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martes, 14 de mayo de 2019

Pasado inexacto

Por Graciana Petrone



Cierro las puertas
las ventanas;
bajo con fuerza
las persianas para
que se compriman
con fuerza
los listones de madera
y no permitan que se filtre
ni una gota de luz.

A veces me recuerdo
trepando de madrugada
por la ventana de tu pieza

blanca de cal

y en una
y en cientos
de historias
casas
puertas
besos
y ventanas

que ya no me pertenecen.

Graciana / Rosario 2019



lunes, 13 de mayo de 2019

Juan Oscar Pérez: la historia del gaucho que vio un ovni y se hizo película

Por Graciana Petrone

A los 12 años Juan trabajaba en una zona rural de Venado Tuerto. Aseguró que vio una luz muy fuerte y una casilla de metal y entró. Durante años sostuvo su historia y todos creyeron que estaba loco. La experiencia del gaucho de origen guaraní fue llevada a la pantalla grande


Juan Oscar Pérez es un hombre sencillo, sereno, nacido y criado en el campo. Viste siempre con bombachas, sombrero y camisa de gaucho, fiel a su origen guaraní. Habla pausado y, sobre todo, con tranquilidad cuando relata su historia, esa que asegura vivió cuando tenía 12 años en una zona rural de Venado Tuerto. Siempre según su relato, que pudo contar décadas después y que fue llevado al cine en la película documental Testigo de otro mundo, siendo apenas un niño iba a caballo por el campo árido santafesino y se topó con una luz muy fuerte y detrás con lo que para él era una “casilla de metal”, y entró.

“Como nos habían avisado de que iban a traer tractores para desmalezar la zona, cuando vi eso pensé que era una casilla, porque para mí era eso, una casilla pero no de chapas como las que estaba acostumbrado a ver. Mi caballo se empacó, tenía miedo entonces lo até a una escalera que salía de la casilla para que no se escape y entre“, cuenta. Después, la historia sería otra. Se aisló durante mucho tiempo por miedo a las burlas de sus compañeros de escuela y de su mismo entorno familiar.

Cuando pudo contar abiertamente lo que según el afirma que le ocurrió, fue atendido, escuchado y analizado por un equipo de psicólogos y psiquiatras que lo ayudaron a convivir con su realidad. Así, de a poco fue reinsertándose en la sociedad al punto que su historia se convirtió en un filme en 2018 con guión y dirección de Alan Stivelman, con ayuda del astrofísico Jacques Vallée. Un derrotero que empezó con aquel encuentro que de acuerdo a su relato fue con una nave espacial y dos extraterrestres. El viaje hacia el pasado del gaucho guaraní cuando tenía 12 años combina en la película creencias étnicas y lo que él continúa sosteniendo hasta hoy: su experiencia de un “encuentro cercano”.

La historia de Juan y el documental sobre su vida fue noticia en los diarios El País y El Mundo de España que le dedicaron más de una página. Lejos estuvieron los medios tradicionales de la Argentina en interesarse, excepto aquellos canales de información estrictamente abocados a los fenómenos extraterrestres y la Ufología.

Juan fue uno de los personajes más requeridos por el público durante los tres días que duró el IV Congreso del Ovni en Victoria a mediados de mayo pasado. No hubo nadie que no quisiera sacarse una foto con él. “Mire usted si antes la gente que me conocía iba a querer acercarse, al contrario, se me escapaban. A veces me pasaba con personas de mi misma familia“, dice a El Ciudadano.

Lo cierto es nadie en el campo creyó su historia hasta que hace más de una década el psiquiatra rosarino Néstor Berlanda –miembro del equipo del hospital neuropsiquiátrico Agudo Ávila, investigador en etnopsiquiatría, estados ampliados de conciencia, culturas precolombinas, y aplicación potencial de plantas sagradas en psicoterapia- se interesó por el caso de Juan. “Hoy somos grandes amigos, cualquier cosa que siento que me pasa lo llamo a él. Hoy tengo muchos amigos como decía esa canción que se escuchaba cuando era chico“, cuenta casi con ingenuidad, refiriéndose al tema de Roberto Carlos que fue furor por los inicios de la década del 70.

El aislamiento
Berlanda contó a este medio que después de arduos estudios “se descartaron patologías psiquiátricas en Juan y que no había sufrido un brote psicótico en su adolescencia cuando aseguró haber visto una nave espacial“. En el relato del gaucho hay mucho de místico y así lo refleja la película. “Entonces tendríamos que decir que todos los domingos hay millones de personas en el mundo que están convencidos de que toman sangre convertida en vino y estaríamos frente a millones de psicóticos. Por eso es una cuestión de fe, de las propias creencias de cada cultura y hay que abordarla con el respeto que se merecen“, agrega el psiquiatra.

Pero la realidad del gaucho guaraní no encajaba en los parámetros que le imponía la sociedad y decidió aislarse, vivir como cazador y agricultor (así se autodefine). También asegura que en sueños, puntualmente cuando duerme del costado izquierdo que fue la zona del cuerpo que afirma que le tocaron los extraterrestres, puede ver cosas que van a suceder. Premoniciones que se acercan a las formas de creencias de los guaraníes y allí es el punto en donde interviene la neurociencia, para ayudar a que el mismo Juan comprenda lo que le pasó y pueda convivir con ello sin sentirse diferente a los demás.

Entrevista a Juan Oscar Pérez

—¿Cómo está viviendo esta experiencia de que su vida haya sido llevada al cine?

—Me gusta porque es una historia que me pasó. Hay cosas que faltan en la película porque lo mío fue a los 12 años pero siguieron pasando casos y esa es la primera historia mía. Me gusta porque por esa película se me dejaron de reír a gente. Hoy me agradecen. ¿Por qué no antes?, ¿se tenía que descubrir hoy?

—¿Cree que las cosas pasan por algo o que llegan en el momento justo?

—Sí, un ciclo. Yo estaba bien antes de los doce años, el mismo lugar en el que estoy hoy. Tengo 53 años y volví de vuelta a ese lugar y se me acomodaron las cosas.

—¿Influyó el hecho de que pudo contar abiertamente lo que le pasó y hubo alguien que creyó su historia?

—Había mucha gente de mi propia familia que me preguntaba a dónde iba y decirle, como soy yo, un paisano como usted me ve, sencillo. Y decirle: ‘Me voy al Paraguay a filmar parte de la película que está por hacer Alan (Stivelman) y el doctor Berlanda y me decían: ‘¿Vos vas a hacer una película?, ¿De qué? Y yo le contestaba ¿Cómo te voy a contar antes si vos nunca me quisiste escuchar? Así le cortaba. Chau. Cargaba la mochila, tomaba el colectivo enfrente de mi casa, iba a la termina, después a la casa de Berlanda, y de ahí me pasaban a buscar y me tomaba el avión. Nunca dije le voy a tapar la boca a los que se me rieron. Lo verán.

—¿Cree que esta película puede ayudar a mucha gente, incluso a los que no creen?

—Hay mucha gente que me dice lo mismo y no sé en qué parte puede ayudar pero ayuda un montón, mire. Ayer (en el Congreso del Ovni en Victoria) había más de 200 personas y que tantas personas de golpe queriéndose sacarse fotos conmigo, que soy un hombre de campo, sencillo. Ando con esta ropa de salir (bombachas de gaucho y botas) y después me calzo la ropa de trabajo y sigo viviendo mi vida.

—¿Aún hoy los sueños con premoniciones continúan?

—Sí. Y allá en el guaraní me enseñó cómo tenía que hacer. Yo tengo que cuidar el árbol. ¿Quién es el árbol? Mi familia, mi papá, mi mamá y mis hermanos. El árbol está formado por el tronco, que es mi mamá y salen las ramas y las hojas que son los hijos. Aprendí de ahí. A mucha gente le he dicho cosas que soñé y se quedaron asombrados pero ¿a quién quiere que le cuente si me trataron de loco porque vi una nave? En un sueño soñé con mi propia muerte, que me pasó. Y para mí contarlo era muy difícil, me ponía mal, no sabía qué hacer con eso.

—Usted habla sobre su origen guaraní y el respeto por el monte y la naturaleza…

—Ellos (por los guaraníes) antes de cortar una planta medicinal la oran para poder cortarla porque alguien la creó, alguien la hizo nacer y fue la madre tierra. Pero nosotros vamos y lo cortamos y no vemos el desastre que estamos haciendo.

—¿De qué trabaja hoy?

—Tengo una discapacidad en el pie y no puedo hacer el trabajo que hacía. A mí me gusta, y para el que sabe del trabajo en el campo entiende de lo que digo, abrirle la retranca, pegarle unos buenos gritos y revolcarme con el bicho en la traba y curarlo o castrarlo. Lo llevo en la sangre, es lo mío. Pero como ya no puedo hacerlo trabajo en mi casa, tengo una buena quinta orgánica, lo hago para mí porque todos sabemos lo malo que son los químicos. También crio jabalí, me siguen y conmigo son muy mansos, mire, más dóciles que el chancho casero.

Nota publicada en el Diario El Ciudadano

Porque el Diego siempre es noticia: emoción por una foto de los Juegos Evita 1973

Por Graciana Petrone

El Diego o “Pelusa” como lo llamaban en su casa desde chico, jugaba para Los Cebollitas de Argentinos Juniors que dirigía Francis Cornejo. Su participación en los Juegos Nacionales Evita de 1973 fue una de las primeras incursiones públicas del 10


Si algo no tiene margen de discusión es que El Diego es El Diego, no hace falta aclarar a quién se hace referencia. Ya sea una declaración que brinde a los medios; o si sigue en pareja con Rocío Oliva o con la madre del pequeño Dieguito Fernando; o si su estado de salud tambalea; o por tener a los hinchas en vilo viendo un partido de Dorados de Sinaola de la B mexicana. Nada queda en las sombras. Con Diego eso nunca va a suceder.

Y esta semana, mientras festeja otro triunfo de Dorados y le gana un partido judicial a Claudia Villafañe, que le ordena entregar sus trofeos de guerra (camisetas históricas y premios), una foto que fue subida a Twitter provocó un sinfín de reproducciones y generó que muchos recordaran con ternura el inicio de una carrera gloriosa.

La foto salió publicada en El Gráfico a fines de diciembre de 1973. La imagen es entrañable. El pibe de Villa Fiorito –con la camiseta 10 del equipo Los Cebollitas–, se acercó a consolar al jugador correntino Alberto Pacheco, que había perdido contra Entre Ríos en los Juegos Nacionales Evita, disputados en Embalse, en el Valle de Calamuchita.

Y como todo lo que hace y dice Diego genera alguna discusión, hasta en la nota publicada en El Gráfico a fines del 73 se pone en tela de juicio dónde se hospedó cuando viajó a Córdoba. Sí, una simple imagen de Maradona de purrete, genera discusión y polémica, así fue y será su vida, dentro y fuera de la cancha.

De acuerdo a las declaraciones y recuerdos de quienes estuvieron en aquella edición de la competencia, “Maradona estuvo en Embalse y no en Río Tercero” y se habría alojado en el hotel de la Unidad Turística.

Eduardo Luchini, jefe de atención al turista de la UTE, contó a El Gráfico: “Maradona vino con Los Cebollitas al Torneo Evita y no a Río Tercero como él cuenta en su libro. Fue acá, en Embalse. Y los partidos se jugaron en la vieja cancha del hotel 1, donde ahora hay una de rugby. Recuerdo que a todos nos recomendaban ir a ver un negrito que tenía la 10 de Argentinos Juniors y era una barbaridad. Me acuerdo del partido con los santiagueños. Justo ese año, 1973, empecé a trabajar acá, en los hoteles. Y estando en el hotel 6, donde había como un gran depósito de elementos deportivos, conseguimos camisetas para los chicos santiagueños, que habían tenido un problema. Me acuerdo del partido, y si mi memoria no me falla, con Maradona jugaba Domenech. Los Cebollitas los tenían locos a los santiagueños, pero sobre el final, uno de ellos les clavó un zapatazo de mitad de cancha. Y se fueron a los penales, y les ganaron a los de Argentinos. Después salieron campeones. Pero ese negrito flaquito, que después fue Maradona, era tremendo. Mucha gente iba a ver al 10. Muchos aún dicen que lo vieron en el Polideportivo. Y no, fue en la cancha del hotel 1, donde también había canchas de básquet, y ahora está todo destrozado. Había tribunas de madera. Mi viejo hacía el sonido del evento y después le dieron una medalla. No puedo recordar, pasó mucho tiempo, dónde se alojaron Los Cebollitas, si fue en hotel 3 o en el 5(…)”.

Lo que contó Luchini contradice a lo que el mismo Maradona relata en su libro “Yo soy el Diego”, a través de la pluma del periodista deportivo Ernesto Cherquis Bialo. Claro está, que para mucha gente, Embalse y Río Tercero es  lo mismo.

Diego llegó a Embalse en diciembre de 1973, con 13 años, para disputar los Juegos Nacionales Evita que se habían suspendido en 1949 y que el gobierno se decidió retomar con el retorno de la democracia.

“Cuando asumió el gobierno peronista en 1973 con el doctor Cámpora, en el lugar donde se hizo el complejo deportivo del hotel N° 1 de la Unidad Turística había un bosque. Yo mismo vi cuando arrancaron los árboles e hicieron un complejo que tenía pista de atletismo, canchas de tenis, un círculo para lanzamiento de martillo, y la cancha de fútbol”, contó a la reconocida, aunque ya inexistente revista deportiva, José Pérez, un respetado comunicador de Embalse.

El Diego o “Pelusa” como lo llamaban en su casa desde chico, jugaba para Los Cebollitas de Argentinos Juniors que dirigía Francis Cornejo.  Su participación en los Juegos Nacionales Evita de 1973 fue una de las primeras incursiones públicas del 10.

¿Cuánto de mito o de verdad generó su visita entonces? ¿Será cierto también que muchos se “peleaban” por regalarle una Coca “al negrito que la rompía cuando salía a la cancha” al final de cada partido? ¿Será real que Jorge Cysterpiller no lo dejaba ni a sol ni a sombra y era el único que le acercaba un refresco al 10? Como muchas cosas que giran en torno a la figura de Maradona quedarán en discusión entre los que fueron testigos de aquello que ocurrió tras las sierras. Lo único que no deja margen para la duda es el consuelo que aquel pibe de Villa Fiorito le dio al futbolista correntino, luego de la derrota de su equipo, y que quedó inmortalizada en una foto que pinta de cuerpo y alma cómo era Diego cuando entraba a una cancha de fútbol.

Nota publicada en el Suplemento El Hincha, el Ciudadano web

El ocaso de la fábrica de llantas Mefro Wheels: “No tengo $5; no tengo para comer”

Por Graciana Petrone

Esta mañana compañeros de Daniel, el hombre de 61 años fallecido ayer y empleado de toda la vida de la fábrica de llantas hoy cerrada, se concentraron frente a la empresa y contaron la difícil situación que muchos están atravesando.

Foto: Alejandro Guerrero

La muerte de un trabajador de la paralizada fábrica de llantas Mefro Wheels, que dejó a 150 empleados en la calle, golpeó duro a todos los compañeros. Daniel, el hombre fallecido, había trabajado toda su vida en esa empresa y también había luchado por su reapertura. Daniel compartió con sus compañeros que hoy lo lloran bromas, convivencia, camaradería pero sobre todo esa costumbre de poner el lomo orgulloso de su oficio de metalúrgico, en una planta que era la única que producía llantas en el país. Eso le dio a Daniel, como a muchos, tener lo que todos y cada uno le corresponde por derecho: trabajo.

La crisis en Mefro Wheels no fue arbitraria. Empezó cuando a través de un decreto, el gobierno de Mauricio Macri abrió las importaciones y a fines de 2016 empezaron a entrar al país llantas de Asia, Europa y Brasil que competían con precios muy distintos en el mercado. Casi como un calco de los 90, la planta ubicada en Ovidio lagos al 5500 comenzó un camino sin retorno que derivó en su cierre, después de producir a gran escala, abastecer a otras industrias automotrices y exportar. En 2015, Mefro Wheels había llegado a producir más de 800 mil llantas para las terminales nacionales.

Hoy, de los casi 170 trabajadores despedidos –que no cobran indemnización alguna–, la mitad no pudo reinsertarse en el mercado laboral. Daniel formaba parte de esa segunda mitad.

Este miércoles los compañeros de Daniel, quien oprimido por la desesperación eligió terminar con su vida, se juntaron frente a la fábrica. Como un retrato del escenario, detrás de las rejas de la puerta de ingreso que permanecía cerrada, sólo había un empleado de seguridad de una empresa privada. Adentro, una imagen aún más triste: la de una planta paralizada y vacía por la mañana, que es el horario en que habitualmente los motores de las maquinarias se escuchan con más fuerza.

Daniel tenía 61 años y dos hijas. Era un trabajador calificado. Se había desempeñado durante mucho tiempo en la producción pero a los 55 años en un accidente laboral perdió varios dedos de una mano. Eso no impidió que siguiera trabajando. Su capacidad lo ubicó en el área de control de calidad. Cuando Mefro cerró, Daniel quedó atrapado en una profunda depresión: le faltaban años para jubilarse y era demasiado grande para conseguir un puesto acorde con sus capacidades.

La desolación se podía ver en todas las caras de sus compañeros. Uno de ellos confesó a El Ciudadano que el estado de angustia en el que estaba sumergido Daniel no es ajeno “al de otros de los muchachos”. A uno de ellos le dio un ataque cerebrovascular, otro sufrió un infarto y algunos más que, en mejor posición, “viven del ingreso de sus esposas pero hay muchos en que las mujeres también se quedaron sin trabajo y ahí la cosa se les pone muy densa”.

El delegado Miguel Valentino contó que llamó a los compañeros para ayudar a la familia de Daniel con el sepelio. “¿Vos sabés lo terrible que es que te digan «No tengo ni cinco pesos, no tengo para comer» y que se pongan a llorar?”, dijo a El Ciudadano.

El canibalismo de MW
“El vaciamiento de la fábrica empieza con el lock out patronal. Fue un canibalismo en el que ellos mismos nos empiezan a comer cuando dejan de darnos insumos a nosotros, que proveíamos las llantas a las terminales. Más el gobierno nacional, que no tendría que haber permitido eso”, dijo Valentino.

“Teníamos Toyota Hilux, Amarok de Volkswagen, Corsa de General Motors, casi diez modelos de ruedas diferentes y a pesar de los problemas que teníamos nos seguían encargando”, se quejó otro de los trabajadores.

La luz se fue apagando
La historia que siguió fue casi perversa. En 2016 la planta produjo 300 mil llantas, es decir, menos de la mitad de lo que había manufacturado en 2015. Sobre eso, la empresa de capitales alemanes vendía desde Europa a las mismas terminales argentinas lo que derivó en que a principios de enero del año pasado los 170 trabajadores de la fábrica fueron despedidos y se enteraron de la peor manera: cuando llegaron a la puerta de su trabajo, como todas las mañanas, no los dejaron entrar.

Los mismos trabajadores hacían guardias para que no se llevaran las maquinarias y a mediados de enero de 2017 la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) acordó con el Ministerio de Trabajo de la provincia poner la fábrica en funcionamiento y, para ello, los mismos trabajadores resignaron sus sueldos para comprar materia prima pero no llegó a buen puerto.

El 4 de marzo de este año la firma de autopartes Cirubón, del empresario Ricardo Cicarelli, tomó la operación y prometió reactivar la fábrica y reincorporar a 90 trabajadores. Eso no ocurrió. El acuerdo decía que la firma iba a alquilar la planta ubicada el oeste de la ciudad por 15 años pero según contaron los empleados que fueron desafectados “sólo fue un circo para dilatar la situación” y así vaciar totalmente el lugar.

“Cicarelli tomó a los empleados con menos antigüedad y se los llevó a otra de sus fábricas. Los más viejos quedamos en la calle. Además, se llevó todo, máquinas, muebles y hasta los tarros de pintura que se habían comprado para pintar”, dijo uno de los compañeros de Daniel, mientras señalaba una pila de bidones de agua apilados en el patio de la fábrica: “Hasta separó el agua para llevársela”.

Nota publicada en el Diario El Ciudadano


Narcòticos Anònimos: cuando la recuperaciòn es posible

Por Graciana Petrone





Domingo 10 de Junio de 2018

Es viernes, el primer viernes de mayo. Poco antes de las siete de la tarde un hombre de pelo entrecano a quien todos más tarde lo llamarán afectuosamente doctor —tal vez porque es el que carga con más años— abre la puerta de madera de Pellegrini 1561 con una sonrisa que le ilumina la cara. Se lo ve feliz, radiante. Más tarde dirá que eso es sólo uno de los muchos logros de su recuperación después de llegar por primera vez a Narcóticos Anónimos, como todos, abatido y sin fuerzas para seguir. En ese lugar, que es su segunda casa, encontró un mensaje de esperanza. Para entrar hay que tocar dos timbres, dos pulsiones que para muchos serán el boleto de ida a una nueva vida, sin retorno a ese infierno llamado adicción.


Mientras en la calle los primeros fríos del otoño desguazan poco a poco las copas de los árboles que permanecen estáticos sobre la avenida, adentro, en uno de los salones, el calor de las personas que van llegando genera una suerte de microclima que hace que desaparezca la distancia entre la calle y la unidad que se forma en las reuniones del grupo Libertad de Narcóticos Anónimos. Esa misma sensación se percibe en otras reuniones abiertas como los lunes a la noche en Alberdi 580 o los jueves en Presidente Roca y Uriburu.

Cada viernes la cita en una de las salas de avenida Pellegrini permite que asistan personas que no están en recuperación. Es por eso que una joven que coordina el encuentro recuerda que "hoy es una reunión abierta". Sugiere que quien quiera preservar su anonimato no diga su nombre y que al referirse a otro de los asistentes los trate como "compañeros".

El salón se va llenando. Es como un aula con sillas escolares colocadas en hileras frente a una mesa que está de espalda a las ventanas. Contra las paredes también hay sillas vacías que de golpe se ocupan. "Ha llegado a haber hasta 60 personas", cuenta uno de los miembros.

Para pulsar esos dos timbres hay que tener coraje, valor para tomar una decisión que en la mayoría de los casos señala un camino que funciona. Valor, sí. Pero sobre todo humildad para aceptar y rendirse ante la adicción y admitirla como una enfermedad.

La puerta de NA "es ancha pero baja", como señala el escritor Pablo Ramos en su libro Hasta que puedas quererte solo. Esa imagen, la de la puerta, es la que usa el personaje principal de esa obra literaria —un hombre que por años renegó de su problema con las drogas y el alcohol y que se resistió a tocar esos dos timbres hasta que un día lo hizo— para significar la rendición, el agachar la cabeza para poder entrar y dar el primer paso y escuchar de los demás. "Acá te vamos a querer hasta que puedas quererte solo".

El recién llegado

Ese primer viernes de mayo golpeó la puerta "un recién llegado". Al ser una reunión abierta fue acompañado por su madre. Para los miembros de NA esa persona es la más importante de la reunión. Es por quien, al término de cada uno de los encuentros que se llevan a cabo todos los días en distintos horarios y puntos de la ciudad, se abrazan en una ronda con una silla vacía en el medio mientras alguien ofrece una oración. Antes pedirá "por todos los adictos que ya no están, por los que están sufriendo en las calles, en los hospitales, en las cárceles y por el más importante: por ese al que todavía no le llegó el mensaje, el que está por venir".

A esa persona que tiene el valor y la humildad a la vez para tocar la puerta de NA por primera, un compañero lo recibe afuera del salón y le explica, a grandes rasgos, de qué se trata. Todos los que tocan esos dos timbres lo hacen con una mezcla de desconsuelo, agobio, miedo y desesperación.

"Un antiguo miembro dijo una vez en una reunión: «Sisentís un nudo en el estómago, lo más probable es que no te hayas equivocado de sitio»".

"Solemos decir que nadie cruza las puertas de NA por error. Las personas que no son adictas no se pasan todo el día preguntándose si lo son", reza en uno de los folletos que se le entrega al final de la reunión al recién llegado.

Cuando hay un nuevo miembro en el grupo, el compartir de los asistentes es distintos. Todos parecen hablarle a él, contándoles sus experiencias y relatándole los logros de la recuperación.

Ese viernes una mujer comentó que había comenzado su "carrera" a los 16 o 17 años, que a los 21 fue madre y que a su hijo lo criaron los abuelos hasta que tuvo casi tres años. "Me conmueve mucho que esté tu mamá hoy con vos, agarrándote del brazo —compartió mientras se dirigía al joven que recién había llegado—. Durante 11 años yo no tuve prácticamente contacto con mis viejos porque ellos no me querían ni ver. Me daban a mi hijo como si fueran asistentes sociales, preguntándome a dónde lo llevaba, con quién y por cuántas horas. Si bien las cosas cambiaron cuando dejé de consumir, hay marcas que quedan pero que pueden sanar y es estando en esta silla".

Otro de los miembros, con varios años limpio, contó acerca del miedo que tenía de entrar a un baño (apenas ingresó a NA) ya que en los últimos tiempos ese espacio se había convertido para él en su lugar de consumo. Tuvo que "pedir ayuda" a otros compañeros para poder hacerlo y perder el temor. El mensaje fue, justamente, la importancia de "levantar el teléfono", dejar de lado la vergüenza, asumir la rendición a la enfermedad como tal y comprender, como dice la literatura de Narcóticos Anónimos, que "no existe mejor ayuda que la de un adicto para con otro adicto". Después, habló de la relación con sus hijos, de los logros que progresivamente fue adquiriendo en su trabajo y que disfruta de un domingo a la mañana de sol con su pareja, lo que tiempo atrás le hubiera creído algo imposible.

Al final de la reunión, un miembro con experiencia le da la bienvenida al recién llegado: le entrega un llavero blanco y le explica que es el color de la "rendición", que la sugerencia es "hacer 90 días, 90 reuniones" para adquirir el hábito de asistir a los encuentros, y que para eso no hay excusas. "Hay reuniones todos los días en distintos horarios y en diferentes puntos de la ciudad. Si pensamos en que muchas veces cruzábamos toda la ciudad para conseguir drogas, podemos hacer lo mismo para estar en una reunión" le dice. También le entrega varios folletos con información sobre Narcóticos Anónimos y uno de ellos tiene en el dorso los teléfonos de casi todos los compañeros.

El final conmueve hasta los huesos: "Espero que seas mi compañero, que sigas viniendo. Te doy este llavero y si querés te ofrezco un abrazo". Todos aplauden, se emocionan. Un recién llegado siempre es una bendición y la prueba de fe de que cada silla vacía que se coloca en medio de la ronda al final de cada reunión pidiendo "por el más importante, aquel que está por llegar", es un logro cumplido. Sólo por hoy.

Ser miembro de NA

El único requisito para ser miembro de NA es expresar el deseo de dejar de consumir. "No solamente dejar de hacerlo sino manifestarlo, rendirse, porque si no, el programa no te va a servir. Si un compañero tiene el deseo de dejar de consumir pero no puede y recae, nosotros le pedimos que siga viniendo, le agradecemos que esté y le damos un abrazo", resume Alberto, en lo que define a la confraternidad como una familia en la que, si bien las experiencias y las pérdidas a causa del consumo fueron diferentes, a todos los une ese único deseo: abandonar las drogas lo que a muchos, por años, les significaron pérdidas emocionales, afectivas y materiales.

"Sobre todo me perdí a mí mismo. Todas las cosas buenas vinieron por añadidura cuando entré en recuperación", cuenta Cristian que ya lleva 7 años sin consumo, y agrega: "En el último tiempo de mi carrera (como le llaman a la adicción activa) éramos solamente mi droga y yo. Vivía en la misma casa con mi hermano y él ni siquiera me hablaba. Hoy tengo una relación muy buena. Al principio no creía que yo estaba dejando las drogas pero a medida que empezó a ver mis cambios, que conseguí trabajo y vio que podía hablar (algo tan simple como eso), mi hermano cambió totalmente la mirada que tenía de mí y el vínculo se volvió a restablecer".

Una vez que entran en recuperación, de manera progresiva empiezan a ver los logros, a reconstruir parte de lo que perdieron y —dicen plenamente convencidos— que la adicción sólo conduce a tres lugares: la locura, la cárcel o la muerte.

Como el nombre del disco de Silvina Garré Creerás en milagros, las experiencias que se comparten en las reuniones de NA son impactantes y por momentos, increíbles. Quien escucha las vivencias pasadas y los cambios generados en la mayoría de las vidas de los miembros de NA que practican el programa, no tienen otra opción que creer. ¿El secreto? seguir asistiendo a las reuniones, practicar el programa de los 12 pasos, tener un padrino y hacer servicios dentro de la confraternidad.


"Está comprobado. Narcóticos Anónimos ha salvado millones de vidas en el mundo. En un terreno como las adicciones en que la que las noticias que se dan sobre el tema muestran un panorama desolador y sin salida, el hecho de que se puedan salvar vidas es un mensaje de esperanza", dice Alberto quien a fines de febrero pasado cumplió 7 años "limpio", como le llaman al tiempo que llevan sin consumir sustancias o alcohol. Porque para NA, las bebidas, los psicofármacos no recetados o el abuso de ellos, entre otras cosas que alteren o modifiquen el estado emocional y mental, también son consideradas drogas que pueden hacer perder ese precioso tiempo limpio.

La adicción como una enfermedad

"En Narcóticos Anónimos la adicción es una enfermedad crónica que no tiene cura pero que puede detenerse y, al hacerlo, mejora la calidad de vida de quien la padece", asegura Alberto quien después de llevar una vida que, según dice, se dividía entre los que pensaban y no pensaban como él: "En realidad creía que podía controlar mi adicción cuando en realidad era la enfermedad la que tenía el poder sobre mí".

"El programa de NA es un programa de pautas de vida. El principio es no drogarse, pero uno no puede quedarse sólo con eso porque como es una enfermedad obsesivo compulsiva, se seguirán teniendo comportamientos similares que se trasladan a la comida, al trabajo o a las relaciones. Lo que tengo que aprender entonces es a reconocer esos patrones y para eso tenemos un programa que nos ayuda a modificar las pautas de comportamiento. El programa de los 12 pasos".

Para Jorge, que recibió hace poco su llavero de "tiempo" (como se le llama a quien lleva muchos años libre de drogas y que en su caso son nada menos que 12), desde que comenzó a asistir a las reuniones de NA y a trabajar el programa y a escribir "los pasos" varias veces, su vida cambió radicalmente.

Llegó a su primera reunión como todos, agobiado, sin fuerzas ni esperanzas. Estudiaba el profesorado de Historia. Una tarde en el bar frente al instituto terciario vio pegado en la pared un cartel con un número de teléfono que decía "Si tus problemas son las drogas, podemos ayudarte". Anotó el número en su cuaderno. Al otro día volvió al café y ese papel ya no estaba, alguien lo había arrancado pero él sí lo tenía entre sus apuntes y así llegó a tocar la puerta como cualquier recién llegado.

"Con respecto a mi vida personal me llevó a un divorcio y varias separaciones. Mis parejas me tenían mucho cariño pero llegó un momento en que no toleraban la vida que yo llevaba. Con mis compañeros de trabajo y de estudio el contacto era el mínimo indispensable, salvo que ellos consumieran. Llegó un momento en que mis relaciones de todos los días eran con personas que consumían y así mis viejas amistades que estaban fuera de ese círculo se fueron alejando", contó. Hoy es un miembro respetado dentro y fuera de la confraternidad.

En primera persona

Gonzalo: "Llegué a las puertas de NA llevado por unos amigos que me veían muy mal. Empecé a consumir a los 13 años, primero los fines de semana, después empezó la etapa de los boliches y ya no eran sólo los fines de semana. Con el paso del tiempo, a partir de los 18 años, consumía casi todos los días. Cuando no tenía la droga sentía desesperación. En ese momento decía que lo controlaba, hasta que en un momento me encontré consumiendo todo el tiempo. Los últimos años de «carrera» era excesivo, estaba obsesionado por la sustancia, dominaba todos los aspectos de mi vida, tanto lo laboral como lo familiar y dejé de ver a mis amigos que no estaban en la misma que yo. Mis estados de ánimo cambiaban continuamente. El fondo lo toqué el día del cumpleaños de mi hijo. Yo había estado varios días sin dormir y —visto a la distancia — fue una vergüenza. Una pareja amiga me dijo a los pocos días de esa fiesta que mi estado era deplorable. Eso fue lo que me provocó el quiebre y el 20 de septiembre de 2016 decidí blanquear con mi esposa todo lo que había hecho y cosas del pasado que me causaban mucho dolor. Desde ese día no volví a consumir. Narcóticos Anónimos es hoy el pilar de mi vida, me hace ser la persona que soy ahora, conocí un lugar al que pertenecer, donde encontré esperanza y puedo abrirme y decir todas las cosas que siento y que por tantos años me hicieron daño. Encontré muchos compañeros que me ayudan, me apoyan y me brindan ese cariño que tanto me faltaba y que yo creía que se podía comprar con plata. El saber que tengo ese lugar en donde poder apoyarme me facilita la vida. Tan simple como eso. En mis tres primeras reuniones no pude parar de llorar, sentí mucha identificación con lo que compartían mis compañeros y pensaba que estaban hablando de mí, pero en realidad estaban contando la experiencia de su vida. Eso hizo que no me sintiera más solo.

En aquella primera reunión habría habido unas 24 personas y todas me abrazaron y me aferré a esos abrazos como nunca lo había hecho antes. Lo estoy contando y se me caen las lágrimas. Me dejé querer y de a poco empecé a quererme y a no dañarme. Si tengo que decir cómo y cuánto cambió mi vida en recuperación, fue más de un ciento por ciento. En los primeros tiempos valoraba el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena con mi familia. Luego el no mentir. La mentira ya no es parte de mi vida. Yo vivía en una rueda de mentiras que cada vez giraba más rápido, aunque esa honestidad, sin lugar a dudas, la aprendí con el programa de NA. Hoy puedo hacerme cargo de mi hijo, darle afecto a mi mujer y a mi viejo. Ser una persona responsable en mi trabajo, poder manejar mi economía de una manera organizada y estar en orden con la sociedad. Todo eso es lo que le compartiría a un recién llegado. A la semana de llegar, un compañero me dijo cómo me había cambiado el semblante y era cierto. Me sentía liviano, ya no estaba desesperado por conseguir esa droga que antes necesitaba para vivir".

Guille: "Yo estaba en una institución privada y un día Narcóticos Anónimos hizo un servicio de información donde yo estaba. Así fue que conocí los grupos. Empecé a consumir de muy chico, como la mayoría lo hice con bebidas alcohólicas. Después incorporé otras sustancias y paré a los 31 años. Hoy tengo 34. Para mí NA significa familia y amigos. Encontré gente que no consume y era lo que estaba buscando para mi vida porque todas mis ex amistades consumen y me sentí muy solo cuando quise cambiar. En mi primera reunión estaba algo nervioso pero desde que entré sentí un amor fraternal enorme. De hecho, cuando me recibieron, me dieron un abrazo y cuando terminó la reunión me dieron muchos abrazos y me dijeron que iban a quererme hasta que aprendiera a quererme yo mismo, entonces eso hizo que esa reunión fuera muy tranquila. Me dieron un llavero blanco y fue una sensación muy linda el haber recibido tanto cariño de gente que yo no conocía. Desde que estoy en recuperación mi vida es otra. No sufro más de trastornos de ansiedad, no consumo y el cambio fue del ciento por ciento, estoy con gente que me quiere, que me valora por lo que soy y no por lo que tengo. Cuido mi tiempo limpio que son dos años, un mes y 7 días, como si fuera oro. Es mi tesoro más preciado".


>>> Campaña de información pública 2018

Narcóticos Anónimos es una entidad sin fines de lucro que nace en 1953 en Los Angeles, California. Hoy existe en más de 140 países. Llegó a la Argentina en 1986 y diez años después a Rosario. Es una institución de adictos para adictos. Un grupo de personas que tienen como problema en común la adicción a las drogas y que se unen para transitarlo y superarlo. Es una entidad libre, confidencial y gratuita que fue declarada "distinguida" por el Concejo Municipal en 2016 con motivo de cumplirse sus 20 años de existencia en la ciudad. Desde fines de mayo hasta el 20 de octubre NA pondrá en marcha la séptima campaña anual de difusión con pegado de cartelería informativa en el transporte público de pasajeros, actividad que también fue declarada de interés municipal en 2011 como "Campaña libre y gratuita que ejecuta la confraternidad de Narcóticos Anónimos Area Rosario", una acción que se lleva a cabo anualmente y, con el objetivo de reforzar el mensaje de que se puede vivir sin consumir drogas, perder el deseo de consumirlas y cambiar de vida.

Contacto
De lunes a viernes de 9 a 18 teléfono: 0341-155795944

Horarios y lugares de reunión 
LIBERTAD: Pellegrini 1561, de lunes a sábados de 19 a 21. Sólo viernes reunión abierta.
CAMBIAR PARA CRECER: Alberdi 580, lunes, miércoles y viernes de 20.30 a 22 y domingos de 10 a 11.30. Sólo lunes abierta al público.
CRECER: Pellegrini 1561, miércoles de 19 a 21 (formato para mujeres).
LOS PASOS: Viamonte 1585, martes, miércoles y jueves de 9 a 10 y sábados de 10 a 12. Reunión cerrada.
VIDA PLENA: Uriburu y Presidente Roca, martes y jueves de 19.30 a 21 y sábados de 20 a 21.30.
SOLO POR HOY: Juan Canals 740. Domingos de 10.30 a 12. Reunión cerrada.
VALOR PARA CAMBIAR: Hospital Carrasco (al lado de la guardia) Sala Dermatología. Martes, jueves y sábados de 19.30 a 21. Jueves abierta al público.
LAS 4 PLAZAS: Pettinari 6760, miércoles y viernes de 19.30 a 21. Domingos de 19.30 a 21, abierta al público.
VOLVER A EMPEZAR: Godoy y Pascual Rosas (oficina 27 primer piso), lunes, miércoles y viernes de 14 a 15.30. Lunes abierta al público.
LA MATERNIDAD: Auditorio "Casa de la salud" (ex Maternidad Martin), Moreno 960 PB. Martes de 14 a 15.30 y jueves de 14.30 a 16. Primer martes de cada mes abierta al público. ESPERANZA: Saavedra 2150, lunes y viernes de 20 a 21.30.
SI SE PUEDE: Rivarola 7190, lunes de 19 a 20.30 y sábados de 10 a 11.30.
FUNES: Avila 658, jueves de 19.30 a 21. Primer jueves del mes. Abierta al público.
SI NOS RECUPERAMOS: Villa Gobernador Gálvez, San Luis 2124, lunes de 18 a 19.

Nota Publicada en el Suplemento Màs Diario La Capital

viernes, 17 de agosto de 2018

El sendero de la sed


Por Graciana Petrone

I
De ningún modo este vivir
sobrepasa la tristeza de las vírgenes de barro.
Sin preguntar un día
El hombre
desvistió la censura
y alguien amó a gritos
entre gemidos y colapsos
y las tristes maniobras
de aquel barco pesquero
quedaron para siempre
desterradas de este mundo
Qué manía que tiene la sed
de hamacarse entre la niebla!

II
Fue un amor insensato
y perturbó las horas
de las mañanas siguientes.
Mi voz recitaba
versos promiscuos y voraces
pero su voz no respondía.
Quién habló de la sed
como esa palabra
de latitudes infinitas,
si cuando más llega hasta mí
el lenguaje providencial y el pulso se acelera,
más lejos está la puerta que me conduce hasta él.

III
Por tus hombros bajan
vientos penumbrosos
y corren los días
y el mar
y una llaga.
En esta ciudad
Quedó tu cuerpo
Intacto
El vacío
Y besos ancestrales
Y poderosos dominios,
Las miradas que nunca
Dejaron de amar,
Esa inmensa colina
Y la sed
Y el agua.

IV
En qué lugar tus manos
Van a hamacar
A la niña que
Algunas noches dormía
Y ahora vaga
Buscando luz.
Entre tanto
Alguien tuerce
Una sonrisa macabra
Y acá en mi cuarto falta luz.

V

Tu voz me hábla
me socava.
Advierte esta sed el mundo
y no es amor, te lo aseguro.
No.
Pero de a poco
se fue llenando la sed
Con humedades infinitas.
Es que es tan leve tu mirar,
tán leves son tus pies,
ellos vuelan
se disgregan
no mienten.
Tus pasos me seducen
pero hay tanta gente
que me importuna tu mirada.
Si pudiera besar tus pies
o al menos el hueco
que dejan tus pasos.
Es tan de siempre
Esta sed.
Tan de siempre.

De la serie de relatos Amantes burlados,
Rosario 1989 / Publicado en revista Ciudad Gótica, 1993.
En memoria "del Hugo".


jueves, 9 de agosto de 2018

Mundial Argentina 78: Nada de que festejar



Graciana Petrone

Pocas veces a lo largo de mi vida, no más de tres o cuatro, lo vi a mi viejo realmente enojado. Una de esas ocasiones fue la tarde del 24 de junio de 1978 cuando Argentina ganó el Mundial. Yo entonces tenía 8 años, así que podría decirse que fue mi primer Mundial, del que tengo recuerdos muy nítidos que hoy se asentaron, no sin dolor, pero que por mucho tiempo dieron vueltas en mi cabeza. Hasta pude desarmarlos, rearmarlos y comprenderlos, del mismo modo que a los años de plomo en el país.

En casa no había televisión, por decisión de mi viejo, claro, que siempre nos decía que era una pérdida de tiempo y que “a cambio de una caja boba”, los libros nos iban a dar una “mejor independencia intelectual”.

Para mí eso era lo normal hasta que repetía esas palabras en el recreo en el colegio o en el club y me sentía un bicho raro cuando se reían y preguntaban: “¿No hay televisor en tu casa?”. No. No había.

La tarde en que Argentina le ganó a Holanda la gente empezó a salir como ganado a la calle. Les pedí a mis viejos que me llevaran a festejar a la esquina de Corrientes y Córdoba, frente a la Bolsa de Comercio, lugar que muchos habían elegido como punto de encuentro. Yo insistía que me llevaran, quedaba a dos cuadras de casa y el frío no era impedimento, pero no había caso. La cosa se puso más espesa cuando les dije que me compraran una bandera, porque yo veía por la ventana del departamento que todos los que pasaban festejando tenían una. Todo parecía que no iba a tener ni bandera ni festejo, pero tanto fue lo que insistí, con berrinche de por medio, que al final me llevaron a Corrientes y Córdoba. Sin bandera, eso sí.

Cuando intenté esbozar la marcha del mundial (que como la de Central a esa altura me la sabía de memoria), mi viejo me miró muy serio y me dijo: “No cantes que no hay nada que festejar”. Mensaje contradictorio si los hubo esa tarde. Yo veía y escuchaba que cientos de personas entonaban: “Veinticinco millones de argentinos jugaremos el mundial (…)”. No canté, pero cada vez que intentaba hacerlo, de los ojos verdes de mi viejo salían llamas amarillas. Y no exagero.

Al día siguiente, en el patio del colegio, una de mis compañeras de segundo grado llevó una réplica de la Copa y la levantaba como el Matador en el Monumental. Las pibas de todas las divisiones del primario corrían atrás cantando “¡Holanda, la copa, se mira y no se toca!”

Tuve el impulso de ir corriendo atrás y desquitarme por lo que no había podido hacer el domingo frente a la Bolsa de Comercio. Ahí estaba mi oportunidad, en ese patio con piso de baldosas negras y blancas en el que pasé los momentos más libres de mi infancia.

Justo en el momento en que me iba sumar a la manada vi a dos de mis maestras apoyadas sobre la pared.  Las vi cómo cruzaron miradas con una mezcla de tristeza y resignación. Pude sentirlo: tenían en la cara la misma expresión que mi viejo el día anterior. Entonces me apoyé en la pared, al lado de ellas, y me limité a mirar como mis compañeras seguían cantando hasta que sonó la campana. Claro, con los años comprendí el porqué del “No cantes, que no hay nada que festejar”.

Para el diario El Ciudadano

Eva Perón: a 66 años de la noche que paralizó al país

A las 20.25 del 26 de julio de 1952 el locutor Jorge Furnot anunció su “paso a la inmortalidad” y la Abanderada de los Humildes se volvió lágrima y destello para millones de argentinos que aún hasta hoy veneran su memoria.


Graciana Petrone

Hace 66 años el país se paralizó cuando la voz del locutor Jorge Furnot anunció la muerte de María Eva Duarte de Perón, “o, acaso, su paso a la inmortalidad”. Como si fuera un presagio, ella, “Esa mujer”, vive hoy en cada uno de los corazones que la recuerdan.
Casi incontables fueron las obras en la que Evita fue la musa inspiradora.

Esculturas, bustos escondidos bajo tierra que sus “descamisados” preservaron de aquellos que intentaron hacerla desaparecer de la historia. Una persecución que, como temiéndole a su propia muerte, marcaría a fuego su presencia, porque esas obras, como su cadáver, aparecieron como si una fuerza poderosa la empujara desde el centro de la tierra hasta la superficie.

Hace algunos años, la reconocida escritora cordobesa Lilia Lardone recogió testimonios de quienes fueron marcadas por ese momento, el mismo en que Furnot anunció lo que sería el paso de la vida a la muerte y luego la resurrección de la “Abanderada de los humildes”.
En “20.25, quince mujeres hablan de Eva Perón” (editorial Sudamericana), Lardone, en colaboración con Yaviv Durán, registró los testimonios de 15 mujeres que recordaron la noche del 26 de julio de 1952.

“El libro surge como idea dentro de mí hace varios años por una conversación, como suelen surgir las mejores ideas. En unas de esas horas de ocio creativo, con una amiga hablábamos de las fechas, de cómo ella había puesto el cuerpo en toda su pasión y trayectoria y surgió la idea en mí de convocar el momento preciso en que cada uno se hacía cargo de la noticia. Yo tengo muy fresco ese momento, tenía casi 11 años y estábamos con mi madre en una función de cine, porque era sábado. Vivíamos en un pueblo, se suspendió la función y recuerdo ese silencio afuera, a los grupos de gente en medio de la noche y también ver a mamá con una lágrima. Eso me descolocó porque yo la había visto llorar solamente por la muerte de mi padre. Todo eso creo que tuvo una raigambre muy fuerte en la construcción del imaginario de la infancia, de cómo van planteándose ciertos enigmas. Han pasado seis décadas y tuve la necesidad de meterme de lleno en el tema”, contó Lardone.

Pese a la diversidad de ideologías políticas y sociales de las mujeres que fueron entrevistadas en el libro, hay una suerte de hilo conductor, un discurso en común que las une.
“Algo para observar –dice Lardone– es que se les pedía que recordaran el momento, y al final se les pedía que realizaran una reflexión desde el hoy, y aún las más acérrimas enemigas de Perón (antes no se usaba la palabra gorila sino que se utilizaba la palabra contra) a la distancia decían «Bueno, pero ella en realidad hizo…»; «Ella, pobrecita…». Es como si el tiempo hubiera aminorado las virulencias de las pasiones. Otra cosa que me llamó la atención en el conjunto de opiniones es por qué Eva Perón surgió y tuvo tanto peso. Todas estas mujeres hablaban de «Decía mi papá»; «Decía mi marido…». Es decir, ellas no eran demasiado dueñas de la palabra. Y en esa época, cuando surge Eva Perón, ella es muy dueña de la palabra y una excelente comunicadora, y sabe expresar en palabras su pensamiento y lo hace público. Debe haber sido muy fuerte para las mujeres y un modelo impactante. Un modelo de mujer inquietante”.

En vida, Evita se enfrentó a un aparato político que en su mayor pate estaba compuesto por hombres. La escritora cordobesa sostiene que “era un modelo de mujer muy fuerte y además inquietante y debe haber movido ciertamente, todas las posibilidades que se abrían”.
La mayoría de las mujeres entrevistadas que no formaban parte del oficialismo de la época muestran su malestar por la aprobación del voto femenino porque se presentaron muchos proyectos anteriores de otros partidos políticos, pero a la vez dicen: “Si ésa era la manera de obtenerlo, bienvenida sea”.

Y ahí está esa especie de contradicción: “Creo que lo que dicen es la segunda instancia de pensamiento: «Bueno, llegó y bienvenido sea», pero creo que eso lo sostienen ahora. En aquel momento estaban muy enojadas porque el socialismo y otros partidos políticos habían presentado gran cantidad de proyectos y todos habían sido cajoneados por los mismos diputados y senadores porque no les interesaba que fuera aprobado”.

Con una fuerza irresistible
Todo lo que ocurrió en torno a “Esa mujer” después de su muerte fue un misterio. Si bien algunos se revelaron, como la desaparición de su cuerpo embalsamado –encontrado en una tumba en Italia con el nombre María Maggi de Magistris– y que desde 1976 descansa en un mausoleo del cementerio de La Recoleta, a nueve metros bajo tierra por orden del entonces dictador Jorge Rafael Videla–, otros secretos van saliendo a la luz como una fuerza poderosa que los empuja, tal parece ser el caso de un busto de bronce que reposa en el depósito del museo Julio Marc y del cual poco se sabe de cómo y cuándo llegó hasta allí.

Entre los más de 10.000 objetos que están a resguardo en el depósito del museo ubicado en las inmediaciones del parque Independencia, el dorado reluciente del rostro de Evita emana un brillo especial, pese a que se encuentra en el piso inferior de una de las estanterías.
Otro busto de Eva estuvo enterrado en el monte por más de 60 años: una maestra rural de 85 años, oriunda de Santiago del Estero, cuidó por 63 años un busto de Eva Perón. Se trata de Chela Pazos, cuya historia trascendió al punto que, a través de un militante peronista, se decidió trasladar la valiosa pieza al salón Puerto Argentino del Concejo Municipal de Rosario.

Cuando irrumpió la Revolución Libertadora, que derrocó al por entonces presidente Juan Domingo Perón, ella decidió enterrar el busto de Eva hecho en mármol para resguardarla de posibles represalias militares que desde 1955 llevaron adelante un proceso al que autodenominaron “desperonización”. Así que, acompañada por su marido, llevó la obra al monte en donde la enterró y lloró pidiéndolo perdón por haberla dejado bajo tierra. Cuando el peligro pasó y Chela se estableció en Rosario junto a su esposo, trajo con ella a “La Evita” y la tuvo sobre la chimenea de su casa, en una especie de altar donde ahora se erige un ramo de flores rojas.

Para el diario El Ciudadano

miércoles, 24 de enero de 2018

Esos otros buenos tiempos

por Graciana Petrone



El sudor segregado de nuestros poros se asemejaba a un alud extenuante de luz, a un eterno esparcir de espermas fosforescentes que nos humedecían los rincones más oscuros de la piel.
Duro fue sobrevivir a los límites de la indecencia, difícil se nos hizo enfrentar las calles aterradoras que brotaban como fauces ante nuestros pasos y se abrían y cerraban sin piedad, como tus labios alguna vez, profiriendo una agobiante lluvia de palabras, de besos aterradores, de dolorosos espasmos.
Fue en uno de estos días que, recordando el vértigo de tu amor desesperante e incestuoso decidí abandonarme por completo a la suerte. Cuando el viento húmedo y sofocante de las primeras madrugadas del año me castiga, me endurece las facciones y la sonrisa mientras vos, cómodamente dormido junto a quien elegiste te despertarás ajeno a los deshechos que dejaste acá, dónde y cómo hoy existo: parada en la ventana del departamento de la calle Ocampo sin ver el sol, permitiendo que esta horrible y pegajosa sensación que provoca el viento de las seis me abofeteé, me exceda, me amalgame los párpados con la misma vehemencia con la que alguna vez permití que me amaras, con la que una noche me desnudé por completo y dejé que me cerraras los ojos para despertar con tu cuerpo tibio acomodado junto al mío. Siento ganas de gritar, tan fuerte como el llanto brutal de un niño destetado que aprieta sus encías hasta hacerlas sangrar. Hasta cuàndo?.
Por eso, lo mejor que hicimos fue quedarnos estancados en la eterna evocación de los buenos tiempos que poblaron nuestros otros días. Los paradisíacos espacios en blanco de nuestra memoria, La codicia, la vanidad, el orgullo. El poder sentirnos capaces de sabernos indemnes, ocultos, poderosos. Si aún quedaran tus manos acariciàndome como este viento que me pudre los ojos...

sábado, 25 de noviembre de 2017

Sus dos extraños seres


Graciana Petrone

Y qué de sus voces asegurándome amor al oído y de sus celos y su sabiduría, si de sólo imaginar el escombro que esconden sus pupilas un frío de sable me perfora las vértebras. Curvas extrañas deliberando álabes, mármoles, tinieblas. Palmas tendidas al espanto. 
¿Cómo no haber presentido el silencio que dejarían al cerrarse? Si el humo, la delgadez extrema de quienes no regalan misericordias ni avecinan porvenires le pudieron ganar jamás alguna que otra jugada. 
Misticismo entonces sobre ellos y amor, amor esparcido como sangre, mensajes aterradores de quien nunca pudo más que estas visiones que emergen como ruinas. Del color del barro, una tarde me choqué con sus miradas que llenas de secretos no hacían más que horadar caminos en perfecta paz con las ausencias y las sombras. Como labios besaban levemente al abrirse y al cerrarse (mejor no recordarlo), demolían mi piel entre caricias y espasmos.

miércoles, 15 de julio de 2015

Cierra el bar La Luna y se lleva un pedazo de cielo de los años 80

Por Graciana Petrone




El anuncio en la página oficial de Facebook del cierre a fin de mes del emblemático bar La Luna, de Tucumán y el bajo, impactó en la vasta y diversa clientela que durante más de tres décadas pasó por el lugar. Para muchos, el espacio convertido por uno de sus dueños como “el gran living de una casa en la que la disposición del mobiliario invitaba socializar”, no fue un boliche más. Inaugurado en 1982 por Gabriel Izquierdo, luego pasó a manos de Pablo Bonilla, quien aseguró ayer a El Ciudadano que pese a los cambios sociales y culturales producidos con el paso del tiempo el secreto que hizo que el sitio fuera el punto de encuentro en la noche de distintas generaciones fue “mantener intacto el perfil que nos identificó siempre: ser fieles al rock and roll”.
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“Quizás yo vivo este proceso de una manera muy diferente al de la clientela. Para mí es el fin de una etapa que abrí y cerré yo. Me llevo, incluso, los recuerdos de los amigos que hice a través del tiempo y hasta el haber formado una familia porque a mi ex mujer la conocí ahí”, contó Bonilla.
Sin embargo, quienes rondan hoy los 40 años o más sienten que con el cierre de la legendaria disco-bar se les arrebata uno de los pocos lugares que quedaban de la noche rosarina de los 80, cuando los boliches no tenían horario de cierre, no existían los after y mucho menos los celulares o las redes sociales. A falta de la tecnología que hoy los más jóvenes utilizan para organizar las salidas y las previas de los fines de semana, La Luna, durante nada menos que treinta años, junto al desaparecido bar El Barrilito, ubicado en la esquina de avenida Belgrano y Tucumán, eran los puntos de encuentro para “hacer amigos” –cerveza de por medio– y bailar con la música de Fito, los Redondos, Charly García, los Stones y hasta Los Beatles.

Bonilla contó también que se acercaron muchos compradores interesados en continuar con el bar pero que algunas propuestas eran “poner un boliche de cumbia o cualquier otra cosa que no tenía nada que ver con la impronta de Luna”. Por eso, confesó que prefirió bajar la persiana y no ganar dinero “porque el lugar iba a desaparecer de una y otra manera y el impacto para la gente de encontrarse con algo totalmente diferente hubiera sido el mismo que sienten ahora”.
Sereno, sin mostrar melancolía o tristeza, Bonilla confesó que el cierre del bar fue una idea que estuvo macerando desde hace bastante tiempo. “Fue todo un proceso que no se dio de un día para el otro. Pero uno de los detonantes fue una clausura que nos hizo la Municipalidad por tres fines de semana hace tres años, y como Luna siempre fue un bar que convocaba a la clientela por inercia, porque nunca hacíamos publicidad, a raíz de eso tuvimos un bajón del que jamás pudimos recuperarnos”, concluyó.

Lamentos en el Facebook
La confirmación del cierre de La Luna generó una inmediata reacción en las redes sociales. Habitués del bar expresaron su sorpresa y disgusto en la página de Facebook del emblemático boliche. “Una pena. Uno de los lugares donde en mi opinión... pasaban la mejor música”, escribió Matías Guzmán, mientras que Georgina Lys se lamentó: “Noooo... es un clásico de Rosario adonde daban ganas de ir”. Y algo parecido aportó Rodrigo Ortiz Acevedo: “El único lugar copado!!! no puede ser”. La usuaria Clau Mauj, en tanto, hizo un repaso: “Los que tenemos cuarenta nos quedamos sin lugares históricos de la noche rosarina... Cerró Bucanero, cerró Lefou, cambió Zeppelin, cerró Dixon. ¿Qué pasa? Un garrón, amigos”.
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-El hilo invisible de Tucumán y San Martín a pasaje Zabala y Sarmiento 
“Es el último reducto rockero de los 80 que queda abierto. Es un competidor, pero yo siento un profundo dolor por el cierre. Es como si muriera alguien de la familia”, reflexiona sobre el mítico bar La Luna el propietario de otro boliche, menos antiguo pero acaso no menos mítico, el café Berlín. Durante años ambos fueron los dos extremos de un hilo invisible que unía Tucumán y San Martín con pasaje Zabala y Sarmiento, sobre todo para grupos de chicas que tenían franqueado el ingreso –entraban gratis– a ambos lugares, pero también para jóvenes que, aun pagando entrada, aprovechaban la consumición que venía con ella, arrancando la noche en uno y terminándola en otro. Ahora, el histórico bar del Lulo, como más se conoce a Luis Corradín, seguirá solo. “Ojalá estuviésemos a tiempo de que cambiaran de idea”, dice el empresario, que alguna vez llegó a barajar la idea de quedarse con los dos íconos rosarinos.

Berlín abrió sus puertas en 1996 y es como la continuidad de Zeppelin, a metros nada más en la misma cortada Zabala, que había abierto en 1992, pero hace ya tiempo dejó de existir. Berlín, en cambio, cumple esta misma semana sus 19 años en pie.

A diferencia de La Luna buscó otro nicho, pero compartía buena porción de clientes.
Uno ofrecía espectáculos; el otro, más que nada música. Uno era más “under” y se bajaba a un sótano; el otro, más rocker, abría su planta alta. Uno tentaba a una franja más juvenil; el otro tenía una frontera más alta, alternando a chicos que recién pasaban sus veinte con históricos habitués que podían llegar a duplicar esa edad. Pero buena parte de los clientes de uno lo eran también del otro y, como se dijo, muchas veces en la misma noche. “Pero hoy todo cambió. Antes, la geografía podía decidir la salida. Hoy se busca en internet. Ya no es la misma cultura under de los 80 y los 90 que se enteraba y se movía a través de medios alternativos”, reflexiona Corradín.

Lejos de los inicios en “la noche”, el propietario del Berlín compara a su boliche y a La Luna con una pyme. “Administrativamente es igual. Hay que esforzarse por posicionar la marca, tener presencia con las empresas, tener difusión entre los clientes”, explica, refiriéndose, por ejemplo, a las marcas de bebidas, en particular a las más fuertes, que no tendrían suficiente poder para voltear un lugar, pero sí para levantarlo. ¿Cómo? Por ejemplo con los consabidos 2x1 en tragos, promociones que las marcas comenzaron a hacer por sí mismas, más allá de la política comercial de los propietarios de boliches.

Y ese cambio total de costumbres, que incluyen la resurrección de bebidas –el Fernet en los 90, el Amargo Obrero hoy, pero incluso Cynar, Gancia y Cinzano ponen la mira en los jóvenes– también tiene otro paso marcado, que es la presión inmobiliaria.

Demasiado –o no– para el viejo bar La Luna, que seguirá así los pasos de otros boliches que sólo quedan en el recuerdo, como La Rockería, montada en una vieja casona de Weelwright y España, o el histórico El Barrilito, de Tucumán y Belgrano, una construcción todavía más antigua: ambos son hoy edificios de lujo y con vista al río, sin trazas de lo que había antes.

Para Diario El Ciudadano

miércoles, 1 de julio de 2015

Eduardo Serón: "Negaban que lo que yo hacía fuera pintura"

Eduardo Serón fue uno de los primeros creadores rosarinos que se volcaron al arte concreto, tendencia que, por esas cosas del destino, formalizó Theo van Doesburg en su “Manifiesto de arte concreto” en 1930, el mismo año en que nació el pintor local.

Eduardo Serón- Foto: Pablo Jantus
Por Graciana Petrone

Eduardo Serón fue uno de los primeros creadores rosarinos que se volcaron al arte concreto, tendencia que, por esas cosas del destino, formalizó Theo van Doesburg en su “Manifiesto de arte concreto” en 1930, el mismo año en que nació el pintor. En Europa, a mediados de la década del 50, quienes se dedicaban a este tipo de trabajos gozaban desde hacía más de una década del éxito y el reconocimiento de sus pares, en especial en Italia o Francia, donde la práctica estaba consolidada. Sin embargo, en la Argentina, y sobre todo en Rosario, los críticos y artistas resultaron ser más conservadores. 
En ese contexto, Serón expuso por primera vez en 1954 una serie de telas con figuras geométricas y colores planos. Confiesa que debido a eso fue sumamente cuestionado por otros artistas, quienes llegaron a negar que lo que él hacía fuera arte. En contrapartida, hoy asegura que pocos son los cuadros que le han quedado porque “se los han llevado a casi todos”, lo que indica que fue y es uno de los pintores más cotizados de Rosario.
—¿Esa primera muestra implicó romper con las estructuras existentes?
—No me lo propuse como romper con las estructuras, sino como necesidad expresiva. Me apasionaba el mundo del arte concreto, que suponía la creación de formas o un poco también la invención de formas. Sobre todo, creando formas en el plano tratando de eludir cualquier alusión espacial. 
—Después ese concepto del espacio cambió…
—Fue una premisa que se mantuvo mucho tiempo hasta que comprendimos, quienes hacíamos eso, que poner un punto en un plano ya era generar una idea de espacio, porque entonces el punto pasa a ser figura y el espacio, el espacio infinito. De todas maneras me propuse crear espacios no convencionales y de ahí usar la geometría y los colores planos. El color plano era otro requerimiento de este tipo de arte porque también se evitaba toda alusión espacial en ese sentido y, por ende, quedaba determinada a los contrastes de colores y las formas y no por la volumetría de la materia.
—¿Cómo lo sostuvo en el tiempo?
—Lo sostuve unos cuantos años. Las presiones fueron muchas. Tenía un amigo que iba a un taller de pintura y me comentó que me habían despellejado, directamente, que habían negado que lo que yo hacía fuera pintura y eso se extendió a varios miembros del Grupo Litoral que estaba en vigencia en aquella época, hablo de mediados de los años 50. Pero yo seguí con mis cosas, incluso me propuse hacer una especie de investigación de la creación y generación de formas. Hice una serie de dibujos en sucesión, encadenados, de los cuales no me queda ninguno porque me los han llevado todos. 
—Eso no es algo frecuente para los artistas plásticos locales…   —Así como fui rechazado en los 50, en los últimos veinte años han venido desesperados a comprar mis cosas. Incluso tuve un canje con Raúl Gustavo Aguirre, gran poeta y amigo, en ocasión de la primera reunión de arte contemporáneo que se hizo en Santa Fe y que organizó Francisco “Paco” Urondo. La nómina de los que participaron fue infinita pero de Rosario fuimos invitados solamente dos, entre los que me encontraba. Eso creo que causó gran indignación entre los miembros del Grupo Litoral, que no fueron tenidos en cuenta.
—¿Formar parte del Grupo Litoral suponía cierta relación de la producción con el río y su entorno?
—A mí no me interesó para nada empatizar con el entorno y pienso: nuestro entorno está plagado de inmigrantes de distintos países del mundo. Si buscamos un color local, podría ser que lo haya en el río pero la ciudad es un múltiplo de nacionalidades. En el grupo estaba el gran pintor Alberto Pedrotti que, justamente, era independiente. Su pintura está muy alejada de la idea del río y de la zona. En cambio, el manifiesto del grupo era crear un arte que estuviera vinculado al entorno. ¡Como si el entorno nuestro no fuera la totalidad del mundo! Es un despropósito.
—El haber elegido dedicarse al arte concreto, ¿cree que lo llevó a ser cuestionado también en otros aspectos?
—Yo entré en el primer concurso que se hizo de docencia por antecedentes y oposición en la Facultad de Arquitectura, en 1963. Me presenté a las horas de Pintura, estaba en el lugar diecisiete porque no tenía el título de profesor de artes visuales, aunque tenía un bagaje de exposiciones de una calidad que nos la tenía ninguno de los que se presentaron. Pero el mismo jurado que me había puesto decimoséptimo decidió darme el primer lugar. Después que se supo el resultado fuimos a una muestra y cuando nos preguntaron sobre quién había ingresado, no les fue muy grata la noticia de que había sido yo. Creo que nunca fui muy apreciado en el entorno del arte. Tampoco nos sentimos muy cómodos trabajando en la Escuela de Artes Visuales, en especial por el trato que recibíamos de los directores y otros colegas. Aunque a Mele la respetaban mucho porque enseñaba a dibujar de verdad.
—¿A qué atribuye ese rechazo?
—Un poco de todo pero, fundamentalmente, porque íbamos teniendo cierta relevancia fuera de la escuela. Cuando nos jubilamos no volvimos nunca más. Pasé cosas muy desagradables allí. En una ocasión volvimos en 1979 de un viaje y me enteré que un bajorrelieve en tela de Lucio Fontana, que había sido donado a la cooperativa de la escuela, se lo habían vendido a Gilberto Krasniansky por dos millones de pesos para hacer el techo del taller de escultura. Después, supimos que al día siguiente de la transacción él lo vendió en Buenos Aires por veinte millones. Esas cosas me indignaban mucho y ocurrían por la ignorancia de la gente.
—Sin embargo, usted es uno de los pintores rosarinos cuyos cuadros son más requeridos…
—De Rosario no me puedo quejar. Hubo momentos en que nuestras obras tuvieron una gran demanda. A finales de los años 60, por ejemplo, entraron en una especie de planicie pero en 1994 hicimos Mele y yo, en el Museo Castagnino, la exposición “40 años con el arte”. El cónsul de España estaba en la ciudad y se interesó por mi obra, adquirió una para él y otra para el consulado. También compró un par de grabados.
—¿Qué les diría a los jóvenes que se están iniciando en el camino de las artes plásticas?
—No les puedo marcar ninguna pauta, sólo decirles que, así como cuando yo me inicié hice lo que consideré mi necesidad, que ellos hagan lo que sientan que es su necesidad; que sean consecuentes con ellos mismos y se desarrollen, en primer lugar, como personas. Si uno no es, ante todo, una persona, va a salto de mata persiguiendo lo que está de moda, lo que no es sano del mismo modo que tampoco es sano en política salir de un partido y ponerse en otro con tal de escalar en el poder.
—¿Hay producciones de artistas jóvenes que le interesan? 
—Sí, por supuesto, pero no me atrevería a nombrar a dos o tres porque seguramente voy a omitir a otros diez que se pueden sentir afectados y merecen ser nombrados también. Siento que en la actualidad la gente joven nos quiere y respeta mucho más de lo que lo hicieron las generaciones anteriores.  
—Desde aquella primera exposición en 1954 pasó mucho tiempo. ¿Cómo se siente hoy?
—Felizmente, luego de mis búsquedas e investigaciones me siento pleno. Después, si la obra trasciende o no, no lo sé. Es algo sobre lo que he hablado en alguna ocasión con un pintor amigo: puede ser que la obra sea reconocida después de la muerte del artista o que quede ahí. De todos modos, no voy a estar vivo para verlo.

Eduardo Serón - Biografía

Eduardo Serón nació en Rosario en 1930. Estudió arquitectura en la Universidad Nacional del Litoral, durante ese tiempo tomó clases de pintura y hacia 1950 comenzó  a interesarse por el arte concreto. Cuatro años más tarde expuso por primera vez en Rosario cuadros que mostraban esa tendencia, lo que marcaría el rumbo de toda su obra. En la década del 60 formó parte de los grupos Refugio y Taller. 
En 1963 ganó el primer concurso por oposición y antecedentes que se realizó en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Rosario para dar clases de pintura. Fue también profesor en la Escuela Provincial de Artes Visuales. Entre otros cargos, se desempeñó como director del Museo Castagnino. Desde su primera muestra, en 1954, participó de más de 150 exposiciones individuales y colectivas en museos y galerías del país, como también de ciudades de Latinoamérica y Europa. Fue jurado de importantes concursos, dictó numerosas conferencias y recibió, entre otros, los premios Beca Anual de la Provincia; Adquisición Banco Municipal de Rosario y Dr. Carlos Corbella, otorgado por la Fundación Héctor Astengo por su aporte a la cultura de la ciudad. En 2009 expuso su obra antológica en el Museo Castagnino, con curaduría de Nancy Rojas. La recopilación de esa muestra fue recopilada en un libro por Ediciones Castagnino+Macro.

Cuando el arte se une con la vida

Mele Bruniard y Eduardo Serón son dos plásticos de gran talento y poderosa obra. Ella y él, cada uno con su lenguaje y técnica, han plasmado imágenes que perdurarán. Nacieron en el mismo año, 1930, y se casaron tres décadas más tarde. Aún siguen juntos: son un matrimonio especial, en el que conviven el amor mutuo y la devoción por su trabajo.
Bruniard - Serón Foto: Celina Mutti Lovera

Por Graciana Petrone


Mele Bruniard - Foto Celina Mutti Lovera
En poco más de veinte minutos el golpe seco del sonido de un viejo reloj de pared avisará que ya es mediodía en el departamento céntrico que comparten desde hace casi seis décadas Eduardo Serón y Mele Bruniard, matrimonio de artistas plásticos indiscutidos, si los hay. “Aunque cuando comencé a exponer, allá por 1954, fui muy cuestionado y criticado por mi obra, lo que se hizo extensivo a ella, sólo por el hecho de estar casada conmigo”, dirá más tarde él, y también expondrá los motivos por los cuales cree que no fue aceptado por muchos pintores de su generación. La campana vuelve a sonar una hora más tarde pero el tiempo pareció detenerse. Hasta los rayos del sol, que traspasan los vidrios de dos anchas ventanas, iluminan el comedor de una manera diferente a la de cualquier otra habitación conocida, dándole al cuarto un efecto de caleidoscopio debido a la cantidad de pinturas, grabados y retratos colgados en las paredes que generan una sensación de continuo movimiento de colores y luz.
Sobre una mesa redonda, Mele seleccionó algunas de sus láminas, la mayoría son xilografías de rostros y también hay bocetos que intentó plasmar luego de que un auto la atropellara en 2012 dejándole prácticamente imposibilitada una de las manos. Sin embargo, a los 84 años, menuda y de apariencia frágil, a fuerza de voluntad y paulatinamente está tratando de recuperar lo que ella misma define como aquello que desde muy pequeña fue el centro de su existencia: “Siempre fue mi vida, no necesitaba otra cosa más que me dejaran un lápiz y un papel para dibujar”.
Los recuerdos de su infancia en Reconquista —ciudad donde nació y vivió hasta que a los diez años la muerte de su padre hizo que junto con su madre y sus dos hermanos tuviera que mudarse a Rosario— afloran de manera inevitable. Así, esa mujer que estudió con el mismísimo Juan Grela, que expuso en numerosas galerías y museos del país y el exterior y además fue una de las primeras integrantes de la Asociación de Grabadores Rosarinos, cuenta con una calidez enternecedora esos primeros tiempos de su vida que, sin duda, marcaron el rumbo de una obra en la que el sufrimiento, la pasión y la necesidad de mantener vivos a sus seres queridos se combinaron con estudio, práctica y docencia, perfeccionándose así en la xilografía de tal forma que se convirtió en una las máximas referentes de esa técnica en la actualidad.

Marcas de la niñez

La casa de su infancia en Reconquista ocupaba un cuarto de manzana. Mele recuerda que tenía un jardín grande y, en el fondo, “un redil en donde había pavos, pavitas, gallinas pigmeas y batarazas y un gallo, hermoso dueño de toda esa vivienda”. Sin ir a la escuela todavía, porque aún no contaba con la edad suficiente para hacerlo, cuando se iban sus hermanos ella se quedaba sola observando a los animales durante horas.
“Había entre la fauna una chuña, se la habían regalado a mi padre. Convivió con los demás por un tiempo pero después la sacaron porque era terrible. Era pequeña, gris, tenía dos ojos como semillas y con el pico negro, finito y curvo sacaba granitos de la tierra”, cuenta.
El jardín se constituyó, entonces, como una parte de su universo en el que se mezclaba su sentido de observadora precoz con el amor por los animales y las plantas que, asegura, heredó de su madre. “Hasta teníamos un viejo jardinero que había venido de Italia, cuidaba del lugar y también me cuidaba a mí cuando la chuña me corría para picotearme”, relata con una sonrisa que se va desdibujando cuando inevitablemente regresa a su memoria la muerte de su padre y cómo ese hecho hizo que su vida diera un giro rotundo.
“No tuve tiempo de tomarlo ni siquiera como un desarraigo porque la realidad me aplastó, me pasó por encima. Yo estaba muy ensimismada con ese mundo tan particular en Reconquista en donde las calles eran enormes y de tierra. Había por cada cuadra un solo foco de luz y entonces salir de noche era toda una aventura”, relata mientras confiesa que la muerte temprana de su padre “fue una bomba que explotó en la casa”.
La tragedia sacudió a Mele, que a los diez años tuvo que ocuparse de desarmar la casa y preparar la mudanza porque su madre padecía esquizofrenia y el fallecimiento de su marido la desestabilizó aún más. Eduardo interrumpe la charla para recordarle que “en ese momento también descubrieron que un tío les había vaciado la caja fuerte de la escribanía de su padre”, por lo que se quedaron sin un centavo. “Hice de todo —dice— hasta llegué a tocar una pieza con la pianola en la puerta del almacén para pagar la cuenta que debíamos”.

Vivir en Rosario  

En una ciudad que para ella, su madre y sus hermanos era extraña, quien casi dos décadas después daría sus primeros pasos para convertirse en una reconocida artista añoraba todo aquello que había tenido en Reconquista: su padre, las calles anchas que por las noches eran oscuras, los animales, su casa de un cuarto de manzana con jardín y al jardinero que cuidaba de que la chuña no le hiciera daño. Tal vez por eso, los primeros tiempos de su etapa escolar en el Normal N° 1 no fueron gratos. En ese entonces, no tuvo la conciencia suficiente para darse cuenta de que sufría las secuelas de un exilio, de un viaje sin retorno a esa parte de su infancia en la que sintió que fue feliz.
A los tumbos pudo terminar la primaria, después ingresó a la Escuela de Bellas Artes, que por entonces era el Profesorado de Bellas Artes y funcionaba en el Normal N° 2. Eduardo recuerda que allí Mele tuvo docentes muy dispares, sin embargo hubo una maestra en particular que influyó mucho en ella. “Le llevaba frutos y hojas y le hacía hacer técnicas de sintetizar esos elementos. En cambio, el profesor de grabado no le enseñó ni siquiera la técnica”, agrega Serón.
Decidida a seguir el camino que eligió cuando apenas con tres años lo único que la hacía feliz era tener una hoja y un lápiz para dibujar, Bruniard asistió durante algunos años al taller de Carlos Uriarte pero se dio cuenta de que con la pintura no se llevaba muy bien y entonces comenzó a estudiar con Juan Grela. Mele  asegura que “en un año él me enseñó todas las técnicas de grabado y al poco tiempo expuse por primera vez”. Eduardo vuelve a interrumpir para contar que él fue a esa muestra, aunque en esa ocasión no se cruzó con quien sería su compañera de toda la vida: “Nos presentó una amiga en común tiempo después y nos casamos a los 30 años, cuando en ese entonces se consideraba que alguien a esa edad ya era viejo para hacerlo”.

El secreto: la imaginación

Apenas se recibió, ingresó a trabajar en el Normal N° 2 como profesora de Dibujo y Manualidades. “Mele hizo allí todo un cambio en la enseñanza que quizás no ha trascendido. Cuando entró se encontró con que las profesoras anteriores les daban a los chicos figuras de animalitos de cartón para que ellos las pusieran sobre el papel, dibujaran la silueta y luego colorearan”, explica Serón. “¡Los tiré a la basura a los cartoncitos! Los chicos iban creando sin modelo alguno, ni siquiera llevaban láminas”, cuenta al respecto Mele.
Para ella, el secreto reside en incentivar la imaginación y considera que cualquier persona puede convertirse en un gran artista. “Existen dos posibilidades —dice Bruniard—: una, la de aquel individuo que pretende copiar la naturaleza pero en definitiva no la puede recrear porque la naturaleza es totalmente independiente de todo, el universo es una realidad naturalista y eso no tiene gracia alguna; la otra posibilidad es el que parte de la naturaleza pero la transforma o reinventa, incluso, aquello que ni siquiera es tomado de la realidad”.
Justamente, los últimos trabajos que la artista pudo hacer antes de sufrir el accidente que la dejó con severas dificultades en su mano, se basaron en recrear, a través de la memoria, nada menos que setenta cabezas estampadas en cartulina de quienes fueron sus alumnos cuando daba clases en la escuela primaria. Algunos de esos grabados hoy cuelgan sobre una de las paredes del comedor de su departamento y se suman así a las numerosas obras que el sol del mediodía vuelve más radiantes, aunque seguramente, cuando llega la noche, continúan brillando porque cada retrato, pintura o grabado son pequeños mundos que tienen luz propia.

Mele Bruniard - Biografía
Nélida Elena “Mele” Bruniard nació en Reconquista, en 1930. Tras la muerte de su padre, en 1940 vino a vivir a Rosario junto a su madre y hermanos. Cursó sus estudios primarios en el Normal N°1 y en 1951 se recibió de profesora de Dibujo y Pintura en la Escuela Superior de Bellas Artes. Asistió al taller de Juan Grela, donde adquirió saberes específicos de xilografía. Después de un año el maestro la convocó para formar parte de la Agrupación de Grabadores Rosarinos. Es una de las máximas referentes del grabado  en la actualidad.
Al igual que su esposo, desde 1954 ha participado en cientos de muestras en el país y en el extranjero. Participó como jurado de concursos y fue galardonada en numerosas ocasiones. En 2012 se presentó una muestra retrospectiva de sus grabados, con curaduría de Nancy Rojas, la cual fue recopilada en una impecable edición de Castagnino+Macro. Conserva una colección de 38 cuadernos forrados en tela en los que reunió apuntes, dibujos y breves análisis de su hacer cotidiano en relación con el arte.