego Viegas (abogado, antropólogo e investigador). Quedamos en almorzar al día siguiente.

—Entonces, “Testigo de otro mundo” se cocinó en Rosario.
—Literal. De hecho, en una charla en la cocina del departamento de Diego. Comimos unas pizzas y ahí fue cuando Berlanda y Viegas me contaron sobre uno de los casos más emblemáticos que investigaron que fue el del Juan Óscar Pérez. Así comenzó todo.

—Como director, ¿hubo un compromiso desde lo humano con el protagonista?
—Trabajé mucho en la parte de la hipótesis del documental, me había planteado que la película pudiese demostrar la existencia del fenómeno ovni como un fenómeno que reside en otra dimensión, o que tendría algún tipo de vínculo con la conciencia humana y enfocarme en la parte dura, en la evidencia y en cómo poder demostrar eso. Pero cuando estoy empezando a trabajar con Juan (Gómez), y veo su fragilidad, la cosa cambió y sentí que me tenía que centrar en la sanación de Juan, más allá de la demostración empírica sobre el fenómeno en sí.

—¿Cómo viviste como cineasta, productor y director estos últimos cuatro años?
—Mal, muy mal. Me dije a mí mismo que jamás iba a producir una película en la Argentina porque la pasé súper mal, sobre todo en el después. Estuve muy deprimido por cuestiones coyunturales que no tienen que ver con el hecho artístico en sí, sino con lo económico. Uno tiene un presupuesto que está hecho en pesos, después nos agarraron dos devaluaciones, teníamos la plata muy justa.

Nota publicada en diario El Ciuadadano


Obreras: muestra que interpela desde el pasado para repensar el presente

Detrás de cada material artístico y bibliográfico de la muestra están, justamente, ellas, las que le dan nombre a la exhibición y que a través de la participación gremial se fueron abriendo paso en medio de un ambiente hostil

Por Graciana Petrone


Obreras, trabajo en el frigorífico y el barrio Saladillo es una exhibición que cuenta con curaduría de Laura Pasquali y que intenta retratar la vida de las trabajadoras del frigorífico Swift a mediados del siglo pasado, en un contexto social e histórico en el que la desigualdad de género se potenciaba en todos los ámbitos y, el del trabajo, no quedaba fuera de ese mandato patriarcal.

En Obreras se destacan los trabajos del rosarino Aldo Magnani, discípulo de Ricardo Sivori y Juan Grela, sólo por nombrar algunos, pero también devenido en maestro de artistas y conocido como el “pintor del Saladillo”. Es que una parte especial de la zona sur de la ciudad fue el espacio por excelencia que inspiró a la mayoría de sus obras y en donde vivió y plasmó  distintos momentos y paisajes que daban cuenta de cómo era la vida en la popular barriada en la que, justamente, se instaló el frigorífico.

El archivo fotográfico que se presenta en diferentes pasajes de la muestra pertenece a los historiadores barriales Alfredo Monzón y Nora Laborde. Además, en el invernadero del museo se proyectan los cortos sobre “Fugas y resistencias. Trabajadoras: imagen y representación o hacer visible lo invisible”, de las realizadoras Carolina Rimini y Mónica Fessel.

La curadora destacó durante la inauguración, que Obreras reúne material diverso que fue creado de manera colaborativa entre el entre el archivo fotográfico del museo local, bibliografía y fotografía del Museo 1871 Berisso, el que tiene colección del Swift y con elementos del museo Raúl Malatesta de Villa Gobernador Gálvez.

Nativas, inmigrantes y obreras
Detrás de cada material artístico y bibliográfico están ellas, las que le dan nombre a la exhibición y que a través de la participación gremial se fueron abriendo paso en medio de un ambiente hostil.

“Obreras, nativas e inmigrantes que se instalaron en el barrio y un tránsito natural era precisamente el activismo político y gremial por las condiciones de trabajo. Las mujeres han sido o podría decirse que se supone que fueron las voces silenciadas en este proceso. Nuestra investigación da cuenta de que están presentes y, en aquellos ámbitos donde no las podíamos visibilizar, está el trabajo de los museólogos y museólogas para poder visibilizarlas”, dijo Pasquali.

En una de las pantallas que se exhiben sobre las paredes de una de las salas del museo se proyectan placas con experiencias de las trabajadoras del frigorífico. Placas que hablan, escritos que obligan a repensar el presente en función de un pasado hostil para la mujer. Uno de esos carteles versa:

“Para ir a comer teníamos que hacer un camino como cuando llevan los animales al matadero, un caminito con la cabeza gacha y la panza vacía”.

“Recorridos múltiples”
La disposición de las fotografías, archivos multimedia, proyecciones y otros montajes que componen Obreras le da al espectador la  posibilidad de realizar “múltiples recorridos”.

“No hay un único sentido para recorrerla, puede venir una escuela a mirar solamente la sala del Swift y trabajar en función del trabajo infantil, de las condiciones laborales, de la relación entre la patronal y los trabajadores”, dijo Pasquali.

La curadora consideró que otro recorrido posible es pensar la relación de la vida obrera y el mundo del activismo gremial y político. “Proponemos los recorridos múltiples, si bien hay uno sugerido pero nos interesa mucho que cada uno venga con su necesidad propia. Quizás alguien quiera ver el barrio, ver las fotos, opinar (a través de cartelitos en una de las paredes de las salas del museo). Ese es el sentido, venir con inquietudes propias y desenvolverse como quieran hacerlo”, agregó.

Una muestra que interpela
“Exponer la experiencia laboral de las mujeres de clase obrera no puede implicar una mera formalidad conmemorativa, sino provocar el debate y la reflexión sobre algunos condicionamientos de nuestro presente”, se señala en el dorso del folleto de la muestra. Casi las mismas palabras dijo la curadora en el escenario durante la inauguración.

“La intención es que a todos les pase algo cuando recorran la exposición, que tengan una sensación que se llevan algo. La idea de interpelar es que reflexionen y piensen en lo que es una muestra que se construyó de forma colectiva”, dijo el director del Museo de la Ciudad, Nicolás Charles.

En diálogo con El Ciudadano, Pasquali dijo que “para muchas mujeres el frigorífico era la única forma de resolver su vida material, ya sea por ser solteras, viudas o tener que contribuir con el sostén de su hogar”

“En ese marco la lucha permanente fue por la desigualdad salarial, las condiciones de trabajo, los problemas vinculados al acoso, todas realidades en un mundo masculinizado que fue feminizándose de a poco, porque la presencia de la mujer fue siendo cada vez mayor en el frigorífico”, concluyó la curadora.

Curadora: Laura Pasquali
Equipo de trabajo Gisela Figueroa, Luisina Agostini y Beatriz Argiroffo.

Nota publicada en diario El Ciudadano


La Muerte duplicada: poemas que formulan preguntas sin respuestas

En “La muerte duplicada”, interpelado por las víctimas del terrorismo de Estado durante la última dictadura, Sebastián Riestra (se) interroga acerca de qué pasa con ellos cuando en 2015 triunfó alguien que representa lo contrario y ocurre una segunda muerte, simbólica, que los vuelve a matar

Por Graciana Petrone

Foto: Alejandro Guerrero

“¿Dónde crecen los muertos, / o florecen? ¿Dónde queda / su rastro, su semilla?”, pregunta Sebastián Riestra en uno de los versos que forman parte de su nuevo poemario La muerte duplicada (Homo Sapiens ediciones). Una elegía a los militantes de los años 70 que fueron víctimas del terrorismo de Estado en la Argentina.

Se trata de un libro que establece una significativa ruptura con la ya conocida poesía de Riestra que pasa, de retratar distintos estadios del amor, quizás más intimistas, tales como El ácido en las manos, Romero o Rémora, a transitar por los caminos de un doloroso pasado reciente cuyo sufrimiento parece no terminar nunca y, en contrapartida crece. “¿Para qué peleamos tanto si al final después de esa pelea el pueblo usó el voto para colocarlo a Macri en el poder?”, dice en diálogo con El Ciudadano.

—Tu poesía tiene que ver con una línea más ligada al amor. ¿Cómo se produce esta ruptura en “La muerte duplicada”,tu nuevo poemario? 
—Trabajé permanentemente una poesía del yo. No es que el nosotros estuviera prohibido, ocasionalmente aparecía. Pero en este libro se produce una ruptura en ese sentido y por primera vez me encuentro con el nosotros, más allá de que también el libro está proyectado desde el yo del poeta. Tiene que ver con que de alguna manera me interpela el país. En cierto momento, cuando triunfa en las elecciones (Mauricio) Macri, la gran amargura que yo tenía desemboca en una pregunta. Yo soy integrante de la generación del 80, la que recuperó la democracia. Dimos dura pelea para recuperarla. Pero además, estoy muy cerca de los años 70 y siento la continuidad de ese legado generoso que brindó esa generación.

La generación más generosa

—¿Cuál es esa pregunta?

—¿Para qué peleamos tanto si al final después de esa pelea el pueblo usó el voto para colocarlo a Macri en el poder? Un representante conspicuo de lo que uno más detesta, de la ideología más conservadora. También pensé que si yo, que soy un integrante de la generación del 80, siento este nivel de tristeza y de escepticismo, desemboco en esa pregunta: ¿Para qué peleamos si todo termina de esta manera?. La segunda pregunta que llegó fue: ¿Si esto me pasa a mí, qué les hubiera pasado a los tipos que integraron la generación más generosa de la historia argentina? Ellos dieron todo, a veces mucho más que la vida porque dieron no sólo la propia sino también la de sus familias. 
Fue terrible. ¿Qué pasa con esos muertos, que son el legado de la generosidad absoluta? Y acababa de triunfar alguien que representa todo lo contrario. Porque el macrismo representa el egoísmo, el yo encerrado en sí mismo, la idea de que el otro desaparece, se borra del horizonte.

—¿De ahí el título “La muerte duplicada”?

—La primera muerte ocurre cuando se produce la muerte física, cuando esos militantes son masacrados. Pero la segunda muerte, que es la simbólica, ocurre cuando el pueblo argentino, olvidando su raíz combativa y lo mejor de su pasado, elige a Macri y los vuelve a matar, de una manera cruel, si se quiere. De allí el título del libro, que se lo puse una vez que estaba terminado.

Lección para aprender

—¿En la primera parte del libro los poemas intentan darle identidad a los que no están?

—La pregunta que abre el libro es ¿dónde están los muertos? En cierto momento mis preguntas, que se van planteando en los poemas, y en los homenajes y en las evocaciones, son interrumpidas crudamente por algo que se me ocurrió en el marco de la escritura y que son largas listas que tienen que ver con esos muertos: libros, revistas y diarios que leían, películas que iban a ver al cine, las comidas que comían cotidianamente, los cigarrillos que fumaban, los autos que maneja
ban, en fin, todo un retrato de la época muy concreto a partir de una larguísima enumeración que tiene que ver con las agrupaciones políticas donde militaron. Me sorprende esa lista, justamente por lo extensa. Esa época fue el florecimiento del interés por el otro y eso se refleja en el auge de la política, que es lo que se necesita para transformar la realidad. El auge de la política bien entendida. Bien digo más tarde: “los mataron sin hacer diferencias”. Eso hay que tenerlo muy claro: muchas veces, los sectores que trataron de transformar la realidad se separaron entre sí, se consumieron en luchas intestinas; lo que suele ocurrir, pero lo cierto es que así no se puede trabajar políticamente. Cuando se trabaja, hay que hacerlo desde la unidad. Es una lección que hay que aprender y que el libro intenta plantear.

—¿Cómo fue ese cambio del “yo”al “nosotros”?

—El yo siempre está presente porque no hay poesía que se pueda construir sin el yo. Lo que ocurre es que el yo es capaz de abrirse hacia nosotros muchas veces, pero esa apertura tiene que ser legítima, no puede ser forzada. Cuando la apertura es forzada surge, lo que yo llamo mala poesía. Sigo creyendo, como (Rainer Maria) Rilke, que todo arte que vale es por su autenticidad, la naturaleza de su origen, diría Rilke. Yo he sido fiel a lo que sentía cada vez que escribí y recién ahora, pasados los 50 años, pude abrirme a una mirada sobre el país político. Poéticamente no lo había reflejado nunca y es una apertura muy legítima porque yo fui un militante, desde muy joven me interesé por la política. 
Fui muy pasional al respecto pero no lo podía manejar dentro de lo poético.

Nota publicada en diario El Ciudadano

Objetos de deseo hechos con técnicas originarias y material desechable

Los objetos que integran la muestra, que incluye fotos de Gustavo Goñi y cuenta con curaduría de Mauro Guzmán y la participación del artista Mauro Caporali, iluminan el subsuelo de la sala ubicada en Balcarce 238

Por Graciana Petrone


Retazos de telas, cuentas, dijes, mostacillas, perlas, pinturas, papel, espejos, colores, pedazos de acrílico o cadenas. Nada se descarta. Todo lo que para uno puede dejar de ser necesario se reconvierte en objeto de deseo y utilidad para el otro, a través de la mirada y las manos de la artista plástica y diseñadora Marina Gyciuk . Con esa premisa partió para concluir un trabajo de más de un año que reúne accesorios, máscaras y bijouterie realizadas con material desechable y técnicas qom.

Los objetos que integran la muestra, que incluye fotos de Gustavo Goñi y cuenta con curaduría de Mauro Guzmán y la participación del artista Mauro Caporali, iluminan el subsuelo de la sala ubicada en Balcarce 238. Algo de esa luz que invade el espacio produce una sensación impactante a la primera mirada del visitante y se resume en el nombre que eligió para la exposición: “Soñé que tu piel destellaba soles”.

Gryciuk asegura que la elección fue azarosa, que un día se despertó inspirada y el nombre de la muestra, con fuerte sesgo poético, simplemente “surgió”. Aunque la luz que los mismos objetos “destellan” parece hacerlos funcionar como pequeños soles que, sin ser estrellas algunas, tienen luz y vida propia.


—¿Cómo surge esta muestra y hace cuánto que trabajás en ella?

—Es un trabajo que vengo haciendo hace un año con piezas escultóricas para el cuerpo, pensando en esta fusión de mi trabajo como diseñadora de ropa para usar en la calle y, al mismo tiempo, mi trabajo de retomar algunas cosas en relación a las texturas y tejidos de los pueblos originarios. Casi todas estas piezas están tejidas con esa técnica.

—¿Tu trabajo de taller con mujeres de la comunidad qom influyó en la realización de estos objetos?

—Yo ya vengo trabajando desde hace varios años a manera de proyectos pero también me apropio de esta técnica de manera artística, la que deconstruyo y vuelvo a armar de otro modo. Me gusta pensar que las técnicas uno las puede reinventar y así generar algo nuevo. Es también como un homenaje y señal de respeto al origen de esa técnica.

—Los objetos que se muestran parecen no ser sólo artísticos, parecen ir más allá…

—Desde hace tiempo hago como un trabajo de reincorporación de otros materiales reciclados. Estoy pidiéndoles todo el tiempo materiales a mis amigos y a gente que trabaja en el rubro, sobre todo restos de telas y de bijouterie. Con eso hago esta fusión de objetos que son pensados para el cuerpo. No tanto como objetos textiles-artísticos sino que en algún momento puedan transformarse en una colección de accesorios comerciales.

—Gargantillas, máscaras y colgantes que salen de la cotidaneidad, lo que no le quitan lo glamoroso…  

—Es que justamente trabajo entre los bordes de lo utilitario y lo no utilitario. En realidad me gusta correr esos riesgos de no estar en ningún lado y posicionarme en el límite entre una cosa y la otra. Me gusta ese riesgo, es como una postura ideológica y hasta política en ese sentido, de que nadie puede decir que algo es determinado sino que los objetos fluyen y cada uno los toma para el lado que desea.

—¿Las máscaras colgadas en la pared tienen algún significado en especial?

—No. El juego es que todas estas piezas están pensadas para el cuerpo y no hay ningún cuerpo, entonces el cuerpo lo pone el espectador. Ese es el juego que yo hago, que la gente pueda apropiarse de estas piezas, jugar y reinventarlas.

—Eso corta con la distancia que suele poner el mismo espectador con la obra de arte…

—También es la idea de recrear una tienda en donde uno agarra las cosas, se las prueba y se mira al espejo. Esto de tomar distancia con la obra de arte le pasa a todo el mundo porque no estamos acostumbrados a tocar una obra de arte. Hay todo un mito en ese sentido y por eso lo que vamos a hacer es que la gente las agarre, se las pruebe. Hay dos espejos y un hashtag (en Twitter, Facebook e Instangram) donde la gente puede subir las fotos que se saca. Es como un evento virtual que está sucediendo a medida que se desarrolla.

—¿Cuál sería tu mensaje para ese espectador no familiarizado con muestras de arte y que de repente viene a verla?

—Que se anime, que venga con una mirada abierta para ver algo bello con cosas que fueron descartadas porque en algún momento no servían más. Me parece que es todo un aprendizaje, sobre todo en este momento que está tan en crisis la idea del capitalismo en el consumo de objetos que no tiene sentido porque uno sabe que en meses lo va a desechar. Bueno, es conceptualmente trabajar eso: los objetos y materiales se pueden revivir y volver a utilizar. Es un poco la mirada que me gustaría que la gente tuviera al venir a ver esta muestra.

Nota publicada en Diario El Ciudadano

Infierno grande: postales de una historia de violencia en un pueblo chico

El director y guionista Alberto Romero y la actriz Guadalupe Docampo hablan de “Infierno grande”, película que este domingo por la noche se podrá ver en El Cairo y que cuenta la historia de una maestra en La Pampa que busca escapar de su marido y de su entorno

Por Graciana Petrone


Infierno grande, película argentina con guión y dirección de Alberto Romero que este domingo por la  noche se podrá ver en El Cairo Cine Público narra la desgarradora historia de María, una maestra de una zona rural de La Pampa que está embarazada y vive atrapada en un matrimonio violento, al tiempo que su marido está vinculado a la política en un pueblo chico. Un día, María decide escapar, con rifle al hombro y avanzado estado de embarazo, a un pueblo perdido en el sur donde nacieron sus padres, un pueblo que, al estilo Comala de la emblemática novela Pedro Páramo de Juan Rulfo es casi fantasmal. “Lo que podría haber sido un melodrama se convirtió en un western”, dijo la actriz y protagonista principal del film, Guadalupe Docampo a El Ciudadano, en una charla conjunta con el director del film cuyo elenco completan Alberto Ajaka, Mario Alarcón y Héctor Bordoni.

—¿Cómo surge el guión?

—(Romero) Un poco por mis ganas de filmar en La Pampa, que es la provincia de mi familia. Si bien nací en Buenos Aires, mi viejo es de allá y siempre sentí que esos paisajes no estaban registrados en el cine. Me di el gusto de poder filmarlos. Además, cuando empecé en 2013, tenía la sensación de que faltaban películas con protagonistas mujeres y sobre el tema de la violencia, que había algo en el aire que me movilizó. Sentí que había que hablar de ese tema.

—La protagonista parece estar rodeada de personajes creados por Juan Rulfo. ¿La película bordea el realismo mágico?

—Fue una referencia que yo no tenía desde el principio y uno de mis compañeros del taller me lo mencionó. Y sí, algo de ese realismo mágico está.

—Si bien se trata de un drama, buscaste tensión y suspenso y elegiste la voz de un niño para acompañar algunas escenas.

—Quería darle a la película un poco de fábula y me pareció que introducir el relato de un nene le podía dar ese marco como de un cuento. En un momento me debatí si con ese recurso podía estar atentando contra el suspenso pero me di cuenta que hay otras líneas de suspenso que funcionan en la película, independientemente de si el niño vive o no.

—¿Cómo fue el proceso de filmación, producción y puesta en escena en términos económicos?

—La empecé a escribir en 2013, participé en un laboratorio de guión en Cuba; fue el primer paso. Y el guión lo terminé un año después. Busqué productor, y en 2015 la presentamos en el Incaa. Allí los tiempos son largos y ahora son más largos todavía. En su momento, si bien eran largos, se podía trabajar. Hoy el Instituto de Cine tiene una parálisis total.

—¿Cuál es tu balance como director teniendo en cuenta que la edición suele ser implacable?

—Me siento muy orgulloso. Obviamente le veo defectos. Siempre se los voy a ver porque es parte del proceso. Creo que, como me dijo un amigo una vez, “es una película llena de ideas”. Todo el tiempo hay algo nuevo que propone cada personaje y eso es algo de lo que estoy orgulloso. Además hay muchas escenas que son jugadas, extrañas y hay que animarse a ponerlas. Me parece que esa actitud en la dirección es algo que rescato de esta película, y quiero seguir haciendo cosas arriesgadas desde el punto de vista estético.

Un personaje complejo


—¿Cómo viviste el personaje a medida que avanzaba el rodaje de la película?

—(Docampo) Por un lado creo que la película aborda como un mundo fantástico y cargado de sentido; para mí el director toma la decisión de que atentar contra la vida del hombre maltratador es de alguna manera matar al arquetipo. Decidió un final que esté en consonancia con la realidad actual donde la visibilización de violencia de género y el feminismo ya empezaban a surgir. Fue como decir “matemos simbólicamente al macho”, que por supuesto no es el hombre sino la construcción masculina que tiene que ver con el abuso de la fuerza, la idea de que la mujer es un objeto de su propiedad, que carece de libertad o los deberes que la mujer debería cumplir en favor del hombre.

—¿Esa mirada feminista te conmovió?
—Siento que el feminismo es un tópico que atravesó toda la película, siendo escrita y dirigida por un hombre.

—Con el film terminado, ¿sentiste más fuerte ese empoderamiento?
—Hice demasiadas películas en donde había escenas de abuso sexual o físico y violencia para con mis personajes. Es un tópico que siempre existió, pero ahora se pone en relevancia por el contexto. Sabemos que ocho de cada diez mujeres fueron abusadas sexualmente y la temática, en este personaje, se pone de relieve.

—Es un drama que toma un giro distinto.
—Es que una mujer que es abusada es un melodrama. Pero en esta película en particular es un western. En el melodrama el personaje de la mujer quedaría atrapado sin encontrar la manera de salir de esa fuerza superior que la somete y necesita ayuda, que puede venir de un príncipe o de cualquier factor externo. En este film, el director la convierte en una película heroica sobre una mujer que, además, se empodera volviendo al pasado.

—Volviendo a sus orígenes paternos.
—Para ponerlo en términos de género, lo que ella va a tener que hacer es volver al pasado, a sus orígenes y recuperar ese valor heroico que uno de los personajes con los que se encuentra en el camino le cuenta que tenían su padre y su madre. A partir de esa recuperación de la memoria, ella se reconoce empoderada y puede dar el paso final contra el monstruo.

Nota publicada en el diario El Ciudadano 

La investigadora del fenómeno ovni Silvia Pérez Simondini cuenta su historia

El 18 de agosto de 1968 vivía en Caleta Olivia y vivió un encuentro cercano que marcó su vida para siempre. En los 90 dejó atrás una vida de lujos, vivió en carpa por 6 meses en Victoria y comió lo que ella misma pescaba. Cumplió su sueño de formar su propio equipo de investigación

Por Graciana Petrone



A fines de la década del 60 Silvia Pérez Simondini era una joven ama de casa que no había cumplido los 30 años. Tenía dos hijos chiquitos y un pasar económico holgado. Su esposo trabajaba en pozos petroleros, por entonces vivían en Caleta Olivia en una casa grande y con un terreno atrás donde entraban varios camiones. Su vida transcurría entre pañales, mamaderas, tareas escolares y enfermedades de los chicos. La vida en el sur suele ser demasiado tranquila, claro, no eran tiempos de internet, sólo había radio, algunos diarios y un televisor en blanco y negro.

Cada tanto pasaba un corredor de libros y revistas a los que Silvia les encargaba le trajeran publicaciones con recetas de cocina o manualidades. “A veces me aburría como una ostra”, cuenta a El Ciudadano, sin perder su sonrisa y serenidad que la caracterizan.

Esa ama de casa dedicada a la crianza de sus tres hijos pequeños en la Patagonia asegura haber tenido una experiencia que cambió su vida para siempre. Desde principios de la década del 90 y después de atravesar por lo que ella define como una “experiencia terrible”, decidió dejar todo lo que tenía para cumplir su sueño: formar su propio grupo de investigación sobre fenómenos ovnis. Hoy, es una de las principales referentes sobre el tema en el país y su trabajo es reconocido a nivel mundial.

Aquel episodio que marcó su vida lo recuerda como si hubiera pasado hace sólo unos pocos días y parece revivirlo cada vez que lo cuenta: “Fue el 18 de agosto de 1968, el día que mi hijo del medio cumplía un año. Un plato volador de entre 40 y 50 metros de diámetro estuvo arriba de mi casa. Pero no lo vi solamente yo, lo vio todo Caleta Olivia. La gente estaba a los gritos enfrente de mi casa. ¿Y por qué justo a mí?”, se pregunta y asegura que lo hizo durante muchos años hasta que concluyó que cada persona tiene una misión y un sueño que cumplir en este mundo.

Desde esa tarde de agosto de 1968 la vida de Silvia no volvió a ser la misma. Sus intereses cambiaron. Ya no le encargaba al corredor de libros revistas de manualidades o de cocina sino todo lo que se relacionara con ovnis.

“Desde ahí mi vida tuvo un cambio tan enorme. Como yo le digo siempre a la gente, una cosa es que te lo cuenten, o leerlo, y otra es vivir la experiencia. Cuando eso pasa, y ya no te queda ninguna duda de nada, sobre todo en una persona que como yo no sabía nada y nunca me había interesado por nada de eso. Tal vez había leído alguna nota sobre el tema en algún diario pero nunca me había interesado”, recuerda hoy, con 80 años y una inquitud por la investigación que la sigue movilizando cada día.


“Mi lugar en el mundo”
A finales de los 80 Silvia aún estaba casada y vivía en un petit hotel en Villa Devoto. Había visitado sólo tres o cuatro veces Victoria y a comienzos de los 90 decidió empezar su carrera como investigadora del fenómeno ovni. Un día le dijo a sus hijos que ya estaban grandes que cada uno había tomado el camino que eligió y que ella no podía irse de este mundo sin hacer lo que siempre soñó: armar su propio equipo de investigación en la ciudad entrerriana.

“Lo de Victoria fue como un llamado, algo que sentí, que no puedo explicar a tal punto de que cuando estábamos llegando mi hija Andrea me dijo «Mamá, estamos cerca de Victoria y a vos se te ríen los ojos» y es que había encontrado mi lugar en el mundo”.

“Ahí me desarraigué de Buenos Aires, me divorcié, dejé a mis amigos, dejé todo y me instalé sola en Victoria. Viví seis meses en una carpa y comía lo que yo misma pescaba. Los pescadores me enseñaron a cocinar el pescado. Así fue trascurriendo mi vida hasta que el intendente, cuando vio lo que yo trabajaba sin nada, me dio una cabaña que estaba frente a la costanera. Mi única compañía era un perrito y ahí mi marido se dio cuenta de que yo ya no iba a volver. Estaba decidida”.

Silvia dejó atrás una vida llena de lujos, una mansión en Villa Devoto, tres autos, una casa con varia empleadas para asentarse en un camping, comer de lo que ella misma pescaba y cumplir su sueño. “Yo siempre le digo a todos, que cuando tienen una vocación para algo, que no importa si no tienen dinero. El no puedo no existe, es sólo querer hacerlo, es la voluntad de cada uno. Y así salí adelante, vendí la parte de mi casa en Devoto y así compré mi lugar en Victoria, un coche que lo pagué con sangre sudor y lágrimas pero mis principios en Victoria fueron tan duros como nadie se podría imaginar porque era la advenediza, que venía a hablar de algo que, a pesar que el 80 por ciento de los victorienses había tenido experiencias, negaba lo que había visto”.

La compañía permanente que tenía era la de un inspector municipal quien aseguró haber tenido una experiencia con el fenómeno ovni pero cuando iba a denunciar a la Policía, los agentes se burlaban y le decían, según cuenta Pérez Simondini, “que iban a armar un pelotón para ir a ver sus luces de campo”.

“Él fue quién me enseñó los lugares a donde había que ir a ver. ¡Las cosas que hemos vivido en Victoria…! Puedo asegurar que el mejor de los investigadores no lo va a saber”.


Aquella tarde de agosto en el sur
Era el 18 de agosto de 1968. Silvia estaba terminando de bañar a uno de sus hijos que ese día cumplía un año. En medio de los preparativos para una fiesta familiar, empezó a escuchar un griterío  afuera de la casa. “Mi esposo fue el primero que me gritó que salga porque no podía creer lo que estaba viendo todo el mundo. Salí porque él me vino a buscar. Envolví a mi bebé en una toalla, lo senté en la cuna y salí  y cuando vi lo que vi, me quería morir”.

La mujer asegura que estaba todo Caleta Olivia haciéndole señas de que mirara para arriba. No entendía muy bien. Primero pensó que era un mono porque muchos habitantes de la zona tenían uno y pensó ‘¿Tanto lío por eso?’.

“Di ese paso y vi lo que vi. Eso estaba ocupando desde donde empezaba el sobretecho de mi casa hacia atrás. Según los entendidos, inclusive mi marido, dijeron que eso no medía menos de 40 o 50 metros de diámetro. Era algo impresionante”.

Pero hay más, Silvia rememora que “no pasó ni un minuto de que yo había salido, que sentí un «bloop» fuerte y empezaron a  salir cinco platillos chicos del grande; después, se corrió la nave grande, se pusieron atrás los chiquitos y cruzaron la avenida Independencia de Caleta Olivia rumbo a Comodoro Rivadavia y desaparecieron”.

“Me latía el corazón, me zumbaban los oídos. No podía creer lo que veía mientras la gente gritaba como marrano en la calle”.

Conmocionada, lo primero que hizo fue entrar a su casa y encender la radio para saber si se hablaba de lo que pasó pero recién al día siguiente se habló de ese suceso que, según cuenta, se vio por toda la Costa Atlántica del sur.


Arriba de su casa
La investigadora confiesa que le costó muchos años darse cuenta de por qué esos cinco platillos se desprendieron del objeto más grande justo en el momento en que ella salió, después de flotar durante 20 o 25 minutos sobre su casa: “¿Por qué no pasó antes? ¿Por qué tuvo que pasar justo cuando yo salí?”.

“Y me di cuenta que, evidentemente, todos los seres humanos tenemos una misión que cumplir en la vida. La mía fue ésta porque, a partir de ese día, te puedo asegurar que no pude salirme del tema”.

Después vino su tercer hijo, fue esposa y madre y no podía movilizarse como quería. Su esposo casi nunca estaba en la casa, ella se encargaba de su casa y sus hijos y dice que no le quedaba tiempo para dedicarse a la investigación, excepto para reunir información. También asegura que tanto ella, como su madre y su hija tuvieron contacto con fenómenos ovnis. “Un dato curioso – confiesa– que las tres mujeres de la familia lo hayamos tenido”.


Luchar por los sueños
Hoy en Victoria Silvia es una persona respetada y reconocida. Algo que logró durante casi 40 años a base de esfuerzo. “Sobre todo cuando vieron la forma de trabajar que tenía nuestro equipo Visión Ovni, que es reconocido internacionalmente. Hay un comentario que hizo Robert Salas, ex fue jefe de la base de misiles de Estados Unidos, que me conmovió: «Madre e hija son las que hacen la diferencia». Esas son las cosas que me alegran el corazón y es entonces que entiendo de que cuando las cosas se hacen con el corazón, con voluntad y responsablemente tenés el beneficio del afecto de la gente que para mí es lo mejor que hay. Todo el mundo gana plata con este tema y las únicas que perdemos plata”

Nota publicada en Diario El Ciudadano

martes, 14 de mayo de 2019

Pasado inexacto

Por Graciana Petrone



Cierro las puertas
las ventanas;
bajo con fuerza
las persianas para
que se compriman
con fuerza
los listones de madera
y no permitan que se filtre
ni una gota de luz.

A veces me recuerdo
trepando de madrugada
por la ventana de tu pieza

blanca de cal

y en una
y en cientos
de historias
casas
puertas
besos
y ventanas

que ya no me pertenecen.

Graciana / Rosario 2019



lunes, 13 de mayo de 2019

Juan Oscar Pérez: la historia del gaucho que vio un ovni y se hizo película

Por Graciana Petrone

A los 12 años Juan trabajaba en una zona rural de Venado Tuerto. Aseguró que vio una luz muy fuerte y una casilla de metal y entró. Durante años sostuvo su historia y todos creyeron que estaba loco. La experiencia del gaucho de origen guaraní fue llevada a la pantalla grande


Juan Oscar Pérez es un hombre sencillo, sereno, nacido y criado en el campo. Viste siempre con bombachas, sombrero y camisa de gaucho, fiel a su origen guaraní. Habla pausado y, sobre todo, con tranquilidad cuando relata su historia, esa que asegura vivió cuando tenía 12 años en una zona rural de Venado Tuerto. Siempre según su relato, que pudo contar décadas después y que fue llevado al cine en la película documental Testigo de otro mundo, siendo apenas un niño iba a caballo por el campo árido santafesino y se topó con una luz muy fuerte y detrás con lo que para él era una “casilla de metal”, y entró.

“Como nos habían avisado de que iban a traer tractores para desmalezar la zona, cuando vi eso pensé que era una casilla, porque para mí era eso, una casilla pero no de chapas como las que estaba acostumbrado a ver. Mi caballo se empacó, tenía miedo entonces lo até a una escalera que salía de la casilla para que no se escape y entre“, cuenta. Después, la historia sería otra. Se aisló durante mucho tiempo por miedo a las burlas de sus compañeros de escuela y de su mismo entorno familiar.

Cuando pudo contar abiertamente lo que según el afirma que le ocurrió, fue atendido, escuchado y analizado por un equipo de psicólogos y psiquiatras que lo ayudaron a convivir con su realidad. Así, de a poco fue reinsertándose en la sociedad al punto que su historia se convirtió en un filme en 2018 con guión y dirección de Alan Stivelman, con ayuda del astrofísico Jacques Vallée. Un derrotero que empezó con aquel encuentro que de acuerdo a su relato fue con una nave espacial y dos extraterrestres. El viaje hacia el pasado del gaucho guaraní cuando tenía 12 años combina en la película creencias étnicas y lo que él continúa sosteniendo hasta hoy: su experiencia de un “encuentro cercano”.

La historia de Juan y el documental sobre su vida fue noticia en los diarios El País y El Mundo de España que le dedicaron más de una página. Lejos estuvieron los medios tradicionales de la Argentina en interesarse, excepto aquellos canales de información estrictamente abocados a los fenómenos extraterrestres y la Ufología.

Juan fue uno de los personajes más requeridos por el público durante los tres días que duró el IV Congreso del Ovni en Victoria a mediados de mayo pasado. No hubo nadie que no quisiera sacarse una foto con él. “Mire usted si antes la gente que me conocía iba a querer acercarse, al contrario, se me escapaban. A veces me pasaba con personas de mi misma familia“, dice a El Ciudadano.

Lo cierto es nadie en el campo creyó su historia hasta que hace más de una década el psiquiatra rosarino Néstor Berlanda –miembro del equipo del hospital neuropsiquiátrico Agudo Ávila, investigador en etnopsiquiatría, estados ampliados de conciencia, culturas precolombinas, y aplicación potencial de plantas sagradas en psicoterapia- se interesó por el caso de Juan. “Hoy somos grandes amigos, cualquier cosa que siento que me pasa lo llamo a él. Hoy tengo muchos amigos como decía esa canción que se escuchaba cuando era chico“, cuenta casi con ingenuidad, refiriéndose al tema de Roberto Carlos que fue furor por los inicios de la década del 70.

El aislamiento
Berlanda contó a este medio que después de arduos estudios “se descartaron patologías psiquiátricas en Juan y que no había sufrido un brote psicótico en su adolescencia cuando aseguró haber visto una nave espacial“. En el relato del gaucho hay mucho de místico y así lo refleja la película. “Entonces tendríamos que decir que todos los domingos hay millones de personas en el mundo que están convencidos de que toman sangre convertida en vino y estaríamos frente a millones de psicóticos. Por eso es una cuestión de fe, de las propias creencias de cada cultura y hay que abordarla con el respeto que se merecen“, agrega el psiquiatra.

Pero la realidad del gaucho guaraní no encajaba en los parámetros que le imponía la sociedad y decidió aislarse, vivir como cazador y agricultor (así se autodefine). También asegura que en sueños, puntualmente cuando duerme del costado izquierdo que fue la zona del cuerpo que afirma que le tocaron los extraterrestres, puede ver cosas que van a suceder. Premoniciones que se acercan a las formas de creencias de los guaraníes y allí es el punto en donde interviene la neurociencia, para ayudar a que el mismo Juan comprenda lo que le pasó y pueda convivir con ello sin sentirse diferente a los demás.

Entrevista a Juan Oscar Pérez

—¿Cómo está viviendo esta experiencia de que su vida haya sido llevada al cine?

—Me gusta porque es una historia que me pasó. Hay cosas que faltan en la película porque lo mío fue a los 12 años pero siguieron pasando casos y esa es la primera historia mía. Me gusta porque por esa película se me dejaron de reír a gente. Hoy me agradecen. ¿Por qué no antes?, ¿se tenía que descubrir hoy?

—¿Cree que las cosas pasan por algo o que llegan en el momento justo?

—Sí, un ciclo. Yo estaba bien antes de los doce años, el mismo lugar en el que estoy hoy. Tengo 53 años y volví de vuelta a ese lugar y se me acomodaron las cosas.

—¿Influyó el hecho de que pudo contar abiertamente lo que le pasó y hubo alguien que creyó su historia?

—Había mucha gente de mi propia familia que me preguntaba a dónde iba y decirle, como soy yo, un paisano como usted me ve, sencillo. Y decirle: ‘Me voy al Paraguay a filmar parte de la película que está por hacer Alan (Stivelman) y el doctor Berlanda y me decían: ‘¿Vos vas a hacer una película?, ¿De qué? Y yo le contestaba ¿Cómo te voy a contar antes si vos nunca me quisiste escuchar? Así le cortaba. Chau. Cargaba la mochila, tomaba el colectivo enfrente de mi casa, iba a la termina, después a la casa de Berlanda, y de ahí me pasaban a buscar y me tomaba el avión. Nunca dije le voy a tapar la boca a los que se me rieron. Lo verán.

—¿Cree que esta película puede ayudar a mucha gente, incluso a los que no creen?

—Hay mucha gente que me dice lo mismo y no sé en qué parte puede ayudar pero ayuda un montón, mire. Ayer (en el Congreso del Ovni en Victoria) había más de 200 personas y que tantas personas de golpe queriéndose sacarse fotos conmigo, que soy un hombre de campo, sencillo. Ando con esta ropa de salir (bombachas de gaucho y botas) y después me calzo la ropa de trabajo y sigo viviendo mi vida.

—¿Aún hoy los sueños con premoniciones continúan?

—Sí. Y allá en el guaraní me enseñó cómo tenía que hacer. Yo tengo que cuidar el árbol. ¿Quién es el árbol? Mi familia, mi papá, mi mamá y mis hermanos. El árbol está formado por el tronco, que es mi mamá y salen las ramas y las hojas que son los hijos. Aprendí de ahí. A mucha gente le he dicho cosas que soñé y se quedaron asombrados pero ¿a quién quiere que le cuente si me trataron de loco porque vi una nave? En un sueño soñé con mi propia muerte, que me pasó. Y para mí contarlo era muy difícil, me ponía mal, no sabía qué hacer con eso.

—Usted habla sobre su origen guaraní y el respeto por el monte y la naturaleza…

—Ellos (por los guaraníes) antes de cortar una planta medicinal la oran para poder cortarla porque alguien la creó, alguien la hizo nacer y fue la madre tierra. Pero nosotros vamos y lo cortamos y no vemos el desastre que estamos haciendo.

—¿De qué trabaja hoy?

—Tengo una discapacidad en el pie y no puedo hacer el trabajo que hacía. A mí me gusta, y para el que sabe del trabajo en el campo entiende de lo que digo, abrirle la retranca, pegarle unos buenos gritos y revolcarme con el bicho en la traba y curarlo o castrarlo. Lo llevo en la sangre, es lo mío. Pero como ya no puedo hacerlo trabajo en mi casa, tengo una buena quinta orgánica, lo hago para mí porque todos sabemos lo malo que son los químicos. También crio jabalí, me siguen y conmigo son muy mansos, mire, más dóciles que el chancho casero.

Nota publicada en el Diario El Ciudadano

Porque el Diego siempre es noticia: emoción por una foto de los Juegos Evita 1973

Por Graciana Petrone

El Diego o “Pelusa” como lo llamaban en su casa desde chico, jugaba para Los Cebollitas de Argentinos Juniors que dirigía Francis Cornejo. Su participación en los Juegos Nacionales Evita de 1973 fue una de las primeras incursiones públicas del 10


Si algo no tiene margen de discusión es que El Diego es El Diego, no hace falta aclarar a quién se hace referencia. Ya sea una declaración que brinde a los medios; o si sigue en pareja con Rocío Oliva o con la madre del pequeño Dieguito Fernando; o si su estado de salud tambalea; o por tener a los hinchas en vilo viendo un partido de Dorados de Sinaola de la B mexicana. Nada queda en las sombras. Con Diego eso nunca va a suceder.

Y esta semana, mientras festeja otro triunfo de Dorados y le gana un partido judicial a Claudia Villafañe, que le ordena entregar sus trofeos de guerra (camisetas históricas y premios), una foto que fue subida a Twitter provocó un sinfín de reproducciones y generó que muchos recordaran con ternura el inicio de una carrera gloriosa.

La foto salió publicada en El Gráfico a fines de diciembre de 1973. La imagen es entrañable. El pibe de Villa Fiorito –con la camiseta 10 del equipo Los Cebollitas–, se acercó a consolar al jugador correntino Alberto Pacheco, que había perdido contra Entre Ríos en los Juegos Nacionales Evita, disputados en Embalse, en el Valle de Calamuchita.

Y como todo lo que hace y dice Diego genera alguna discusión, hasta en la nota publicada en El Gráfico a fines del 73 se pone en tela de juicio dónde se hospedó cuando viajó a Córdoba. Sí, una simple imagen de Maradona de purrete, genera discusión y polémica, así fue y será su vida, dentro y fuera de la cancha.

De acuerdo a las declaraciones y recuerdos de quienes estuvieron en aquella edición de la competencia, “Maradona estuvo en Embalse y no en Río Tercero” y se habría alojado en el hotel de la Unidad Turística.

Eduardo Luchini, jefe de atención al turista de la UTE, contó a El Gráfico: “Maradona vino con Los Cebollitas al Torneo Evita y no a Río Tercero como él cuenta en su libro. Fue acá, en Embalse. Y los partidos se jugaron en la vieja cancha del hotel 1, donde ahora hay una de rugby. Recuerdo que a todos nos recomendaban ir a ver un negrito que tenía la 10 de Argentinos Juniors y era una barbaridad. Me acuerdo del partido con los santiagueños. Justo ese año, 1973, empecé a trabajar acá, en los hoteles. Y estando en el hotel 6, donde había como un gran depósito de elementos deportivos, conseguimos camisetas para los chicos santiagueños, que habían tenido un problema. Me acuerdo del partido, y si mi memoria no me falla, con Maradona jugaba Domenech. Los Cebollitas los tenían locos a los santiagueños, pero sobre el final, uno de ellos les clavó un zapatazo de mitad de cancha. Y se fueron a los penales, y les ganaron a los de Argentinos. Después salieron campeones. Pero ese negrito flaquito, que después fue Maradona, era tremendo. Mucha gente iba a ver al 10. Muchos aún dicen que lo vieron en el Polideportivo. Y no, fue en la cancha del hotel 1, donde también había canchas de básquet, y ahora está todo destrozado. Había tribunas de madera. Mi viejo hacía el sonido del evento y después le dieron una medalla. No puedo recordar, pasó mucho tiempo, dónde se alojaron Los Cebollitas, si fue en hotel 3 o en el 5(…)”.

Lo que contó Luchini contradice a lo que el mismo Maradona relata en su libro “Yo soy el Diego”, a través de la pluma del periodista deportivo Ernesto Cherquis Bialo. Claro está, que para mucha gente, Embalse y Río Tercero es  lo mismo.

Diego llegó a Embalse en diciembre de 1973, con 13 años, para disputar los Juegos Nacionales Evita que se habían suspendido en 1949 y que el gobierno se decidió retomar con el retorno de la democracia.

“Cuando asumió el gobierno peronista en 1973 con el doctor Cámpora, en el lugar donde se hizo el complejo deportivo del hotel N° 1 de la Unidad Turística había un bosque. Yo mismo vi cuando arrancaron los árboles e hicieron un complejo que tenía pista de atletismo, canchas de tenis, un círculo para lanzamiento de martillo, y la cancha de fútbol”, contó a la reconocida, aunque ya inexistente revista deportiva, José Pérez, un respetado comunicador de Embalse.

El Diego o “Pelusa” como lo llamaban en su casa desde chico, jugaba para Los Cebollitas de Argentinos Juniors que dirigía Francis Cornejo.  Su participación en los Juegos Nacionales Evita de 1973 fue una de las primeras incursiones públicas del 10.

¿Cuánto de mito o de verdad generó su visita entonces? ¿Será cierto también que muchos se “peleaban” por regalarle una Coca “al negrito que la rompía cuando salía a la cancha” al final de cada partido? ¿Será real que Jorge Cysterpiller no lo dejaba ni a sol ni a sombra y era el único que le acercaba un refresco al 10? Como muchas cosas que giran en torno a la figura de Maradona quedarán en discusión entre los que fueron testigos de aquello que ocurrió tras las sierras. Lo único que no deja margen para la duda es el consuelo que aquel pibe de Villa Fiorito le dio al futbolista correntino, luego de la derrota de su equipo, y que quedó inmortalizada en una foto que pinta de cuerpo y alma cómo era Diego cuando entraba a una cancha de fútbol.

Nota publicada en el Suplemento El Hincha, el Ciudadano web