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lunes, 9 de noviembre de 2009


Graciana Petrone

Y aún temiendo que la venganza posea los dominios, jamás desistimos del deseo de esparcir las mieles por el mundo. Profundamente creímos desposeernos de esta esclavitud de vástago y cuanto más aún intentábamos amarnos, resultaba que amanecíamos sobre un lecho de blasfemias.

¿Quién dijo que los atardeceres sin mentiras son perdurablemente eternos...?

sábado, 18 de julio de 2009

DE LA MUJER Y EL TANGO

por Graciana Petrone


Suele proceder con devoción el hombre y la amante misteriosa defendiendo su pasión desenfrenada. ¿Que mítica ciudad bordó el margen incesante de la pena, sinuoso y desbordante con la cara zurda hacia el río…? En qué lecho, a puro puño se estrenó la voz de tango, el que lamenta la huída, la pasión, la pena…
Vástago de mujer, piernas blancas. Rima de tango su lamento. Sucesión de antorchas sobre los tibios pasajes de la sombra.
El beso que se posterga entre oscuros y tibios olores de arrabal. El fango, va cubriendo los parajes de la inocencia. Y la bella, la mujer. La mujer vestida de tango. La bella cruza los puentes señalados para el martirio. Serenamente se desliza por la lentitud deteriorada de sus recuerdos. Dulce, derrota las memorias, cruza impasible los caminos del corazón, para llegar al hombre y desvestirse lentamente de las miradas que la vierten al amor.
Desnuda de música y de voz, con su deseo persistente de anidar sigilosa en la ciudad del silencio, la bella muere entre los telones tangueros de sus lamentos. Y ama y clama, descansa en la historia y se estanca por siempre entre los tibios suburbios de la canción.
la imagen es dentileza de ignacioribelotta.blogspot.com

jueves, 25 de junio de 2009

MARIA LUISA Y LOS CAMINOS AL SOL, Palabras para Oliverio

por Graciana Petrone


“Nunca se extirpó la venganza”, decíamos, mientras desenterrábamos el corazón de un gato de las macetas del patio. “Pero jamás pudimos extirpar la venganza”. Es que suele acudir a nuestras casas con una levedad que nos aturde, mientras que a los atardeceres de jazmines y magnolias, los obliga a danzar junto a un aroma de caléndula, o a la luz de algún amor apenas comenzado, araña con oscura paciencia de sacerdote tibetano y en las portezuelas de alguna que otra casa (con sus jardines descuidados en el frente) sabe abandonar la densa pulcritud de una tormenta.
Pero pese a todo y a toda venganza acaecida en los portales y en las calles, aún puedo distinguir entre el bien y el mal, entre María Luisa y el humo de una chimenea o entre las chicas de Flores y un alud metálico de llaves y sonajas. De la que le haces el amor sobre una nube o a la que deseas, simplemente, por expulsar a borbotones extensos escándalos de sexo sobre sus rodillas.
“Por suerte aún nos permiten caminar con erotismo”, oí decir a un grupo de mujeres reunidas en el patio. “O persistir” -seguían diciendo- “tan solo un instante más con los labios partidos”, mientras claramente observaba como empecinadas, intentaban seguir besando el invierno.
Mi intención es adorarte, lo aseguro, pues después de haberte amado durante extensas noches y continuas madrugadas, devorando profanamente Espantapájaros y Calcomanías, tus libros se postraron ante mí como un conglomerado de esfinges y sepulcros, a los que fue necesario, desde entonces, no dejar de visitar cada domingo.

A tu vértice nupcial,
A la ironía.
A la llaga que la lluvia
Profirió
Con obscenos ademanes
Y al delirio el dolor,
Mueca salvaje,
Que aún no han podido
Desterrar
De este Infierno.


de la serie de relatos Amantes Burlados

LOS NAUFRAGOS

por Graciana Petrone


“Para llevarte conmigo tendría que matarte” - dijo - “y de ser eterno elegiría el mar.” Y la desnudó. Entre olas la fue envolviendo hasta llevarla donde sólo Dios sabrá tanto misterio. Donde la vertiente más profunda anida, sigilosa. La rítmica sed. La marea.
Fue entonces que la amó. Sereno. Sabio. Mientras la bruma eclipsaba cadenciosa el remanso y una música ancestral se esparcía por su piel. Pero de pronto la besó y le cerró los ojos y una humedad pantanosa le cubrió la frente. Oscuras turbulencias acudieron al entierro. Los peces y las olas la besaron breve, pero tiernamente.
Se la suele ver danzar entre los náufragos. Y hay cierto sabor a sal, de inmemoriada mansedumbre en sus labios. Hay un andar descalzo y una voz de mar… vertiginosa y profunda.

viernes, 22 de mayo de 2009

EL ULTIMO EN SU ESPECIE


por Graciana Petrone
Abastecernos, tanto de encanto como de ironía fue la última esperanza. Una llave de acero. Una mano. La última puerta a tocar con la que nos salvaríamos del naufragio.
¡Y en verdad advertimos el crítico momento! Las emociones se nos caían de las manos, se escurrían como si no fuéramos capaces de retener entre los dedos el objeto más liviano.
¿Quién no ha sido cómplice alguna vez, de sus propias carencias? Sabiéndolo, perfeccionándose en el oficio de perdedor, de mazoca invencible o de perro callejero arrojado en el umbral...
¿Quién no ha macerado ese secreto mortal capaz de rebelársenos violentamente? Como lo más riesgoso, como la última y más feroz arma con que se narraría un suicidio: una joya, un bisturí, una infamia…
Aún así hemos vencido y caminado sobre las aceras, los muelles en desuso y ante los cientos de miradas que se abrían como fauces sin piedad. Hemos chorreado sangre y dejado las huellas de algún porvenir nefasto en el camino. Hemos conformado una raza (en verdad hemos conformado una raza), una generación, una enfermedad, un emblema. Nos hemos abocado tenazmente a impedir loa existencia de los espacios en blanco, de los subterráneos y de las medidas de los ríos que solían variar con demasiada frecuencia.
Nosotros, quienes aún no nos hemos resignado al azar y a los desencuentros fortuitos. A que vos y yo, después de todos estos años, aún no tengamos un lugar donde hacer el amor tranquilamente.
Y sobre un tic-tac, una espera pendulando y por sobre cientos de miradas, edificios públicos y esferas zodiacales tus ojos, esparciendo ingenuos tanto encanto como ironía, han sido lo único capaz de impedir el desenlace del último naufragio. De ahí la memoria empecinada en impedir con descaro el ritmo absurdo de los días… Porque estás, sin permitir el sacudón de un espasmo, de un orgasmo a medias, de un “te amo o tal vez no…”.
El último incorrupto. La última esperanza.


Material de la serie de relatos: “Amantes burlados”
Rosario, 1992

miércoles, 20 de mayo de 2009

LA REBELION DE LOS CUERPOS




I
Fronteras, fronteras y fronteras. Hileras de colinas enhiestas entre huellas de sándalos. No pudo más el dolor que su deseo de cruzar a pie el desierto.
Recuerdo el día que decidió emprender su viaje: harta de posibles desencuentros, del eterno ocio cubriendo su piel con la misma vehemencia con que la bruma amalgamaba la sed en los rostros de los marinos, lió sus palabras y abandonó la ciudad.
Una mañana logró ver el rostro del desconocido que había dormido en su cama y en acto de soborno a la infidelidad de sus convicciones, recordó la similitud del zaguán de su infancia con la quietud de las parroquias y los conventos…Un sudor urálgico le brotó de las sienes. Temor de no poder amar jamás. Pánico, sembrado desde la puerta de entrada de su apartamento hasta el retrete.
Y ante el desdén por los incestos, los encuentros mal habidos y los adulterios consecuentes, optó por tomar su brújula y, desembarazada de maletas, boletos y autobuses convulsivos emprendió una romería sobre médanos y dunas.
Acaso el sol resquebrajando sus pupilas o el titular del periódico anunciando una posible rebelión de las aves de rapiña sobre los mamíferos y los reptarios, la obligaron a abandonar sus costumbres mundanas.

II
No hizo más que andar y andar durante días Dedicaba las noches a fermentar de alcohol su cerebro e indagaba en los sueños si habían existido (o si tan solo fue una visión fantasmagórica) las dulces voces que alguna vez supo escuchar. Y a medida que sus pasos adoptaban un ritmo de recluta mucho más lejanos quedaban sus recuerdos.
Jamás perdió la conciencia ni le fueron indiferentes el paso de los atardeceres y las noches. Llevaba uno a una en la cuenta los días, mas su piel no envejecía.

III
La reclusión en su infernal memoria. Deshacerse de la promiscuidad y el manipuleo absurdo de la vulgaridad y el descarte.
Una madrugada, aún amaneciendo, sintió que sus huesos enflaquecían a mayor velocidad que las sirenas de los buques y entonces, el temor de no poder continuar su camino le quitó el habla. Comprobar, estoicamente, que ya no recordaba ni su nombre.


IV
A menudo evocaba los ojos de su amado... ¡Oh claridad y visones estruendosas...!
Como una enorme bola de hierro maniatada a sus tobillos había vagado con el durante siglos, sin embargo una noche antes de la última frontera derramó, en la memoria de su bien, más de mil lágrimas.

V
Dos noches antes de llegar soñó con una infancia ensombrecida pero prometedora... El abisal secreto de su sueño la cubrió de espanto. Acaso el saber indicarnos por nuestros propios medios el camino hacia el cadalso, o arrancarnos la piel de abdomen, a tirones, palpándonos una a una las vísceras, pero manteniendo siempre intacta la cordura o la capacidad de discernir entre la decrepitud y los dones... ¿ No es posible que puedan proporcionarnos aún más invulnerabilidad...?

VI
Se negó rotundamente a que degollaran su pescuezo. En cambio sí pidió que la estaquearan en la arena. El sol, secaría hasta la última gota de su sangre. Tal vez sus huesos se harían polvo, tal vez, sus visones palabras.

DE LA MUJER Y EL TANGO


Suele proceder con devoción el hombre y la amante misteriosa defendiendo su pasión desenfrenada. ¿Que mítica ciudad bordó el margen incesante de la pena, sinuoso y desbordante con la cara zurda hacia el río…? En qué lecho, a puro puño se estrenó la voz de tango, el que lamenta la huída, la pasión, la pena…
Vástago de mujer, piernas blancas. Rima de tango su lamento. Sucesión de antorchas sobre los tibios pasajes de la sombra.
El beso que se posterga entre oscuros y tibios olores de arrabal. El fango, que va cubriendo los parajes de la inocencia. Y la bella, la mujer. La mujer vestida de tango. La bella cruza los puentes señalados para el martirio. Serenamente se desliza por la lentitud deteriorada de sus recuerdos. Dulce, derrota las memorias, cruza impasible los caminos del corazón, para llegar al hombre y desvestirse lentamente de las miradas que la vierten al amor.
Desnuda de música y de voz, con su deseo persistente de anidar sigilosa en la ciudad del silencio, la bella muere entre los telones tangueros de sus lamentos. Y ama y clama, descansa en la historia y se estanca por siempre entre los tibios suburbios de la canción.


(texto seleccionado en la 1ª Convocatoria de Literatura Universal)
Sitio web: www.literaturauniverssal.com