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martes, 10 de junio de 2014

Los cuerpos y las sombras, nueva novela de Eduardo Sguiglia

Literatura y violencias antiguas y actuales. Dos asesinos a sueldo y un jefe de cártel de drogas, veteranos de Malvinas y policías mediocres son parte de la escena en la que dos militantes del ERP revisan su pasado revolucionario en un relato de enorme tensión difícil de abandonar. 

 Por Graciana Petrone

Como si no alcanzaran en una sola historia –para generar suspenso y acción extrema– dos asesinos a sueldo y un jefe de un cártel de drogas mexicano herido por una amante que huyó robándole más que el corazón, en Los cuerpos y las sombras (Editorial Edhasa), del rosarino Eduardo Sguiglia, aparecen también un ex veterano de la Guerra de Malvinas, unos policías mediocres y dos militantes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) que se encuentran después de 30 años y que son el eslabón principal de una cadena de persecuciones, violencia y muerte.

En 17 capítulos cortos el autor entrega una novela de aventuras en la que no faltan los personajes, sucesos y elementos característicos del género como el misterio, los cambios constantes de escenarios y también la heroína y el hombre que por amor siente que debe protegerla del peligro. Audaz, el autor hace que la historia transcurra en Texas, Distrito Federal de México y Buenos Aires hasta terminar en una casa de campo en las afueras de Rosario.

Pero además, sus protagonistas viajan a un pasado que será determinante de lo que les  ocurra en el presente: los años de militancia en la Argentina durante la última dictadura y el posterior exilio, el África y hasta la Guerra del Golfo Pérsico. Así, con especial hincapié en la descripción de los lugares, los personajes y las circunstancias, Sguiglia muestra cada fragmento de la novela como si fuera el pasaje de un guión cinematográfico y logra que la tensión en el lector no ceda sino hasta la última página.

La “Operación Gaviota”
La historia comienza con el reencuentro de Miguel y Ernesto, después de más de tres décadas de no verse, en la casa de campo de Miguel, en una localidad poco poblada del sur santafesino. Ambos fueron miembros del ERP, organización armada que llevó adelante lo que se conoció como “La Operación Gaviota”, fallido intento que buscó asesinar al ex comandante Jorge Rafael Videla a fines de 1976, a casi un año de que el militar asumiera como presidente del país.

Sin embargo, por un error en la sincronización de los explosivos el ERP no logró su objetivo, que era hacer estallar en el Aeroparque Jorge Newbery al avión que había abordado Videla junto a otros integrantes de la Junta militar. En la noche del reencuentro, los dos hombres evocan sus días de militancia, el peligro vivido y su exilio pero también hay reproches, en especial por parte de Ernesto, quien no le perdona a Miguel que haya abandonado la organización.

Un sentimiento de culpa se mezcla con un dejo de nostalgia y los ex militantes discuten sobre cómo hubiera cambiado el destino del país si la “Operación Gaviota” hubiera funcionado mientras uno de ellos dice: “¿La vida de cuántos compañeros presos o desaparecidos hubiera costado la de Videla? ¿De veinte? ¿De cien? ¿Doscientos? ¿Y la de Martínez de Hoz, Harguindeguy y del resto de los hijos de puta que viajaban en aquel momento en el avión? Aun así, ¿hubiese valido la pena? ¿Hubiera sido otra la Argentina? ¿Se hubiese desplomado la dictadura?”.

De narcos y mercenarios
El dueño de casa evita al principio contarle a Ernesto la verdad sobre la vida que llevó luego de  abandonar el ERP, aunque lo hace después de varias botellas de vino. Así, le confiesa que viajó a Angola, que estuvo involucrado en el mercado negro de diamantes en el África y, gracias a quedarse con algunas piedras preciosas, se fue a México en donde conoció a Andrea, su mujer. Al mismo tiempo que los ex militantes comparten un asado en la finca, dos mercenarios buscan por las rutas santafesinas a la esposa de Miguel.

Los asesinos a sueldo fueron contratados en Texas por un poderoso narcotraficante que fue amante de Andrea y que no le perdona su abandono y, mucho menos, que le haya robado miles de dólares.
Del mismo modo que el ERP no pudo impedir la continuación de la última dictadura en la Argentina, poco podrá hacer Miguel para evitar el desenlace fatal en su presente. “Los cuerpos y las sombras –señala la contratapa del libro– es el cruce de dos mundos: pistoleros que matan sin mirar a quién y viejos guerrilleros que siguen presos de las paradojas de la historia, y que no alcanzan a descubrir si fue un alivio o una fatalidad que aquel atentado fracasara”.

Como libros de viaje
Eduardo Sguiglia nació en Rosario, en 1952. Es economista y escritor. Durante la última dictadura militar en el país estuvo exiliado en México. En 1983 fue el primer embajador argentino en El Congo y al regresar a la Argentina trabajó como docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA). En la función pública ocupó los cargos de presidente del Ente Regulador de los Aeropuertos y de la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia, como también se desempeñó como subsecretario de política latinoamericana.

Las experiencias en México y en el Tercer Mundo le sirvieron a Sguiglia como base para escribir muchas de sus novelas. Tal es así que en Ojos negros (Editorial Edhasa), una de sus anteriores novelas, el rosarino muestra una historia que, al igual que Los cuerpos y las sombras, transcurre en Buenos Aires, África y México, como también roza el drama, la aventura y la acción. Incluso, su protagonista se llama Miguel, aunque en este caso se trata de un cuarentón desempleado que tras la crisis de 2001 en Argentina siente que su vida ha perdido el rumbo y en ese contexto recibe una propuesta para un trabajo poco convencional en el África. Una vez en tierras de Angola y el Congo –los países donde transcurre la mayor parte de las escenas– nuevos personajes lo acercarán al despiadado mundo del poder y las piedras: asesinos a sueldo, mineros explotados por grupos insurgentes, empresarios inescrupulosos y hasta extranjeros solitarios que transportan diamantes en sus intestinos para luego venderlos en el mercado negro a cifras exorbitantes.

Sguiglia publicó, entre otros libros, No te fíes de mí si el corazón te falla y Un puñado de gloria. Fordlandia (1997), una de sus primeras novelas de ficción, cuenta acerca de un proyecto de autoabastecimiento de madera de alcornoque que llevó adelante el empresario estadounidense Henry Ford, cansado de pagar el caucho en el mercado a mucho más de su valor. Actualmente, el libro es utilizado como material de estudio en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA

Nota publicada en el diario El Ciudadano.

Rafael Bielsa: “Me hubiera gustado ser sólo un gran escritor”

Tucho. La operación México, o lo irrevocable de la pasión, reconstruye los últimos años de la vida del militante de Montoneros Edgar Tulio Valenzuela, secuestrado en 1978 en Mar del Plata   
Rafael Bielsa - Foto Ignacio Petuncci
Por Graciana Petrone

Pasión, vehemencia y una prosa sesgada por la poesía es lo que refleja Rafael Bielsa en Tucho. La operación México, o lo irrevocable de la pasión (Editorial Edhasa). Se trata de una novela que cuenta la historia de Edgar Tulio “Tucho” Valenzuela, integrante de Montoneros secuestrado en 1978 en Mar del Plata junto a su esposa María Raquel Negro quien entonces estaba embarazada de mellizos. A diferencia de su mujer, el militante fue liberado y luego viajó a México en donde denunció el plan del Ejército que buscaba ultimar a los conductores de la guerrilla. Sin embargo, ese mismo año y tras ser sometido a un “Juicio revolucionario” por Mario Firmenich y Roberto Perdía  –cabecillas de Montoneros–, fue encontrado culpable de traición. Valenzuela no soportó el peso de ser condenado por sus compañeros de lucha y se suicidó pocos meses de después.

Para reconstruir los últimos años de la vida de Tucho el autor se embarcó en una investigación que no sólo lo llevó a viajar por distintos lugares del país, sino que además lo obligó a revivir momentos oscuros del pasado reciente. Así, reconstruyó parte de su propia historia ya que él mismo fue partícipe activo del cambio que se vislumbraba en los albores de los convulsionados ’70.
       
Bielsa es conocido por su trabajo como político y abogado, pero también es poeta, autor de ensayos y de novelas. Sobre  esa condición dice que no hay mejor modo de no hacer nada muy bien que hacer demasiadas cosas más o menos, y confiesa: “Tal vez, en la edad de bronce, cuando un Homero (o varios Homeros, como quiere Borges) escribieron la Odisea, los héroes podían perfectamente ser malos y los poetas vivir de sus versos, me hubiera gustado ser sólo un gran escritor”.

—Tucho tiene una historia interesante y muy fuerte, ¿cómo fue la génesis de este libro?
—No sé si tan interesante, seguramente muy personal. Fui parte de distintas secuelas de los juicios de lesa humanidad, en particular el denominado “Pascual Guerrieri” o “La Quinta de Funes”. Durante casi treinta años creí que yo había estado desaparecido y sido torturado en dicho sitio, pero a la hora de los reconocimientos oculares resultó ser que la Quinta no tenía sótano y yo había estado encadenado en uno, de manera tal que algo no cuadraba. De un modo siniestro fueron apareciendo como espejos enfrentados diferentes lugares de suplicio clandestino, hasta el denominado “La Calamita”, que fue mi destino. Merced a las declaraciones de un agente civil de inteligencia apodado “Tucu” Constanzo se conocieron muchos detalles de aquel universo concentracionario, entre ellos sobre Tucho y su compañera María. Una amiga de entonces me dijo que escribiera esa historia. Le hice caso.

—¿Cuánto tiempo le llevó escribirlo?
—El proceso de escritura duró más de cuatro años, durante los cuales viajé a la mayoría de los lugares de aquel Vía Crucis, consulté infinidad de documentos, hablé con personas que nunca habían hablado antes, y a ello hay que añadirle un año de trabajo con mi editor, Fernando Fagnani. En un comienzo la novela tenia casi tres veces el tamaño con el que terminó.

—¿Cuál es el límite entre la ficción y la realidad de esta novela?
—Es literatura, y la ficción y la realidad todo el tiempo danzan, como figuras espectrales bajo una lluvia esmaltada que a veces las amalgama con alguna armonía. Si hablamos de géneros literarios, yo la incluiría dentro de lo que se llama “novela verídica”, o “novela no ficticia”, o “ficción real”. Dentro de la tradición de “A sangre fría” de Capote o de “La canción del verdugo” de Norman Mailer. Pero, naturalmente, las reflexiones ideológicas, éticas y políticas de Tucho y María, los diálogos entre Tucho y su entregador, los olores de Río, los dolores del Distrito Federal y el color del mar de La Habana no figuran en ningún expediente de la justicia federal. En cuanto a los límites, la literatura debe ser siempre estar atentos al dolor y a la belleza, a los que sufren y al modo cómo transforman esos materiales en un mensaje para la condición humana, de modo tal que cada lector sabrá dónde querrá ponerlos.

—Debido a su militancia en los convulsionados ’70, ¿durante la escritura de Tucho afloraron aquellos momentos oscuros?
—Alguna vez leí que cuando le preguntaron a Flaubert (Gustave) quién era Madame Bovary, contestó: “¡Madame Bovary soy yo!”. Ciertamente, no es necesario vivirlo para contarlo, pero en este caso cuento cosas que también viví. La gran diferencia, según mi modo de pensar, reside en la dimensión de lo que Tucho hizo con lo que le tocó vivir. Me parece que la historia está llena de breves momentos, y lo que los sujetos políticos hacen con esos instantes la determina. Con dos o tres años menos, un desaparecido podría haberse dedicado al deporte de riesgo, a los viajes exóticos o a la caridad. Los individuos no son mucho más que las circunstancias en las que son sorprendidos por éstas. Esto vale en términos generales. Luego, está la pasión, la voluntad, el empeño, y entonces aparecen María y Tucho. Y tantos otros compañeros, la gran mayoría de los cuales no está entre nosotros. Después están los elementos técnicos de la literatura: la escena del secuestro, con diversos planos, un espectador ajeno, el vértigo, da la sensación de participación al lector, pero son trucos.

—Tucho muestra una prosa sesgada por la poesía, ¿siente que influye su condición de poeta a la hora de escribir narrativas?
—Mucha cuenta no me doy acerca de cómo es el pespunte. Me intereso por la claridad expresiva, por hacer decir a las palabras tanto como son capaces, por hacer una cama intacta para que sobre ella caigan las cosas atroces. Trato de escribir textos que me gustaría leer si no los hubiese escrito yo. Sin dudas, una larga cantidad de años escribiendo poesía y publicando libros del género influyen. Pero me parece que hay que tener el cuidado, la precaución, cuando se escribe novela, de no buscar el verso del poema. Hay poesía en frases muy simples y muy literarias a un tiempo. Imagináte a un médico de guerra diciendo: “Mis heridos se curan mejor cuando se los mira…”,  ¿entendés?

Nota Publicada en la Revista 30 Días



Vignoli: “Quiero tocar el cuerpo del lector”

Poeta, narradora, crítica y ensayista, la rosarina Beatriz Vignoli pone en funcionamiento en su último libro de poemas una poderosa maquinaria de palabras que conmueven y sacuden al lector, en un tono que ella define como histriónico y teatral.
Beatriz Vognoli - Foto: Marcelo Masuelli



Graciana Petrone
Los poemas de Lo gris en el canto de las hojas (Baltasara Editora), de Beatriz Vignoli, son una suerte de construcción y reconstrucción de instantes sublimes o etéreos, de personas que de alguna manera dejaron marcas y también de luchas colectivas. Así, “Albada”, “Refinería” y “Jironada” –cada una de las secciones del libro–, abordan contenidos tan diversos como el mundo, a los que la autora convierte en versos casi mágicos.
En “Albada”, Vignoli reúne poemas de amor. En la segunda parte, muestra un mundo más particular con la claridad suficiente para permitir las apropiaciones por parte del lector. Finalmente, “Jironada” es un tejido de palabras que suceden con la cadencia de un llanto cuando dice: “Pensaste que tus colores te salvarían. / Pegabas los pedacitos del desastre. / Confiabas en tu caja de colores”.
En su afán también por humanizar lo inanimado la avezada poeta, narradora, crítica y ensayista pone en funcionamiento una poderosa maquinaria de palabras que conmueven y sacuden al lector. El resultado: un cimbronazo seco, similar a un espasmo, a una advertencia o acaso sea una inusitada forma de contar la importancia que, para los argentinos, cobraron los objetos (en desuso o en valor) tras la crisis de 2001.
—¿Cómo aborda usted la poesía?
—Para mí la poesía siempre está relacionada con la experiencia vital. Cuando digo experiencia no me refiero a que el poema narre una anécdota o un hecho biográfico de mi propia vida. La anécdota, si la hay, puede provenir de los medios, de una noticia o una crónica de vidas ajenas, siempre hay experiencia en un sentido amplio. Por ejemplo, en la resonancia afectiva de encontrarme con esas historias o asumir el sentido político que puedan tener. También es importante para mí el trabajo con el lenguaje, trabajar la materia sonora del lenguaje tanto desde el punto de vista del ritmo o los sonidos de cada letra y de cada palabra.
—¿La poesía es un género que facilita más que otros la apropiación por parte del lector?
—Busco expresar, sobre todo en poesía, en un lenguaje que tenga…no puedo decir universalidad porque es algo bien argentino, pero no se me ocurre otra palabra. Trato de que el texto que termina siendo un poema tenga sentido para cualquier lector que mínimamente comparta el mismo universo de referencia. En este libro hay un poema largo que se llama “Telegrama”, está dividido en varias partes. Presento una reescritura muy tardía de una serie de poemas cuyo detonante fue la crisis del diario El Ciudadano, allá lejos, hace unos años atrás, y una parte del poema hace referencia explícita a esa situación. Quise darle otra amplitud y contar la historia de cualquier persona que pierde su trabajo. Hasta se podría ampliar y llevar a alguien que pierde algo, como el I Ching; el poema para mí tiene algo de profético, el lector le pone el sentido, se apropia, dice “Esto es para mí”. Por eso, digo universalidad como una singularidad.
—La sección “Refinería” tiene que ver con el barrio de Rosario pero también con el tema del trabajo…
—La segunda parte se llama así porque en esa sección hay un poema que se llama justamente “Refinería” y me pareció una buena idea, agrupar, alrededor de ese poema, los que tuvieran que ver con el mundo del trabajo y también con algo del pasado de mi familia, con algunos mitos familiares. “El ingeniero” está dedicado a mi padre y a mi editora, que también es ingeniera. “El ingeniero” es uno de los poemas más alegres. “Termotanque” también tiene que ver con el pasado familiar, siguió el mismo proceso de “Telegrama”, es una especie de remake. Son fragmentos que tienen que ver con los objetos y con lo que significa afectivamente para alguien tener ciertos objetos. Lo había empezado a escribir por la época de la crisis, 2002-2003. Produje mucho en esa época.
—¿En “Albada” aborda cuestiones más personales?
—Albada es un género musical de la región de Aragón que se usa para convocar a los labradores. Los poemas de “Albada” los escribí en una época que tenía problemas para dormir, me despertaba siempre a las cinco de la mañana y el tema de las horas era una cuestión que me parecía interesante para trabajar. Para mí fue cubrir esa franja de tiempo en que no dormía, cubrir el amanecer. Yo vivo en frente de una plaza y salir y esperar el amanecer era maravilloso, venían los rayos desde el este sin obstáculos. En esta sección están, además, los poemas más líricos, los más dramáticos pero en el sentido del drama teatral. Son poemas para decir en un escenario.
—Y “Jironadas”, como el nombre indica, ¿es una especie de miscelánea?  
—Hay un poema que se llama “Jironada de mar” que tiene que ver también con la tapa del libro. Es un collage de Adolfo Nigro, quien había hecho un collage, especialmente para mí, con colores que él dice que relaciona conmigo. Cuando hace collages Adolfo Nigro procede como un surrealista muy genuino. Es como una inspiración que le sobreviene y junta todo. Son como poemas que forma con estas tiras de papel y Hugo Padeletti fue quien llamó Jironadas a esta serie de obras de Adolfo Nigro. La primera de estas obras la hizo en Estados Unidos, cuando le llegaba el correo basura con propagandas y eran unos papeles muy buenos. Es algo muy bello, parece como las hojas del tabaco cuando las ponen a secar.
—¿Cómo le afectó la crisis de 2001?
—Sufrí más o menos lo que sufrió todo el mundo, que es decir bastante. En ese momento buscaba cómo podía aprovechar eso para la poesía y encontré el tema de los objetos porque me permitió relacionarlo con proyectos modernos de la poesía latinoamericana, como las Odas elementales de Neruda. En esa época yo tenía una idea muy programática de la poesía, me impresionaba esa cuestión de las ferias americanas, la gente que se desprendía de sus cosas. Porque fue un momento de mucha miseria y se me ocurría que con esos restos caídos de las vidas humanas se podía generar algo. Sobre todo, por el valor que cobraban cada una de esas cosas de las que la gente se desprendía.
—Su poesía está en continuo cambio, como adaptándose a los nuevos contextos sociales, políticos y económicos…
—Hay una especie de compromiso entre la lírica y el objetivismo que se fue dando solo. Yo había asumido las prohibiciones objetivistas que eran prohibiciones casi como la ley de Moisés. El primer mandamiento dice “No usarás la primera persona del singular” (risas) y el segundo mandamiento es “No hablaré de mí”. Ya en 1999 estaba asfixiada por esos condicionamientos. Escribí un solo libro bajo esas normas y sentí que un segundo no iba a poder hacer, entonces por suerte me pude distanciar un poco.
—Pero sobrevivió a esas etapas, sin duda…
—El otro mandamiento de  la sobriedad objetivista era no usar adjetivos calificativos. Es más, ni colores podías usar en algún momento. El desafío era romper con esos mandatos y no quedar fuera del campo de la poesía. Una especie de trabajo interno para desarrollar un lenguaje propio, entonces, cada paso que yo daba en dirección a ese lenguaje propio me alejaba de ese rigor dogmático-estético. En Soliloquio utilicé algunas estrategias pero después no. Dije: “Esta es mi poesía”.
—¿El peso que tiene la palabra de Beatriz Vignoli como crítica literaria la perturba o limita a la hora de escribir?
—Para nada, porque nunca me paré en ese lugar. Qué soy yo para los otros para mí es un enigma. No sé por qué pero no lo asumo subjetivamente a ese lugar. Sospecho que puedo serlo para los demás, pero si me lo dicen no lo creo o no lo termino de creer. No me siento representada por esa función, no sé qué tipo de repercusión tienen las notas que escribo. Mi sujeción es estar como afuera, al margen, siempre empezando, siempre yéndome. A lo mejor eso responde a tu primera pregunta, puede ser una secuela de la crisis, a lo mejor algo de mí se quedó ahí.
—¿Cómo es su relación con la literatura y qué busca con cada poema?
—La relación que yo tengo con la literatura, que no es lo mismo que la escritura, es muy parecida a lo que en esta época se considera la relación ideal en dos personas, eso de ir fluyendo. No parece porque en el poema hay un despliegue como de gritar. Yo quiero tocar el cuerpo del lector. Ahí tenés un título (risas). Es eso lo que busco con un poema, como las canciones de Nirvana y en la voz de Kurt Corbain cuando dice: “Te juro que no tengo un revólver”. Es una voz que está tratando de desintegrar al que lo escucha. Quiero escribir así,  quiero que suene así, como la voz de Kurt Corbain. Es tan histriónico y a la vez tan teatral.
—¿A qué poetas lee?
—La poesía tiene que pasar la prueba de la relectura. Un contemporáneo que no dejo de releer es Leandro Llull. En este momento, para mí es el mejor poeta vivo de Rosario, tiene una poesía completamente universal y atemporal. Produce el impacto de un clásico instantáneo que tiene el efecto de que lo volvés a leer y no se gasta, sobre todo en su segundo libro Horas menores que, para mí, es en donde toma esa consistencia. Leí mucha poesía siendo adolescente y a muchos poemas los sé de memoria, los tengo en la cabeza. A veces los evoco, como a los Poemas del gran río, de Felipe Aldana o algunos de Beatriz Vallejos, Hugo Padeletti o Edgar Bayley cuando dice: ‘Una jarra de vidrio verde es todo lo que tengo/ pero la conozco bien”.
Nota publicada en el diario El Ciudadano

martes, 8 de abril de 2014

Malevos que ya no son


Graciana Petrone


Cuando paso por la puerta de lo que alguna vez fue el Olimpia siento que una mano me aprieta la garganta. Trato de evitarlo pero a veces doblo por Maipú sin darme cuenta y me sorprenden los pizarrones verdes colgados en la puerta que dicen: “Café La Virginia x 200, a 14.90”. Pero una mañana sentí un impulso que me hizo perder el miedo y entré. Cualquiera que me conozca un poco seguro habría pensado que estaba por comprar un puñado de pasas de uva con chocolate, porque donde funcionó Los 20 billares (o el Olimpia) hoy abre sus puertas cruel e irreverente la sucursal de una bombonería de medio pelo.
Cuando entré, caminé por primera vez por el mismo suelo por el que anduviste y repetía en silencio eso que escribí en una noche de invierno del ‘89: “Si pudiera besar tus pies/o al menos el hueco que dejan tus pasos”.
Qué ironía. Hace más de veinte años, cuando te veía pasar, se me venían a la mente los versos de Alejandra (Pizarnik): “Es tan lejos pedir/tan cerca saber que no hay”. En cambio, esa mañana en la bombonería supe que mis viejos poemas fueron premonitorios porque caminé sobre tus mismos pasos, entre las góndolas que no hacían más que ocupar el espacio de las mesas en las que vos jugabas y en las que yo te veía jugar, de lejos, desde la vereda de enfrente como quien no quiere levantar el avispero porque ese no era un lugar para mujeres, no señor, de ninguna manera. La entrada nos estaba prohibida.

Y me acordé del humo del cigarrillo formando en la penumbra nubes blancas abajo de las lámparas. Porque las únicas luces que se encendían eran las de las mesas y cuando las partidas de casín no se abrían las luces tampoco se prendían y el lugar parecía todavía más lúgubre y sombrío. Aunque vos lo iluminabas, tenías un aura especial, siempre la tuviste.

Fueron cerrando los billares y quedaron unos pocos. En el de san Martín y Montevideo todavía se juntan algunos de los muchachos. Pilo, el Muñeco y Castillo se fueron. A Beroiz lo mandaron a matar por una interna, como en los ’60. Al Polaco lo balearon en la puerta de su casa y aunque no estuviste para verlo, murió como un guapo. También se fue el flaco Rifel. Me acuerdo que un verano antes de que vos te fueras trajo a Orlando Paiva a bailar al club de mi barrio. Era una noche de calor. En un momento la pista se llenó de parejas cuando sonó Mala junta y entonces te busqué, pensando que podías estar entre la gente. Pero volví a casa, una vez más, sin poder encontrarte. 
Al invierno siguiente lo crucé al flaco una tarde en el bar del Centre Catalá, loco por el tango como era sacó su compatudara portátil y me hizo escuchar una versión de Marión, sólo instrumental e interpretada por una orquesta francesa (que por supuesto no me acuerdo cuál era).

Yo supe esa mañana, antes de entrar en la bombonería, que los recuerdos se aparecerían sin preguntar y fue entonces que con desfachatez las estanterías, llenas de dulces baratos, me obligaron a resucitar toda clase de fantasmas: los muchachos, las noches de casín, tus pasos, Alejandra, mis viejos versos y Marión sonando en la computadora del Flaco. 

Caminé hasta la puerta. Los gritos y bocinazos de un taxista al que el semáforo en rojo lo dejó medio camino y el  viento helado y seco de agosto me devolvieron a la realidad de un sacudón y supe, que adentro había quedado el pasado.
Respiré hondo. Después de sacudir los pies en una alfombra que nunca exisitó juré no volver a entrar nunca más y me fui por Maipú cantando bajito el estribillo de esa vieja canción de Luis Rubinstein: “Quiero que sepas, corazón, que jamás te olvidé”
Graciana - Rosario - Junio de 2011.
En memoria del Hugo.

Tcherkaski. Escribir sin perder el origen

El poeta, periodista y autor de canciones, José Tcherkaski presentó en Rosario su último libro. Con particular sentido del humor habló sobre la génesis de este texto y rememoró los tiempos como letrista de los temas de Piero.

El periodista y escritor se anima a la poesía

Graciana Petrone

José Tcherkaski, poeta, periodista y autor de muchas de las canciones más emblemáticas de la música popular argentina de los años 70 presentó en Rosario su libro La palabra ínfima. Coherente con su título, se trata de una serie de poemas y relatos breves en donde las frases no sobran; por el contrario, con versos escuetos y cuidados pone de relieve todo aquello que se manifiesta inasible.

Así, el tacto aparece cuando dice: “Salvaje el dolor / penetra el cuerpo”. También los sonidos toman una consistencia inusitada mientras describe: “El viento suena / con el virtuosismo de un blues”. La palabra ínfima es, además, el nombre de la primera parte del libro. En la segunda, a la que tituló “El alma en llamas”, el autor aborda en unos pocos poemas el vacío y el dolor que dejó la última dictadura militar y asegura: “Ya nada será igual”. El último segmento es “Brevedades” y está constituido por pequeños relatos en los que no faltan los amigos, los bares de Buenos Aires, la noche o la música. En diálogo con El ciudadano, Tcherkaski, quien es un avezado cronista, habló sobre la génesis de la obra publicada.

Con su particular sentido del humor también rememoró algunas anécdotas de los tiempos en que compartió las giras artísticas con Piero, quien hizo famosas sus canciones.

—¿Por qué el título La palabra ínfima?
—Es un libro que me llevó muchos años de elaboración y corrección pero tiene una historia muy interesante relacionada con mi hija Sol. Ella es una nena de discapacidad absoluta, que no habla y no hace nada, sólo mira. Una tarde estaba conmigo en mi lugar de laburo y me di cuenta que ella no necesitaba de ninguna palabra ni de ningún gesto para hacerse entender. Ahí entendí que la palabra era absolutamente secundaria, fue como un mundo inesperado. A partir de eso es que empecé a abreviar el contenido del libro y por eso se llama La palabra ínfima.

—Muchos escritores padecen la corrección de sus propios escritos, ¿cómo fue ese proceso?
—No sufro. Yo soy consciente de lo que sirve y de lo que no sirve, lo que no quiere decir que tenga razón, sólo hablo de mis gustos. No padezco tampoco escribiendo, puedo escribir sobre una cosa muy sufrida pero creo que hay una relación muy esquizofrénica entre mis escritos y yo.  No soy Kafka, lejos estoy de compararme con su talento; me refiero a que él era un tipo que sufría o se revolcaba por el piso. A mi material lo leo, releo, lo elaboro y no tengo piedad frente al texto. No siento que estoy destruyendo nada sino cuidando la idea que tengo en la cabeza.

—¿Se siente más cómodo con la poesía o con la crónica?
—Soy muy cuidadoso y muy obsesivo. Es mi primer libro de  poemas y no creo que haya otro. Hay un comentario de Roberto Juarroz, que cito en una de las páginas, y cuento que él me dijo: “No se preocupe si no pasa nada más”. Y el tipo tiene razón. No me siento más liviano ni más complicado escribiendo versos o crónicas. Tengo una relación muy marcada entre lo que escribo y lo que soy, no pierdo mi origen.

—¿Cómo recuerda los años de auge de sus canciones?
—Fue una buena experiencia. Se pudo crear un espacio interesante dentro de la música popular. Yo hice tres, cuatro, cinco o seis canciones, eso no importa, lo que creo es que valen la pena y que marcaron una época y también a las generaciones de las décadas del 60 y 70. Ahí aparecen Miguel Cantilo, después Charly y León Gieco que son una camada de compañeros de ruta. Después cada uno tomó su camino, lo que es lógico.

—¿A qué cree que se debió el éxito que tuvieron las letras suyas que interpretaba Piero?
—Habría que ver un poco algo que antes me preocupaba pero ahora más que antes, se trata de analizar sobre qué tradición trabajamos en nuestra propuesta de música popular. Creo que acá hay una zona turbia cuando el tango se interrumpe por la caída de Perón en 1955, donde había una poética  fundamental. Había una gran poesía, todavía subestimada, como la de Cátulo Castillo u Homero Manzi y muchos más, que se frenó y derivó en lo que hacíamos nosotros.

—¿De joven escuchaba tango?
—Yo vengo de una casa en la que la radio era un elemento fundamental, la radio fue mi escuela y lo digo con mucho orgullo, pero aún así, creo que nosotros no teníamos mucha información sobre el tango. En los 70, cuando estaban Charly García, León Gieco o Víctor Heredia y muchos más, creo que había cierta confusión entre el folclore y lo ciudadano. Esa confusión fue la que produjo la retórica o la poética de las canciones. Hay muchos libros hechos en donde se dice que nosotros cambiamos la música pero en realidad no cambiamos nada. Sí es cierto que hubo canciones que fueron apropiadas por la gente y están instaladas en el inconsciente colectivo.

—¿Cuándo empieza la relación Piero-Tcherkaski?
—Allá por finales de los 60. Éramos amigos y nos juntábamos en La Perla, un bar del barrio del Once, en Buenos Aires. No teníamos un mango, después empezamos a ganar algo de dinero, aunque no demasiado. Cada uno sabrá cuál es su cuenta pero yo en lo personal no tengo un mango. Había una cosa muy sana de fluir y no pensar tanto en lo comercial, era distinto. Piero fue una figura muy popular en toda América, incluso en Italia, pero éramos tipos comunes a los que no nos mareaba nada. Sandro también era igual. Muchas veces cuando Piero entraba después de él decía: “Bueno, se fue Sandro y entra Roberto”. Esa separación creo que la fui asumiendo y por eso esa distancia entre lo que hago y lo que soy. Algunos podrán decir que tengo un pensamiento muy sofisticado pero creo que es al revés, me gustan las cosas simples.

—¿Cómo compusieron el inolvidable tema “Mi viejo”?
—Con Piero lo hicimos cuando yo tenía 25 años, ahora tengo 70, aunque en realidad lo escribí cuando era adolescente y se llamaba “A mi padre”. “Mi viejo” tomó partes de eso y Piero siempre tuvo una confusión y es que decía que era sobre su papá y en realidad es sobre el mío. Parece una discusión de niños pero es la verdad. Lo que nunca me imaginé es que iba a ser una canción tan totémica con la repercusión que tuvo y tiene. Mi madre, que no creía mucho en los dones que yo tenía, un mediodía me dijo: “Nene, andá a la comisaría y decí la verdad porque con esto vas a ir preso”. Pensaba que había cameleado que la había escrito yo y ella, queriendo cuidar mi libertad, me aconsejó que fuera a la Policía.

Entre medios y canciones
José Tcherkasky es escritor y periodista. Trabajó, entre otros medios, en el diario La Opinión, Clarín, El Tiempo Universal, Editorial Cambio16 (España y Colombia) y Editorial Rizzolli (Italia y Argentina) y fue secretario de redacción de la revista Siete Días. Entrevistó a todo tipo de personalidades del arte y la cultura universal, entre ellos a Peter Brook, Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Lucas Demare, Mario Vargas Llosa, Federico Fellini y Juan L. Ortiz, entre otros varios grandes nombres. Es autor, además, del exitoso tema “Mi Viejo” y otras canciones como “Pedro de nadie” o “Juan Boliche”, que el cantante Piero hizo famosas por todo Latinoamérica y Europa. También dictó una serie de cursos en el Centro Cultural Rojas, en Buenos Aires; fue productor discográfico y autor de casi una veintena de libros entre biografías, ensayos y crónicas. La palabra ínfima es su primer libro de poemas.

Nota publicada en el diario El Ciudadano

Rubén Pron, al rescate de historias personales

"Crónicas contra el olvido es el título de la trilogía que reúne, hasta ahora, dos libros en el que el periodista Rubén Chacho Pron pone de manifiesto las historias de tres militantes desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar.


El periodista Rubén Pron durante la presentación de los libros en El Trébol

Graciana Petrone

Crónicas contra el olvido” es el título de la trilogía que reúne, hasta ahora, dos libros en los que el periodista Rubén Chacho Pron rescata la historia de tres militantes desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar en la Argentina. Carlitos y Mary, publicado en 2013, y Alicia, que vio la luz en marzo de este año, representan una valioso aporte para la construcción del pasado reciente en el país y, en especial, para la comunidad de El Trébol, ya que allí vivieron las víctimas hasta que emigraron a otras ciudades del país para realizar sus estudios universitarios, al igual que el autor de estos relatos.

A través de documentos, cartas, fotos, citas bibliográficas y también testimonios de familiares y amigos el autor indaga en la vida de Carlos Alberto Bosso, María Isabel Salinas y Alicia Raquel Burdisso. Así, traza un recorrido que empieza prácticamente desde su infancia para llegar a cuándo, dónde y cómo fue que decidieron ser parte activa del cambio que se vislumbraba en el país en los convulsionados ’70.

Las tres personas desparecidas militaban en distintas corrientes partidarias. Pron  asegura que si bien compartía algunos ideales no tenían una actividad política en común, aunque sí mantuvo con ellos una relación fluida cuando fundó en El Trébol el periódico Semana Gráfica, ya que Carlos y Alicia fueron colaboradores.

“Era una publicación de carácter más bien contestatario —recuerda— y la mayoría de los redactores eran jóvenes de la localidad. A Alicia la traté solamente seis veces, desde mediados de 1969 hasta fines de ese año cuando se fue a estudiar a Tucumán. Después, nunca más la vi”.

Carlos y Mary

Carlos tenía un futuro prometedor. Según apunta el periodista en su libro, “era reflexivo”, una de las tantas razones que lo convirtieron en un ser muy querido dentro de la comunidad trebolense. Apenas terminó el secundario viajó a la capital provincial e ingresó a la Universidad Nacional del Litoral para estudiar Ingeniería química. Allí también conocería a María Isabel Salinas quien sería su esposa y la madre de Mariana, la única hija de ambos.

Pero el joven no pudo recibirse. Mientras militaba en Montoneros y le faltaba sólo una materia para terminar la carrera, debió dejar la ciudad de Santa Fe, perseguido por la Triple A. Se radicó junto a su esposa en Rosario donde vivieron un tiempo en la clandestinidad hasta que el 17 de septiembre de 1977 el matrimonio fue secuestrado y con ellos también la beba. “Los cuerpos de Carlos y Mary fueron encontrados en un predio militar de Laguna Paiva, que además fue el primer predio de enterramiento clandestino que se encontró en Argentina”, señala el periodista.

Tal vez porque todos sabían de la existencia de Mariana, o como indica Pron en su trabajo, que posiblemente los detenidos hayan negociado la restitución con sus captores, es que la niña le fue entregada un domingo a su familia paterna. Hoy tiene 36 años y es a quien el autor le dedicó el libro que cuenta la historia de sus padres, vilmente ultimados por el terrorismo de Estado.     

Quién sabe Alicia, este país

Alicia Raquel Burdisso nació en El Trébol. Los testimonios recogidos por el periodista apuntan que desde chica tuvo un perfil bajo y que mostraba más interés en la lectura que los demás chicos de su edad. Cuando terminó el secundario eligió la ciudad de San Miguel de Tucumán para estudiar periodismo, aunque después se cambió a la carrera de Letras. Allí comenzó una militancia social primero y posteriormente ingresó al Partido Comunista.

“Llegó a niveles impensados dentro de la estructura orgánica para una mujer tan joven. Con 25 años fue presidenta de Unión de Mujeres de la Argentina, fue además secretaria de prensa del comité provincial de Tucumán del Partido Comunista y también tenía  militancia gremial en ATE (Asociación de Trabajadores del Estado)”, dice el autor.

Tras un detalle minucioso que reconstruye los momentos de la vida de Alicia en El Trébol, y también en la provincia norteña, Pron relata que una mañana gris de otoño de 1977 la joven “fue levantada por los policías de civil del Servicio de Informaciones Confidenciales (SIC), un organismo paralelo al Departamento de Inteligencia de la Policía de Tucumán mediante el cual las autoridades militares de las dictaduras ejecutaban las detenciones clandestinas de las personas que pasaban a ser desaparecidas”.
Los títulos de la colección de Crónicas contra el olvido constituyen un valioso material que aporta elementos desconocidos sobre los militantes. “Siento que no presenté libros sino a tres personas”, dice el autor, para concluir: “Yo tenía con Carlos y Alicia el compromiso personal de rescatar sus historias”.  

Tercer título contra el olvido

Rubén Chacho Pron trabaja actualmente en la reconstrucción de la vida de Luis Alberto Tealdi, militante desaparecido, ligado a El Trébol, que llegó a la localidad santafesina cuando era adolescente, en la década del ’30.

El periodista señala que Luis tuvo una presencia relevante en distintas actividades gremiales: fue fundador del Sindicato de los Lácteos en los años 40 y después trabajó como administrativo en el hospital local cuando pasa a manos de la provincia luego de que es intervenida la Sociedad de Beneficencia, que había creado el centro de salud.

Otros aspectos de la vida del militante referidos por Pron, es que se fue de El Trébol en 1959 con rumbo a Mendoza. “Alí puso un negocio aunque no le fue demasiado bien y es por eso que decidió radicarse en Campana, provincia de Buenos Aires, donde un cuñado le consiguió trabajo en una fábrica siderúrgica”, dice.

Al igual que Carlos, Mary y Alicia, Luis fue secuestrado en 1977, aunque su historia se diferencia la de los jóvenes ya que al momento de su desaparición tenía cerca de 50 años. La vida de Luis Alberto Tealdi será el tercer título de la colección Crónicas contra el olvido, que el periodista tiene previsto presentar en El trébol el próximo 24 de marzo, en el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia.

Nota publicada en el diario El Ciudadano 

domingo, 10 de noviembre de 2013

Rafael Ielpi reeditó su primer libro de poemas luego de casi 50 años

Graciana Petrone

Dice el autor: “Que nuestro vicio absoluto sea ese: la despiadada lucha sin tregua”.




Volver al primer amor y a la escritura inicial fueron algunos de los motivos que llevaron a Rafael Ielpi a reeditar su poemario “El vicio absoluto”, que vio la luz en 1966 con el sello Biblioteca Popular Constancio C. Vigil. Hoy, la obra está nuevamente en las librerías de Rosario, aunque con un plus: fue presentada en el marco del Festival Internacional de Poesía, realizado a fines de septiembre en la ciudad, ocasión en la que también el autor recibió un homenaje por parte de sus colegas y seguidores. “Fue una especie de gran conmoción interna, un derechazo adicional que me pegaron”, dirá después el narrador, historiador y poeta, que además se confiesa “renuente a las efusiones líricas y afectuosas”.

— ¿Los escritores tienden a olvidar su primer libro en vez de rescatarlo?
— Hay ejemplos históricos de escritores que denostan su primer libro o descreen de su primer libro. No es mi caso, no es que digo que no lo hubiera vuelto a escribir sino que, con el paso del tiempo yo pensé que era muy primerizo y quizás no tuve noción real si tenía valor o no ese corpus poético que yo había publicado. Además, incluía algunos poemas que hice cuando tenía 19 años.

— ¿Qué cambios tuvo su poesía a partir de ese primer libro?
— Me fui olvidando un poco de ese primer libro y mi poesía fue derivando hacia otra cosa, mucho más narrativa. Algunos dicen que era más interesante aquella poesía más contenida y sintética de mi primer libro (risas), después me dediqué a una poesía más pro prosística, como lo que alguna vez hizo Saer. En esa búsqueda me olvidé de mi primer libro. Ahora, verlo reeditado, incluso por impulso de mucha gente que me dijo que valía la pena hacerlo, para mí fue una especie de gran conmoción interna porque yo hacía muchos años que no escribía poesía y en el último año volví a escribir y me di cuenta entonces que ese primer libro tuvo gran valor para mí.

— ¿Qué opina acerca de lo que se habla hoy acerca de que El vicio absoluto sentó de alguna manera las bases de la poesía actual en la ciudad?
— La reedición y un homenaje, coincidentemente con el festival de poesía es otro derechazo adicional que me pegaron. Soy muy renuente a las efusiones líricas y afectuosas también (risas), pero me pareció muy importante. Eso de que hay una generación posterior que se ve reflejada o antecedida en ese libro es también muy importante. Los voy a nombrar porque son poetas que yo quiero y valoro como Eduardo Danna, Hugo Diz, Jorge Isaías, Jorge Ibañez, Oscar Piccione, que son contemporáneos e incluso un poco más jóvenes tal vez.

— ¿Con qué debe contar una buena poesía?
— Siempre peleé porque la poesía no dejara de lado cierto lado coloquial, aunque no es el caso de El vicio absoluto que es un tanto más ceñido, pero yo después tendí a una poesía más conectada con la realidad. A mí la pura fracción no me gusta. La poesía metafísica la admiro en Rilke pero no para practicarla. Creo que estos tiempos exigen una mirada distinta sobre lo que pasa en el mundo ya dentro de uno mismo también. Después de la reedición del libro he intentado volver a sentarme a escribir y a reflexionar sobre lo que es el fenómeno poético, que es algo muy complejo. La narrativa me deslumbra mucho pero la poesía me produce un estado diferente. Me parece como que exige mucha más complicidad. Hay gente que es inmune a la poesía, no tiene costumbre de leerla, no le gusta y por ahí sí lee cuentos o novelas.

— O como dice Jorge Isaías: “Los libros de poesías no se venden porque los libreros no los ofrecen”…
— Puede ser, o no los recomiendan y hay poetas que son muy recomendables para ciertas edades. Yo no denosto a Neruda por ejemplo, creo que para un adolescente es necesario y le toca cierta fibra por una cuestión cronológica. Mario Benedetti también, y hablo de los jóvenes porque es el sector más desvalido de la lectura, posiblemente no lean una novela de 300 páginas y entonces comenzar con estos poetas es una aproximación a la lectura. Por eso son tan importantes los cuentos porque la gente los lee más que a una novela.      

— ¿Se puede hablar de una poesía de Rosario?
— Rosario ha sido una ciudad de muchas generaciones de poetas, más que de narradores. No quiero ser peyorativo con nadie pero no hay grandes narradores, están Jorge Riestra, Angélica Gorosdicher, Ada Donato, Gloria Lenardón o Alberto Lagunas y creo que ahí hay que parar de contar. Pero sí hay muchos poetas. Siempre nos reímos con otros escritores amigos cuando intentan rotular a la poesía de Rosario como si fuera un movimiento, cuando en realidad es muy diverso todo. No es como la poesía del noroeste que escribían más o menos similar como Dávalos o Castilla, acá somos muy distintos todos. Lo que sí hay es una gran corriente de generadores de poesía y muy jóvenes e incluso hay una nueva forma de lectura poética. Lo he visto en el festival, muchos hacen perfomances cuando leen y creo que es una nueva manera de expresar la poesía.

— ¿Por qué El vicio absoluto?
— Uno de los versos del libro dice: “Que nuestro vicio absoluto sea ese: la despiadada lucha sin tregua”. Me pareció acorde, me gustó y así lo titulé.

Tapa de El vicio absoluto
Biografía
Rafael Negro Ielpi (1939) nació en Esquel, provincia de Chubut. Vive en Rosario desde los 10 años. Fue traductor de poetas brasileños como Vinicius de Moraes, Manuel Bandeiras y Carlos Drummond de Andrade. Dirigió junto a Aldo oliva y romero Medina la revista “El arremangado brazo”. Otros de sus poemarios fueron “para bailar esta ranchera”, El vals de Hermelinda”, “Viajeros desterrados” y “Días de visitas”. De gran trayectoria periodística y artística, el escritor es reconocido por sus trabajos de investigación sobre la historia de Rosario. Desde 2003 dirige el Centro Cultural Fontanarrosa.  “El vicio absoluto” es su primer libro de poemas.       

lunes, 4 de noviembre de 2013

“Nosotros los Qom, llevamos siempre el monte en el alma"

Rolando Edgar Sánchez se dedica a difundir las lenguas originarias entre sus pares del barrio Los Pumitas de zona norte. Llegó a Rosario hace tres años y todos los días realiza su tarea de divulgación puerta a puerta.

Graciana Petrone


El poeta Vilo - Foto Leo Vicenti


En la puerta de un bar, a menos de una cuadra de la Facultad de Medicina, entre el ruido de las bocinas de los autos y el ir y venir de estudiantes con carpetas bajo el brazo, Rolando Edgar Sánchez espera a El Ciudadano. Casi nadie lo conoce por su nombre, todos le dicen Vilo. Tiene 23 años, es más bien bajo, de pelo negro y espeso y con la piel morocha y agrietada. Una incipiente barba le dibuja una marca en el mentón, lleva puesto un pantalón de jeans gastado, zapatillas Nike blancas y una camisa indígena roja. Con su voz suave y sin palabras de más cuenta sobre su trabajo de divulgación de la cultura Qom en el barrio Toba Los Pumitas, de Empalme Graneros.

Vilo es un poeta de los montes. Hace tres años llegó de El Colchón, Chaco. Desde entonces se dedica a difundir las lenguas originarias entre sus pares del barrio en el que también vive. Aprendió el castellano cuando dejó su provincia y sin embargo lo habla casi a la perfección. Justamente, lo primero que cuenta es que por no saber comunicarse se llevó los primeros desencantos. “Se dice qué fue pero no quién”, avisa, para luego explicar que a los pocos meses de vivir en Rosario unos realizadores audiovisuales fueron al asentamiento de la zona noroeste para filmar un documental sobre la comunidad. “Pero hicieron algo que no se tiene que hacer, me usaron mis escritos y los tomaron como propios, los firmaron como suyos”, sostiene, con la mirada fija en algún punto, muy serio y sin encontrar la palabra adecuada para lo que sencillamente se trata de un plagio.

El trabajo de divulgación que Vilo lleva a adelante es cuerpo a cuerpo. Todos los días el poeta camina el lugar y trata de mantener vivas las tradiciones Qom, sobre todo entre los más pequeños. “A veces organizamos clases especiales en la escuela y otras voy golpeando las puertas casa por casa”, dice. Está convencido de que el ritmo de vida de la ciudad puede terminar ganándole a las propias raíces y entonces repite que “hay que hacer lo posible para que eso no pase”. En la mesa del bar, el escritor habla sobre sus experiencias con los chicos y se asombra de la rapidez que tienen para comprender y asimilar conceptos: “Yo les digo, les explico, que por más que vivan en la ciudad la tradición de nuestros ancestros está siempre adentro de cada uno”.

El Principito
El joven empezó a escribir cuando tenía ocho años. Recuerda que una tarde su padre le dio un papel y un lápiz y cuando volvió a la casa le preguntó qué era lo que había hecho. “Yo le dije que nada porque no sabía ni leer ni escribir, entonces me mostró la hoja en blanco y me enseñó que aunque estuviera vacía en realidad estaba llena, porque las hojas son como las personas y nosotros, los Qom, llevamos el monte en el alma. Me quiso decir que esa hoja estaba llena del monte, que tenía nuestras historias”, explica. Cuando aprendió, lo primero que hizo fue contar sobre un anciano de su comunidad que vivía en el cerro chaqueño, lo tituló “La tristeza del cigarrillo para Aníbal”. Durante la entrevista recitaría algunos de sus versos: “Se pasó la vida anhelando que pasara algo maravilloso / y lo único maravilloso que pasó fue la vida”.

Vilo solamente hizo la primaria, en El Colchón, pero dice que le gustaría terminar el secundario, entrar a la universidad y recibirse de la carrera de Comunicación Social. Hace unos meses grabó la voz en off de un cortometraje hablado en lengua Qom y subtitulado en español que fue auspiciado por la Secretaría de Cultura de la Nación. Lleva varios CD consigo. “Justo hoy a la tarde estuvimos en una escuela del centro y pasamos la película. Es sobre un cazador llamado Gerónimo que no tiene para comer y por eso va al monte a cazar animales para su familia pero aprende que al monte hay que respetarlo, porque el monte somos cada uno de nosotros”.

El joven también participó hace unos años, junto a grupos aborígenes de Formosa, Santa Fe y Chaco, en la traducción de “El principito” a las lenguas originarias pero el gobierno de Francia, país de nacimiento de Saint Exupèry, el autor de la emblemática obra, no admitió al Qom como idioma. “Fue algo importante, cada comunidad hacía un capítulo mientras íbamos recorriendo las provincias”, se lamenta, y repite que va a tratar de que vuelvan a hacerlo, “pero esta vez con más fuerza que antes”.

Vilo explica que su trabajo como divulgador no es remunerado, que lo hace simplemente porque que quiere y siente que su deber es mantener intactas las costumbres y el idioma de su comunidad.

Nota publicada en el diario El Ciudadano 

Shopping y Colección de arena: Eficaces escrituras femeninas

Marta Ortiz y Gloria Lenardón, dos autoras de avezada trayectoria, acaban de publicar un libro de cuentos y una novela, respectivamente, donde sobresale el arraigo con el pasado, en los relatos, y una anécdota mínima en el texto de largo aliento.

Graciana Petrone
 
Lenardón y Ortíz - Foto Leonardo Galetto

La serie Narrativas Contemporáneas, de la Editorial Fundación Ross, acaba de publicar Colección de arena –compuesto por una serie de cuentos–, de Marta Ortiz, y Shopping, una novela de Gloria Lenardón. En concordancia con la avezada trayectoria de las autoras, las obras ofrecen relatos de cierta impecabilidad, en los que puede leerse la palabra precisa en cada una de sus páginas. Coherentes con el espíritu del proyecto, los ejemplares se distinguen por su elegancia y el cuidado estético de sus portadas, cuyo diseño e imágenes pertenecen a Cecilia Lenardón.

Encuentros, sentimientos inequívocos, personajes por momentos complejos y un exhaustivo trabajo en la descripción de los ambientes, el vestuario o la coyuntura (aunque también aparece lo aleatorio) son sólo algunos de los elementos con los que Ortiz construye los 23 relatos que forman el libro. “Es una característica mía. No puedo evaluarlo dentro de mi mismo trabajo, pero remitiéndome a lo que muchos me han dicho sobre eso, creo que es parte de mi mirada”, asegura la autora, quien además es una experimentada coordinadora de talleres de narrativa. “Por otro lado –agrega– nunca doy por terminado un cuento hasta que no me satisface a mí, lo que nunca ocurre con la primera versión: hay que retrabajarlo y pulirlo porque muchas veces no están claras las ideas y eso se va develando en la escritura”.

Así, el detalle más ínfimo se convierte en una pieza fundamental a partir de la cual la autora da vida a una narración con fuerte contenido político como es el caso de “Zapatos de fiesta”. En este relato, la protagonista abre un abanico de recuerdos de su época de estudiante universitaria, y escribe: “Mirabas para otro lado, vos y otros miraban más allá de la línea de fuego a pesar de los chicotazos que ennegrecían el ambiente y las corridas también, había que llevar zapatos cómodos, no las botas de caña alta cuando ibas a la facultad (…)”.

En “Lunares de sol sobre el verde del césped del parque”, en cambio, crea un personaje que guarda un secreto atroz y casi como una interpelación al lector apunta en un diario íntimo lo que no se anima a confesar: “Alguien me habló de una cronista guatemalteca, lleva un registro minucioso de esa napas inclasificables que en los libros se llama estupro y en la vida real violación (…)”. En todos los relatos de Colección de arena el arraigo en el pasado, la mujer frente al mundo o los recuerdos de la infancia destrozados por el paso del tiempo son una constante. En cada texto Ortiz hace que se desteja una madeja de frágiles y delgados hilos que se estiran y acomodan a medida que las páginas avanzan.


Shopping
En Shopping, Lenardón realiza un trabajo narrativo en el que se destacan dos aspectos esenciales. El primero es que la novela transcurre en un único momento: cuando la protagonista asiste a la inauguración de un centro comercial a bordo de un viejo Renault 12. El segundo, es el impecable manejo de la palabra con el que produce imágenes en continuo movimiento y situaciones casi agobiantes, llenas de adrenalina, propias de los efectos del consumismo.

Y pese al terreno peligroso por el que puede caminar una trama sin detonantes y basada en lo anecdótico, la escritora mantiene en vilo al lector con maestría. No da tregua. “Me ocupo de la historia en sí, de cómo quiero contarla –explica–, de las dificultades con que me topo; con esta novela quería una anécdota mínima, una voz que fuera y viniera, un poco aquí y un poco allá, y un espacio muy grande donde hubiera amontonamiento, acumulación. Y también mucha distracción”.

El personaje de Shopping es una mujer cuyo único interés aparente es ingresar al complejo y a la que deslumbran el colorido de las vidrieras acondicionadas especialmente para la ocasión, el amontonamiento de gente, los adornos o los fuegos artificiales, mientras cuenta todo lo que ve: “Hay estrellas que revientan en puntos azules que de golpe son rojos, o de un blanco fosforescente”. De a ratos recuerda a su gata Lola, el balcón de su departamento y algunos instantes fugaces de su vida pero de inmediato vuelve a sumergirse en el escenario convulsionado del centro comercial.

Así, la historia de Lenardón transcurre entre una multitud de gente y marquesinas incandescentes, música y cientos de ofertas de productos de los más disparatados por los que la gente se agolpa a empujones para comprar antes de que se acaben. “Cuando quiero escribir una novela – dice la autora–, siempre tengo la sensación de estar metiéndome en un embrollo del que me va a costar salir, y aún más resolver. Con esa sombra encima lo primero que trato de evitar es lo solemne”. Esa parece ser la razón por la que eligió un shopping como escenario. “Porque me aportaba ideas que me divertían, pero hay que ver qué queda cuando se pasa la narración, y cuán dispuesto está un lector a ceder su seriedad”, apuntó.

Ejemplares de colección
La colección Narrativas Contemporáneas, de Editorial Fundación Ross, está dirigida por Lenardón y Ortiz. Debutó con las antologías Mi madre sobre todo y El río en 14 cuentos, a los que le siguieron seis libros más entre los que se encuentran La prueba viviente, de Patricia Suárez; Tirabuzón, de Angélica Gorodischer, y Santos y desacrosantos, de Enrique M. Butti. Las ediciones se distinguen por su cuidado estético y un particular diseño exterior en el que la fotógrafa Cecilia Lenardón crea imágenes que ocupan tapa y contratapa. “Como si se pudiera ingresar al interior del libro por ambos lados”, apuntó Ortiz. La serie, según explican las editoras, busca rescatar “la oferta del había una vez, la diversidad de escrituras, las ideas que se agregan y sus pretensiones, el fenómeno de lo que va y viene, su registro en el idioma. La trasgresión de lo cotidiano: un libro para hoy y otro para mañana”.

Nota publicada en diario El Ciudadano 

miércoles, 16 de octubre de 2013

Derechos Humanos: Maternidad Martin Rosario, madres y héroes

Por Graciana Petrone

Ex presas políticas realizarán un reconocimiento a los trabajadores de la Martin por acciones que ayudaron a reducir el dolor de las embarazadas secuestradas que eran llevadas allí para el parto



No sólo luchar para “que la justicia llegue a todos los responsables de las acciones más atroces que se llevaron adelante durante la última dictadura” en el país, sino también “agradecer a aquellos que desde su lugar contribuyeron a alivianar el dolor de las víctimas del terrorismo de Estado” e incluso, evitar las apropiaciones de bebés. Ése es el espíritu de un grupo de ex presas políticas que hoy a las a las 19, en la plaza Alicia Moreau de Justo, de Rioja y Moreno, realizará la actividad “La madre que nos parió”. Se trata de un reconocimiento a médicos, enfermeros y personal auxiliar de la Maternidad Martin que las atendieron cuando dieron a luz a sus hijos mientras estaban detenidas.

La actividad es una iniciativa de la Comisión Directiva del Museo de la Memoria que contó con el respaldo de la comisión de Derechos Humanos y el Instituto Municipal de la Mujer (IMM). Además, fue declarada de interés por el Concejo Municipal de Rosario, que explica mediante decreto que el objetivo es reconocer a los trabajadores del centro de salud “quienes por sus gestos de dignidad humanizaron el dar a luz de detenidas políticas de la ciudad durante el terrorismo de Estado”.

Durante el acto, las madres  compartirán sus experiencias, se expondrán réplicas de algunos dibujos y artesanías que ellas mismas hicieron para sus bebés mientras estaban presas. “Porque estábamos lejos de ellos y esa era la manera de comunicarnos o estar presentes de alguna manera”, explicó Marta Ronga, víctima del terrorismo de Estado y una de las impulsoras de la actividad. También actuará el grupo Payasos por la Identidad y la cantante Alejandra Manzur, quien nació en la Martin mientras su madre, Marta Bertolino, estaba detenida.

Ronga destacó los gestos de solidaridad de médicos y enfermeras de la maternidad, algunos ínfimos pero que mostraban marcados rasgos de compromiso ético. “No hay que olvidar que las condiciones en las que llegábamos eran infrahumanas para atravesar un parto, y una sola palabra de afecto o simplemente que llamaran a nuestros familiares para contarles de manera clandestina que nuestros hijos habían nacido hacía que la situación no fuera tan angustiante”, dijo.

Una de las mujeres que compartirá su historia es María Josefa Dal Dosso, quien en vísperas del golpe de Estado de 1976 se desempeñaba como abogada de la Unión Obrera Metalúrgica de Villa Constitución. “Es que salimos de la cárcel vivos pero maltrechos”, dijo la mujer, que estuvo detenida desde el 20 de marzo de 1975 hasta mediados de 1979.  Y consideró que en Villa Constitución “se hizo un ensayo de lo que pasaría un año después en Argentina”.

A partir de su detención, la vida de María se derrumbó. Fue derivada a la Jefatura en Rosario y su esposo, a la cárcel de Coronda. Fue en ese proceso que se entera que estaba embarazada. Sólo le permitieron hacerse dos controles médicos y así el 28 de diciembre de 1975 nació María Soledad. “Estuvo conmigo hasta los nueves meses en el Penal Nº 5 de Mujeres. Después me mandaron a la cárcel de Devoto y ahí se hizo cargo mi familia hasta que fui liberada”, dijo. María espera que llegue el momento del acto por el cual retribuirán, al menos de manera simbólica, a quienes ayudaron a las mujeres detenidas cuando dieron a luz. “No tiene que quedar acá, hay que seguir trabajando por el nunca más. Pero nunca, nunca más”, enfatizó.

lunes, 16 de septiembre de 2013

José Pablo Feimann y Horacio González: Debates, medios y erotismo

Por Graciana Petrone
José Pablo Feimann y Horacio Goznález
Antes de presentar en Rosario su libro Historia y pasión. La voluntad de pensarlo todo en el marco de la Feria Rosario Libro y Lectura que se llevó a cabo entre el 9 y el 18 de agosto en el Espacio Cultural Universitario, José Pablo Feimann yHoracio González hicieron algunas apreciaciones sobre las conversaciones que sostuvieron en la Biblioteca Nacional y que luego, organizadas por el periodista Héctor Pavón, se convirtieron en un texto singular donde estos escritores repasan vida y obra en tiempos de convulsión que fueron casi todos los de este país. La charla tuvo lugar en el bar El Cairo, donde Feinmann acaparó sin remedio la atención de los que estaban sentados en las mesas y también de quienes caminaban por calle Santa Fe y se encontraron de golpe con su imagen detrás de la ventana. Hubo quien le pidió sacarse una, dos y hasta tres fotos con él, lo que al mediático filósofo lo puso un tanto incómodo. Luego dirá que esa reacción de la gente es producto de la televisión. En cambio, González mantuvo el mismo perfil bajo con el que habitualmente se muestra en público, pese a que desde hace nueve años es director de la Biblioteca Nacional, el lugar por donde pasaron las grandes definiciones culturales de la Historia Argentina. Distendidos, hablaron del libro que los traía a Rosario pero también de erotismo, cine, política y del devenir de las formas de comunicación en la actualidad.

—¿Cómo surge este libro?
—(JPF) La idea fue de los dos y surgió por una charla que tuvimos en canal 7 a la que titularon “Debate”, para venderla mejor. Porque hoy en día si algo no es debate, discusión o asesinato no vende, aunque todavía no llegamos al último (risas). Salió muy cálido ese programa, claro, es que hace 40 años que nos conocemos. Después de eso Ignacio Iraola y Paula Pérez Alonso, de editorial Planeta, decidieron hacer un libro pero basado en conversaciones. Para eso contrataron a Héctor Pavón, un periodista excelente de Clarín y nos juntamos algo así como 22 horas, algunas veces en mi casa y otras en la Biblioteca Nacional.

—¿Se sintieron intimidados por la presencia del periodista?
—(HG) No, por el contrario, porque ya sea que fuera una presencia más plena o fuera una presencia como lo fue, más sutil, de las dos formas a mí no me hubiera incomodado para nada. Es un libro extraño que sólo se puede hacer teniendo un compromiso previo común, una historia con cercanías y lejanías y un afecto que permanece a lo largo del tiempo, tal como uno cree que son los afectos: entre la melancolía y cierta resistencia a las formas torpes de la modernidad y al mismo tiempo aceptando que el mundo tiene un espacio de calidez en la amistad que creo que permitió hacer el libro. Al principio pensamos en escribir un libro llamado La condición humana y creo que era como una locura (risas).

—(JPF) Serían 20 tomos…

—(HG) A mí no me disgustaría retomar, aunque sea como utopía, eso de “La condición humana”. Hay grandes libros recordables, de grandes autores, con ese título. Si se me perdona esa petulancia a mí me gustaría usar ese título para otro libro.

—Y a usted Feinman, ¿le gustaría haber agregado o cambiado algo?
—(JPF) Otra cosa que se me ocurre es incluir a alguien, no a cualquier persona, a alguien que yo admiro mucho pero que sin duda ahora discutiríamos y que sería Eduardo Grüner. Sería lindo hacerlo con él porque es un tipo realmente muy formado que ha escrito al menos dos libros: El fin de las pequeñas historias y La oscuridad y la razón, este último, sobre la revolución de Haití que es un librazo. Aunque últimamente Eduardo cambió algunas ideas, yo no estoy de acuerdo con el lugar en el que está, pero no con él en sí. Digamos, si él tuviera esas ideas solo sería mejor pero bueno, decidió tenerlas en un encuadramiento político.

—¿Quedaron conformes con la edición?           
—(HG) Un libro de este tipo supone distintos problemas y uno de ellos es, justamente, la desgrabación, que implica, además, tener que tomar una decisión sobre ella. En este caso, el periodista hizo muy pequeñas y oportunas intervenciones en la edición. Eventualmente, una desgrabación literal hubiera incluido los deshechos de la conversación que, si bien pueden ser interesantes, harían infernal la lectura de un libro. La tarea de extirpar ciertos detritos que tiene una conversación en un estado físico brutal es una tarea muy interesante y eso creo que lo hizo Pavón de una manera muy delicada. Cualquier tipo de redacción exige una catarsis, una depuración de la pasión interna de una conversación y el trabajo del periodista me gustó mucho porque está muy poco intervenido.

—Feinmann, en el libro cuenta que empezó a escribir novelas pornográficas siendo un adolescente…
—(JPF) Hacia fines de los 50 yo tenía alrededor de 13 años y entonces venía el cine europeo pero prohibido para menores de 18. Allí podía aparecer alguna mujer desnuda pero en el norteamericano no, porque todavía estaba muy vigente el Código Hays. Marilyn (Monroe) no se desnudaba en ninguna película y tampoco lo hacían ninguna de las actrices que a mí me gustaban. El material erótico era muy pobre y así creé mi propio universo erótico. Yo siempre hago un chiste y es que nosotros nos masturbábamos con la foto de Gabriela Mistral (risas). Playboy no llegaba ¡Qué país de mierda que no llegaba Playboy! Esas revistas entraron acá por primera vez con Cámpora y ese fue uno de los grandes logros de Cámpora. Entró también Último tango en París, era la democracia. También veía mucho film noir, aunque no sabía que estaba viendo film noir. Los western me gustaban mucho y tenía algunos actores favoritos. Llevaba un álbum de cine y a cada película que veía le pegaba el aviso que había salido en el diario y la comentaba. Yo era el crítico de cine. Además, le ponía pesas. Cinco kilos era lo máximo, dibujaba las pesitas y también las escenas de la película, porque había estudiado dibujo.

—Respecto de los medios de comunicación, en su tesis sobre el sujeto comunicacional dice que el consumidor de información construye su realidad en función de lo que le muestran… 
—(JPF) La escribí hace varios años y ahora la voy a publicar en un libro. Siempre va a haber tantas verdades e interpretaciones como medios hayan llegado. Por ejemplo, sobre la tragedia en Rosario, más de un medio le va a echar la culpa al sujeto político que quiera denigrar.

—¿Hay miras de que cambie esa cultura del consumo de la violencia y la agresión?
—(JPF) Va en aumento. Creo que va a ser muy difícil cambiar al periodismo. En España pusieron una foto de Chávez muerto antes de que muriera y me recordó a esa frase de Nietzsche que a algunos les disgusta tanto: “No hay hechos, hay interpretaciones”. Está bien, pero para que haya interpretaciones tiene que haber hechos, no una noticia sin ninguna facticidad que es la mentira total, como el caso de la foto de Chávez que ni siquiera es una interpretación del hecho sino una interpretación sin hecho, algo demencial, un periodismo cegado claramente por el odio. En Página 12, por ejemplo, hay críticas pero no hay odio ni agravios, pero un diario como La Nación, que saca un artículo que compara a este gobierno con 1933 cuando asume Hitler, eso es un insulto.

—(HG) Los medios tienen una elevada capacidad de supresión y eso está producido, en parte, por una tecnología sofisticada, una forma de montaje y edición que es un lugar misterioso en donde se combinan los hechos pero aparece un elemento que ya no son los hechos tal cual como sucedieron. La pérdida de la noción del hecho sucedido es compleja porque evidentemente las interpretaciones hacen a todos los hechos diferentes, pero al perder la civilización la noción de los hechos sucedidos se pierde la idea de objetividad, que también es compleja, y al perderse eso las estructuras de comunicación mundial están obligadas a actuar en función de esa supresión de los hechos y se convierten en el gobierno mundial de la subjetividad.

—Usted González ha dicho en alguna oportunidad que los medios de comunicación siempre jugaron un papel fundamental en la construcción de la identidad colectiva, pero dadas las condiciones actuales eso es complejo…
—(HG) Los grandes medios escritos actuales tienen su correlato con internet, la televisión o la telefonía y suponen algo que aún no vemos con claridad, un tipo de conciencia colectiva que se está construyendo y hay un rasgo antiintelectual muy evidente. La idea del entretenimiento, además, ya no es una idea vinculada a lo lúdico sino a lo siniestro. La pérdida de las lenguas nacionales vulneradas por las estructuras tecnológicas llegará tal vez a formas de vigilancia, de manipulación del consumo que detecte al consumidor con un simple clic en la computadora, lo que es pavoroso. Pero es posible llegar a no ser el consumidor de una mercancía sino la mercancía que algún otro consume. Y a esa estructura, no sé cómo llamarla… ¿Vos, José, cómo la llamaste?

—(JPF) Big Brother panóptico.

Nota publicada en el diario El Ciudadano.