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domingo, 22 de octubre de 2023

Porque el Diego siempre es noticia: emoción por una foto de los Juegos Evita 1973

El Diego o “Pelusa” como lo llamaban en su casa desde chico, jugaba para Los Cebollitas de Argentinos Juniors que dirigía Francis Cornejo.  Su participación en los Juegos Nacionales Evita de 1973 fue una de las primeras incursiones públicas del 10

Foto: Twitter @ilpeto

Por Graciana Petrone (nota publicada el 5 de marzo de 2019

Si algo no tiene margen de discusión es que El Diego es El Diego, no hace falta aclarar a quién se hace referencia. Ya sea una declaración que brinde a los medios; o si sigue en pareja con Rocío Oliva o con la madre del pequeño Dieguito Fernando; o si su estado de salud tambalea; o por tener a los hinchas en vilo viendo un partido de Dorados de Sinaola de la B mexicana. Nada queda en las sombras. Con Diego eso nunca va a suceder.

Y esta semana, mientras festeja otro triunfo de Dorados y le gana un partido judicial a Claudia Villafañe, que le ordena entregar sus trofeos de guerra (camisetas históricas y premios), una foto que fue subida a Twitter provocó un sinfín de reproducciones y generó que muchos recordaran con ternura el inicio de una carrera gloriosa.

La foto salió publicada en El Gráfico a fines de diciembre de 1973. La imagen es entrañable. El pibe de Villa Fiorito –con la camiseta 10 del equipo Los Cebollitas–, se acercó a consolar al jugador correntino Alberto Pacheco, que había perdido contra Entre Ríos en los Juegos Nacionales Evita, disputados en Embalse, en el Valle de Calamuchita.

Y como todo lo que hace y dice Diego genera alguna discusión, hasta en la nota publicada en El Gráfico a fines del 73 se pone en tela de juicio dónde se hospedó cuando viajó a Córdoba. Sí, una simple imagen de Maradona de purrete, genera discusión y polémica, así fue y será su vida, dentro y fuera de la cancha.

De acuerdo a las declaraciones y recuerdos de quienes estuvieron en aquella edición de la competencia, “Maradona estuvo en Embalse y no en Río Tercero” y se habría alojado en el hotel de la Unidad Turística.

Eduardo Luchini, jefe de atención al turista de la UTE, contó a El Gráfico: “Maradona vino con Los Cebollitas al Torneo Evita y no a Río Tercero como él cuenta en su libro. Fue acá, en Embalse. Y los partidos se jugaron en la vieja cancha del hotel 1, donde ahora hay una de rugby. Recuerdo que a todos nos recomendaban ir a ver un negrito que tenía la 10 de Argentinos Juniors y era una barbaridad. Me acuerdo del partido con los santiagueños. Justo ese año, 1973, empecé a trabajar acá, en los hoteles. Y estando en el hotel 6, donde había como un gran depósito de elementos deportivos, conseguimos camisetas para los chicos santiagueños, que habían tenido un problema. Me acuerdo del partido, y si mi memoria no me falla, con Maradona jugaba Domenech. Los Cebollitas los tenían locos a los santiagueños, pero sobre el final, uno de ellos les clavó un zapatazo de mitad de cancha. Y se fueron a los penales, y les ganaron a los de Argentinos. Después salieron campeones. Pero ese negrito flaquito, que después fue Maradona, era tremendo. Mucha gente iba a ver al 10. Muchos aún dicen que lo vieron en el Polideportivo. Y no, fue en la cancha del hotel 1, donde también había canchas de básquet, y ahora está todo destrozado. Había tribunas de madera. Mi viejo hacía el sonido del evento y después le dieron una medalla. No puedo recordar, pasó mucho tiempo, dónde se alojaron Los Cebollitas, si fue en hotel 3 o en el 5(…)”.

Lo que contó Luchini contradice a lo que el mismo Maradona relata en su libro “Yo soy el Diego”, a través de la pluma del periodista deportivo Ernesto Cherquis Bialo. Claro está, que para mucha gente, Embalse y Río Tercero es  lo mismo.

Diego llegó a Embalse en diciembre de 1973, con 13 años, para disputar los Juegos Nacionales Evita que se habían suspendido en 1949 y que el gobierno se decidió retomar con el retorno de la democracia.

“Cuando asumió el gobierno peronista en 1973 con el doctor Cámpora, en el lugar donde se hizo el complejo deportivo del hotel N° 1 de la Unidad Turística había un bosque. Yo mismo vi cuando arrancaron los árboles e hicieron un complejo que tenía pista de atletismo, canchas de tenis, un círculo para lanzamiento de martillo, y la cancha de fútbol”, contó a la reconocida, aunque ya inexistente revista deportiva, José Pérez, un respetado comunicador de Embalse.

El Diego o “Pelusa” como lo llamaban en su casa desde chico, jugaba para Los Cebollitas de Argentinos Juniors que dirigía Francis Cornejo.  Su participación en los Juegos Nacionales Evita de 1973 fue una de las primeras incursiones públicas del 10.

¿Cuánto de mito o de verdad generó su visita entonces? ¿Será cierto también que muchos se “peleaban” por regalarle una Coca “al negrito que la rompía cuando salía a la cancha” al final de cada partido? ¿Será real que Jorge Cysterpiller no lo dejaba ni a sol ni a sombra y era el único que le acercaba un refresco al 10? Como muchas cosas que giran en torno a la figura de Maradona quedarán en discusión entre los que fueron testigos de aquello que ocurrió tras las sierras. Lo único que no deja margen para la duda es el consuelo que aquel pibe de Villa Fiorito le dio al futbolista correntino, luego de la derrota de su equipo, y que quedó inmortalizada en una foto que pinta de cuerpo y alma cómo era Diego cuando entraba a una cancha de fútbol.

Para Diario El Ciudadano   


Manuel Puig y una narrativa que fluctuó sobre la delgada línea del boom latinoamericano

El escritor argentino fue reconocido en su propia tierra después de su muerte, mientras que en Europa sus libros eran apreciados estando con vida.


Por Graciana Petrone

Un 22 de julio de 1990 murió en Cuernavaca, México, el escritor argentino Manuel Puig. Detractado por muchos de sus pares, su narrativa había transitado por fuera del boom latinoamericano de los años 60. Nacido en Coronel Villegas el 28 de diciembre de 1928, durante su infancia estableció una relación especial con el cine y con las divas de Hollywood protagonistas de los filmes de los años 50, estrellas que serían la inspiración para algunas de sus novelas como “La traición de Rita Hayworth” o “Pubis angelical”.

El vínculo que Puig tuvo con el cine desde niño, fue retratado por la periodista María Moreno en una crónica publicada en la Revista Ñ al cumplirse veinte años de la muerte del autor, y a la que tituló «A mi querido Coronel Villegas», y en donde escribió que «la relación que estableció con el cine fue similar a la que uno establece con las bibliotecas paternas». 

Pese a que la narrativa puignana fluctuó en una delgada línea sobre lo que fue el boom latinoamericano, el autor fue reconocido en su propia tierra después de su muerte, mientras que en España o México sus libros eran apreciados estando él con vida.

Fue cuestionado por los conservadores de su época. El uruguayo Juan Carlos Onetti lo consideró de “folletinesco” y dijo también que “sabía cómo hablaban los personajes de Puig, pero no cómo escribía Puig”. El mismo Vargas Llosa afirmó que el argentino había llevado su homosexualidad a la literatura, al igual que en su vida, a lo que el escritor argentino le respondió a través de una entrevista a su colega de Perú refiriéndose a él como “una vieja amargada”.

Lo que con el paso de los años desentrañó la crítica argentina, con la que Puig había mantenido una relación muy tensa, es que utilizaba elementos como cartas o diarios íntimos para “intentar ofrecer un modelo para armar al lector”.

“Puig arma su propio mundo con la premisa de no despojarse de lo que está en su inconsciente, a la vez que le brida un espacio en su creación que es al mismo tiempo homenaje y dimensión crítica, y desdibuja la figura del narrador dejando ese protagonismo para un conjunto de voces”, agrega por su parte el escritor y docente José Amícola en “Manuel Puig y la tela que atrapa al lector” (1992).

VILLEGAS, EL CINE Y EL VIEJO MUNDO

En 1951 el escritor se anotó en la carrera de Filosofía y Letras, pero lo que realmente le interesaba era ser cineasta. A los 20 años cumplió con el servicio militar y poco después se fue a Roma con una beca del gobierno italiano para estudiar en el Centro Sperimentale di Cinematografía.

Sin conseguir trabajo en Roma fue a París. En 1958 viajó a Londres y escribió su primer guión. En 1960 volvió a Buenos Aires y colaboró como asistente en tres películas. De regreso a Roma empezó a creer que no llegaría a ser guionista o director de cine, como era su ilusión.

Algunos de los libros de Puig forman parte del canon moderno de la literatura occidental. A través del cine, del musical y del teatro, sus novelas llegaron a públicos muy amplios en todo el mundo como “El beso de la mujer araña” o “Boquitas pintadas”, siendo que ambas fueron llevadas a la pantalla grande, la primera, con dirección Leopoldo Torre Nilson. Sin embargo, en la Argentina de principios de los 90 había quedado confinado a un reducido círculo de lectores informados o instruidos.

Manuel Puig murió un domingo. Un locutor porteño comentó la noticia de su fallecimiento en la radio: «Según un cable de último momento, en México murió un escritor argentino que acá no suena; se trata de Manuel Puig». Ese comentario mostró que se trataba de un autor casi ignorado en su propia tierra.

Entre sus obras figuran Boquitas pintadas, «The Buenos Aires Affair», «Cae la noche tropical» y «El beso de la mujer araña», entre otras. Había nacido en General Villegas, provincia de Buenos Aires, el 28 de diciembre de 1932. También escribió guiones de cine y de teatro.

Nota publicada en Diario Conclusión 

miércoles, 22 de enero de 2020

Murga Esa te la Debo: de lo digital a la realidad, las coplas de La Macrix Argentina

La murga Esa te la Debo se formó a partir de correos de dos amigos para sacarse la bronca. Las canciones se volvieron virales y generaron un público que pedía una presentación: así llegaron al tablado

Por Graciana Petrone


Esa te la Debo, la murga de la resistencia, la que combate con música, poesía, sarcasmo y lagrimón. La que primero se subió a un escenario virtual y fue furor; la que después, y a pedido de una larga lista de seguidores en todas las redes sociales, apareció sobre tablas y la rompió. Porque sus voces no saben de odio sino de esperanza y justicia.

Como suele pasar en los proyectos colectivos, los integrantes, todos de Buenos Aires y un uruguayo, no quieren hablar desde la individualidad. Por eso, uno de ellos cuenta a El Ciudadano que “alguien” escribe las letras, “otros” le ponen música y después se juntan a ensayar, graban y la canción ya deja de ser de ellos. Se replica por Youtube, Facebook, Whatsapp, Instagram o Twitter como una enredadera que trepa una enorme pared, más rápido que la luz. Y quema con esos versos de los más combativos que llegan, en la era de internet, a través de los medios no convencionales.



Sobrevivir al cambio
“Esa te la debo, no estoy en el tema”, fue la respuesta del presidente Mauricio Macri a un periodista cuando, en 2016, le preguntó sobre la muerte de Yolanda, una auxiliar docente de 60 años que trabajaba en la escuela Nº 506 de Mar del Plata y sufrió una descompensación fatal cuando fue al cajero automático y se encontró que solamente tenía 40 pesos depositados. Le habían descontado 6 mil pesos de su sueldo por las medidas de protesta que llevó adelante el Sindicato de Obreros y Empleados de Minoridad y Educación (Soeme) durante el mes anterior.

Desde el gremio denunciaron penalmente después del episodio a la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, por presunto delito de homicidio culposo. Pero la causa no prosperó, aunque sí prosperó la remodelación de la casa de una de las caras bonitas más representativas de Cambiemos, que hizo arreglos por casi 670 mil pesos.

“En rigor, se trató de una clara represalia por el histórico plan de lucha en reclamo de un mínimo salarial de 10 mil pesos para los auxiliares, y el no cierre de las paritarias”, remarcaron desde el Sindicato luego de presentar la denuncia contra la gobernadora bonaerense.



Canto, llanto, poesía y reclamo
Fiel a los orígenes del género, Esa te la Debo sabe interpretar las demandas de los que sufren. Construye sus canciones de los relatos de la calle, de lo que le pasa a la gente, de los que no llegan a fin de mes, del malestar que en muchos provocan algunas decisiones de pocos, o las mismas respuestas presidenciales. Hasta dedicó un tema a Santiago Maldonado, a su búsqueda, al dolor de su familia y de todos los que salían a marchar para reclamar por su desaparición.

La murga se formó en mayo de 2016. Un amigo le propuso a otro que escribiera una canción. “Habíamos compartido anteriormente un proyecto de murga y él me veía que escribía en Facebook para sacarme la bronca aunque sea un poco de todo lo que pasaba. Pasaron un par de semanas, le mandé la canción en una maqueta, le gustó y me dijo que íbamos a grabarla en un estudio en un par de semanas. Pero no había muchas más expectativas que esa, la de poder subirla a Youtube y viralizarla”, cuenta uno de los integrantes.



El “gorilón” que explotó
“No pasó una semana de ese primer tema al que llamamos Canción del Gorilón, que explotó y ahí mismo le pusimos el nombre a la murga, que surgió de esa famosa frase de nuestro gran estadista. Un poco de una manera tragicómica le pusimos ese nombre y a partir de ahí empezamos a grabar casi todas las semanas o cada quince días, de temas de la coyuntura política de esos momentos”, agrega.

Esa te la Debo tiene 30 temas compuestos. El primer año no tocaban en vivo: es que, justamente, el formato era pensado para los canales de Youtube o Facebook: “Después lo que pasó es que tuvimos una base de gente tan grande que nos pedía que saliéramos a tocar en vivo y en 2017 creamos un plantel un poco más estable y empezamos a hacerlo”.


La austeridad del vestuario
La fuerza de las letras contrasta con el vestuario de Esa te la Debo que se aleja de la colorida escena murguera. “Cuando empezamos a tocar no teníamos traje, nos compramos overoles de pintor, descartables, nos pintábamos un poco la cara y así era como uno podía. Todo 2017 estuvimos metiendo y sacando canciones nuevas. Otro tema que explotó fue Nuestra querida oligarquía, tuvo una repercusión muy grande”, describe.

En 2018, ya que contaban con una buena cantidad de temas y miles de seguidores, montaron un espectáculo con maquillaje, gorros, vestuarios y todo lo que pudieron sumar. “También metimos la batería, dos guitarras y un bajo”.

“El proyecto para 2019 era agrandar el espiral, nos movíamos en Capital Federal y provincia de Buenos Aires, alrededor de 50 kilómetros, que lo podíamos hacer en auto con los recursos que estaban a nuestro alcance, pero la gente nos pedía que saliéramos, que tocáramos en escenarios del interior. Fuimos a Chacabuco, a 200 kilómetros en provincia de Buenos Aires, Concordia y Concepción del Uruguay, Entre Ríos”. El tercer lugar que visitaron fuera de Buenos Aires fue Rosario.

La murga está en constante crecimiento. Ahora, en un proceso nuevo. El año pasado los trajes que usaban eran al estilo de “La Macrix Argentina”, en referencia a la película de culto de la ciencia ficción en la que todo era una realidad virtual, y el gobierno mismo: “Como el país de la posverdad, en donde se puede decir cualquier cosa y todo funciona de esa manera”, explican.



Sus integrantes
Luis Bertorelli, Lucas Russo, Guillermo Sierra, Leonardo Nachman, Ruben Aciar, Agustin Goldschmidt, Facundo Bazan, Hernan Granovsky, Alejandro Gomez Calcerrada


Nota publicada en diario El Ciudadano

martes, 21 de enero de 2020

La investigadora del fenómeno ovni Silvia Pérez Simondini cuenta su historia

El 18 de agosto de 1968 vivía en Caleta Olivia y vivió un encuentro cercano que marcó su vida para siempre. En los 90 dejó atrás una vida de lujos, vivió en carpa por 6 meses en Victoria y comió lo que ella misma pescaba. Cumplió su sueño de formar su propio equipo de investigación

Por Graciana Petrone



A fines de la década del 60 Silvia Pérez Simondini era una joven ama de casa que no había cumplido los 30 años. Tenía dos hijos chiquitos y un pasar económico holgado. Su esposo trabajaba en pozos petroleros, por entonces vivían en Caleta Olivia en una casa grande y con un terreno atrás donde entraban varios camiones. Su vida transcurría entre pañales, mamaderas, tareas escolares y enfermedades de los chicos. La vida en el sur suele ser demasiado tranquila, claro, no eran tiempos de internet, sólo había radio, algunos diarios y un televisor en blanco y negro.

Cada tanto pasaba un corredor de libros y revistas a los que Silvia les encargaba le trajeran publicaciones con recetas de cocina o manualidades. “A veces me aburría como una ostra”, cuenta a El Ciudadano, sin perder su sonrisa y serenidad que la caracterizan.

Esa ama de casa dedicada a la crianza de sus tres hijos pequeños en la Patagonia asegura haber tenido una experiencia que cambió su vida para siempre. Desde principios de la década del 90 y después de atravesar por lo que ella define como una “experiencia terrible”, decidió dejar todo lo que tenía para cumplir su sueño: formar su propio grupo de investigación sobre fenómenos ovnis. Hoy, es una de las principales referentes sobre el tema en el país y su trabajo es reconocido a nivel mundial.

Aquel episodio que marcó su vida lo recuerda como si hubiera pasado hace sólo unos pocos días y parece revivirlo cada vez que lo cuenta: “Fue el 18 de agosto de 1968, el día que mi hijo del medio cumplía un año. Un plato volador de entre 40 y 50 metros de diámetro estuvo arriba de mi casa. Pero no lo vi solamente yo, lo vio todo Caleta Olivia. La gente estaba a los gritos enfrente de mi casa. ¿Y por qué justo a mí?”, se pregunta y asegura que lo hizo durante muchos años hasta que concluyó que cada persona tiene una misión y un sueño que cumplir en este mundo.

Desde esa tarde de agosto de 1968 la vida de Silvia no volvió a ser la misma. Sus intereses cambiaron. Ya no le encargaba al corredor de libros revistas de manualidades o de cocina sino todo lo que se relacionara con ovnis.

“Desde ahí mi vida tuvo un cambio tan enorme. Como yo le digo siempre a la gente, una cosa es que te lo cuenten, o leerlo, y otra es vivir la experiencia. Cuando eso pasa, y ya no te queda ninguna duda de nada, sobre todo en una persona que como yo no sabía nada y nunca me había interesado por nada de eso. Tal vez había leído alguna nota sobre el tema en algún diario pero nunca me había interesado”, recuerda hoy, con 80 años y una inquitud por la investigación que la sigue movilizando cada día.


“Mi lugar en el mundo”
A finales de los 80 Silvia aún estaba casada y vivía en un petit hotel en Villa Devoto. Había visitado sólo tres o cuatro veces Victoria y a comienzos de los 90 decidió empezar su carrera como investigadora del fenómeno ovni. Un día le dijo a sus hijos que ya estaban grandes que cada uno había tomado el camino que eligió y que ella no podía irse de este mundo sin hacer lo que siempre soñó: armar su propio equipo de investigación en la ciudad entrerriana.

“Lo de Victoria fue como un llamado, algo que sentí, que no puedo explicar a tal punto de que cuando estábamos llegando mi hija Andrea me dijo «Mamá, estamos cerca de Victoria y a vos se te ríen los ojos» y es que había encontrado mi lugar en el mundo”.

“Ahí me desarraigué de Buenos Aires, me divorcié, dejé a mis amigos, dejé todo y me instalé sola en Victoria. Viví seis meses en una carpa y comía lo que yo misma pescaba. Los pescadores me enseñaron a cocinar el pescado. Así fue trascurriendo mi vida hasta que el intendente, cuando vio lo que yo trabajaba sin nada, me dio una cabaña que estaba frente a la costanera. Mi única compañía era un perrito y ahí mi marido se dio cuenta de que yo ya no iba a volver. Estaba decidida”.

Silvia dejó atrás una vida llena de lujos, una mansión en Villa Devoto, tres autos, una casa con varia empleadas para asentarse en un camping, comer de lo que ella misma pescaba y cumplir su sueño. “Yo siempre le digo a todos, que cuando tienen una vocación para algo, que no importa si no tienen dinero. El no puedo no existe, es sólo querer hacerlo, es la voluntad de cada uno. Y así salí adelante, vendí la parte de mi casa en Devoto y así compré mi lugar en Victoria, un coche que lo pagué con sangre sudor y lágrimas pero mis principios en Victoria fueron tan duros como nadie se podría imaginar porque era la advenediza, que venía a hablar de algo que, a pesar que el 80 por ciento de los victorienses había tenido experiencias, negaba lo que había visto”.

La compañía permanente que tenía era la de un inspector municipal quien aseguró haber tenido una experiencia con el fenómeno ovni pero cuando iba a denunciar a la Policía, los agentes se burlaban y le decían, según cuenta Pérez Simondini, “que iban a armar un pelotón para ir a ver sus luces de campo”.

“Él fue quién me enseñó los lugares a donde había que ir a ver. ¡Las cosas que hemos vivido en Victoria…! Puedo asegurar que el mejor de los investigadores no lo va a saber”.


Aquella tarde de agosto en el sur
Era el 18 de agosto de 1968. Silvia estaba terminando de bañar a uno de sus hijos que ese día cumplía un año. En medio de los preparativos para una fiesta familiar, empezó a escuchar un griterío  afuera de la casa. “Mi esposo fue el primero que me gritó que salga porque no podía creer lo que estaba viendo todo el mundo. Salí porque él me vino a buscar. Envolví a mi bebé en una toalla, lo senté en la cuna y salí  y cuando vi lo que vi, me quería morir”.

La mujer asegura que estaba todo Caleta Olivia haciéndole señas de que mirara para arriba. No entendía muy bien. Primero pensó que era un mono porque muchos habitantes de la zona tenían uno y pensó ‘¿Tanto lío por eso?’.

“Di ese paso y vi lo que vi. Eso estaba ocupando desde donde empezaba el sobretecho de mi casa hacia atrás. Según los entendidos, inclusive mi marido, dijeron que eso no medía menos de 40 o 50 metros de diámetro. Era algo impresionante”.

Pero hay más, Silvia rememora que “no pasó ni un minuto de que yo había salido, que sentí un «bloop» fuerte y empezaron a  salir cinco platillos chicos del grande; después, se corrió la nave grande, se pusieron atrás los chiquitos y cruzaron la avenida Independencia de Caleta Olivia rumbo a Comodoro Rivadavia y desaparecieron”.

“Me latía el corazón, me zumbaban los oídos. No podía creer lo que veía mientras la gente gritaba como marrano en la calle”.

Conmocionada, lo primero que hizo fue entrar a su casa y encender la radio para saber si se hablaba de lo que pasó pero recién al día siguiente se habló de ese suceso que, según cuenta, se vio por toda la Costa Atlántica del sur.


Arriba de su casa
La investigadora confiesa que le costó muchos años darse cuenta de por qué esos cinco platillos se desprendieron del objeto más grande justo en el momento en que ella salió, después de flotar durante 20 o 25 minutos sobre su casa: “¿Por qué no pasó antes? ¿Por qué tuvo que pasar justo cuando yo salí?”.

“Y me di cuenta que, evidentemente, todos los seres humanos tenemos una misión que cumplir en la vida. La mía fue ésta porque, a partir de ese día, te puedo asegurar que no pude salirme del tema”.

Después vino su tercer hijo, fue esposa y madre y no podía movilizarse como quería. Su esposo casi nunca estaba en la casa, ella se encargaba de su casa y sus hijos y dice que no le quedaba tiempo para dedicarse a la investigación, excepto para reunir información. También asegura que tanto ella, como su madre y su hija tuvieron contacto con fenómenos ovnis. “Un dato curioso – confiesa– que las tres mujeres de la familia lo hayamos tenido”.


Luchar por los sueños
Hoy en Victoria Silvia es una persona respetada y reconocida. Algo que logró durante casi 40 años a base de esfuerzo. “Sobre todo cuando vieron la forma de trabajar que tenía nuestro equipo Visión Ovni, que es reconocido internacionalmente. Hay un comentario que hizo Robert Salas, ex fue jefe de la base de misiles de Estados Unidos, que me conmovió: «Madre e hija son las que hacen la diferencia». Esas son las cosas que me alegran el corazón y es entonces que entiendo de que cuando las cosas se hacen con el corazón, con voluntad y responsablemente tenés el beneficio del afecto de la gente que para mí es lo mejor que hay. Todo el mundo gana plata con este tema y las únicas que perdemos plata”

Nota publicada en Diario El Ciudadano

lunes, 13 de mayo de 2019

Porque el Diego siempre es noticia: emoción por una foto de los Juegos Evita 1973

Por Graciana Petrone

El Diego o “Pelusa” como lo llamaban en su casa desde chico, jugaba para Los Cebollitas de Argentinos Juniors que dirigía Francis Cornejo. Su participación en los Juegos Nacionales Evita de 1973 fue una de las primeras incursiones públicas del 10


Si algo no tiene margen de discusión es que El Diego es El Diego, no hace falta aclarar a quién se hace referencia. Ya sea una declaración que brinde a los medios; o si sigue en pareja con Rocío Oliva o con la madre del pequeño Dieguito Fernando; o si su estado de salud tambalea; o por tener a los hinchas en vilo viendo un partido de Dorados de Sinaola de la B mexicana. Nada queda en las sombras. Con Diego eso nunca va a suceder.

Y esta semana, mientras festeja otro triunfo de Dorados y le gana un partido judicial a Claudia Villafañe, que le ordena entregar sus trofeos de guerra (camisetas históricas y premios), una foto que fue subida a Twitter provocó un sinfín de reproducciones y generó que muchos recordaran con ternura el inicio de una carrera gloriosa.

La foto salió publicada en El Gráfico a fines de diciembre de 1973. La imagen es entrañable. El pibe de Villa Fiorito –con la camiseta 10 del equipo Los Cebollitas–, se acercó a consolar al jugador correntino Alberto Pacheco, que había perdido contra Entre Ríos en los Juegos Nacionales Evita, disputados en Embalse, en el Valle de Calamuchita.

Y como todo lo que hace y dice Diego genera alguna discusión, hasta en la nota publicada en El Gráfico a fines del 73 se pone en tela de juicio dónde se hospedó cuando viajó a Córdoba. Sí, una simple imagen de Maradona de purrete, genera discusión y polémica, así fue y será su vida, dentro y fuera de la cancha.

De acuerdo a las declaraciones y recuerdos de quienes estuvieron en aquella edición de la competencia, “Maradona estuvo en Embalse y no en Río Tercero” y se habría alojado en el hotel de la Unidad Turística.

Eduardo Luchini, jefe de atención al turista de la UTE, contó a El Gráfico: “Maradona vino con Los Cebollitas al Torneo Evita y no a Río Tercero como él cuenta en su libro. Fue acá, en Embalse. Y los partidos se jugaron en la vieja cancha del hotel 1, donde ahora hay una de rugby. Recuerdo que a todos nos recomendaban ir a ver un negrito que tenía la 10 de Argentinos Juniors y era una barbaridad. Me acuerdo del partido con los santiagueños. Justo ese año, 1973, empecé a trabajar acá, en los hoteles. Y estando en el hotel 6, donde había como un gran depósito de elementos deportivos, conseguimos camisetas para los chicos santiagueños, que habían tenido un problema. Me acuerdo del partido, y si mi memoria no me falla, con Maradona jugaba Domenech. Los Cebollitas los tenían locos a los santiagueños, pero sobre el final, uno de ellos les clavó un zapatazo de mitad de cancha. Y se fueron a los penales, y les ganaron a los de Argentinos. Después salieron campeones. Pero ese negrito flaquito, que después fue Maradona, era tremendo. Mucha gente iba a ver al 10. Muchos aún dicen que lo vieron en el Polideportivo. Y no, fue en la cancha del hotel 1, donde también había canchas de básquet, y ahora está todo destrozado. Había tribunas de madera. Mi viejo hacía el sonido del evento y después le dieron una medalla. No puedo recordar, pasó mucho tiempo, dónde se alojaron Los Cebollitas, si fue en hotel 3 o en el 5(…)”.

Lo que contó Luchini contradice a lo que el mismo Maradona relata en su libro “Yo soy el Diego”, a través de la pluma del periodista deportivo Ernesto Cherquis Bialo. Claro está, que para mucha gente, Embalse y Río Tercero es  lo mismo.

Diego llegó a Embalse en diciembre de 1973, con 13 años, para disputar los Juegos Nacionales Evita que se habían suspendido en 1949 y que el gobierno se decidió retomar con el retorno de la democracia.

“Cuando asumió el gobierno peronista en 1973 con el doctor Cámpora, en el lugar donde se hizo el complejo deportivo del hotel N° 1 de la Unidad Turística había un bosque. Yo mismo vi cuando arrancaron los árboles e hicieron un complejo que tenía pista de atletismo, canchas de tenis, un círculo para lanzamiento de martillo, y la cancha de fútbol”, contó a la reconocida, aunque ya inexistente revista deportiva, José Pérez, un respetado comunicador de Embalse.

El Diego o “Pelusa” como lo llamaban en su casa desde chico, jugaba para Los Cebollitas de Argentinos Juniors que dirigía Francis Cornejo.  Su participación en los Juegos Nacionales Evita de 1973 fue una de las primeras incursiones públicas del 10.

¿Cuánto de mito o de verdad generó su visita entonces? ¿Será cierto también que muchos se “peleaban” por regalarle una Coca “al negrito que la rompía cuando salía a la cancha” al final de cada partido? ¿Será real que Jorge Cysterpiller no lo dejaba ni a sol ni a sombra y era el único que le acercaba un refresco al 10? Como muchas cosas que giran en torno a la figura de Maradona quedarán en discusión entre los que fueron testigos de aquello que ocurrió tras las sierras. Lo único que no deja margen para la duda es el consuelo que aquel pibe de Villa Fiorito le dio al futbolista correntino, luego de la derrota de su equipo, y que quedó inmortalizada en una foto que pinta de cuerpo y alma cómo era Diego cuando entraba a una cancha de fútbol.

Nota publicada en el Suplemento El Hincha, el Ciudadano web

Narcòticos Anònimos: cuando la recuperaciòn es posible

Por Graciana Petrone





Domingo 10 de Junio de 2018

Es viernes, el primer viernes de mayo. Poco antes de las siete de la tarde un hombre de pelo entrecano a quien todos más tarde lo llamarán afectuosamente doctor —tal vez porque es el que carga con más años— abre la puerta de madera de Pellegrini 1561 con una sonrisa que le ilumina la cara. Se lo ve feliz, radiante. Más tarde dirá que eso es sólo uno de los muchos logros de su recuperación después de llegar por primera vez a Narcóticos Anónimos, como todos, abatido y sin fuerzas para seguir. En ese lugar, que es su segunda casa, encontró un mensaje de esperanza. Para entrar hay que tocar dos timbres, dos pulsiones que para muchos serán el boleto de ida a una nueva vida, sin retorno a ese infierno llamado adicción.


Mientras en la calle los primeros fríos del otoño desguazan poco a poco las copas de los árboles que permanecen estáticos sobre la avenida, adentro, en uno de los salones, el calor de las personas que van llegando genera una suerte de microclima que hace que desaparezca la distancia entre la calle y la unidad que se forma en las reuniones del grupo Libertad de Narcóticos Anónimos. Esa misma sensación se percibe en otras reuniones abiertas como los lunes a la noche en Alberdi 580 o los jueves en Presidente Roca y Uriburu.

Cada viernes la cita en una de las salas de avenida Pellegrini permite que asistan personas que no están en recuperación. Es por eso que una joven que coordina el encuentro recuerda que "hoy es una reunión abierta". Sugiere que quien quiera preservar su anonimato no diga su nombre y que al referirse a otro de los asistentes los trate como "compañeros".

El salón se va llenando. Es como un aula con sillas escolares colocadas en hileras frente a una mesa que está de espalda a las ventanas. Contra las paredes también hay sillas vacías que de golpe se ocupan. "Ha llegado a haber hasta 60 personas", cuenta uno de los miembros.

Para pulsar esos dos timbres hay que tener coraje, valor para tomar una decisión que en la mayoría de los casos señala un camino que funciona. Valor, sí. Pero sobre todo humildad para aceptar y rendirse ante la adicción y admitirla como una enfermedad.

La puerta de NA "es ancha pero baja", como señala el escritor Pablo Ramos en su libro Hasta que puedas quererte solo. Esa imagen, la de la puerta, es la que usa el personaje principal de esa obra literaria —un hombre que por años renegó de su problema con las drogas y el alcohol y que se resistió a tocar esos dos timbres hasta que un día lo hizo— para significar la rendición, el agachar la cabeza para poder entrar y dar el primer paso y escuchar de los demás. "Acá te vamos a querer hasta que puedas quererte solo".

El recién llegado

Ese primer viernes de mayo golpeó la puerta "un recién llegado". Al ser una reunión abierta fue acompañado por su madre. Para los miembros de NA esa persona es la más importante de la reunión. Es por quien, al término de cada uno de los encuentros que se llevan a cabo todos los días en distintos horarios y puntos de la ciudad, se abrazan en una ronda con una silla vacía en el medio mientras alguien ofrece una oración. Antes pedirá "por todos los adictos que ya no están, por los que están sufriendo en las calles, en los hospitales, en las cárceles y por el más importante: por ese al que todavía no le llegó el mensaje, el que está por venir".

A esa persona que tiene el valor y la humildad a la vez para tocar la puerta de NA por primera, un compañero lo recibe afuera del salón y le explica, a grandes rasgos, de qué se trata. Todos los que tocan esos dos timbres lo hacen con una mezcla de desconsuelo, agobio, miedo y desesperación.

"Un antiguo miembro dijo una vez en una reunión: «Sisentís un nudo en el estómago, lo más probable es que no te hayas equivocado de sitio»".

"Solemos decir que nadie cruza las puertas de NA por error. Las personas que no son adictas no se pasan todo el día preguntándose si lo son", reza en uno de los folletos que se le entrega al final de la reunión al recién llegado.

Cuando hay un nuevo miembro en el grupo, el compartir de los asistentes es distintos. Todos parecen hablarle a él, contándoles sus experiencias y relatándole los logros de la recuperación.

Ese viernes una mujer comentó que había comenzado su "carrera" a los 16 o 17 años, que a los 21 fue madre y que a su hijo lo criaron los abuelos hasta que tuvo casi tres años. "Me conmueve mucho que esté tu mamá hoy con vos, agarrándote del brazo —compartió mientras se dirigía al joven que recién había llegado—. Durante 11 años yo no tuve prácticamente contacto con mis viejos porque ellos no me querían ni ver. Me daban a mi hijo como si fueran asistentes sociales, preguntándome a dónde lo llevaba, con quién y por cuántas horas. Si bien las cosas cambiaron cuando dejé de consumir, hay marcas que quedan pero que pueden sanar y es estando en esta silla".

Otro de los miembros, con varios años limpio, contó acerca del miedo que tenía de entrar a un baño (apenas ingresó a NA) ya que en los últimos tiempos ese espacio se había convertido para él en su lugar de consumo. Tuvo que "pedir ayuda" a otros compañeros para poder hacerlo y perder el temor. El mensaje fue, justamente, la importancia de "levantar el teléfono", dejar de lado la vergüenza, asumir la rendición a la enfermedad como tal y comprender, como dice la literatura de Narcóticos Anónimos, que "no existe mejor ayuda que la de un adicto para con otro adicto". Después, habló de la relación con sus hijos, de los logros que progresivamente fue adquiriendo en su trabajo y que disfruta de un domingo a la mañana de sol con su pareja, lo que tiempo atrás le hubiera creído algo imposible.

Al final de la reunión, un miembro con experiencia le da la bienvenida al recién llegado: le entrega un llavero blanco y le explica que es el color de la "rendición", que la sugerencia es "hacer 90 días, 90 reuniones" para adquirir el hábito de asistir a los encuentros, y que para eso no hay excusas. "Hay reuniones todos los días en distintos horarios y en diferentes puntos de la ciudad. Si pensamos en que muchas veces cruzábamos toda la ciudad para conseguir drogas, podemos hacer lo mismo para estar en una reunión" le dice. También le entrega varios folletos con información sobre Narcóticos Anónimos y uno de ellos tiene en el dorso los teléfonos de casi todos los compañeros.

El final conmueve hasta los huesos: "Espero que seas mi compañero, que sigas viniendo. Te doy este llavero y si querés te ofrezco un abrazo". Todos aplauden, se emocionan. Un recién llegado siempre es una bendición y la prueba de fe de que cada silla vacía que se coloca en medio de la ronda al final de cada reunión pidiendo "por el más importante, aquel que está por llegar", es un logro cumplido. Sólo por hoy.

Ser miembro de NA

El único requisito para ser miembro de NA es expresar el deseo de dejar de consumir. "No solamente dejar de hacerlo sino manifestarlo, rendirse, porque si no, el programa no te va a servir. Si un compañero tiene el deseo de dejar de consumir pero no puede y recae, nosotros le pedimos que siga viniendo, le agradecemos que esté y le damos un abrazo", resume Alberto, en lo que define a la confraternidad como una familia en la que, si bien las experiencias y las pérdidas a causa del consumo fueron diferentes, a todos los une ese único deseo: abandonar las drogas lo que a muchos, por años, les significaron pérdidas emocionales, afectivas y materiales.

"Sobre todo me perdí a mí mismo. Todas las cosas buenas vinieron por añadidura cuando entré en recuperación", cuenta Cristian que ya lleva 7 años sin consumo, y agrega: "En el último tiempo de mi carrera (como le llaman a la adicción activa) éramos solamente mi droga y yo. Vivía en la misma casa con mi hermano y él ni siquiera me hablaba. Hoy tengo una relación muy buena. Al principio no creía que yo estaba dejando las drogas pero a medida que empezó a ver mis cambios, que conseguí trabajo y vio que podía hablar (algo tan simple como eso), mi hermano cambió totalmente la mirada que tenía de mí y el vínculo se volvió a restablecer".

Una vez que entran en recuperación, de manera progresiva empiezan a ver los logros, a reconstruir parte de lo que perdieron y —dicen plenamente convencidos— que la adicción sólo conduce a tres lugares: la locura, la cárcel o la muerte.

Como el nombre del disco de Silvina Garré Creerás en milagros, las experiencias que se comparten en las reuniones de NA son impactantes y por momentos, increíbles. Quien escucha las vivencias pasadas y los cambios generados en la mayoría de las vidas de los miembros de NA que practican el programa, no tienen otra opción que creer. ¿El secreto? seguir asistiendo a las reuniones, practicar el programa de los 12 pasos, tener un padrino y hacer servicios dentro de la confraternidad.


"Está comprobado. Narcóticos Anónimos ha salvado millones de vidas en el mundo. En un terreno como las adicciones en que la que las noticias que se dan sobre el tema muestran un panorama desolador y sin salida, el hecho de que se puedan salvar vidas es un mensaje de esperanza", dice Alberto quien a fines de febrero pasado cumplió 7 años "limpio", como le llaman al tiempo que llevan sin consumir sustancias o alcohol. Porque para NA, las bebidas, los psicofármacos no recetados o el abuso de ellos, entre otras cosas que alteren o modifiquen el estado emocional y mental, también son consideradas drogas que pueden hacer perder ese precioso tiempo limpio.

La adicción como una enfermedad

"En Narcóticos Anónimos la adicción es una enfermedad crónica que no tiene cura pero que puede detenerse y, al hacerlo, mejora la calidad de vida de quien la padece", asegura Alberto quien después de llevar una vida que, según dice, se dividía entre los que pensaban y no pensaban como él: "En realidad creía que podía controlar mi adicción cuando en realidad era la enfermedad la que tenía el poder sobre mí".

"El programa de NA es un programa de pautas de vida. El principio es no drogarse, pero uno no puede quedarse sólo con eso porque como es una enfermedad obsesivo compulsiva, se seguirán teniendo comportamientos similares que se trasladan a la comida, al trabajo o a las relaciones. Lo que tengo que aprender entonces es a reconocer esos patrones y para eso tenemos un programa que nos ayuda a modificar las pautas de comportamiento. El programa de los 12 pasos".

Para Jorge, que recibió hace poco su llavero de "tiempo" (como se le llama a quien lleva muchos años libre de drogas y que en su caso son nada menos que 12), desde que comenzó a asistir a las reuniones de NA y a trabajar el programa y a escribir "los pasos" varias veces, su vida cambió radicalmente.

Llegó a su primera reunión como todos, agobiado, sin fuerzas ni esperanzas. Estudiaba el profesorado de Historia. Una tarde en el bar frente al instituto terciario vio pegado en la pared un cartel con un número de teléfono que decía "Si tus problemas son las drogas, podemos ayudarte". Anotó el número en su cuaderno. Al otro día volvió al café y ese papel ya no estaba, alguien lo había arrancado pero él sí lo tenía entre sus apuntes y así llegó a tocar la puerta como cualquier recién llegado.

"Con respecto a mi vida personal me llevó a un divorcio y varias separaciones. Mis parejas me tenían mucho cariño pero llegó un momento en que no toleraban la vida que yo llevaba. Con mis compañeros de trabajo y de estudio el contacto era el mínimo indispensable, salvo que ellos consumieran. Llegó un momento en que mis relaciones de todos los días eran con personas que consumían y así mis viejas amistades que estaban fuera de ese círculo se fueron alejando", contó. Hoy es un miembro respetado dentro y fuera de la confraternidad.

En primera persona

Gonzalo: "Llegué a las puertas de NA llevado por unos amigos que me veían muy mal. Empecé a consumir a los 13 años, primero los fines de semana, después empezó la etapa de los boliches y ya no eran sólo los fines de semana. Con el paso del tiempo, a partir de los 18 años, consumía casi todos los días. Cuando no tenía la droga sentía desesperación. En ese momento decía que lo controlaba, hasta que en un momento me encontré consumiendo todo el tiempo. Los últimos años de «carrera» era excesivo, estaba obsesionado por la sustancia, dominaba todos los aspectos de mi vida, tanto lo laboral como lo familiar y dejé de ver a mis amigos que no estaban en la misma que yo. Mis estados de ánimo cambiaban continuamente. El fondo lo toqué el día del cumpleaños de mi hijo. Yo había estado varios días sin dormir y —visto a la distancia — fue una vergüenza. Una pareja amiga me dijo a los pocos días de esa fiesta que mi estado era deplorable. Eso fue lo que me provocó el quiebre y el 20 de septiembre de 2016 decidí blanquear con mi esposa todo lo que había hecho y cosas del pasado que me causaban mucho dolor. Desde ese día no volví a consumir. Narcóticos Anónimos es hoy el pilar de mi vida, me hace ser la persona que soy ahora, conocí un lugar al que pertenecer, donde encontré esperanza y puedo abrirme y decir todas las cosas que siento y que por tantos años me hicieron daño. Encontré muchos compañeros que me ayudan, me apoyan y me brindan ese cariño que tanto me faltaba y que yo creía que se podía comprar con plata. El saber que tengo ese lugar en donde poder apoyarme me facilita la vida. Tan simple como eso. En mis tres primeras reuniones no pude parar de llorar, sentí mucha identificación con lo que compartían mis compañeros y pensaba que estaban hablando de mí, pero en realidad estaban contando la experiencia de su vida. Eso hizo que no me sintiera más solo.

En aquella primera reunión habría habido unas 24 personas y todas me abrazaron y me aferré a esos abrazos como nunca lo había hecho antes. Lo estoy contando y se me caen las lágrimas. Me dejé querer y de a poco empecé a quererme y a no dañarme. Si tengo que decir cómo y cuánto cambió mi vida en recuperación, fue más de un ciento por ciento. En los primeros tiempos valoraba el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena con mi familia. Luego el no mentir. La mentira ya no es parte de mi vida. Yo vivía en una rueda de mentiras que cada vez giraba más rápido, aunque esa honestidad, sin lugar a dudas, la aprendí con el programa de NA. Hoy puedo hacerme cargo de mi hijo, darle afecto a mi mujer y a mi viejo. Ser una persona responsable en mi trabajo, poder manejar mi economía de una manera organizada y estar en orden con la sociedad. Todo eso es lo que le compartiría a un recién llegado. A la semana de llegar, un compañero me dijo cómo me había cambiado el semblante y era cierto. Me sentía liviano, ya no estaba desesperado por conseguir esa droga que antes necesitaba para vivir".

Guille: "Yo estaba en una institución privada y un día Narcóticos Anónimos hizo un servicio de información donde yo estaba. Así fue que conocí los grupos. Empecé a consumir de muy chico, como la mayoría lo hice con bebidas alcohólicas. Después incorporé otras sustancias y paré a los 31 años. Hoy tengo 34. Para mí NA significa familia y amigos. Encontré gente que no consume y era lo que estaba buscando para mi vida porque todas mis ex amistades consumen y me sentí muy solo cuando quise cambiar. En mi primera reunión estaba algo nervioso pero desde que entré sentí un amor fraternal enorme. De hecho, cuando me recibieron, me dieron un abrazo y cuando terminó la reunión me dieron muchos abrazos y me dijeron que iban a quererme hasta que aprendiera a quererme yo mismo, entonces eso hizo que esa reunión fuera muy tranquila. Me dieron un llavero blanco y fue una sensación muy linda el haber recibido tanto cariño de gente que yo no conocía. Desde que estoy en recuperación mi vida es otra. No sufro más de trastornos de ansiedad, no consumo y el cambio fue del ciento por ciento, estoy con gente que me quiere, que me valora por lo que soy y no por lo que tengo. Cuido mi tiempo limpio que son dos años, un mes y 7 días, como si fuera oro. Es mi tesoro más preciado".


>>> Campaña de información pública 2018

Narcóticos Anónimos es una entidad sin fines de lucro que nace en 1953 en Los Angeles, California. Hoy existe en más de 140 países. Llegó a la Argentina en 1986 y diez años después a Rosario. Es una institución de adictos para adictos. Un grupo de personas que tienen como problema en común la adicción a las drogas y que se unen para transitarlo y superarlo. Es una entidad libre, confidencial y gratuita que fue declarada "distinguida" por el Concejo Municipal en 2016 con motivo de cumplirse sus 20 años de existencia en la ciudad. Desde fines de mayo hasta el 20 de octubre NA pondrá en marcha la séptima campaña anual de difusión con pegado de cartelería informativa en el transporte público de pasajeros, actividad que también fue declarada de interés municipal en 2011 como "Campaña libre y gratuita que ejecuta la confraternidad de Narcóticos Anónimos Area Rosario", una acción que se lleva a cabo anualmente y, con el objetivo de reforzar el mensaje de que se puede vivir sin consumir drogas, perder el deseo de consumirlas y cambiar de vida.

Contacto
De lunes a viernes de 9 a 18 teléfono: 0341-155795944

Horarios y lugares de reunión 
LIBERTAD: Pellegrini 1561, de lunes a sábados de 19 a 21. Sólo viernes reunión abierta.
CAMBIAR PARA CRECER: Alberdi 580, lunes, miércoles y viernes de 20.30 a 22 y domingos de 10 a 11.30. Sólo lunes abierta al público.
CRECER: Pellegrini 1561, miércoles de 19 a 21 (formato para mujeres).
LOS PASOS: Viamonte 1585, martes, miércoles y jueves de 9 a 10 y sábados de 10 a 12. Reunión cerrada.
VIDA PLENA: Uriburu y Presidente Roca, martes y jueves de 19.30 a 21 y sábados de 20 a 21.30.
SOLO POR HOY: Juan Canals 740. Domingos de 10.30 a 12. Reunión cerrada.
VALOR PARA CAMBIAR: Hospital Carrasco (al lado de la guardia) Sala Dermatología. Martes, jueves y sábados de 19.30 a 21. Jueves abierta al público.
LAS 4 PLAZAS: Pettinari 6760, miércoles y viernes de 19.30 a 21. Domingos de 19.30 a 21, abierta al público.
VOLVER A EMPEZAR: Godoy y Pascual Rosas (oficina 27 primer piso), lunes, miércoles y viernes de 14 a 15.30. Lunes abierta al público.
LA MATERNIDAD: Auditorio "Casa de la salud" (ex Maternidad Martin), Moreno 960 PB. Martes de 14 a 15.30 y jueves de 14.30 a 16. Primer martes de cada mes abierta al público. ESPERANZA: Saavedra 2150, lunes y viernes de 20 a 21.30.
SI SE PUEDE: Rivarola 7190, lunes de 19 a 20.30 y sábados de 10 a 11.30.
FUNES: Avila 658, jueves de 19.30 a 21. Primer jueves del mes. Abierta al público.
SI NOS RECUPERAMOS: Villa Gobernador Gálvez, San Luis 2124, lunes de 18 a 19.

Nota Publicada en el Suplemento Màs Diario La Capital

jueves, 9 de agosto de 2018

Mundial Argentina 78: Nada de que festejar



Graciana Petrone

Pocas veces a lo largo de mi vida, no más de tres o cuatro, lo vi a mi viejo realmente enojado. Una de esas ocasiones fue la tarde del 24 de junio de 1978 cuando Argentina ganó el Mundial. Yo entonces tenía 8 años, así que podría decirse que fue mi primer Mundial, del que tengo recuerdos muy nítidos que hoy se asentaron, no sin dolor, pero que por mucho tiempo dieron vueltas en mi cabeza. Hasta pude desarmarlos, rearmarlos y comprenderlos, del mismo modo que a los años de plomo en el país.

En casa no había televisión, por decisión de mi viejo, claro, que siempre nos decía que era una pérdida de tiempo y que “a cambio de una caja boba”, los libros nos iban a dar una “mejor independencia intelectual”.

Para mí eso era lo normal hasta que repetía esas palabras en el recreo en el colegio o en el club y me sentía un bicho raro cuando se reían y preguntaban: “¿No hay televisor en tu casa?”. No. No había.

La tarde en que Argentina le ganó a Holanda la gente empezó a salir como ganado a la calle. Les pedí a mis viejos que me llevaran a festejar a la esquina de Corrientes y Córdoba, frente a la Bolsa de Comercio, lugar que muchos habían elegido como punto de encuentro. Yo insistía que me llevaran, quedaba a dos cuadras de casa y el frío no era impedimento, pero no había caso. La cosa se puso más espesa cuando les dije que me compraran una bandera, porque yo veía por la ventana del departamento que todos los que pasaban festejando tenían una. Todo parecía que no iba a tener ni bandera ni festejo, pero tanto fue lo que insistí, con berrinche de por medio, que al final me llevaron a Corrientes y Córdoba. Sin bandera, eso sí.

Cuando intenté esbozar la marcha del mundial (que como la de Central a esa altura me la sabía de memoria), mi viejo me miró muy serio y me dijo: “No cantes que no hay nada que festejar”. Mensaje contradictorio si los hubo esa tarde. Yo veía y escuchaba que cientos de personas entonaban: “Veinticinco millones de argentinos jugaremos el mundial (…)”. No canté, pero cada vez que intentaba hacerlo, de los ojos verdes de mi viejo salían llamas amarillas. Y no exagero.

Al día siguiente, en el patio del colegio, una de mis compañeras de segundo grado llevó una réplica de la Copa y la levantaba como el Matador en el Monumental. Las pibas de todas las divisiones del primario corrían atrás cantando “¡Holanda, la copa, se mira y no se toca!”

Tuve el impulso de ir corriendo atrás y desquitarme por lo que no había podido hacer el domingo frente a la Bolsa de Comercio. Ahí estaba mi oportunidad, en ese patio con piso de baldosas negras y blancas en el que pasé los momentos más libres de mi infancia.

Justo en el momento en que me iba sumar a la manada vi a dos de mis maestras apoyadas sobre la pared.  Las vi cómo cruzaron miradas con una mezcla de tristeza y resignación. Pude sentirlo: tenían en la cara la misma expresión que mi viejo el día anterior. Entonces me apoyé en la pared, al lado de ellas, y me limité a mirar como mis compañeras seguían cantando hasta que sonó la campana. Claro, con los años comprendí el porqué del “No cantes, que no hay nada que festejar”.

Para el diario El Ciudadano

domingo, 10 de mayo de 2015

A través de la música, otra realidad es posible para un joven autista

A Joel Lanzos le diagnosticaron Trastorno General del Desarrollo cuando era apenas un niño. Desde hace cuatro años estudia en la Escuela Provincial de Música de Rosario. Tiene 21 años, dibuja, canta y también toca el piano y la guitarra eléctrica.
Foto: Juan José "Tatín" García


Por Graciana Petrone
Joel Lanzos tiene 21 años, es delgado, más bien bajo y de pelo corto, oscuro y lacio. Casi siempre viste pantalones de jeans a la moda y anda con una mochila llena de cuadernos con dibujos de baterías y guitarras eléctricas que él mismo hace. Es callado, pero si sonríe su cara se transforma y se acentúan así sus rasgos de eterno niño. Le gustan el canto y los grupos de heavy metal y tal vez por eso cuando se sienta frente al piano la primera melodía que toca es Humo sobre el agua, de Deep Purple. Pero el caso del joven, que desde 2010 estudia en la Escuela Provincial de Música y que a simple vista puede parecerse al de cualquier otro muchacho de su edad, es paradigmático dentro de la psicopedagogía y la paidopsiquiatría ya que a los ocho años le diagnosticaron uno de los niveles más graves de Trastorno General del Desarrollo (TGD) Espectro Autista.
Joel nació saludable, hermoso y rodeado de sus afectos, pero a medida que pasaba el tiempo le costaba comunicarse con su entorno y era más callado que los demás. Fiel a su instinto de madre Mariel Martí sintió que “algo no andaba bien” y le planteó sus dudas al pediatra. El profesional le respondió lo que muchos médicos suelen decir ante estas situaciones: “Cada uno tiene su tiempo de madurez”. Así fue que, después de deambular por neurólogos, fonoaudiólogos y psiquiatras, cuando cumplió ocho años le diagnosticaron autismo. La noticia fue inesperada y dolorosa pero con el apoyo de su familia –en especial de su mamá– cuando cumplió 18 ingresó a la escuela ubicada en Santa Fe 1154, donde estudia canto, piano y guitarra eléctrica.
Como si todo eso fuera poco, después de clases se vuelve solo en taxi a su casa. “Llegué bien”, dice apenas cruza la puerta para tranquilizar a su madre.
El camino que realizó Joel fue arduo. Mariel recuerda que cuando ingresó a la escuela de Música su hijo tuvo que hacer durante un mes una adaptación similar a la que hacen los niños que asisten por primera vez al jardín de infantes. “Yo lo esperaba en la puerta por si me necesitaban, pero no tuvo problemas. Después, empezó a evolucionar y a evolucionar y pudo completar los dos primeros niveles iniciales y otros dos intermedios en la escuela de música”, relata orgullosa.
Cada paso que el joven da es un pequeño gran logro para él, para su familia y también para los profesores que lo miman, lo contienen y lo alientan para que siga adelante. Joel, además, es un joven muy dulce y aunque su patología hace que le cueste entablar una conversación por iniciativa propia, cuando entra en confianza puede contar acerca de lo que le gusta, de lo que hace y también de sus sueños.

El lenguaje de la música
“Al principio había que buscarlo por todos los salones porque no sabíamos dónde estaba, y después nos dimos cuenta de que él hace siempre el mismo recorrido: de la clase se va a la sala de preceptores y de ahí lo llevan al salón que corresponde”, relata Alicia Shapiro, vicedirectora de la Escuela Provincial de Música, quien recibió a El Ciudadano con mucho entusiasmo para hablar de Joel.
El cariño que todos sienten en la institución por el joven es notorio, en especial por parte de Shapiro, quien además fue su profesora en los primeros años. La mujer guarda en una carpeta muchos dibujos que el joven hizo. Algunos son unos muy buenos bosquejos de baterías hechas a lápiz. También hay escritos de canciones, símbolos del heavy metal y logos de propagandas que seguramente ve por la televisión.
“Los chicos con autismo suelen tener la particularidad de que no te sostienen la mirada o que no los podés tocar. Joel estuvo mucho tiempo sin mirar a los ojos o hablando en tercera persona, pero en los años que hace que viene a la escuela mejoró mucho en lo que es la comunicación. Mientras espera los cambios de hora dibuja y busca en Youtube la música que le gusta. Tiene siempre buen humor y hasta por ahí hace chistes”, dice.
Para la profesora, en casos como los del joven es importante no sujetarse al diagnóstico médico. “Si te atás, eso te puede limitar desde el lugar de la enseñanza y no te permite ver hasta dónde puede el niño explotar sus capacidades de aprendizaje, lo que siempre plantea otras posibilidades”, asegura. Además, explica que “la música es un área ideal para poder explorar las habilidades de cada chico porque tiene esa cosa del ordenamiento temporal que es distinto del lenguaje oral. El diálogo, la repetición, la imitación o la pregunta y la respuesta, también musicalmente van por otro camino”.

Hasta dónde llegar
Desde su lugar de docente, Shapiro asegura que “cualquier persona puede tocar un instrumento y cantar porque la música va por otros canales que no son solamente los del lenguaje oral y escrito”. Agrega que en el curso de Joel actualmente se dan conocimientos sobre teoría de la armonía en un nivel muy alto y, aunque a veces el joven “se traba en algún punto”, siempre lo logra resolver.
En la clase de coro su desempeño es impecable. Allí, el muchacho integra con otros cinco compañeros el grupo de los bajos, los que tienen el registro de voz más grave entre los varones. “Él es el mejor”, dice entre señas y con complicidad la profesora Evangelina Gaido, mientras Joel entona a la perfección el estribillo de una obra de Giuseppe Verdi.
“En general, tratamos de que si un alumno no ha podido manejar los conocimientos básicos que se deben adquirir a lo largo de un año, entonces lo deben repetir. Pero en el caso de Joel todo se da en forma pareja. Hay cosas de la música que son muy abstractas y que tal vez le empiecen a costar. Quizás ese será su techo…o no, porque uno nunca sabe, con cualquier tipo de alumno, cuál va a ser su límite”, concluye Shapiro.

Combinan la ciencia y el amor
Cuando Joel Lanzos fue diagnosticado con autismo ingresó al Centro Educativo Terapéutico Puente Symbolón donde su patología fue abordada por un grupo interdisciplinario de profesionales.
Mariel Martí, la mamá de Joel, sintió que su hijo “dio un vuelco” cuando toda la familia empezó a practicar el arte de Mahikari, una práctica que propone el cruzamiento entre lo que uno hace –como llevarlo al psicólogo o al médico– con lo espiritual. “Siento que hay un antes y un después de eso y se nota en cómo él rinde en la escuela, en cómo avanzó en su vida y en las notas que trae a casa. No tuvo más crisis, que incluso tomando la medicación solía tenerlas. A veces se angustiaba por algo y se ponía a llorar. Hoy es un chico feliz”, asegura.


martes, 8 de abril de 2014

Malevos que ya no son


Graciana Petrone


Cuando paso por la puerta de lo que alguna vez fue el Olimpia siento que una mano me aprieta la garganta. Trato de evitarlo pero a veces doblo por Maipú sin darme cuenta y me sorprenden los pizarrones verdes colgados en la puerta que dicen: “Café La Virginia x 200, a 14.90”. Pero una mañana sentí un impulso que me hizo perder el miedo y entré. Cualquiera que me conozca un poco seguro habría pensado que estaba por comprar un puñado de pasas de uva con chocolate, porque donde funcionó Los 20 billares (o el Olimpia) hoy abre sus puertas cruel e irreverente la sucursal de una bombonería de medio pelo.
Cuando entré, caminé por primera vez por el mismo suelo por el que anduviste y repetía en silencio eso que escribí en una noche de invierno del ‘89: “Si pudiera besar tus pies/o al menos el hueco que dejan tus pasos”.
Qué ironía. Hace más de veinte años, cuando te veía pasar, se me venían a la mente los versos de Alejandra (Pizarnik): “Es tan lejos pedir/tan cerca saber que no hay”. En cambio, esa mañana en la bombonería supe que mis viejos poemas fueron premonitorios porque caminé sobre tus mismos pasos, entre las góndolas que no hacían más que ocupar el espacio de las mesas en las que vos jugabas y en las que yo te veía jugar, de lejos, desde la vereda de enfrente como quien no quiere levantar el avispero porque ese no era un lugar para mujeres, no señor, de ninguna manera. La entrada nos estaba prohibida.

Y me acordé del humo del cigarrillo formando en la penumbra nubes blancas abajo de las lámparas. Porque las únicas luces que se encendían eran las de las mesas y cuando las partidas de casín no se abrían las luces tampoco se prendían y el lugar parecía todavía más lúgubre y sombrío. Aunque vos lo iluminabas, tenías un aura especial, siempre la tuviste.

Fueron cerrando los billares y quedaron unos pocos. En el de san Martín y Montevideo todavía se juntan algunos de los muchachos. Pilo, el Muñeco y Castillo se fueron. A Beroiz lo mandaron a matar por una interna, como en los ’60. Al Polaco lo balearon en la puerta de su casa y aunque no estuviste para verlo, murió como un guapo. También se fue el flaco Rifel. Me acuerdo que un verano antes de que vos te fueras trajo a Orlando Paiva a bailar al club de mi barrio. Era una noche de calor. En un momento la pista se llenó de parejas cuando sonó Mala junta y entonces te busqué, pensando que podías estar entre la gente. Pero volví a casa, una vez más, sin poder encontrarte. 
Al invierno siguiente lo crucé al flaco una tarde en el bar del Centre Catalá, loco por el tango como era sacó su compatudara portátil y me hizo escuchar una versión de Marión, sólo instrumental e interpretada por una orquesta francesa (que por supuesto no me acuerdo cuál era).

Yo supe esa mañana, antes de entrar en la bombonería, que los recuerdos se aparecerían sin preguntar y fue entonces que con desfachatez las estanterías, llenas de dulces baratos, me obligaron a resucitar toda clase de fantasmas: los muchachos, las noches de casín, tus pasos, Alejandra, mis viejos versos y Marión sonando en la computadora del Flaco. 

Caminé hasta la puerta. Los gritos y bocinazos de un taxista al que el semáforo en rojo lo dejó medio camino y el  viento helado y seco de agosto me devolvieron a la realidad de un sacudón y supe, que adentro había quedado el pasado.
Respiré hondo. Después de sacudir los pies en una alfombra que nunca exisitó juré no volver a entrar nunca más y me fui por Maipú cantando bajito el estribillo de esa vieja canción de Luis Rubinstein: “Quiero que sepas, corazón, que jamás te olvidé”
Graciana - Rosario - Junio de 2011.
En memoria del Hugo.

lunes, 4 de noviembre de 2013

“Nosotros los Qom, llevamos siempre el monte en el alma"

Rolando Edgar Sánchez se dedica a difundir las lenguas originarias entre sus pares del barrio Los Pumitas de zona norte. Llegó a Rosario hace tres años y todos los días realiza su tarea de divulgación puerta a puerta.

Graciana Petrone


El poeta Vilo - Foto Leo Vicenti


En la puerta de un bar, a menos de una cuadra de la Facultad de Medicina, entre el ruido de las bocinas de los autos y el ir y venir de estudiantes con carpetas bajo el brazo, Rolando Edgar Sánchez espera a El Ciudadano. Casi nadie lo conoce por su nombre, todos le dicen Vilo. Tiene 23 años, es más bien bajo, de pelo negro y espeso y con la piel morocha y agrietada. Una incipiente barba le dibuja una marca en el mentón, lleva puesto un pantalón de jeans gastado, zapatillas Nike blancas y una camisa indígena roja. Con su voz suave y sin palabras de más cuenta sobre su trabajo de divulgación de la cultura Qom en el barrio Toba Los Pumitas, de Empalme Graneros.

Vilo es un poeta de los montes. Hace tres años llegó de El Colchón, Chaco. Desde entonces se dedica a difundir las lenguas originarias entre sus pares del barrio en el que también vive. Aprendió el castellano cuando dejó su provincia y sin embargo lo habla casi a la perfección. Justamente, lo primero que cuenta es que por no saber comunicarse se llevó los primeros desencantos. “Se dice qué fue pero no quién”, avisa, para luego explicar que a los pocos meses de vivir en Rosario unos realizadores audiovisuales fueron al asentamiento de la zona noroeste para filmar un documental sobre la comunidad. “Pero hicieron algo que no se tiene que hacer, me usaron mis escritos y los tomaron como propios, los firmaron como suyos”, sostiene, con la mirada fija en algún punto, muy serio y sin encontrar la palabra adecuada para lo que sencillamente se trata de un plagio.

El trabajo de divulgación que Vilo lleva a adelante es cuerpo a cuerpo. Todos los días el poeta camina el lugar y trata de mantener vivas las tradiciones Qom, sobre todo entre los más pequeños. “A veces organizamos clases especiales en la escuela y otras voy golpeando las puertas casa por casa”, dice. Está convencido de que el ritmo de vida de la ciudad puede terminar ganándole a las propias raíces y entonces repite que “hay que hacer lo posible para que eso no pase”. En la mesa del bar, el escritor habla sobre sus experiencias con los chicos y se asombra de la rapidez que tienen para comprender y asimilar conceptos: “Yo les digo, les explico, que por más que vivan en la ciudad la tradición de nuestros ancestros está siempre adentro de cada uno”.

El Principito
El joven empezó a escribir cuando tenía ocho años. Recuerda que una tarde su padre le dio un papel y un lápiz y cuando volvió a la casa le preguntó qué era lo que había hecho. “Yo le dije que nada porque no sabía ni leer ni escribir, entonces me mostró la hoja en blanco y me enseñó que aunque estuviera vacía en realidad estaba llena, porque las hojas son como las personas y nosotros, los Qom, llevamos el monte en el alma. Me quiso decir que esa hoja estaba llena del monte, que tenía nuestras historias”, explica. Cuando aprendió, lo primero que hizo fue contar sobre un anciano de su comunidad que vivía en el cerro chaqueño, lo tituló “La tristeza del cigarrillo para Aníbal”. Durante la entrevista recitaría algunos de sus versos: “Se pasó la vida anhelando que pasara algo maravilloso / y lo único maravilloso que pasó fue la vida”.

Vilo solamente hizo la primaria, en El Colchón, pero dice que le gustaría terminar el secundario, entrar a la universidad y recibirse de la carrera de Comunicación Social. Hace unos meses grabó la voz en off de un cortometraje hablado en lengua Qom y subtitulado en español que fue auspiciado por la Secretaría de Cultura de la Nación. Lleva varios CD consigo. “Justo hoy a la tarde estuvimos en una escuela del centro y pasamos la película. Es sobre un cazador llamado Gerónimo que no tiene para comer y por eso va al monte a cazar animales para su familia pero aprende que al monte hay que respetarlo, porque el monte somos cada uno de nosotros”.

El joven también participó hace unos años, junto a grupos aborígenes de Formosa, Santa Fe y Chaco, en la traducción de “El principito” a las lenguas originarias pero el gobierno de Francia, país de nacimiento de Saint Exupèry, el autor de la emblemática obra, no admitió al Qom como idioma. “Fue algo importante, cada comunidad hacía un capítulo mientras íbamos recorriendo las provincias”, se lamenta, y repite que va a tratar de que vuelvan a hacerlo, “pero esta vez con más fuerza que antes”.

Vilo explica que su trabajo como divulgador no es remunerado, que lo hace simplemente porque que quiere y siente que su deber es mantener intactas las costumbres y el idioma de su comunidad.

Nota publicada en el diario El Ciudadano 

martes, 13 de agosto de 2013

Tragedia en Rosario: El bulevar de los sueños rotos (*)

Bomberos trabajan en la zona del desastre

Graciana Petrone
Angustia, silencio y desolación es lo que se vive y percibe en las inmediaciones del edificio que explotó y que dejó muertes y personas desaparecidas bajo los escombros. A metros de ahí, la acera central del bulevar Oroño ya no muestra su escenario frecuente de estudiantes que van o vienen a clases o adolescentes despreocupados que andan en rollers. El paseo de Oroño no es el mismo desde la fatídica mañana del martes 6 de agosto, donde ahora no cesa el ir y venir de cientos de bomberos voluntarios y zapadores, rescatistas, médicos, paramédicos, gendarmes y policías especializados que hacen un trabajo cuerpo a cuerpo revolviendo entre los escombros en busca de sobrevivientes. Y a eso se agrega contingentes de ex combatientes de Malvinas y otros voluntarios.

La realidad es por momentos tan desgarradora que conmueve hasta a los hombres más avezados en tareas de salvataje. En sus momentos de descanso, algunos rescatistas esperan afuera de la zona del desastre la señal de los que están a cargo para ingresar nuevamente a levantar escombros en busca de vida. Y, salvo aquellos que conforman los equipos de elite en materia de salvataje a nivel nacional y que intervinieron en los siniestros más recordados de las últimas décadas, en varios de los que trabajan en la zona de Oroño y Salta hay una frase que se repite: “Nunca vivimos algo así”.

Ariel Pérez tiene 30 años y es uno de los integrantes del equipo de paramédicos voluntarios que trabaja en el lugar desde las primeras horas de ocurrida la explosión. Atiende a El Ciudadano en Salta y Oroño y la charla, aunque es breve, no deja de ser intensa. En realidad, en lo único que piensa es en volver a entrar a la zona del desastre para seguir sacando escombros. “Somos paramédicos, y todos los que estudiamos para eso deberíamos estar acá todo el tiempo”, dice. Aunque él mismo no puede hacerlo porque su trabajo de administrativo en un centro de salud de Villa Gobernador Gálvez demanda que cumpla un horario de al menos tres horas diarias “porque no hay personal en el dispensario que tome los turnos”, aclara.
Si bien a medida que pasan los días las expectativas de encontrar gente con vida en el derrumbe se vuelve más incierta, Ariel no baja los brazos, tiene fe. Casi todos los que están ahí la tienen. “Nos enteramos por los medios de la situación y empezamos a comunicarnos con los distintos paramédicos: egresados, estudiantes y ex alumnos de la carrera y nos pusimos a disposición de las autoridades para ayudar en las tareas de búsqueda y rescate”, cuenta con naturalidad.

Los paramédicos autoconvocados (y todos los que participan en las acciones de salvataje y remoción de escombros) trabajan casi sin descanso y responden a los requerimientos de la brigada de Bomberos de Búsqueda y Rescate. “Es muy fuerte lo que se vive ahí adentro”, dice, con la mirada clavada en las vallas que separan el lugar de la tragedia de las cámaras de televisión. También dice que es una situación de estrés muy grande la que pasan los familiares de las personas desaparecidas, quienes  hacen vigilia las 24 horas a la espera de noticias, y es por eso que tratan de darles contención.

Entre los momentos más fuertes que Ariel recuerda haber pasado dentro de la zona del desastre está cuando le tocó atender a heridos en estado crítico. “También me movilizó mucho ver el trabajo codo a codo de otros compañeros que nunca viste en tu vida y saber que es todo por una misma causa”, dice antes de terminar la charla. Después desaparece tras el vallado, con su traje naranja, y vuelve al lugar del siniestro, a vivir en carne propia lo que durante los dos últimos años de la carrera de paramédico lo conoció a través de una suerte de simulacro de accidentes con víctimas múltiples.

(*) Nota publicada en diario El Ciudadano 

lunes, 11 de febrero de 2013

“Está todo tan bien que si querés te podés ir a Alaska”

Por Graciana Petrone (nota publicada en el diario El Ciudadano de Rosario)



Santiago Uranga vive en el corazón de la selva chaqueña. Alquila un campo de 40 hectáreas donde pasa la mayor parte del tiempo plantando algarrobos negros. Tiene 38 años y un estilo parecido al Bahiano, aunque después de dejar Los Pericos y perder el pelo. Antes de eso viajó por todo el mundo –o casi todo, porque el único continente que le falta conocer es África– y en Asia alcanzó a subir más de seis mil metros al Monte Everest: “Un poco más arriba de donde llegó el chabón ese rubio, el de la televisión”, dice riéndose, en referencia a Facundo Arana. En Costa Rica se ganó la vida sacándoles fotos a los surfistas y cuando cruzó el Caribe colombiano, en la frontera con Ecuador, conoció a tres hombres que le dijeron que eran de las Farc, las temidas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. “No sé si me mintieron, pero lo que sé es que los tipos estaban afilados…”, le dice a El Ciudadano mientras se apronta para su próxima aventura: viajar en un Fiat 600 hasta Alaska. La travesía, en rigor, ya comenzó: ayer a las 9, Uranga y su amigo Juan Manuel Rizzatti se despidieron de Rosario en el Monumento a la Bandera, se subieron al fitito y se fueron a la ruta.

Cuando le preguntan en qué ciudad nació pareciera que lo tiene que pensar. Pasan unos segundos y contesta: “Buenos Aires”. También estuvo un tiempo en Rosario, de donde dice que se llevó la pasión por Central y seguro plantó una bandera del Canalla junto a los algarrobos. Pero la historia no termina en el corazón del Chaco. Hace algo más de un año que compró un fitito modelo 64 y lo hizo restaurar como si fuera un cuadro de Tintoretto. Lo que en realidad quería Santiago era irse con el auto a Uruguay, pero entró en dudas sobre si tenía los papeles en regla. Llamó al comisario del pueblo rural donde vive y le pidió que se lo averigüe: “Está todo tan bien que si querés te podés ir a Alaska…”.

Se lo tomó al pie de la letra. Así empezó a planificar otro viaje, pero esta vez de 22 mil kilómetros y arriba de un Fiat que el año que viene cumplirá cinco décadas. Aunque asegura que entendió perfectamente que lo que le dijo el policía fue en sentido figurado, la idea le hizo ruido en la cabeza y contactó a Juan Manuel, un venadense de 23 años al que conoció en la selva chaqueña y con el que se hicieron muy amigos. “Che, ¿te querés venir conmigo a Alaska en el Fiat?”, le preguntó. Del otro lado, no sólo tomaron en serio. Es más, su amigo le contestó que le había alegrado el día.

El viaje a Uruguay lo hizo de todos modos y no para probar si el fitito aguantaba, sino para “tocarle la puerta de la casa” al presidente de la empresa Fiat en Argentina. La idea era conseguir apoyo para la travesía hasta Alaska, aunque no con dinero en efectivo: lo que le pidió fue asistencia mecánica en los países de Latinoamérica donde el gigante automotriz cuente con talleres oficiales. Pero el CEO no le dijo que no. En realidad todavía están en tratativas y Santiago se tiene fe: si para la multinacional sería un gasto insignificante y los dos aventureros pasearían al espónsor a lo largo de todo el continente.

Semillas de las buenas
Santiago es un amante de la naturaleza, sobre todo de las plantas. Es esa, además, una de las razones por las que eligió vivir en medio de la selva chaqueña. Cuenta que con Juan Manuel tienen pensado plantar semillas de arcilla en cada ciudad y pueblo por el que pasen. Cuando habla de árboles su mundo toma otra dimensión. Explica como un experto las bondades de la siembra y destaca que el árbol leguminoso toma mayor cantidad de nitrógeno del aire, lo que favorece el crecimiento del pasto y de esa manera se pueden alimentar más animales.

Desde su mirada itinerante también descifra lo que para la mayoría pasa inadvertido nada más que por ser cotidiano: “Acá en Rosario, sobre la costanera –no sé quién fue el intendente que lo hizo– pusieron muchos lapachos y jacarandás. Por los años que tienen hoy debe haber sido (Miguel) Lifschitz. Nadie se da cuenta porque son árboles chicos todavía pero cuando crezcan, la zona de los Silos Davis en septiembre va a estar toda teñida de rosa y entre octubre y noviembre  también va a tener los violetas del jacarandá. Va a ser un estallido de colores”, se entusiasma.

Dice que la ruta hasta Alaska la terminarán en un año aunque lo cierto es que ni él mismo lo sabe. “Los viajes son para conocer lugares –asegura– pero sobre todo conocer gente y hacer amigos como me pasó cuando crucé de Tailandia a Laos en un barquito: ahí conocí a un grupo de guerrilleros con los que terminé tomando cerveza hasta las cuatro de la mañana”, cuenta.

Con Juan Manuel tienen pensado llevar un equipaje más que liviano: dos guitarras, una armónica, una cámara de fotos profesional y un equipo térmico con el que pueden sumergirse en aguas heladas para capturar imágenes desde adentro del mar. Por supuesto, no va a faltar el bolso con semillas de árboles de todo tipo.

Todo está calculado, hasta cómo se van a ganar la vida: será sacando fotos a los surfistas en la zona de Centroamérica y tocando la guitarra. “En realidad –confiesa Santiago– el que sabe tocar la guitarra es Juan Manuel, yo lo voy a acompañar”. Pero está convencido de que después de un año seguro que algo va a aprender a tocar y no sería extraño que, por lo aventurero y audaz, vuelva de Alaska convertido en todo un Jimi Hendrix.