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martes, 8 de abril de 2014

Malevos que ya no son


Graciana Petrone


Cuando paso por la puerta de lo que alguna vez fue el Olimpia siento que una mano me aprieta la garganta. Trato de evitarlo pero a veces doblo por Maipú sin darme cuenta y me sorprenden los pizarrones verdes colgados en la puerta que dicen: “Café La Virginia x 200, a 14.90”. Pero una mañana sentí un impulso que me hizo perder el miedo, y entré. Cualquiera que me conozca un poco seguro habría pensado que estaba por comprar un puñado de pasas de uva con chocolate, porque donde funcionó Los 20 billares (o el Olimpia) hoy abre sus puertas cruel e irreverente la sucursal de una bombonería y cuando entré caminé por primera vez por el mismo suelo en el que anduviste y repetía en silencio eso que escribí en el invierno del ‘89: “Si pudiera besar tus pies/o al menos el hueco que dejan tus pasos”.
Qué ironía. Hace más de veinte años, cuando te veía pasar, se me venían a la mente los vesos de Alejandra (Pizarnik): “Es tan lejos pedir/tan cerca saber que no hay”. En cambio, esa mañana en la bombonería supe que mis viejos poemas fueron premonitorios porque caminé sobre tus mismos pasos, entre las góndolas que no hacían más que ocupar el espacio de las mesas en las que vos jugabas y en las que yo te veía jugar, de lejos, desde la vereda de enfrente como quien no quiere levantar el avispero porque ese no era un lugar para mujeres, no señor, de ninguna manera. La entrada nos estaba prohibida.

Y me acordé del humo del cigarrillo formando en la penumbra nubes blancas abajo de las lámparas. Porque las únicas luces que se encendían eran las de las mesas y cuando las partidas de casín no se abrían las luces tampoco se prendían y el lugar parecía todavía más lúgubre y sombrío. Aunque vos lo iluminabas, tenías un aura especial, siempre la tuviste.

Fueron cerrando los billares y quedaron unos pocos. En el de san Martín y Montevideo todavía se juntan algunos de los muchachos. Pilo, el Muñeco y Castillo se fueron. A Beroiz lo mandaron a matar por una interna, como en los ’60. Al Polaco lo balearon en la puerta de su casa y aunque no estuviste para verlo, murió como un guapo. También se fue el flaco Rifel. Me acuerdo que un verano antes de que vos te fueras trajo a Orlando Paiva a bailar al club de mi barrio. Hacía calor, en un momento de la noche la pista se llenó de parejas cuando sonó Mala junta y entonces te busqué pensando que podías estar entre la gente. Pero volví a casa, una vez más, sin poder encontrarte. Al invierno siguiente lo crucé al flaco una tarde en el bar del Centre Catalá, loco por el tango como era sacó su compatudara portátil y me hizo escuchar una versión de Marión, sólo instrumental e interpretada por una orquesta francesa (que por supuesto no me acuerdo cuál era).

Yo supe esa mañana, antes de entrar en la bombonería, que los recuerdos se aparecerían sin preguntar y fue entonces que con desfachatez las estanterías, llenas de dulces baratos, me obligaron a resucitar toda clase de fantasmas: los muchachos, las noches de casín, tus pasos, Alejandra, mis viejos versos y Marion sonando en la laptop del Flaco. 

Cerca de la puerta, los gritos y bocinazos de un taxista que se quedó a medio camino y el  viento helado y seco de agosto me sacudieron como una bofetada.
Respiré hondo y después de sacudir los pies en una alfombra que nunca exisitó juré no volver a entrar nunca más y me fui por Maipú, para Córdoba, cantando bajito esa vieja canción de Luis Rubinstein: “Quiero que sepas, corazón, que jamás te olvidé”. Graciana - Rosario - Junio de 2011.
En memoria "del Hugo".

Tcherkaski. Escribir sin perder el origen

El poeta, periodista y autor de canciones, José Tcherkaski presentó en Rosario su último libro. Con particular sentido del humor habló sobre la génesis de este texto y rememoró los tiempos como letrista de los temas de Piero.

El periodista y escritor se anima a la poesía

Graciana Petrone

José Tcherkaski, poeta, periodista y autor de muchas de las canciones más emblemáticas de la música popular argentina de los años 70 presentó en Rosario su libro La palabra ínfima. Coherente con su título, se trata de una serie de poemas y relatos breves en donde las frases no sobran; por el contrario, con versos escuetos y cuidados pone de relieve todo aquello que se manifiesta inasible.

Así, el tacto aparece cuando dice: “Salvaje el dolor / penetra el cuerpo”. También los sonidos toman una consistencia inusitada mientras describe: “El viento suena / con el virtuosismo de un blues”. La palabra ínfima es, además, el nombre de la primera parte del libro. En la segunda, a la que tituló “El alma en llamas”, el autor aborda en unos pocos poemas el vacío y el dolor que dejó la última dictadura militar y asegura: “Ya nada será igual”. El último segmento es “Brevedades” y está constituido por pequeños relatos en los que no faltan los amigos, los bares de Buenos Aires, la noche o la música. En diálogo con El ciudadano, Tcherkaski, quien es un avezado cronista, habló sobre la génesis de la obra publicada.

Con su particular sentido del humor también rememoró algunas anécdotas de los tiempos en que compartió las giras artísticas con Piero, quien hizo famosas sus canciones.

—¿Por qué el título La palabra ínfima?
—Es un libro que me llevó muchos años de elaboración y corrección pero tiene una historia muy interesante relacionada con mi hija Sol. Ella es una nena de discapacidad absoluta, que no habla y no hace nada, sólo mira. Una tarde estaba conmigo en mi lugar de laburo y me di cuenta que ella no necesitaba de ninguna palabra ni de ningún gesto para hacerse entender. Ahí entendí que la palabra era absolutamente secundaria, fue como un mundo inesperado. A partir de eso es que empecé a abreviar el contenido del libro y por eso se llama La palabra ínfima.

—Muchos escritores padecen la corrección de sus propios escritos, ¿cómo fue ese proceso?
—No sufro. Yo soy consciente de lo que sirve y de lo que no sirve, lo que no quiere decir que tenga razón, sólo hablo de mis gustos. No padezco tampoco escribiendo, puedo escribir sobre una cosa muy sufrida pero creo que hay una relación muy esquizofrénica entre mis escritos y yo.  No soy Kafka, lejos estoy de compararme con su talento; me refiero a que él era un tipo que sufría o se revolcaba por el piso. A mi material lo leo, releo, lo elaboro y no tengo piedad frente al texto. No siento que estoy destruyendo nada sino cuidando la idea que tengo en la cabeza.

—¿Se siente más cómodo con la poesía o con la crónica?
—Soy muy cuidadoso y muy obsesivo. Es mi primer libro de  poemas y no creo que haya otro. Hay un comentario de Roberto Juarroz, que cito en una de las páginas, y cuento que él me dijo: “No se preocupe si no pasa nada más”. Y el tipo tiene razón. No me siento más liviano ni más complicado escribiendo versos o crónicas. Tengo una relación muy marcada entre lo que escribo y lo que soy, no pierdo mi origen.

—¿Cómo recuerda los años de auge de sus canciones?
—Fue una buena experiencia. Se pudo crear un espacio interesante dentro de la música popular. Yo hice tres, cuatro, cinco o seis canciones, eso no importa, lo que creo es que valen la pena y que marcaron una época y también a las generaciones de las décadas del 60 y 70. Ahí aparecen Miguel Cantilo, después Charly y León Gieco que son una camada de compañeros de ruta. Después cada uno tomó su camino, lo que es lógico.

—¿A qué cree que se debió el éxito que tuvieron las letras suyas que interpretaba Piero?
—Habría que ver un poco algo que antes me preocupaba pero ahora más que antes, se trata de analizar sobre qué tradición trabajamos en nuestra propuesta de música popular. Creo que acá hay una zona turbia cuando el tango se interrumpe por la caída de Perón en 1955, donde había una poética  fundamental. Había una gran poesía, todavía subestimada, como la de Cátulo Castillo u Homero Manzi y muchos más, que se frenó y derivó en lo que hacíamos nosotros.

—¿De joven escuchaba tango?
—Yo vengo de una casa en la que la radio era un elemento fundamental, la radio fue mi escuela y lo digo con mucho orgullo, pero aún así, creo que nosotros no teníamos mucha información sobre el tango. En los 70, cuando estaban Charly García, León Gieco o Víctor Heredia y muchos más, creo que había cierta confusión entre el folclore y lo ciudadano. Esa confusión fue la que produjo la retórica o la poética de las canciones. Hay muchos libros hechos en donde se dice que nosotros cambiamos la música pero en realidad no cambiamos nada. Sí es cierto que hubo canciones que fueron apropiadas por la gente y están instaladas en el inconsciente colectivo.

—¿Cuándo empieza la relación Piero-Tcherkaski?
—Allá por finales de los 60. Éramos amigos y nos juntábamos en La Perla, un bar del barrio del Once, en Buenos Aires. No teníamos un mango, después empezamos a ganar algo de dinero, aunque no demasiado. Cada uno sabrá cuál es su cuenta pero yo en lo personal no tengo un mango. Había una cosa muy sana de fluir y no pensar tanto en lo comercial, era distinto. Piero fue una figura muy popular en toda América, incluso en Italia, pero éramos tipos comunes a los que no nos mareaba nada. Sandro también era igual. Muchas veces cuando Piero entraba después de él decía: “Bueno, se fue Sandro y entra Roberto”. Esa separación creo que la fui asumiendo y por eso esa distancia entre lo que hago y lo que soy. Algunos podrán decir que tengo un pensamiento muy sofisticado pero creo que es al revés, me gustan las cosas simples.

—¿Cómo compusieron el inolvidable tema “Mi viejo”?
—Con Piero lo hicimos cuando yo tenía 25 años, ahora tengo 70, aunque en realidad lo escribí cuando era adolescente y se llamaba “A mi padre”. “Mi viejo” tomó partes de eso y Piero siempre tuvo una confusión y es que decía que era sobre su papá y en realidad es sobre el mío. Parece una discusión de niños pero es la verdad. Lo que nunca me imaginé es que iba a ser una canción tan totémica con la repercusión que tuvo y tiene. Mi madre, que no creía mucho en los dones que yo tenía, un mediodía me dijo: “Nene, andá a la comisaría y decí la verdad porque con esto vas a ir preso”. Pensaba que había cameleado que la había escrito yo y ella, queriendo cuidar mi libertad, me aconsejó que fuera a la Policía.

Entre medios y canciones
José Tcherkasky es escritor y periodista. Trabajó, entre otros medios, en el diario La Opinión, Clarín, El Tiempo Universal, Editorial Cambio16 (España y Colombia) y Editorial Rizzolli (Italia y Argentina) y fue secretario de redacción de la revista Siete Días. Entrevistó a todo tipo de personalidades del arte y la cultura universal, entre ellos a Peter Brook, Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Lucas Demare, Mario Vargas Llosa, Federico Fellini y Juan L. Ortiz, entre otros varios grandes nombres. Es autor, además, del exitoso tema “Mi Viejo” y otras canciones como “Pedro de nadie” o “Juan Boliche”, que el cantante Piero hizo famosas por todo Latinoamérica y Europa. También dictó una serie de cursos en el Centro Cultural Rojas, en Buenos Aires; fue productor discográfico y autor de casi una veintena de libros entre biografías, ensayos y crónicas. La palabra ínfima es su primer libro de poemas.

Nota publicada en el diario El Ciudadano

Rubén Pron, al rescate de historias personales

"Crónicas contra el olvido es el título de la trilogía que reúne, hasta ahora, dos libros en el que el periodista Rubén Chacho Pron pone de manifiesto las historias de tres militantes desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar.


El periodista Rubén Pron durante la presentación de los libros en El Trébol

Graciana Petrone

Crónicas contra el olvido” es el título de la trilogía que reúne, hasta ahora, dos libros en los que el periodista Rubén Chacho Pron rescata la historia de tres militantes desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar en la Argentina. Carlitos y Mary, publicado en 2013, y Alicia, que vio la luz en marzo de este año, representan una valioso aporte para la construcción del pasado reciente en el país y, en especial, para la comunidad de El Trébol, ya que allí vivieron las víctimas hasta que emigraron a otras ciudades del país para realizar sus estudios universitarios, al igual que el autor de estos relatos.

A través de documentos, cartas, fotos, citas bibliográficas y también testimonios de familiares y amigos el autor indaga en la vida de Carlos Alberto Bosso, María Isabel Salinas y Alicia Raquel Burdisso. Así, traza un recorrido que empieza prácticamente desde su infancia para llegar a cuándo, dónde y cómo fue que decidieron ser parte activa del cambio que se vislumbraba en el país en los convulsionados ’70.

Las tres personas desparecidas militaban en distintas corrientes partidarias. Pron  asegura que si bien compartía algunos ideales no tenían una actividad política en común, aunque sí mantuvo con ellos una relación fluida cuando fundó en El Trébol el periódico Semana Gráfica, ya que Carlos y Alicia fueron colaboradores.

“Era una publicación de carácter más bien contestatario —recuerda— y la mayoría de los redactores eran jóvenes de la localidad. A Alicia la traté solamente seis veces, desde mediados de 1969 hasta fines de ese año cuando se fue a estudiar a Tucumán. Después, nunca más la vi”.

Carlos y Mary

Carlos tenía un futuro prometedor. Según apunta el periodista en su libro, “era reflexivo”, una de las tantas razones que lo convirtieron en un ser muy querido dentro de la comunidad trebolense. Apenas terminó el secundario viajó a la capital provincial e ingresó a la Universidad Nacional del Litoral para estudiar Ingeniería química. Allí también conocería a María Isabel Salinas quien sería su esposa y la madre de Mariana, la única hija de ambos.

Pero el joven no pudo recibirse. Mientras militaba en Montoneros y le faltaba sólo una materia para terminar la carrera, debió dejar la ciudad de Santa Fe, perseguido por la Triple A. Se radicó junto a su esposa en Rosario donde vivieron un tiempo en la clandestinidad hasta que el 17 de septiembre de 1977 el matrimonio fue secuestrado y con ellos también la beba. “Los cuerpos de Carlos y Mary fueron encontrados en un predio militar de Laguna Paiva, que además fue el primer predio de enterramiento clandestino que se encontró en Argentina”, señala el periodista.

Tal vez porque todos sabían de la existencia de Mariana, o como indica Pron en su trabajo, que posiblemente los detenidos hayan negociado la restitución con sus captores, es que la niña le fue entregada un domingo a su familia paterna. Hoy tiene 36 años y es a quien el autor le dedicó el libro que cuenta la historia de sus padres, vilmente ultimados por el terrorismo de Estado.     

Quién sabe Alicia, este país

Alicia Raquel Burdisso nació en El Trébol. Los testimonios recogidos por el periodista apuntan que desde chica tuvo un perfil bajo y que mostraba más interés en la lectura que los demás chicos de su edad. Cuando terminó el secundario eligió la ciudad de San Miguel de Tucumán para estudiar periodismo, aunque después se cambió a la carrera de Letras. Allí comenzó una militancia social primero y posteriormente ingresó al Partido Comunista.

“Llegó a niveles impensados dentro de la estructura orgánica para una mujer tan joven. Con 25 años fue presidenta de Unión de Mujeres de la Argentina, fue además secretaria de prensa del comité provincial de Tucumán del Partido Comunista y también tenía  militancia gremial en ATE (Asociación de Trabajadores del Estado)”, dice el autor.

Tras un detalle minucioso que reconstruye los momentos de la vida de Alicia en El Trébol, y también en la provincia norteña, Pron relata que una mañana gris de otoño de 1977 la joven “fue levantada por los policías de civil del Servicio de Informaciones Confidenciales (SIC), un organismo paralelo al Departamento de Inteligencia de la Policía de Tucumán mediante el cual las autoridades militares de las dictaduras ejecutaban las detenciones clandestinas de las personas que pasaban a ser desaparecidas”.
Los títulos de la colección de Crónicas contra el olvido constituyen un valioso material que aporta elementos desconocidos sobre los militantes. “Siento que no presenté libros sino a tres personas”, dice el autor, para concluir: “Yo tenía con Carlos y Alicia el compromiso personal de rescatar sus historias”.  

Tercer título contra el olvido

Rubén Chacho Pron trabaja actualmente en la reconstrucción de la vida de Luis Alberto Tealdi, militante desaparecido, ligado a El Trébol, que llegó a la localidad santafesina cuando era adolescente, en la década del ’30.

El periodista señala que Luis tuvo una presencia relevante en distintas actividades gremiales: fue fundador del Sindicato de los Lácteos en los años 40 y después trabajó como administrativo en el hospital local cuando pasa a manos de la provincia luego de que es intervenida la Sociedad de Beneficencia, que había creado el centro de salud.

Otros aspectos de la vida del militante referidos por Pron, es que se fue de El Trébol en 1959 con rumbo a Mendoza. “Alí puso un negocio aunque no le fue demasiado bien y es por eso que decidió radicarse en Campana, provincia de Buenos Aires, donde un cuñado le consiguió trabajo en una fábrica siderúrgica”, dice.

Al igual que Carlos, Mary y Alicia, Luis fue secuestrado en 1977, aunque su historia se diferencia la de los jóvenes ya que al momento de su desaparición tenía cerca de 50 años. La vida de Luis Alberto Tealdi será el tercer título de la colección Crónicas contra el olvido, que el periodista tiene previsto presentar en El trébol el próximo 24 de marzo, en el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia.

Nota publicada en el diario El Ciudadano