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martes, 28 de septiembre de 2010

Tercer Congreso Argentino de Cultura 2010, realizado en la ciudad de San Juan

Graciana Petrone para
http://www.lacapital.com.ar/ed_senales/2010/9/edicion_100/contenidos/noticia_5151.html
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Cuando la cultura gana las calles

La gente colma las calles de la ciudad de San Juan
Los habitantes de San Juan desconocen el ritmo vertiginoso de las grandes concentraciones urbanas. Las calles dibujan líneas rectas, diagonales y rotondas que bordean los parques y las plazas. Los edificios públicos, de joven arquitectura, irrumpen en la escena cotidiana con aires renacentistas. Una idiosincrasia singular, mestizada de austeridad, soberbia, césped y cemento que rinde un verdadero culto al resurgimiento como consecuencia, tal vez, de sufrir en el pasado la catástrofe ambiental más sangrienta de la historia argentina.
Además del recuerdo y el dolor instalados en la memoria colectiva por aquel terremoto que el 15 de enero de 1944 cobró casi 10 mil vidas y destruyó gran parte de sus construcciones, los lugareños aún mantienen intactas muchas de sus costumbres provincianas.
En la ciudad de San Juan el horario de la siesta es respetado con la misma rectitud con que un musulmán reza sus oraciones. Pasado el mediodía, cuando el aire caliente y seco del zonda potencia los rayos del sol, las persianas de las casas y los comercios permanecen cerradas hasta que el calor cede y vuelve el momento de retomar la marcha de las actividades habituales. Pero entre el 15 y el 19 de septiembre pasado su tranquilidad fue interrumpida al convertirse en la sede del Tercer Congreso Argentino de Cultura.
Más de seis mil personas de todos los puntos del país participaron del evento y transformaron las calles cuyanas en laberintos a cielo abierto, en donde el debate y las inquietudes pugnaron por encontrar salidas favorables. Bajo el lema “Por una cultura federal en el camino hacia la integración latinoamericana”, intelectuales, jóvenes, representantes de organizaciones de pueblos originarios, artistas y ciudadanos analizaron ponencias y discursos desarrollados en función de las demandas de una sociedad en permanente cambio basada en la diversidad, la pluralidad del lenguaje, las nuevas tecnologías, el respeto y la equidad. Otra premisa del encuentro fue la “vinculación de conceptos históricamente disociados entre sí, como lo son civilización-barbarie o progreso-atraso”.
Los foros de reflexión, las conferencias magistrales, los talleres de participación colectiva para niños y adultos y las ponencias cobraron un papel estelar. En las plazas y calles sanjuaninas diversas muestras interdisciplinarias abordaron el arte, la historia, los derechos humanos y el humor gráfico, entre otros temas. Así, “Crónica de la Nación Latinoamericana” reseñó los procesos que funcionaron a favor de la emancipación del continente; “200 años de historia”, con curaduría de Felipe Pigna, ofreció material documental desde 1810 hasta el presente y “Camino al Bicentenario... ellos quieren contarnos” fue una impactante puesta que incluyó 50 pancartas armadas por las Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora con cartas, fotos y recuerdos que dieron cuenta de aspectos de la vida de los detenidos y desaparecidos durante la última dictadura militar. También hubo sesiones maratónicas con numerosas actividades recreativas: espectáculos circenses, teatro callejero, bibliotecas móviles y espectáculos musicales, todos los días y de forma ininterrumpida desde las 9 hasta las 2 de la madrugada.
“Una de las cosas más bellas que se vieron fue que el Congreso ganó las calles”, dijo el secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia. Efectivamente el debate cobró más fuerza en las mesas de café, las plazas, las aceras y las ferias. Las voces de los ciudadanos comunes parecieron más interesadas por participar en discusiones cotidianas sobre la integración, la posibilidad de generar nuevos espacios de producción o fomentar el respeto a la diversidad regional, antes que en los informes oficiales que anoticiaban que la industria cultural alcanzó, durante 2009, un incremento del 7,9 por ciento, cifrá que se tradujo en una participación de 3,5 en el Producto Bruto Interno (PBI).
A pura feria
Otro de los ejes del Congreso fue fortalecer el federalismo y fomentar la integración en la diversidad de la “Patria Grande”. La feria federal, denominada Feria del Encuentro y realizada en el gigantesco predio de la ciudad, operó como punto de unión para estrechar lazos entre las provincias argentinas. En cada uno de los stands, las regiones mostraron sus artesanías, maquetas y folletos turísticos representativos. El espacio perteneciente a la provincia de Santa Fe exhibió títulos de los autores más emblemáticos de la literatura local y en donde la Poesía Completa de Aldo Oliva ocupó, en tierras sanjuaninas, un merecido lugar de privilegio.
Dentro del predio funcionaron también la Feria de la Cultura Popular y el Libro, donde hubo conferencias y presentaciones editoriales y cinematográficas; el stand del Centro Federal de Inversiones (CFI), que exhibió un imponente mural con la reproducción de las obras plásticas ganadoras del premio federal, y la Carpa de Cultura y Vino, con las infaltables degustaciones y 24 puestos gastronómicos en los que cada provincia ofreció sus sabores tradicionales. En el sector de la Secretaría de Cultura de la Nación, una pantalla gigante ofreció durante los cinco días que duró el congreso numerosas producciones audiovisuales. El recorrido completo por las instalaciones dejaba en los visitantes la sensación de realizar varios viajes fugaces (y en una misma noche) hacia todos los puntos del país.
Recuerdos de provincia
Pirámide truncada, insignia de la Independencia en 1816  
Muchos de los temas que Sarmiento desarrolló en sus escritos sobre civilización y barbarie, crispaciones políticas, educación o pedagogía fueron también abordados en el Congreso. Pero más significativo aún fue que a espaldas de donde hoy renace la réplica de aquella pirámide blanca con punta truncada, se levanta el opulento edificio del Centro Cívico de la ciudad de San Juan. El sitio no es otro más que el mismísimo solar que él describió, en Recuerdos de Provincia, como un paraje desolador al que iban de vez en cuando las vacas a guarecerse del sol bajo las sombras de los álamos. Pasados casi dos siglos, su tierra convocó a intelectuales, funcionarios de Estado y ciudadanos para discutir el desarrollo, la integración, las políticas culturales y los cambios de paradigmas.
“Uno de los planteos que genera más dicotomías es definir a las políticas culturales —aseguró el artista plástico Daniel Santoro—- No tengo en claro qué es una política cultural, como tampoco tengo en claro, definitivamente, lo que es cultura. Siempre es un tema de arduo debate. Generalmente se usa como una anatema para desprestigiar a una gestión cultural. Lo que se dice es que un gobierno «carece de una política cultural» y, lamentablemente, es muy difícil remontar esa imputación porque es muy difícil definir una política cultural y es ahí que hay una paradoja insoluble”. Para Coscia “los cambios de paradigmas van de la mano con el modelo que el gobierno plantea como país”, aunque desde cualquier gestión el intento no resulte sencillo. “Como funcionario yo expreso esta dualidad resistencia-gobierno —dijo—. Soy secretario de Cultura pero todos los días me levanto con una actitud de resistir a las fuerzas que siempre se oponen a cambiar las estructuras clásicas”.
Poco antes de las 12 del domingo 19 de septiembre en el Auditorio Juan Victoria, Coscia cerró formalmente el Congreso y expuso las conclusiones que, garantizadas por las autoridades de las áreas de Cultura de todas las provincias, se elevarán a la Cámara de Diputados de la Nación para que el Legislativo formalice la constitución del Consejo Federal de Cultura, junto a la ratificación de los “Diez Puntos Estratégicos” del proyecto de la Ley Federal de Cultura. Los días de exhaustivos debates terminaron; bajo el calor del sol sanjuanino el público emprendió el regreso a sus hogares con la esperanza de que se concrete la tarea más compleja: traducir las teorías en hechos reales.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Nuestro Vinicius, el libro de la escritora y periodista Liana Wenner sobre una de las leyendas de la Bossa Nova

Graciana Petrone para
http://www.lacapital.com.ar/ed_senales/2010/9/edicion_99/contenidos/noticia_5080.html

De más y en generosas proporciones la pasión fluye de la sangre de un bahiano, del paso electrizante de las comparsas de Río y del temblor de las batucadas, muchas veces improvisadas en las puertas de los morros. Esa forma, que desconoce términos medios, propició en Brasil explosiones de amor, sexo, música, poesía e incluso violencia. Así, entre sus historias de arraigo y saudade, a mediados del siglo pasado y en la antesala de los años de plomo, surgió la bossa nova, ese mestizaje de jazz con ritmos de samba que tuvo, entre sus voces más referenciales, al mítico y revolucionario Vinicius de Moraes (1913-1980).

Poeta, crítico de cine y diplomático devenido en cantautor, fue parte de un movimiento que no sólo transformó los campos de la literatura y la música en su tierra sino también las formas de consumo estético en otros lugares de Latinoamérica. Uruguay y Argentina fueron los países que acogieron a la bossa nova con más fuerza y permitieron que la seducción de sus canciones, despojadas de toda carga política, anclara en el Buenos Aires nocturno de 1968, sin encontrar el menor atisbo de resistencia. Por el contrario, en un contexto social sumamente convulsionado el fenómeno Vinicius con su particular forma de cantarle a la vida, al erotismo, a las mujeres y a la amistad (como quien susurra versos de amor), fue un éxito imparable. Nuestro Vinicius, de la escritora y periodista Liana Wenner, relata en forma pormenorizada ese hechizo que comenzó cuando Ediciones de la Flor publicó su libro de poemas Para vivir un gran amor.

"La primera edición de Para vivir... salió en agosto de 1968, coincidiendo con el show que Vinicius y Doryval Caymmi dieron en el teatro Ópera —apunta Wenner—. En sólo dos años De la Flor vendió quince ediciones de ese título, que además exportó a Montevideo y Santiago de Chile". Vinicius publicó otras cuatro obras con el mismo sello: Para una muchacha con una flor, Antología poética, Orfeo de la Concepción y El arca de Noé. "Los libros que editaba De la Flor eran un suceso y el Poetinha armaba un verdadero revuelo cuando firmaba ejemplares y, mucho más adelante, esto se produjo a mayor escala en la primera Feria del Libro".

Diplomacia y alcohol
La década del 60 entraba en su último cuarto de siglo. La otrora prosperidad del gobierno de Juscelino Kubitschek, en la que Brasil brilló en el teatro, la poesía, las artes plásticas y hasta en el fútbol (con su primer campeonato mundial), era cosa del pasado. Veinte años más tarde, la dictadura del mariscal Costa e Silva anunciaba medidas extremas y persecutorias contra miles de ciudadanos. De Moraes supo de la noticia a través de la prensa en un hotel de Lisboa. "Esa noche tenían función —reseña Wenner—. Antes de terminar, Vinicius se pronunció contra ese golpe dentro del golpe y recitó el poema «Mi patria» mientras Baden Powell comenzaba a puntear los acordes del himno nacional brasilero". La democracia era historia, pero también su carrera diplomática.

Sus costumbres noctámbulas y la adicción al alcohol lo alejaron de sus funciones. Las recorridas por los bares de Copacabana y las fiestas con bebidas y mujeres hasta el amanecer eran incompatibles con el trabajo del Ministerio. "Era común que sin haber dormido —cuenta Wenner— tuviese que ir al puerto de Montevideo a recibir algún barco que llegaba de Brasil". Su amigo Daniel Terra recuerda en el libro que a veces, cuando el buque llegaba, él subía a la planchada con "una botella de whisky encima". Tampoco congeniaba con la paternidad; aunque tuvo cinco hijos fue un padre ausente. Se casó en ocho oportunidades y no faltaron los conflictos de divorcio, especialmente con la bahiana Gesse Gessy. El último matrimonio, "hecho de despedidas y desencuentros", lo contrajo con la argentina Marta Rodríguez Santamaría, treinta y cinco años menor que él.

Un disco alquímico
Artículo publicado en diario La Capital 
"Felicidad", "Irene", "Lamento de la colina" y la emblemática "Chica de Ipanema" son algunos de los temas del long play La Fusa, grabado junto a Toquinho y María Creuza. Fue un "disco alquímico" que funcionó como "piedra de encantamiento" y, en definitiva, lo que llevó a Liana Wenner a escribir Nuestro Vinicius: "Una endovenosa de alegría, belleza, erotismo y vitalidad en un momento en que la realidad circundante era la devastación y el encierro de donde emanaba una fuerte sensación de claustrofobia".

Al poco tiempo de su primer recital en Buenos Aires, Vinicius era una "leyenda viviente". Extremadamente carismático entabló amistad con intelectuales, burgueses, artistas o bohemios: Daniel Divinsky, María Rosa Oliver, Pirí Lugones, el Bambino Veira, Mario Trejo, Egle Martin y Libertad Leblanc, sólo por mencionar algunos. Amante del tango, conoció a Astor Piazzola y a Horacio Ferrer, quien cuenta en el libro que juntos pensaron escribir a cuatro manos un musical que se llamaría "Los exiliados de la Cruz del sur".

Nuestro Vinicius reconstruye el vínculo que aquel foráneo, con un idioma diferente y costumbres exóticas, estableció con la juventud de la época y funcionó, en medio del caos, como un elemento purificador. Para su editor, Pablo Avelluto, habla de un "universo cultural porteño que ya no existe más", de una recuperación de "La Fusa como punto de encuentro de diferentes tradiciones", la gente del Mau Mau, los tilingos o "Carlos Perciavalle inventando el café concert".

Con emotividad, Liana Wenner detalla la llegada de sus poemas al país, sus días en Brasil, sus mujeres, los espacios nocturnos en los que impuso nuevas formas de escuchar música e incluso, cuando componía sus versos desnudo en la bañera, el mismo lugar donde encontró la muerte en la madrugada del 9 de julio de 1980.

Datos de la autora
Liana Wenner nació en Buenos Aires en 1968. Es periodista cultural y de espectáculos, y se desempeña como emprendedora cultural. "Me sentía en deuda con Vinicius por haberme dado instantes de indestructible felicidad cuando escuchaba el long play La Fusa en mi tocadiscos de plástico color anaranjado. Ese tocadiscos estaba en mi cuarto, y allá afuera la belleza y el amor habían desaparecido. Eran los finales de una década que empezó muy bien y terminó muy pero muy mal: los setenta", dice en el prólogo de Nuestro Vinicius.