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sábado, 29 de septiembre de 2018

Mi Mundial 78:"Nada que festejar"

En 2018 el equipo de redacción de la Cooperativa La Cigarra, que edita el diario El Ciudadano & La Región, nos pidió a cada uno de los redactores que trabajamos allí que escribamos unas líneas con el recuerdo de aquel mundial de fútbol que por alguna razón nos hubiera marcado por algo.Así surgió esta columna que formó parte junto con otras de esa sección a la que llamaron "Mi Mundial" y que salieron publicadas durante el paso de la selección Argentina por Rusia 2018.

Por Graciana Petrone


Pocas veces a lo largo de mi vida, no más de tres o cuatro, lo vi a mi viejo realmente enojado. Una de esas ocasiones fue la tarde del 24 de junio de 1978 cuando Argentina ganó el Mundial. Yo entonces tenía 8 años, así que podría decirse que fue mi primer Mundial, del que tengo recuerdos muy nítidos que hoy se asentaron, no sin dolor, pero que por mucho tiempo dieron vueltas en mi cabeza. Hasta pude desarmarlos, rearmarlos y comprenderlos, del mismo modo que a los años de plomo en el país.

En casa no había televisión, por decisión de mi viejo, claro, que siempre nos decía que era una pérdida de tiempo y que “a cambio de una caja boba”, los libros nos iban a dar una “mejor independencia intelectual”.

Para mí eso era lo normal hasta que repetía esas palabras en el recreo en el colegio o en el club y me sentía un bicho raro cuando se reían y preguntaban: “¿No hay televisor en tu casa?”. No. No había.

La tarde en que Argentina le ganó a Holanda la gente empezó a salir como ganado a la calle. Les pedí a mis viejos que me llevaran a festejar a la esquina de Corrientes y Córdoba, frente a la Bolsa de Comercio, lugar que muchos habían elegido como punto de encuentro. Yo insistía que me llevaran, quedaba a dos cuadras de casa y el frío no era impedimento, pero no había caso. La cosa se puso más espesa cuando les dije que me compraran una bandera, porque yo veía por la ventana del departamento que todos los que pasaban festejando tenían una. Todo parecía que no iba a tener ni bandera ni festejo, pero tanto fue lo que insistí, con berrinche de por medio, que al final me llevaron a Corrientes y Córdoba. Sin bandera, eso sí.

Cuando intenté esbozar la marcha del mundial (que como la de Central a esa altura me la sabía de memoria), mi viejo me miró muy serio y me dijo: “No cantes que no hay nada que festejar”. Mensaje contradictorio si los hubo esa tarde. Yo veía y escuchaba que cientos de personas entonaban: “Veinticinco millones de argentinos jugaremos el mundial (…)”. No canté, pero cada vez que intentaba hacerlo, de los ojos verdes de mi viejo salían llamas amarillas. Y no exagero.

Al día siguiente, en el patio del colegio, una de mis compañeras de segundo grado llevó una réplica de la Copa y la levantaba como el Matador en el Monumental. Las pibas de todas las divisiones del primario corrían atrás cantando “¡Holanda, la copa, se mira y no se toca!”

Tuve el impulso de ir corriendo atrás y desquitarme por lo que no había podido hacer el domingo frente a la Bolsa de Comercio. Ahí estaba mi oportunidad, en ese patio con piso de baldosas negras y blancas en el que pasé los momentos más libres de mi infancia.

Justo en el momento en que me iba sumar a la manada vi a dos de mis maestras apoyadas sobre la pared.  Las vi cómo cruzaron miradas con una mezcla de tristeza y resignación. Pude sentirlo: tenían en la cara la misma expresión que mi viejo el día anterior. Entonces me apoyé en la pared, al lado de ellas, y me limité a mirar como mis compañeras seguían cantando hasta que sonó la campana. Claro, con los años comprendí el porqué del “No cantes, que no hay nada que festejar”.



martes, 8 de abril de 2014

Malevos que ya no son


Graciana Petrone


Cuando paso por la puerta de lo que alguna vez fue el Olimpia siento que una mano me aprieta la garganta. Trato de evitarlo pero a veces doblo por Maipú sin darme cuenta y me sorprenden los pizarrones verdes colgados en la puerta que dicen: “Café La Virginia x 200, a 14.90”. Pero una mañana sentí un impulso que me hizo perder el miedo y entré. Cualquiera que me conozca un poco seguro habría pensado que estaba por comprar un puñado de pasas de uva con chocolate, porque donde funcionó Los 20 billares (o el Olimpia) hoy abre sus puertas cruel e irreverente la sucursal de una bombonería de medio pelo.
Cuando entré, caminé por primera vez por el mismo suelo por el que anduviste y repetía en silencio eso que escribí en una noche de invierno del ‘89: “Si pudiera besar tus pies/o al menos el hueco que dejan tus pasos”.
Qué ironía. Hace más de veinte años, cuando te veía pasar, se me venían a la mente los versos de Alejandra (Pizarnik): “Es tan lejos pedir/tan cerca saber que no hay”. En cambio, esa mañana en la bombonería supe que mis viejos poemas fueron premonitorios porque caminé sobre tus mismos pasos, entre las góndolas que no hacían más que ocupar el espacio de las mesas en las que vos jugabas y en las que yo te veía jugar, de lejos, desde la vereda de enfrente como quien no quiere levantar el avispero porque ese no era un lugar para mujeres, no señor, de ninguna manera. La entrada nos estaba prohibida.

Y me acordé del humo del cigarrillo formando en la penumbra nubes blancas abajo de las lámparas. Porque las únicas luces que se encendían eran las de las mesas y cuando las partidas de casín no se abrían las luces tampoco se prendían y el lugar parecía todavía más lúgubre y sombrío. Aunque vos lo iluminabas, tenías un aura especial, siempre la tuviste.

Fueron cerrando los billares y quedaron unos pocos. En el de san Martín y Montevideo todavía se juntan algunos de los muchachos. Pilo, el Muñeco y Castillo se fueron. A Beroiz lo mandaron a matar por una interna, como en los ’60. Al Polaco lo balearon en la puerta de su casa y aunque no estuviste para verlo, murió como un guapo. También se fue el flaco Rifel. Me acuerdo que un verano antes de que vos te fueras trajo a Orlando Paiva a bailar al club de mi barrio. Era una noche de calor. En un momento la pista se llenó de parejas cuando sonó Mala junta y entonces te busqué, pensando que podías estar entre la gente. Pero volví a casa, una vez más, sin poder encontrarte. 
Al invierno siguiente lo crucé al flaco una tarde en el bar del Centre Catalá, loco por el tango como era sacó su compatudara portátil y me hizo escuchar una versión de Marión, sólo instrumental e interpretada por una orquesta francesa (que por supuesto no me acuerdo cuál era).

Yo supe esa mañana, antes de entrar en la bombonería, que los recuerdos se aparecerían sin preguntar y fue entonces que con desfachatez las estanterías, llenas de dulces baratos, me obligaron a resucitar toda clase de fantasmas: los muchachos, las noches de casín, tus pasos, Alejandra, mis viejos versos y Marión sonando en la computadora del Flaco. 

Caminé hasta la puerta. Los gritos y bocinazos de un taxista al que el semáforo en rojo lo dejó medio camino y el  viento helado y seco de agosto me devolvieron a la realidad de un sacudón y supe, que adentro había quedado el pasado.
Respiré hondo. Después de sacudir los pies en una alfombra que nunca exisitó juré no volver a entrar nunca más y me fui por Maipú cantando bajito el estribillo de esa vieja canción de Luis Rubinstein: “Quiero que sepas, corazón, que jamás te olvidé”
Graciana - Rosario - Junio de 2011.
En memoria del Hugo.

viernes, 13 de mayo de 2011

Doña Mariñha

Graciana Petrone


Matías y yo nacimos en el mismo año. Íbamos a la misma escuela, éramos del mismo barrio y, por lo tanto, nuestra amistad fue forjándose desde muy pequeños. Vivíamos a dos casas de por medio, entre el quiosco de ventana de Don Juan y la casita de Doña Beba, la curandera. Un barrio alejado del centro con la sencillez y características propias de esos lugares donde el sol nunca deja de caer, las calles se confunden con las veredas y los maridos salen de madrugada a trabajar en las fábricas y las esposas los despiden y los esperan cuidando de sus casas y de sus hijos.
La casa de Matías tenía dos ventanas en el frente, un patio atrás y en el fondo una pieza en la que su mamá había montado un pequeño taller de costura. Cada una de las mujeres del barrio hacía alguna tarea extra para ayudar a sus maridos. Mi madre, por ejemplo, criaba gallinas. Papá le había construido un galpón donde ella trabajaba con esmero para que los animales rindieran sus frutos y así, los domingos podíamos vender los huevos en la feria o a Don Carmelo, en el almacén.
Mi casa, a diferencia de la de Matías, tenía un pequeño jardín de rosas sembradas en el frente a las que mi madre cuidaba celosamente de todo daño. Los rosales florecían en destellantes capullos, ella solía decir que tanta belleza podía provocar la envidia de las demás comadres y a veces hasta se enojada por los halagos. El cuidado del jardín era casi una obsesión.
Enfrente había un terreno baldío donde nos cruzábamos con Matías a jugar en las siestas, era nuestro reducto en el que pasábamos horas interminables. El terreno terminaba sus fondos en la mitad de la manzana y por uno de sus lados, tras un tapial rústico y sin revocar, vivía Doña Marhiña. La llamábamos “la vieja de las gallinas” porque era fiel clienta de mi madre y en el último mes le había llegado a comprar más de seis animales.
Doña Marhiña Souza Do Nacimento era su nombre completo, así se decía en el barrio. Venida de quién sabe qué oscuro rincón del Brasil, de piel morena, rasgos aborígenes y una sonrisa de dientes blancos como perlas. Tenía siempre el pelo enmarañado y un andar cojo que le daban un aspecto un tanto extraño.
Mi madre, que era el colmo de la pulcritud le decía "la vieja haraposa", pero la saludaba con amabilidad cada vez que la cruzaba por la calle porque entre las compras de las gallinas y la venta de huevos en la feria, había podido reunir el dinero suficiente para ponerle la membrana a los techos de la casa.
Cuando nos internábamos con Matías en el baldío, escapándonos de nuestras madres, solíamos espiar a la vieja de las gallinas. Los fondos de su casa estaban abandonados, sucios y con la tierra reseca, aunque removida, de tanto en tanto, porque a menudo observábamos montículos de tierra diseminados por el suelo, como si alguien hubiera hecho pequeñas excavaciones. Otras veces, después de proveernos de una copiosa artillería de piedras y bolitas del paraíso, nos divertíamos molestando a sus gatos, no sin antes cerciorarnos de que estaba dormida o no se encontraba en la casa. Doña Marhiña siempre nos sonreía al cruzarnos por la calle y su amabilidad nos dotaba, día a día, de una impunidad reconfortante.
Una tarde, en la que no desistíamos de importunar a sus gatos, Matías le pegó sin querer al vidrio de la ventana de la cocina haciéndolo pedazos. Nos escapamos corriendo tanto como nos dieron las piernas, tratando de que nadie se diera cuenta de lo que pasó. Al día siguiente la vieja golpeó mi puerta, yo temí que fuera a reclamarle a mi madre el vidrio roto pero en vez de eso, sin dejar de sonreir ni por un instante me pidió que llamará a mi mamá y sentí alivio cuando escuché que le encargaba una gallina. Si en casa se enteraban de lo que habia hecho Matías, yo  seguramente iba a recibir una buena paliza.
Esa misma siesta Matías tocó mi ventana para que fuéramos al baldío, traía una considerable provisión de piedras. Accedí y, como era nuestra costumbre, nos trepamos al tapial. Pero esta vez Doña Marhiña no dormía la siesta. Estaba en los fondos vestida con una holgada túnica blanca y un turbante color púrpura enroscado en su cabeza. Había montado una suerte del altar, sobre él estaba la gallina que había ido a buscar a mi casa en la mañana, vivita y maniatada por las patas y el pescuezo.
Sin cruzar las miradas e invadidos por un miedo inusual, vimos como la vieja, sosteniendo una cuchilla en las manos y murmurando entre dientes quién sabe qué conjuros en su idioma natal, abrió la panza del animal desde el cogote hasta la cola. Solo atinamos a correr. Yo no sentía mis pies. Trepé por la ventana de la pieza y me senté en el suelo con las piernas encogidas  y puse mi cabeza entre ellas.
Esa noche me costó dormir, tenía en mi mente los ojos de la gallina abiertos como dos estopas al sol y la sangre del animal chorreando sobre la tierra reseca.
Cerca del amanecer me despertaron los gritos de mi madre. Me levanté para ver qué estaba pasando y, sin poder creerlo, vi  cómo los rosales del jardín estaban totalmente marchitos. Parecía como si la mano de mandinga hubiera arrasado con ellos. Entre tanto escándalo llegó la mamá de Matías. Primero pensé que era a por los gritos pero traía a mi amigo casi desmayado entre los brazos. Tenía la mirada desencajada.
-     Despertó muy mal. Anoche le descubrí unas marcas alrededor del cuello. Vuela de fiebre y no se despierta. Doña Beba dice que si las marcas se cierran lo van a estrangular.
Me acerqué a Matías, intenté decirle algo pero no pareció escucharme, tenía los ojos en blanco como si estuviera poseído. Le agarré la mano, pensé en que la fiebre debió haber cedido bastante porque su mano estaba helada. 
Faltaba sólo una hora para que los gallos empezaran a hacerse escuchar desde los fondos de la casa. Hacía frío, me distraje con las gotas de rocío que se pegaban a los tallos de los rosales resecos. En poco tiempo tendría que levantarme para ir a la escuela entonces entré a casa y me acosté, pensando en que con suerte, podría dormir un rato más. 

domingo, 14 de febrero de 2010

El encargo



Graciana Petrone

El Duro y el Toba pasaron esta mañana por el bar y dijeron que la cosa al Jefe se le escapó de las manos, que los mandaron a ocuparse del Pato, el de la cicatriz en la frente que vive en pasillo cerca del puente. Hace un tiempo que me junto con la barra, la vieja me la bate de que me la tiro de vago y que si tengo esas junta es porque soy como ellos, que nunca voy a llegar a nada y que una noche me va a tener que ir a buscar a una zanja o a Coronda y que estoy en pedo si me la creo de que me va a ir a visitar. Casi nunca se equivoca la vieja pero lo que no sabe es que me gustaría ser como el Jefe pero si no puedo, porque para eso hay que tener cabeza y andar bien con la cana, me cabe el  laburo del Toba que lleva y trae los mensajes de la banda y cuando los milicos andan de ronda por el barrio hasta lo saludan. Pero lo mío nunca pasó del arrebato los sábados o domingos a la siesta cuando el sol raja las veredas y hay que juntar guita para la noche. Porque los fines de semana siempre andamos sin un mango pero eso sí, no afanamos por el barrio, cruzamos las vías y nos vamos del otro lado porque acá los milicos nos junan y además no es de buena gente apretar a los vecinos ni ir de caño a la granja o a la carnicería donde la vieja compra, si hasta le fían a veces.
La vieja me lima la cabeza pero le da para adelante, como la vez en que rajó al marido porque se quiso pasar de vivo con la Luci cuando la pendeja tenía ocho años. Mirá si habrá sido degenerado el muy hijo de puta, degenrado y cagón, porque desde ese día nunca más apareció por el barrio y la vieja se quedó sola con la Luci y conmigo. Con esa piba que no tiene nada que ver porque todavía va a la escuela, no la piensa dejar y la otra tarde cuando pasó por la esquina me dijo adelante de los pibe, con un aire de cogotuda que no sé de dónde carajo lo sacó, que "para ser alguien en la vida hay que estudiar" y me hizo acordar a la vieja pero más refinada, qué se yo, me parece que en cualquier momento se pira porque el barrio le queda chico, acá todas quieren tener un pibe antes de los quince y a la Luci lo único que le importa es conseguirse los útiles y todas esas giladas. Ah…y hablar bien, porque me lo refriega todos los días cuando se va a hacerle los mandados a la vieja Erminia. Para mí que se equivoca y ve mucha película, si yo fuera mina andaría buscando la manera de sacarle la guita a alguno, como hacen todas, hasta la hija del Toba lo hace pero con esa está difícil, a mí ni cinco de bola que me da.
Hablando del Toba, cuando la otra tarde aterrizó en la casilla me la vi venir de que me iba a decir que me deje de joder con la pendeja porque casi nunca aparece por acá, a no ser que me haya mandado alguna gilada. Pero pero no era por eso, menos mal, me vino a buscar para que baje al Pato. La cosa es que yo nunca bajé a nadie y de las pocas veces que salí de caño una vez me meé del cagazo cuando el tipo se me vino encima para manotearme el fierro ¡Pedazo de boludo, podría haberlo quemado ahí no más! "Homicidio en ocasión de robo" le iban a mandar los milicos y al final le iba a tener que dar la razón a la vieja. Pero el Toba traía una cosa grande. Me dijo que bajar al Pato era fácil, que casi siempre a la noche estaba puesto en la casilla y lo único que tenía que hacer era golpear y decirle que le iba a comprar y ahí no más lo quemaba. Lo más bueno es la guita que me van a dar, con eso seguro que le tiro unos mangos a la vieja y a la Luci pero no mucho, porque uno tiene sus vicios y el Jefe por más que la tenga de sobra no le regala merca ni a la hermana. Yo me la juego de que después de ésto va a venir algo más grande porque si me apuntaron, seguro fue porque anduvieron preguntando. Menos mal que nunca se enteraron de la vez que casi me cagué encima cuando salí de caño.
"No te mandés ninguna gilada, pibe", me dijo el Toba y dejó arriba de la mesita de la garrafa diez billetes de cien todos juntos. La otra parte me la van a dar cuando termine el trabajo. Ahora estoy seguro que tengo futuro, hermano. Me dieron ganas de ir corriendo a contárselo a la vieja, de puro guapo no más, para que vea que al hijo lo tienen en cuenta para hacer cosas importantes. Pero andá a saber cómo se lo va a tomar.


miércoles, 23 de diciembre de 2009

Sin Hernández, sin Saer y sin Gelman


Del libro Perdido en la ciénaga
Graciana Petrone

De una vez por todas decidiste despegar del ostracismo en el que estabas recluido. El calor sofocante del verano te hace sudar pero ni las gotas de agua que se te forman sobre la frente hacen que desaparezca ese misterio en tu mirada. Si lo que intentás decirme con los ojos pudiera traducirse en palabras, seguro resultaría un discurso incongruente. En cambio, tratás de mitigar el silencio entre los dos diciendo que el tiempo seguirá así por unos cuantos días, que lo leíste en el informe meteorológico del diario. Es cierto, este verano descargó toda su furia. Para colmo, tenés la costumbre de tener las ventanas de la cocina cerradas de noche y también de día. Decís que es por seguridad y porque durante la tarde el sol pega de lleno y esa especie de reclutamiento mantiene la casa un poco más fresca. Pero el hecho de que no entre la luz, de verdad me incomoda. El ambiente de tu departamento es asfixiante. Siempre lo sentí así, lúgubre y carcelario desde la primera noche que pasamos juntos.
El tiempo se acorta. No sé si seguir callada o hablar sobre si se equivocaràn una vez màs los del servicio meteorológico.
Desayunamos, te miro y percibo. Siento que elegiste un camino en el que decidiste no incluirme. Me preguntàs por cuarta vez si quiero que me calientes el café y te contestó que sí moviendo la cabeza. No perdés tiempo, te paràs y ponés la taza en el microondas. Siempre fuiste todo un caballero, eso no tiene lugar a discusión. Me volvés a dar la taza de café que ahora sí está caliente, decís que soy especial y que conmigo descubriste cosas sorprendentes.
Mientras hablàs miro tu boca y pienso en la noche anterior, hace unas horas y en que me gusta besarte. Quisiera que dejes de hablar pero sé que el momento llegarà. Sólo es cuestión de segundos.
Palabras criminales. Pensar que fue tu voz la que me hizo verte de una manera especial. Hace dos años, en el subsuelo de un bar, la escuché por primera vez cuando subiste a un escenario precario para leer poemas de tu último libro. No me acuerdo muy bien del título pero los versos eran comprometidos. Cuando hablaste, un frío me subió por la espalda y como me conozco demasiado, eso me decía que en algún momento nos cruzaríamos.
Esa tarde hasta imaginé cómo sería nuestro primer encuentro: si yo acercàndome hacia vos, con ínfulas de mujer fatal o adoptando un aire distraído hasta que notaras mi presencia. Pero no pasó de ninguna de las dos maneras, lo que da igual. Ya no vale la pena recordar cómo fue.
Le doy el primer sorbo al café que calentaste. Sigo esperando el momento en que empieces a hablar y me digas, lo de siempre, que no cubro tus expectativas, que la diferencia de edad es un elemento separador o que apareció otra mujer, aunque lo último me resulta un tanto contradictorio porque jamàs se me cruzaría por la cabeza tener una relación estable con un tipo como vos. Lo que me sedujo fue la posibilidad de descubrirte, de desnudarte y que esa voz, que me produjo sensaciones extrañas dos años atràs, me dijeran palabras obscenas al oído mientras hacíamos el amor. Tampoco pasó. Mis fantasías no encajaron con tu perfil. En cambio, me propusiste compartir a Miguel Hernàndez, a Saer y me mostraste a un Gelman arrasado por el dolor.
Mientras terminás tu café por fin me contás que en dos semanas albergarás a una estudiante extranjera que conociste por chat. Me preguntás si estoy bien, repetís que no querés dañarme, que soy especial y que aunque suene descabellado y caradura querés continuar nuestra relación cuando ella regrese a su país. Lo primero que se me ocurre decirte es que no voy a poder soportarlo, que sólo voy a poder estar con vos cuando no tenga sentimientos tan fuertes como los que tengo en este momento. Pero es mentira, un discurso repentino y completamente falso porque lo afectivo no me perturba en lo más mínimo. Lo que en realidad me seduce es la idea de que cuando vuelvas del impulso calavera que no tuviste en los últimos veinte años me cuentes al oído, sin obviar ningún detalle, cómo le hiciste el amor, sin Hernández, sin Saer y sin Gelman.