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miércoles, 1 de julio de 2015

Eduardo Serón: "Negaban que lo que yo hacía fuera pintura"

Eduardo Serón fue uno de los primeros creadores rosarinos que se volcaron al arte concreto, tendencia que, por esas cosas del destino, formalizó Theo van Doesburg en su “Manifiesto de arte concreto” en 1930, el mismo año en que nació el pintor local.

Eduardo Serón- Foto: Pablo Jantus
Por Graciana Petrone

Eduardo Serón fue uno de los primeros creadores rosarinos que se volcaron al arte concreto, tendencia que, por esas cosas del destino, formalizó Theo van Doesburg en su “Manifiesto de arte concreto” en 1930, el mismo año en que nació el pintor. En Europa, a mediados de la década del 50, quienes se dedicaban a este tipo de trabajos gozaban desde hacía más de una década del éxito y el reconocimiento de sus pares, en especial en Italia o Francia, donde la práctica estaba consolidada. Sin embargo, en la Argentina, y sobre todo en Rosario, los críticos y artistas resultaron ser más conservadores. 
En ese contexto, Serón expuso por primera vez en 1954 una serie de telas con figuras geométricas y colores planos. Confiesa que debido a eso fue sumamente cuestionado por otros artistas, quienes llegaron a negar que lo que él hacía fuera arte. En contrapartida, hoy asegura que pocos son los cuadros que le han quedado porque “se los han llevado a casi todos”, lo que indica que fue y es uno de los pintores más cotizados de Rosario.
—¿Esa primera muestra implicó romper con las estructuras existentes?
—No me lo propuse como romper con las estructuras, sino como necesidad expresiva. Me apasionaba el mundo del arte concreto, que suponía la creación de formas o un poco también la invención de formas. Sobre todo, creando formas en el plano tratando de eludir cualquier alusión espacial. 
—Después ese concepto del espacio cambió…
—Fue una premisa que se mantuvo mucho tiempo hasta que comprendimos, quienes hacíamos eso, que poner un punto en un plano ya era generar una idea de espacio, porque entonces el punto pasa a ser figura y el espacio, el espacio infinito. De todas maneras me propuse crear espacios no convencionales y de ahí usar la geometría y los colores planos. El color plano era otro requerimiento de este tipo de arte porque también se evitaba toda alusión espacial en ese sentido y, por ende, quedaba determinada a los contrastes de colores y las formas y no por la volumetría de la materia.
—¿Cómo lo sostuvo en el tiempo?
—Lo sostuve unos cuantos años. Las presiones fueron muchas. Tenía un amigo que iba a un taller de pintura y me comentó que me habían despellejado, directamente, que habían negado que lo que yo hacía fuera pintura y eso se extendió a varios miembros del Grupo Litoral que estaba en vigencia en aquella época, hablo de mediados de los años 50. Pero yo seguí con mis cosas, incluso me propuse hacer una especie de investigación de la creación y generación de formas. Hice una serie de dibujos en sucesión, encadenados, de los cuales no me queda ninguno porque me los han llevado todos. 
—Eso no es algo frecuente para los artistas plásticos locales…   —Así como fui rechazado en los 50, en los últimos veinte años han venido desesperados a comprar mis cosas. Incluso tuve un canje con Raúl Gustavo Aguirre, gran poeta y amigo, en ocasión de la primera reunión de arte contemporáneo que se hizo en Santa Fe y que organizó Francisco “Paco” Urondo. La nómina de los que participaron fue infinita pero de Rosario fuimos invitados solamente dos, entre los que me encontraba. Eso creo que causó gran indignación entre los miembros del Grupo Litoral, que no fueron tenidos en cuenta.
—¿Formar parte del Grupo Litoral suponía cierta relación de la producción con el río y su entorno?
—A mí no me interesó para nada empatizar con el entorno y pienso: nuestro entorno está plagado de inmigrantes de distintos países del mundo. Si buscamos un color local, podría ser que lo haya en el río pero la ciudad es un múltiplo de nacionalidades. En el grupo estaba el gran pintor Alberto Pedrotti que, justamente, era independiente. Su pintura está muy alejada de la idea del río y de la zona. En cambio, el manifiesto del grupo era crear un arte que estuviera vinculado al entorno. ¡Como si el entorno nuestro no fuera la totalidad del mundo! Es un despropósito.
—El haber elegido dedicarse al arte concreto, ¿cree que lo llevó a ser cuestionado también en otros aspectos?
—Yo entré en el primer concurso que se hizo de docencia por antecedentes y oposición en la Facultad de Arquitectura, en 1963. Me presenté a las horas de Pintura, estaba en el lugar diecisiete porque no tenía el título de profesor de artes visuales, aunque tenía un bagaje de exposiciones de una calidad que nos la tenía ninguno de los que se presentaron. Pero el mismo jurado que me había puesto decimoséptimo decidió darme el primer lugar. Después que se supo el resultado fuimos a una muestra y cuando nos preguntaron sobre quién había ingresado, no les fue muy grata la noticia de que había sido yo. Creo que nunca fui muy apreciado en el entorno del arte. Tampoco nos sentimos muy cómodos trabajando en la Escuela de Artes Visuales, en especial por el trato que recibíamos de los directores y otros colegas. Aunque a Mele la respetaban mucho porque enseñaba a dibujar de verdad.
—¿A qué atribuye ese rechazo?
—Un poco de todo pero, fundamentalmente, porque íbamos teniendo cierta relevancia fuera de la escuela. Cuando nos jubilamos no volvimos nunca más. Pasé cosas muy desagradables allí. En una ocasión volvimos en 1979 de un viaje y me enteré que un bajorrelieve en tela de Lucio Fontana, que había sido donado a la cooperativa de la escuela, se lo habían vendido a Gilberto Krasniansky por dos millones de pesos para hacer el techo del taller de escultura. Después, supimos que al día siguiente de la transacción él lo vendió en Buenos Aires por veinte millones. Esas cosas me indignaban mucho y ocurrían por la ignorancia de la gente.
—Sin embargo, usted es uno de los pintores rosarinos cuyos cuadros son más requeridos…
—De Rosario no me puedo quejar. Hubo momentos en que nuestras obras tuvieron una gran demanda. A finales de los años 60, por ejemplo, entraron en una especie de planicie pero en 1994 hicimos Mele y yo, en el Museo Castagnino, la exposición “40 años con el arte”. El cónsul de España estaba en la ciudad y se interesó por mi obra, adquirió una para él y otra para el consulado. También compró un par de grabados.
—¿Qué les diría a los jóvenes que se están iniciando en el camino de las artes plásticas?
—No les puedo marcar ninguna pauta, sólo decirles que, así como cuando yo me inicié hice lo que consideré mi necesidad, que ellos hagan lo que sientan que es su necesidad; que sean consecuentes con ellos mismos y se desarrollen, en primer lugar, como personas. Si uno no es, ante todo, una persona, va a salto de mata persiguiendo lo que está de moda, lo que no es sano del mismo modo que tampoco es sano en política salir de un partido y ponerse en otro con tal de escalar en el poder.
—¿Hay producciones de artistas jóvenes que le interesan? 
—Sí, por supuesto, pero no me atrevería a nombrar a dos o tres porque seguramente voy a omitir a otros diez que se pueden sentir afectados y merecen ser nombrados también. Siento que en la actualidad la gente joven nos quiere y respeta mucho más de lo que lo hicieron las generaciones anteriores.  
—Desde aquella primera exposición en 1954 pasó mucho tiempo. ¿Cómo se siente hoy?
—Felizmente, luego de mis búsquedas e investigaciones me siento pleno. Después, si la obra trasciende o no, no lo sé. Es algo sobre lo que he hablado en alguna ocasión con un pintor amigo: puede ser que la obra sea reconocida después de la muerte del artista o que quede ahí. De todos modos, no voy a estar vivo para verlo.

Eduardo Serón - Biografía

Eduardo Serón nació en Rosario en 1930. Estudió arquitectura en la Universidad Nacional del Litoral, durante ese tiempo tomó clases de pintura y hacia 1950 comenzó  a interesarse por el arte concreto. Cuatro años más tarde expuso por primera vez en Rosario cuadros que mostraban esa tendencia, lo que marcaría el rumbo de toda su obra. En la década del 60 formó parte de los grupos Refugio y Taller. 
En 1963 ganó el primer concurso por oposición y antecedentes que se realizó en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Rosario para dar clases de pintura. Fue también profesor en la Escuela Provincial de Artes Visuales. Entre otros cargos, se desempeñó como director del Museo Castagnino. Desde su primera muestra, en 1954, participó de más de 150 exposiciones individuales y colectivas en museos y galerías del país, como también de ciudades de Latinoamérica y Europa. Fue jurado de importantes concursos, dictó numerosas conferencias y recibió, entre otros, los premios Beca Anual de la Provincia; Adquisición Banco Municipal de Rosario y Dr. Carlos Corbella, otorgado por la Fundación Héctor Astengo por su aporte a la cultura de la ciudad. En 2009 expuso su obra antológica en el Museo Castagnino, con curaduría de Nancy Rojas. La recopilación de esa muestra fue recopilada en un libro por Ediciones Castagnino+Macro.

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